Un monstruo absolutamente necesario.
La novela perdida de Malcolm Lowry

Malcom Lowry,
Rumbo al mar blanco,
Malpaso, 2017,
352 p.


Durante décadas se creyó que Rumbo al mar blanco había sido pasto de las llamas. Sin embgargo, una serie de pesquisas dieron con una versión de esta novela que, a su modo, es tan volcánica como el restro de la producción del atormentado Malcom Lowry. Editada por primera vez en español por Malpaso, compartimos la historia de este afortunado hallazgo.

Tal vez sin Bajo el volcán, el nombre de Malcolm Lowry no resonaría en el Olimpo de la gran literatura universal. Nada puede compararse con esa exploración total, demoniaca (si se me permite hacer referencia a que en el proyecto de Lowry esta novela representaba al Infierno) de la progresión mental de un hombre que en tan solo un día logra congregar todas las emociones que lo han llevado a la autodestrucción e implosiona, como una olla exprés en el espacio exterior. El Volcán es además de una historia viva y palpitante, una pieza narrativa perfectamente concebida y armada. No podía ser de otra manera, ya que su autor dedicó doce años de su vida (de los 25 a los 37) a rescribirla y corregirla, y dotar a esos fragmentos, borroneados con furia en diferentes épocas, de una estructura fluida y orgánica en la que nada queda al azar. En una famosa carta (que hoy es un libro: Detrás del volcán), Lowry escribe a su editor Jonathan Cape que está de acuerdo con la mayoría de las observaciones, enmiendas y ediciones radicales (se sugería, por ejemplo, suprimir íntegro el capítulo inicial) propuestas “muy inteligentemente” por el lector (hoy sabemos que su nombre era William Plomer) que dictaminó el manuscrito para su posible publicación. Sin embargo, continúa en un segundo momento Lowry, “me encuentro ahora, en cierto modo, en una posición difícil para contestar con precisión a sus demandas sobre revisiones del texto”, y durante las 100 páginas siguientes de la carta se dedica a explicarle a Jonathan Cape, el editor, lo que hay “bajo el Volcán”, ese magma ardiente que aguarda en el interior de la tierra el momento de la erupción. Lowry hace una introducción breve a manera de justificación con respecto a lo que se menciona como los principales defectos del Volcán, que son: “debilidad en el trazo de los personajes”, “excentricidades lingüísticas” y un exceso tanto en el “monólogo interior”, como en las “divagaciones”. Luego hace un resumen, capítulo por capítulo, mencionando su función crucial dentro de la estructura de la historia y su pertinencia literaria. Es claro que desde 1966, año en que se publicó esta correspondencia, muchos análisis del Volcán han retomado lo mencionado por Lowry en estas páginas brillantes que parecen el manual de instrucciones del doctor Frankenstein para armar a su monstruo.

Lo que hoy nos congrega de nuevo en torno al autor del gran libro que es Bajo el volcán, es un volumen de una naturaleza completamente opuesta: Rumbo al mar blanco, que la editorial Malpaso acaba de poner en circulación, y que publicó en 2014 la University of Otawa Press, arropado con una profunda y muy seria investigación académica realizada por un equipo internacional que constituye The Malcolm Lowry Project, el cual está integrado por profesores de distintas universidades: Chris Akerley (de Otago, en Nueva Zelanda), Vik Doyen (de la Católica de Lovaina, en Bélgica), Patrick A. McCarthy (de la de Miami, en Estados Unidos), Miguel Mota (de la de Columbia Británica, en Canadá) y Paul Tiessen (de la Wilfrid Laurier, de Canadá). En los agradecimientos del libro editado en 2014 se aclara que, “junto con la edición de las novelas Lunar Caustic y la versión del primer manuscrito completo de Bajo el volcán (1940), con Rumbo al mar blanco los académicos dan evidencia detallada de las intenciones y logros de Lowry durante el periodo que va de 1936 a 1944, la época en que trabajaba simultáneamente en tres libros que él imaginaba como la trilogía de Dante”.

La leyenda del manuscrito del Mar blanco sitúa a esta obra como la más ambiciosa de Lowry en el momento del incendio que devastó la cabaña en la que llevaba tres años viviendo con su segunda esposa, Margerie Bonner, el 7 junio de 1944, en Burrand Inlet, Columbia Británica. Hasta el día de su muerte —según explica Patrick McCarthy en la introducción del libro editado por Otawa Press— “El Mar blanco vivió en la mente de Lowry como su gran obra perdida, una mancha en su ambiciosa obra, que había quedado inconclusa. Hasta el final, en mayo de 1957, un mes antes de su muerte, hizo referencia a esa pérdida”.

Treinta y cuatro años después de la muerte de Lowry, su primera esposa, Jan Gabrial, confiesa en su libro Detrás del volcán (1991) la existencia de una de las primeras versiones del Mar blanco, la cual había quedado olvidada en la casa de su madre (Emily van der Heim), en Nueva York, que sería puesta a disposición del público dos años después de la muerte de Jan Gabrial, es decir, en 2003. La copia al carbón a la que hace referencia, sin embargo, hoy en día no existe. Lo que los profesores Patrick McCarthy y Chris Ackerley de The Malcolm Lowry Project encontraron en la caja 12, fólderes 14 y 15, del Archivo Malcolm Lowry de la Universidad de British Columbia y en la División de Archivos y Manuscritos de la Biblioteca de Humanidades y Ciencias Sociales de Nueva York fue lo siguiente: dos copias pasadas en limpio por la propia Jan Gabrial de Rumbo al mar blanco; dos pequeñas libretas con notas preliminares; las dos páginas iniciales, mecanografiadas, del borrador de 1936; una libreta con un borrador más antiguo escrito a mano de los capítulos I y II, y pedazos de papel medio quemados de otro manuscrito mecanografiado.

Eso fue lo que usaron los académicos para reconstruir la versión que ahora presenta Malpaso. Entre esas líneas se lee la furia de Lowry, por supuesto, y no es un proyecto, sino una novela en forma, con una estructura definida que continúa la aventura oceánica de Ultramarina (publicada por Jonathan Cape en 1933), ya que describe un viaje por los mares del norte. El personaje es el mismo: Sigbjørn Hansen-Tarmoor.

Como sabemos, la literatura para Lowry tenía que ver con la inmediatez del flujo de la vida y la autobiografía se sublimaba en la ficción, donde se superponían capas de simbolismo y se cruzaban temas y situaciones en torno a los aspectos que Lowry quería destacar. “La novela va escribiéndose a medida que se vive”, decía. En el caso de Ultramarina, asistimos a los años previos a su ingreso a Cambridge, en los que el joven Sigbjørn describe su vida en la cubierta de un barco, el SS Pyrrhus. Casi inmediatamente después de haberla escrito, Lowry se obsesiona con dos escritores: el norteamericano Conrad Aiken, que se vuelve su amigo y maestro, y el noruego Nordahl Grieg. Este dato es importante por el hecho de que en la trama del Mar blanco, Sigbjørn se obsesiona a su vez con un escritor y va en su búsqueda, de la misma manera que Lowry buscó a estos dos personajes en esa época.

El argumento de la novela perdida de Lowry puede ser resumido de modo muy esquemático e incluso podría pensarse que es elemental y vacuo. Se trata de dos hermanos preocupados porque se ha hundido el barco de su padre y él está en problemas legales. Los hermanos hablan todo el tiempo en diálogos intricados y más que eruditos, plagados de referencias librescas. Lo cual es normal, ya que son estudiantes pretenciosos de Cambridge simpatizantes del socialismo (“su deber es la viril solidaridad del proletariado”). Hay una rivalidad no resuelta con respecto a una chica del pasado llamada Nina. Tor, uno de ellos, se suicida (tal como Paul Fitte, el compañero de Cambridge de Lowry), o al menos eso se infiere. Sigjbørn, el otro, finalmente consigue establecer contacto con William Erikson, un escritor noruego que ha escrito un libro cuya trama se parece mucho a la del libro que él proyecta. El capítulo más interesante literariamente hablando es la correspondencia entre Erikson y Sigjbørn. Finalmente, Sigjbørn se embarca en pos de Erikson.

La narración está plagada de sustancia. Por doquier hay referencias literarias, algunas de ellas realmente misteriosas, como las citas del Libro de los condenados del esotérico excéntrico Charles Fort. Cada uno de los 18 capítulos (quizá habría que precisar, como dato curioso, que hay dos versiones del capítulo 14) de estas casi cuatrocientas páginas comienza con un epígrafe enigmático: “Quizá siempre desandemos con nocturnidad el trecho que fatigosamente hemos ganado bajo el sol del verano” (Rilke); “Deja de parlotear, de encandilar con los mejores trajes de la ciudad, de dar lecciones de navegación mientras el barco se hunde” y “Si de verdad queremos vivir, más vale que empecemos a intentarlo ahora./ Si no, da igual, pero más vale que empecemos a morir” (ambos de Auden); “¡Ven, mortífero elemento del fuego, abrázame como yo te abrazo!” (Hawthorne).

Hay en el libro una cantidad descomunal de citas a pie de página a cargo de Chris Ackerley, lo cual se explica por tratarse de un manuscrito hallado en un archivo, pero distrae a la hora de leer la novela, que se ilumina por sí misma. Es decir, si bien no es en absoluto un libro que concentre coherentemente sus potencias literarias en un tema, está repleto de ellas, aún cuando esas potencias vayan en todas direcciones.

En ese sentido, se trata claramente de un experimento de juventud muy lejano a la reveladora obra maestra que es Bajo el volcán y sus diferentes planos de significación. No hay que olvidar que el Mar blanco parte de un manuscrito temprano mientras el Volcán fue rescrito cuatro veces: una en 1936, en México; otra que reelavoró Lowry durante su estancia en Los Ángeles dos años después; la tercera, que fue la que se salvó de las llamas porque Margerie Bonner la abrazó y salió corriendo de su cabaña aquella primavera de 1944 en las cercanías de Vancouver; y la cuarta versión, de 1945, que fue la que William Plomer, el lector de Jonathan Cape, quería cortar a la mitad, y que es la que hoy todos conocemos (los hispanoparlantes, por cierto, en la excelente traducción que Raúl Ortiz y Ortiz hizo para Era en 1964).

En favor del Mar blanco diré un dato de la historia del intercambio de cartas entre editor y escritor con respecto al Volcán que me parece relevante. Lowry estaba dispuesto a aceptar ciertas ediciones y cambios, porque “una operación delicada, ejecutada por un buen cirujano, puede salvar la vida de un paciente”, pero no aceptaría jamás que “se extirpara el corazón del libro para coser después la piel de un cadáver”. Se opuso rotundamente a que se modificaran dos cosas: la estructura en 12 capítulos y algunos pasajes, mayormente los que corresponden al manuscrito de 1936. Con este dato solo quiero decir que seguramente en el Mar blanco hay momentos que con toda seguridad Lowry habría dejado sin editar aunque se hubiera dado el caso de que lo hubiera retomado para armar una versión corregida.

Y aquí viene una pregunta crucial: ¿Lowry perdió el manuscrito del Mar blanco o lo abandonó? Cuando se publicó el Volcán, Jan Gabrial le envío una postal con la imagen de un fresco de Diego Rivera a Lowry (como lo refiere Patrick McCarthy), en la que había escrito a máquina que felicitaba a The Big Cat (como le decía ella) por el éxito del Volcán (“una novela tremenda, milagrosa, bella y verdaderamente grande”), que había leído tres veces ya, y que le auguraba suerte con el Mar blanco y Lunar Caustic. Nunca obtuvo respuesta, pero le envió otras notas de saludos cordiales en las cuales tuvo ocasión de hacer alusión al manuscrito que había quedado en casa de su madre.

