¿Cómo enseñar la guerra? El caso de Colombia

De votar por el “sí”, Colombia hoy estaría frente a la oportunidad de darle la vuelta a la página de su historia de guerra. Lo siguiente sería preguntarse por cómo narrar esas casi cinco décadas de enfrentamientos entre las FARC, el gobierno colombiano, y las víctimas de uno y otro lado, en un nuevo presente de paz. Que en el plebiscito ganaran los ciudadanos que se opusieron a ratificar los acuerdos de paz firmados el 26 de septiembre garantiza que los colombianos del futuro nazcan aún en un país de enfrentamientos y violencia interna. Sin embargo, 52 años son muchos. No se le puede poner pausa al transcurrir del tiempo ni a la historia nacional que se supone que tienen que aprender los colombianos.

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¿Qué narración de una guerra que parece permanente puede y tendría que llegar a los salones de clases? La investigadora Sandra Patricia Rodríguez Ávila, de la Universidad Pedagógica Nacional en Bogotá, se ha hecho esta pregunta desde hace varios años. Especializada en educación con énfasis en la historia de la educación y la pedagogía y doctora en historia, ha escrito extensamente sobre estos temas: la enseñanza de la historia, sus usos públicos, las políticas educativas y la inclusión de temas de memoria y conflicto, entre otros. Tiene una intuición básica que es recurrente entre quienes piensan en la importancia de la historia en el aula, y es que la enseñanza de la historia, sobre todo la reciente, es fundamental en la constitución política de los jóvenes. La historia que se aprende en la escuela es de los primeros referentes cívicos que se tienen, y su contenido depende las interpretaciones que imponen aquellos que tienen el poder para hacerlo. El tono puede ser conservador o no, más o menos crítico, más o menos sordo a distintas versiones, pero es de algún modo el “oficial”. Ejemplos recientes de agitadas  batallas por lo que ha de enseñarse en la escuela están en Estados Unidos y en Francia.  Sin embargo, Colombia es hoy un caso mucho más complejo, y también por ello esperanzador.

En un texto que publicó en 2009 titulado “Problemáticas de la enseñanza de la historia reciente en Colombia: trabajar con un país en guerra”,  Rodríguez Ávila propone un modelo de “trabajo pedagógico”  que integre a la guerra en lo que se enseña en las clases de historia o ciencias sociales. Es una propuesta que confronta a un sistema educativo que no incorpora de manera explícita este tema en sus currículo, ni siquiera para sus futuros docentes. Esto a pesar de los incentivos a la investigación educativa que se promovieron en algún momento en Colombia, como dice la autora. En el modelo educativo actual, que premia a las competencias en todo el mundo, temas como la guerra en Colombia sólo se enseñan para aprobar el examen al final del año, no para entender la realidad circundante y muchos menos para ser críticos con ella.

Rodríguez reconoce la importancia de las luchas por la memoria que han tenido lugar en la esfera pública colombiana, pero lamenta su ausencia en el sistema educativo. Pensando en uno y otro caso, surge la pregunta de si es conveniente hablar en pasado de una realidad hoy más presente que nunca. ¿No incita a una idea de superar lo sucedido, que justamente se opone a las demandas de organizaciones como el Proyecto Nunca Más o el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado? ¿No hay algo contraintuitivo en hablar de estas cuestiones como si fueran ya pasado?  Una larga tradición de la memoria diría que hace falta un cambio de régimen político y social –una suerte de verdadero quiebre en el tiempo– para poder hablar de procesos de memoria y, sobre todo, para que la ciudadanía crítica se apropie de éstos. Sin embargo, ese momento no le llega aún a la realidad colombiana –hoy esto es más simbólico que nunca–, y medio siglo no puede esperar a que pase otro medio siglo para ser pensado, arriesgándose a dejar de lado a las miles de víctimas de esa realidad de violencia, desplazamientos y pobreza.

Entonces, ¿cómo enseñar un pasado que no ha pasado de la forma más crítica e incluyente posible? La historiadora propone dos maneras de hacerlo que se fundan en cuestiones aparentemente muy sencillas pero que necesitan de verdadero ánimo político: por un lado reconocer y confrontar entre ellas a las más variadas  interpretaciones de los acontecimientos –de algún modo ser lo más historiográficos posible– y, por el otro, animarse a contar distinto las cosas.  Para esto propone una estructura temática basada en las políticas de la memoria impulsadas  por el gobierno, el cual tiene la primacía y una versión que ha promovido desde los medios de comunicación desde hace tiempo; aquellas políticas que se divisan en distintos trabajos de investigación, mismas que han construido múltiples narrativas de los acontecimientos basados en estudios académicos;  y las de los testigos que han sido víctimas directas de la guerra y que tienen versiones que hasta hoy se mantienen dispersas.  A éstos ejes los acompañaría una estructura pedagógica para la formación política consistente en mecanismos para interrogar a la memoria con actividades como: “análisis de los discursos oficiales”, “seguimiento periodístico” de un determinado evento en distintos medios de comunicación y ejercicios de comparación de términos, conceptos y testimonios.  Finalmente, se sumaría el promover que los estudiantes narren su experiencia con la guerra, conscientes de todas las versiones que existen sobre ésta. Así se promovería lo que nadie puede negar que es deseable en cualquier interpretación sobre el pasado:

Sentirse parte de la sociedad que está afectada por la guerra, y entender que su posición política depende de la construcción de una opinión pública informada, de la elaboración conceptual, procedente de la investigación disciplinar, sobre lo que es el conflicto y sus efectos en el gasto público, en la distribución de la tierra, en la protesta social y en la conformación de movimientos sociales. La producción de relatos, permite además que los estudiantes construyan un nivel de implicación con quienes son afectados directamente por la confrontación, y sus demandas de verdad histórica, justicia y repatriación, y es la narrativa la que permite que el estudiante comprenda que las garantías de no repetición como resultado jurídico y político es fundamental, para superar la confrontación.

Es inevitable preguntarse si el resultado de ayer hubiera sido distinto después de estas clases de historia. Aún para decidir que no es tiempo de la paz, da la impresión de que esfuerzos como el que aquí propone Rodríguez Ávila (y uno que se implementó en la Licenciatura en Educación Básica con Énfasis en Ciencias Sociales de la UPN  que incluye un software para la recolección de testimonios del que habla en otro texto), no tendrían desperdicio. Tarde o temprano México tendrá que enfrentarse a reflexiones similares para su propia Guerra contra el Narcotráfico, la cual, en las convenciones académicas, está a punto de ser historia: este diciembre se cumplen diez años del Operativo Conjunto Michoacán de Calderón que introdujo a las fuerzas armadas a este estado con la intención de detener la actuación de los cárteles en la zona.

Aprovechemos que sabemos lo que se dice del pasado, sobre todo si éste no ha pasado todavía.

 

Bibliografía

Rodríguez Ávila, Sandra Patricia, “Problemáticas de la enseñanza de la historia reciente en Colombia: trabajar con un país en guerra”, Reseñas de Enseñanza de la Historia, Córdoba: APEHUN (Asociación de Profesores de la Enseñanza de la Historia de Universidades Nacionales), No. 7, octubre 2009, pp. 15-66,

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Publicado en: Ensayo literario