
El corregimiento de Aguaclara, Buenaventura, en la costa del Pacífico colombiano, es una zona casi fantasma; sus habitantes han sido desplazados a causa del conflicto armado que ha asolado al país desde hace varias décadas. La situación de Aguaclara es similar a la de otros lugares en América Latina, o a la de Guanajuato, Jalisco, Michoacán o Zacatecas. Quizás por eso hay una cercanía con Yo vi tres luces negras (2024), la primera película en solitario de Santiago Lozano Álvarez filmada en nuestro país. En México decimos: “Ni los muertos pueden descansar en paz”, y como en la película, compartimos la existencia de un territorio poblado de cuerpos de desaparecidos, en el que madres y padres siguen buscando a sus hijos.
Yo vi tres luces negras se centra en la historia de José de los Santos (Jesús María Mina), quien no pudo rezar la muerte de su hijo asesinado y tampoco pudo hacer los rituales funerarios para el duelo correspondiente. José es el curandero de un pueblo en Aguaclara, la zona que Álvarez filma a través de tonos azules y ocres. Una noche, José recibe la visita del fantasma de su hijo Pium Pium augurando su muerte próxima y, a partir de ese momento, comenzará su deambular en el interior de la selva. José está listo para recoger sus pasos.
Hacia la segunda mitad de la película, la fascinación de la cámara por mostrar el territorio y acompañar a José en su viaje se convierte en lo central, entonces la trama se vuelve exigua; ahí, en esa forma de filmar los árboles, el río y la selva, hay otro puente entre Colombia y México: el filme parece evocar Selva trágica (2020), la película de Yulene Olaizola sobre el camino de un grupo trabajadores de chicle por la selva maya de Quintana Roo en la frontera con Belice. Ambas comparten la exploración en su forma. Si en su tiempo la crítica consideró Selva trágica como un western que sucedía en la jungla, podría decirse lo mismo de Yo vi tres luces negras en tanto que se trata de la historia de un hombre que se enfrenta a su destino entre un paisaje hermoso y terrible por lo que han hecho con él los humanos, un paisaje lleno de fantasmas a causa del crimen organizado y los buscadores de oro.
También hay algo de la épica de Werner Herzog en Aguirre, la cólera de Dios (1972), sobre la travesía de Lope de Aguirre (Klaus Kinski) a través de la selva para encontrar El Dorado, una empresa que sólo puede ser producto de un sueño de la locura. El extenuante rodaje de la película, debido a las duras condiciones climáticas de la selva peruana, tienen una relación con la poética de Herzog, en su cine sus personajes se encuentran en escenarios hostiles o situaciones extremas pero siempre hay una belleza patente, algo de lo humano se funde en ella. De hecho, en entrevista con Nexos, Lozano Álvarez reconoce la influencia del cine de Herzog pero también comenta que, más que la cinefilia, lo que inspiró Yo vi tres luces negras fue la música, la literatura y las propias voces de las comunidades de la región del pacífico colombiano.
Ya en Siembra (2015), su ópera prima codirigida con Ángela Maria Osorio Rojas, estaba presente la exploración del territorio. Esta película ocurre entre la costa y Cali, y trata sobre un padre que también sufre el duelo por su hijo. Por esta época, en la región de Chocó, en el Río San Juan, el cineasta trabajó con personas que se dedican a los rituales mortuorios en sus regiones, estudió los cantos y distinguió “una voz común en esta región, la ritualidad y la espiritual como forma de resistencia desde los tiempos de la esclavitud”. Este fue el germen para Yo vi tres luces negras. Así, uno de los primeros retos para filmar en la costa del pacífico, menciona Lozano Álvarez, fue encontrar una localidad adecuada —acaso cada intento de filmar en cualquier selva implica una odisea a lo Herzog—; sin embargo, esa “rudeza en el paisaje”, como el director la llama, le dio carácter a la película. En ésta, el territorio también se piensa como un personaje. La premisa de Yo vi tres luces negras, dice el director, “no es la del hombre imponiéndose a la naturaleza, sino que es la naturaleza la que indica qué se puede hacer cada día” y esto es evidente en la forma de filmar la selva con sus peculiares sonidos o sus distintas tonalidades de verde. En su viaje, José de los Santos reconoce el territorio, en él encuentra los fantasmas de los que murieron ahí, además de su hijo. Si el territorio también es un personaje es porque parece comunicarse con José de los Santos, le da la pauta para poder honrar la memoria de los muertos rezando por ellos.
Alejada del realismo de su ópera prima, Yo vi tres luces negras es una ficción con toques fantásticos, una tendencia en el cine latinoamericano contemporáneo —como la dominicana Pepe (Nelson Carlo De Los Santos Arias, 2024)—. La magia y fantasía parecen el recurso ideal para explorar el mundo de los muertos, una intuición que en su momento adivinó también el realismo mágico literario que se extendió por toda América Latina. Algunos críticos sostienen que el realismo mágico ha encontrado un segundo aire en el cine, pero en el cine es difícil hablar de un realismo mágico en los mismos términos que en la literatura. En esta película, por ejemplo, el realismo coexiste con lo fantástico, y ambos son elementos que ayudan a atravesar el duelo y prepararse para la muerte.
La construcción de una ficción fantástica se cruza con el registro documental del paisaje. Frente a un tema tan doloroso como el de la desaparición forzada, ¿cuál es el tono más adecuado? Tal vez no hay una respuesta, pero el cine latinoamericano está aventurando varias: hay tanto que registrar los testimonios como recurrir a la ficción con sus derivas. Casi al final de su viaje, José de los Santos, haciéndose eco de la voz de desaparecidos, como un médium, pide a los buscadores de oro que dejen en paz esa tierra, pues sólo hay fantasmas. Es como si esta escena sugiriera que, para honrar la memoria de los muertos, hay que escucharlos, hay que dejarlos hablar.
Karina Solórzano
Cofundadora del sitio de crítica feminista La Rabia. Forma parte del equipo de programación de FICUNAM y coordina el Foro de la Crítica Permanente