Pasadas dos terceras partes de la segunda temporada de Westworld —serie de ciencia ficción de la legendaria casa productora HBO—, la experimentación narrativa y la profundidad filosófica de su trama prometen mantener el legado que nos dejó la imperdible primera temporada.
Westworld
Temporada 2, HBO, 2018
Creadores: Lisa Joy y Jonathan Nolan
Elenco: Evan Rachel Wood, Anthony Hopkins, Ed Harris, Jeffrey Wright y Thandie Newton.
Obrar concierne a sucesos de los que un individuo es el autor, en el sentido de que el individuo pudo, en cada fase de una secuencia dada de conducta, haber actuado diferentemente.
—Anthony Giddens
Si tuviera que comenzar en algún lugar, defendería la idea de que Westworld, antes que ser una puesta cinematográfica en el más amplio sentido de la palabra, es un ejercicio literario en la mente de sus creadores, Lisa Joy y Jonathan Nolan. Esto no quiere decir que el resultado visual de Westworld sea deficiente, ni mucho menos. Todo lo contrario. Como toda buena serie de HBO, es un producto cuidado y a la altura del diseño de producción al que nos tiene acostumbrados la filial de Time Warner. Pero parece innegable reconocer que su verdadera grandeza radica en el trabajo de sus escritores y en la ambición literaria de sus creadores. No se me ocurre una serie de los últimos tiempos con las mismas pretensiones tan agudas por profundizar y jugar con los alcances del elemento narrativo. Tal vez lo que hizo Damon Lidelof con The Leftovers, otra maravillosa serie de HBO, concluida en junio del año pasado.
En la primera temporada supimos que Westworld es un parque temático, cuyos anfitriones son robots humanoides programados para seguir las tramas creadas por los guionistas del lugar, con el fin de hacer más entretenida la estancia de los huéspedes. Una vez adentro, no hay límites sobre lo que los huéspedes pueden hacerle a los anfitriones. Y tampoco hay consecuencias, pues se restringe la posibilidad de que estos últimos puedan lastimar a los primeros. La intención es que Westworld sea ese lugar donde los visitantes puedan desatar sus pasiones más bajas y sus vilezas más crueles con total impunidad y sin ninguna clase de perjuicio; donde puedan llegar a hacer realmente lo que les plazca en condiciones de completa libertad.
En este mundo se conjuntan las aspiraciones de dos personajes: William y Ford. William, enganchado con las experiencias dentro del parque, se convierte en un huésped permanente, quien, a medida que pasa el tiempo como habitante, desea encontrar cada vez más autenticidad y complejidad en las tramas de los anfitriones. Y Ford, uno de los creadores del parque, busca lograr que los anfitriones sean cada vez más autónomos y espontáneos, pero no para el placer de los huéspedes, sino para aumentar los alcances de la propia inteligencia artificial.
Al final, veremos que, en cierta medida, se logran alcanzar estas aspiraciones con el “despertar” de la conciencia de los anfitriones, lo que desencadena una rebelión contra los huéspedes y la pérdida de control del parque, dejando el terreno listo para lo que nos esperaba en esta segunda temporada.

“(La realidad) es aquello que es irreemplazable”
Así abren los primeros minutos de la segunda temporada de Westworld. Pero ¿qué puede ser “irreemplazable” de la realidad? Ya desde la primera temporada, uno puede ir dándose cuenta quela serie no necesariamente quiere centrar su atención en aquella vieja pregunta ontológica sobre la verdadera naturaleza de la realidad física, su relación con lo que percibimos de ella y los posibles engaños y confusiones que pasan a través de nuestros sentidos, aun cuando en reiteradas ocasiones bombardeé al espectador con la duda sobre qué es lo que realmente está pasando. Por el contrario, parece querer dirigirse a un segundo orden de realidad. Aquel que le otorga significado a las vivencias y les da propósito a las acciones; aquel que intenta responder a la pregunta sobre quiénes somos y qué sentido tiene lo que hacemos. De ahí que lo irreemplazable pueda referirse a aquello que se vuelve constitutivo de la continuidad de nuestras identidades.