Quizá por el carácter autobiográfico de la escritura de Lowry, mientras leía estos descubrimientos de The Malcolm Lowry Project, recordé el momento en que casi al final del Volcán, el cónsul parece despertar del ensueño, de un letargo en el que ha estado a merced de todos los demonios que lo circundan sin apenas moverse, prácticamente durante toda la novela (que se desarrolla en un día). Completamente ebrio por el mezcal, tambaleante, acaba de liberar al caballo (que para Lowry representaba las fuerzas del mal) que arrolló a Yvonne. De repente, uno de los maleantes que lo acechan, le arrebata el manojo de cartas que le había enviado ella. Son unas cartas preciosas de profundo amor y arrepentimiento que el cónsul jamás leyó hasta ahora, sumido en el delirium tremens. En ese momento, como si despertara de un largo sueño, el cónsul utiliza su fuerza y reacciona con violencia.

El cónsul no había leído las cartas que durante un año le estuvo enviando su ex mujer, Ivonne, pero les tenía un aprecio tan profundo, que constituyeron el único resorte que lo pudo sacar de la situación humillante en la que se encontraba para reaccionar, aún cuando fuera inútilmente, porque era demasiado tarde y los demonios ya lo habían condenado a muerte. Esto ocurre, por cierto, el 1 de noviembre, el día que el reino de los muertos abre sus puertas al de los vivos.

Con la misma actitud radical del cónsul de no leer las cartas de su ex mujer, Lowry nunca volvió a tomar la llamada de Jan Gabrial. Algo muy fuerte debió haber ocurrido para borrarla de su vida de un modo tan definitivo. Quizá el nombre de esa fuerza brutal que lo alejaba de su ex mujer era Margerie Bonner (1905-1988), a quien conoció en 1938 en Los Ángeles, para mudarse con ella a Vancouver al año siguiente y casarse casi de inmediato, en 1940, apenas un mes después del divorcio con Jan Gabrial.

Además, como recuerda Patrick McCarthy, Lowry ya había renegado de su novela Ultramarina y su héroe Nordahl Grieg, el novelista noruego que inspiró el personaje de Erikson, murió en 1943. “Por supuesto no es posible saberlo con certeza —concluye McCarthy—, pero creo que Lowry de hecho recordaba el manuscrito olvidado del Mar blanco. Sin embargo, prefería la leyenda de la trágica novela perdida en un incendio a las dificultades que ofrecía revisar una versión tan preliminar, sin las anotaciones que había hecho en todos esos años (aun si no eran abundantes). Otra dificultad, más complicada todavía, era que el Mar blanco fue concebida en el contexto político de los treinta en Europa, y requería un considerable proceso de rescritura para acomodarse a la muy distinta situación de mediados de los cuarenta”.

Una novela imaginaria como el Mar blanco sintetizaba el eterno lamento de Lowry: “¡Dios mío, qué puedo hacer ahora sin mi miseria!”, el epítome de la pesadilla que perseguía y de la que al mismo tiempo huía.

***

Imagino a Jeanine van der Heim al final de su vida, despojada ya del glamour que Jan Gabrial, el pseudónimo que eligió para la imagen que corresponde a una artista, mirando las crepitaciones del fuego de la chimenea. Es quizá una fría tarde de otoño y en su amplia mansión no hay sino el eco del silencio y corrientes esporádicas de viento frío jugueteando en espiral. Sobre la mesita hay una lámpara encendida, una copa de vino a medio terminar y la copia al carbón que un día Malcolm Lowry dejó olvidada, quizá a propósito, para siempre. El recuerdo de sus años en México, la imposibilidad de lidiar con el alcoholismo de Malc, las bellísimas cartas del Volcán que supuestamente fueron escritas por (o tal vez para) su representación en la ficción, Yvonne, esas mismas páginas rescatadas del fuego por Margerie, su poderosa rival, el doloroso silencio de The Big Cat y, quizá, al final, atraída por una crepitación inusualmente fuerte, su mirada se dirige al fuego de la chimenea y una idea nueva comienza a germinar en su mente: “ascesis”, la palabra en griego que Lowry escribió a mano y que ella suprimió deliberadamente del manuscrito de Mar blanco junto con la línea: “Y me hallo en la fase en que se hace necesario volver a partir”, que cobra sentido por fin.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo El libro de las ballenas, entre otros libros.

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Publicado en: Ciudad de libros