Lecturas para la resaca

sobrebeber-sm

Presentamos un fragmento de Sobrebeber de Kingsley Amis —libro publicado por Malpaso Ediciones—, “una cima del pensamiento etílico”. En el libro “se cruzan la guasa del filósofo y la sapiencia del crápula para impartir doctrina sobre materias de tanta envergadura como la naturaleza ontológica de la resaca, la dieta del beodo, los ardides del tacaño o las fórmulas (seguramente conjeturas) para eludir una borrachera. Aquí se sirve un delicioso coctel de sosa cáustica y experiencia destilada. Pasen y beban”.


Empieza por la poesía, si es que te interesa en lo más mínimo. Te bastara con cualquier material genuinamente deprimente por el que sientas admiración. Yo me decantaría por la escena final del Paraíso perdido, libro XII, desde el verso 606 en adelante, con el momento más conmovedor de la literatura universal en 624-626. Hay un pequeño problema, eso sí, y es que precisamente en un día como hoy no tienes ganas de que te recuerden cuán inferior eres al vecino de al lado, por no hablar de un menda como Milton. Sale más a cuenta elegir a alguien menos grandioso. Yo optaría por los poemas de A. E. Housman y/o R. S. Thomas, aunque no sean en absoluto intercambiables. Sohrab and Rustum, de Matthew Arnold, tampoco está nada mal, aunque resulta un poco largo para lo que se pretende.

Pásate a la prosa con el mismo criterio de selección. Te sugiero el libro de Alexander Solzhenitsyn Un día en la vida de Iván Denísovich. No es demasiado deprimente, pero la visión que aporta de la vida en un campo de concentración soviético te hará el inmenso favor de sugerirte que hay mucha gente que debe aguantar bastante más de lo que tú (o yo) hayas soportado o debas soportar jamás, por lo que no mereces la mas mínima compasión, propia o ajena.

Pásate ahora a un material que te sugiera que la vida, a fin de cuentas, vale la pena vivirse. Los poemas bélicos resultan muy adecuados: Horatius, de Macaulay, sin ir más lejos. Pero si te parece que esta selección resulta excesivamente británica (dado que las virtudes romanas que ensalza Macaulay apuntan en esa dirección), prueba con Lepanto, de Chesterton. La victoria naval de 1571 de las fuerzas de la Liga Papal sobre los turcos y sus aliados tuvo lugar sin la ayuda de un solo anglosajón (o protestante). Intenta ignorar la manera en que Chesterton trata de insinuar que se trató de una victoria de los cristianos sobre los musulmanes.

A estas alturas, ya podrías empezar a concebir la posibilidad de que vuelva la sonrisa a tu rostro algún día. De todos modos, demora la lectura de algo realmente divertido. Ponte con una buena novela policiaca, o de acción, que te ayudará a desviarte de la autoobservación y los pensamientos negros: Ian Fleming, Eric Ambler, Gavin Lyall, Dick Francis, Geoffrey Household o C. S. Forester (puede que el más útil de todos). Después de eso, ya puedes pasarte a la comedia, pero que sea de humor blanco: P. G. Wodehouse, Stephen Leacock, el capitán Marryat, Anthony Powell (nada de Evelyn Waugh) o Peter De Vries (aunque ni hablar de La sangre del cordero, que aunque resulta una novela muy divertida, pertenece en realidad a la literatura lacrimógena, donde ocupa un lugar destacado). No pretendo insinuar que estos escritores resulten comparables entre ellos; lo único que digo es que todos convierten la renuncia a la risa en algo más bien pomposo y absurdo.

 

Traducción de Ramón de España y Miquel Izquierdo.

 

Kingsley Amis (Reino Unido, 1922- ídem, 1995)
Escritor. Fue un reconocido novelista, poeta, crítico literario y profesor, autor de una veintena de novelas, relatos breves, tres libros de poesía, guiones de radio y televisión y libros de crítica literaria y social. Fue galardonado con casi todos los premios literarios en lengua inglesa, incluidos el Booker Prize y el Sommerset Maugham. Fue el padre del también novelista Martin Amis.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros