William S. Burroughs y el mal como tentación estética

William S. Burroughs, el más delirante prosista de la llamada Beat Generation, mató accidentalmente a su pareja en la Ciudad de México durante un espeluznante juego de drogas y armas de fuego. Este ensayo revisita las novelas y la biografía de Burroughs para hacer un alegato contra la idea de que el arte debe de ser “útil y verdadero”.

Tarde de jueves del 6 de septiembre de 1951. El departamento n.º 10 de la Calle Monterrey 122, en la colonia Roma, está colmado de botellas de ginebra Oso Negro y cuerpos alcoholizados. Se trata de una reunión de becarios extranjeros que volatizan con rapidez su mensualidad. Entre estos se desarrolla un peculiar triángulo amoroso: Joan, una mujer con 28 años de edad, amante de la provocación, la autodestrucción y el tequila a las ocho de la mañana; su pareja, Bill, vestido de traje y gafas, es dueño de unos ojos habitados por la muerte y un deseo intenso de poseer una y otra vez al veinteañero con quien charla en ese momento: Lewis, un escuálido y procaz jovenzuelo con el que había realizado un viaje meses atrás a Sudamérica,  al que Bill, en cartas dirigidas a un amigo cercano para contarle sus penurias, llamaba cariñosamente my boy.

La tarde avanza, los tragos se esfuman y con ellos la calma para darle paso a espíritus brumosos: el hombre de gafas expresa su deseo de irse a vivir con su familia a Sudamérica y mantenerla mediante la cacería de animales salvajes. Atenta, su mujer le desafía: “De hacerlo nos moriríamos de hambre; eres demasiado vacilante para dispararle a alguien”. En ese momento el espíritu de Guillermo Tell se apropia del espacio; el hombre está dispuesto a probarle a los presentes lo contrario. Coge de la mesa que tiene enfrente la Star. 380 automática mientras la mujer coloca un vaso a medio llenar sobre su cabeza. Tres metros separan al tirador de su blanco de cristal. Ella ríe ahogadamente y cierra los ojos. Años atrás, cuando recibió en su puerta del departamento n.º 419 de la West 115th St. al hombre que ahora le apunta, le dijo: “Bienvenido a tu destino”. Él respondió: “Bienvenida al tuyo”. Ahora ese mismo hombre apunta al vaso de vidrio, inhala y tira del gatillo. El proyectil impacta en la cabeza de Joan Vollmer; pero también, de por vida, en la del tirador, William Seward Burroughs. El aroma a pólvora flota en el espacio, lentamente invade las fosas nasales del hombre que ahora yace en el suelo gritando el nombre de su mujer mientras un hilillo de sangre corre desde la frente de Joan hasta el piso. La reunión concluye en tragedia, pero también en epifanía. En palabras del mismo Burroughs:

Un espíritu maligno disparó a Joan para convertirse en causa… nunca habría llegado a ser escritor si no hubiera sido por la muerte de Joan, y por la conciencia de cómo este acontecimiento ha motivado y confirmado mi escritura. Vivo con la amenaza constante de ser poseído y con la obstinada necesidad de escapar de ello, del control. La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, con el espíritu maligno, y me condujo a una eterna lucha en la que no he tenido otra alternativa que la de escribir mi propio escape.1 

De esta espirituosa confesión podríamos inferir que el homicidio perpetrado por Burroughs bajo “una posesión maligna” devela no sólo una psique perturbada, sino también una compleja relación entre el vicio, la muerte y la escritura. Y es que la declaración de este “Guillermo Tell Burroughs” dista mucho de ser vesánica si tomamos en cuenta las reflexiones propuestas por el filósofo Rüdgier Safranski, para quien el mal amenaza a la conciencia libre y la seduce, procurándole estímulos siniestros.

En este caso las drogas y el alcohol consumidas por Burroughs —y por Joan Vollmer y los otros asistentes de aquella reunión— sirven no sólo como atmósfera, sino como vehículo de destrucción, imaginación y configuración del escritor. En otras palabras: en la tentación estética del mal el vicio aparece como el periplo perfecto para la representación del mundo; un mundo que libera las estrecheces del cuerpo y extiende los sentidos, que busca la plenitud y prefiere la independencia a la servidumbre impuesta por los contratos sociales. El mal seduce, perturba, reinterpreta.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

En las novelas de William Lee —seudónimo que Burroughs tuvo que usar al inicio de su carrera literaria— desfilan drogadictos dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de conseguir su dosis diaria. Para ello transgreden la ley: roban a borrachos dormidos en el metro, se vuelven soplones, ruegan grotescamente por un pinchazo, se prostituyen, sobornan a médicos para conseguir recetas, trafican con droga en los cafés, en la calle, en sus casas, afuera del templo de nuestra Señora de Chalma; se alienan y se degradan, experimentan el infierno hasta enloquecer, desafían a la muerte, o incluso, la procuran. En la novela Yonqui, cuando preguntan al Sr. Lee, alter ego de Burroughs, por qué siente la necesidad de consumir droga, él responde: “La necesito para salir de la cama por las mañanas, para afeitarme y para tomar el desayuno”.2 Este personaje también cree que el uso de la droga causa una alteración permanente: “Una vez junkie, siempre junkie”. El vicio entonces no resulta un fracaso o una imperfección de la naturaleza, sino una forma de autonomía sobre la represión pasional ejercida por la civilización; una posibilidad de coexistencia a partir de la elección de travesías tóxicas y reveladoras: “He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar: es una manera de vivir”.3

Esta forma intravenosa de vida-escritura hace posible una exégesis alejada del mundo moralizante y virtuoso, a contracorriente del concepto hegeliano de “arte útil y verdadero”. Así lo constata el rechazo de Yonqui por parte de los editores a quienes el poeta Allen Ginsberg, convertido en una especie de agente literario, ofrecía el manuscrito. Estos editores argumentaban que el texto carecía de distinción o pecaba de extravagancia, osadía, degeneración, al grado de convertirse en un producto enemigo de las buenas conciencias. Estas mismas características a la postre condenaron a la prohibición la otra gran novela de Burroughs: el muestrario del vicio conocido como El almuerzo desnudo.

Esta última consideración resulta fundamental: pensar que el arte vicioso del poseso William Burroughs es antihegeliano por inútil y falso sería pasar por alto que el arte, al resignificar al mundo, debe presentar singularidad. El escritor de Queer repara en una visión particular: la de los viciosos, sujetos degradados que muestran el contrapeso del desencanto utilitarista y huyen del canto de las sirenas de la modernidad como las de la policía. Retadores del sistema, lo dinamitan para cimentar ciudades de morfina y nubes de cocaína, espacios donde habita la impotencia, la desesperación, la desvergüenza y la paranoia. Tales lugares, en los que la angustia es la realidad de los marginados, profundizan su lógica al exponer representaciones en las que el arte y el sufrimiento coexisten, permitiendo así una congruencia entre el autor y su obra. En el jodido universo de las balas perdidas y los drogadictos maricas, el Sr. Lee le receta al Sr. Burroughs dosis intravenosas de autodeconstrucción y pláticas con su pistola, al cabo que la letra con bala entra. La escritura como acto de maldad confronta al sistema dominante desde su temática y su lenguaje; desde la batalla moral que emprende el hombre al vivir en la cuerda floja del sometimiento o el desenfreno, desde la elección de un hábito de libertad o de servidumbre. Si consideramos que la esencia del hombre es el deseo, Burroughs y sus textos verifican a la pasión como principio, pasión que habita bajo una carne trémula y angustiosa en espera de su dosis de vitalidad:

He experimentado la angustiosa privación que provoca el síndrome de abstinencia, y el placer del alivio cuando las células sedientas de droga beben de la aguja. Quizá todo placer sea alivio. He aprendido el estoicismo celular que la droga enseña al que la usa. He visto una celda llena de yonquis enfermos, silenciosos e inmóviles, en aislada miseria. Sabían que era inútil quejarse o moverse. Sabían que en el fondo nadie puede ayudar a nadie.4

Así, la pasión —entendida como una fuerte inclinación, preferencia, deseo o padecimiento— documenta el mundo sensible del hombre que crea a partir del sufrimiento, del sentido trágico de su existencia. La mesura, la sensatez, la armonía de las formas e incluso la belleza no corresponden con la imagen del tembloroso Sr. Lee, quién, vistiendo ropa acartonada por las manchas de orines y alcohol acumulados durante días, pide a sus vecinos unos pesos de limosna para envenenar su cuerpo, sus pasos, sus palabras. La afirmación de Rousseau —“No se comenzó por razonar sino por sentir”— encuentra cabida en los textos de Burroughs (sobre todo en Junkie, escrito en el tiempo en que el espíritu maligno aprieta el gatillo de la Star.380), en los que encontramos un profundo sentimiento de derrota, de desesperación, de dolor y desconsuelo, ya sea por el perenne fantasma de Joan Vollme, por el rechazo de su preferido, Lewis Marker, o por su adicción a la “enfermedad”.

El estremecimiento presente en las narraciones de Burroughs, sin embargo, revela en la degradación progresiva de los drogadictos una conciencia del delito, lo que supone un acto razonado que avanza contra los valores artificiales de un imaginario social que, basado en la avaricia y la acumulación de bienes materiales, edifica sus contenidos éticos a partir de una evangelización económica que maquila a hombres de mercado. Por esto es que en los discursos de Burrough encontramos al hombre estético nietzscheano: aquel que propone una forma de creación centrada en el individualismo y la irreverencia, que encuentra en la huida permanente, perseguido por la ley, cruza fronteras, reales e irreales. Burroughs escribe desde la insoportable experiencia del síndrome de la abstinencia y desde la experimentación continua (se droga con morfina, opio, bencedrina, coca, mariguana, heroína, peyote, anfetaminas). Su tema es un paradigma de vida-escritura basada en el cinismo, la dejadez, el egoísmo, la irresponsabilidad y la transgresión del canon literario —que se preocupa por literaturas menos extravagantes—. La preocupación de Burroughs es, sobre todo, la implosión del cuerpo llevado a sus límites. Es cierto que, en el mundo desencantado de Burroughs, los personajes se degradan. Pero su caída no es la degradación del hombre-consumidor que, inflamado por el espíritu comercial, corrompe, aplasta, lucra y enloquece con tal de acumular desenfrenadamente códigos de barras que poseen una fecha de caducidad mayor a la que presentan hoy día las ideas. No, la suya es una degradación que esconde una rebeldía contra esa otra decadencia.

En un mundo donde las leyes del mercado desprecian la educación y el espíritu heroico y, en su lugar, glorifican la vanidad, la estupidez, la avaricia y la envidia, no es posible un arte bello que procure el sentido de la justicia o el recogimiento del alma. Y es que el hombre, reducido a mero comprador o cliente, se torna insensible a la ampliación de los horizontes. Ante lo falso —ante la representación superficial, ante los mundos virtuales— el hombre entra en trance por la seducción de las ofertas diarias y los metaversos. Ensimismado en la imagen, en el instante, en la simulación y el espectáculo de la exhibición que ofrecen las redes sociales, el hombre, convertido en consumidor, en espectador de sí mismo, no se solidariza con las debilidades o con las desgracias.

En contraparte, el sufrimiento y el desamparo cobran relevancia. Es por esta razón que un arte que no busca la recompensa económica y que se dirige al individuo, y no a las masas, entra en diálogo con sus receptores, quienes reconocen en éste la tragedia del hombre. Al ser vehículo de destrucción, el vicio humaniza: señala la diferencia desde la fealdad, la humillación, el escarnio o la imperfección. Es por este camino que avanza la obra de William Burroughs, construida desde la canallez o, si se prefiere, desde la malignidad del espíritu: sus historias y sus actores descienden por la escalera del infierno para enfrentar sus debilidades, sus pérdidas, sus demonios, hasta encararse con la verdad de su ser. Consagrado a los dioses del subsuelo, Burroughs empuña su revólver, extiende su brazo agujereado y se deja seducir por la estética del mal mientras el alcohol y la cocaína recorren su sangre pesada; mientras su cabeza escucha una voz que dice dispara y un fogonazo libera a la bestia de la escritura.

 

Héctor Ríos González
Licenciado en Letras Hispánicas por la UAM. Becario del FOCAEM, categoría ensayo (2013). Ha publicado en Replicante, Playboy, ¡Emergencia! Narrativas Inestables, Punto de Partida, Tema y variaciones de Literatura (UAM).


1 García Robles, J. Burroughs y Kerouac: dos forasteros perdidos en México, Random House Mondadori, México, 2007, p. 115.

2 Burroughs, W. S. Yonqui, Anagrama, Barcelona, 2006, p. 148.

3 Ibid, p. 22.

4 Ibid, p. 22.


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