Y me parece que en esto radica lo más interesante de esta segunda temporada, porque hasta ahora no parece problematizar el despertar de la conciencia de los anfitriones para sugerir alguna idea moralizante de “humanidad” o de inocencia y bondad perdidas. Más bien, se vislumbra el intento por mostrar un confrontamiento real con la otredad. Pero no una otredad desconocida y ominosa (como la tematización del contacto extraterrestre dentro de la ciencia ficción), sino aquella que nace de la diferencia observable entre individualidades. Algo cercano a un “¿quién soy yo y qué lugar ocupo en el mundo respecto a ti?”. Es, pues, la construcción de un otro legítimo, al que, hasta entonces, se le había subordinado la posibilidad de autonomía. En ese sentido, no se busca humanizar a los robots, sino más bien dotarlos de la posibilidad de agencia individual, para luego jugar con las posibles consecuencias de ello.
Este nuevo elemento hace que las reglas del parque cambien por completo en la segunda temporada. Con la rebelión, ya no hay restricciones sobre quién puede o no ser lastimado, y tampoco sobre cómo tienen que responder los anfitriones ante los huéspedes. A los primeros se les abre la puerta para cuestionar esa realidad de segundo orden que, en algunos casos (como el de Bernard, Dolores o Maeve), es reconocida como un invento artificialmente impuesto contra su elección, pero que se vuelve irreemplazable para su identidad, porque es esencial para el único personaje que son. En la mayoría de los casos, tal vez con excepción de Dolores, se tienen que conformar con interpretar el papel de sí mismos, aceptando que ese “uno mismo” deriva de un guion escrito por alguien más. Y de momento no existe otra alternativa, porque es el único contenido de personalidad que poseen. Sólo les queda aprender a ejercer su auténtica autonomía individual sobre esa base de realidad interna.
Espejos de ficción
Por esta razón se puede defender que Westworld es un gran ejercicio literario. El carácter narrativo de la ficción que le da sentido al parque es el sustrato de la identidad de los anfitriones. Al final, ¿qué es lo que nos hace reales como individuos si no son nuestras propias historias, materializadas en recuerdos, sueños o creencias? Así también para ellos. Con la rebelión, se les da la oportunidad de conocer su propia historia y, por ende, de sedimentar alguna posición en el mundo, elegida por ellos mismos y no programada desde afuera. Por eso, si en la primera temporada Westworld era el perfecto lugar para el autodescubrimiento de los huéspedes, porque era el sitio “escondido de Dios” —donde se podía pecar en paz y sin la mirada omnisciente de la moral—, en esta segunda temporada también se convierte en el lugar perfecto para el autodescubrimiento del anfitrión, ya que funge como trama que le da sentido a sus vidas: si la realidad ha de prevalecer no es por su oposición a la ficción, sino porque su narrativa se arraiga en los individuos. Primero, como fantasía que ayuda a los huéspedes a encontrar su verdadero yo. Luego, como ficción útil de la que logran apropiarse los anfitriones como fundamento de su propia realidad individual.
La mejor muestra de ello se reconoce en las diferencias entre Dolores, Maeve y Teddy ante su autoconciencia, el nuevo orden y los nuevos propósitos que abrazan para sus acciones: Dolores a través de una intransigente defensa de la libertad recientemente conseguida; Maeve en la búsqueda de una hija de la que recuerda haber sido madre en alguna de las tramas que tuvo que desempeñar dentro del parque; y Teddy apelando al perdón y a un cierto sentido de compasión como forma de buscar reconciliación con sus creadores.
En última instancia, los anfitriones están originalmente programados para sentir como humanos y vincularse como humanos. No obstante, una vez que logran desviarse de los límites de su programación inicial, se ven obligados a buscar una nueva forma de relacionarse. Pero no a través de una caracterización genéricamente “humana” y tampoco asumiendo una identidad colectiva cohesionada (un “Nosotros”). En eso radica su conflicto y su tragedia, pues cada uno de ellos adquiere una voz propia que no sólo está íntimamente ligada a una codificación impuesta por otro, sino que además entra en conflicto con la primera finalidad que les es atribuida.
Así, parece que la serie también quiere poner sobre la mesa una premisa política, porque nos hace reflexionar sobre qué tan capaces somos para aceptar una agencia distinta, cuando ésta responde a la pura intencionalidad autónoma; aún y contra lo que se esperaba y se tenía previsto, o bien cuando toma un camino que choca contra los propios intereses. Pero aquí es peor, porque los creadores cargan con la responsabilidad de haberles otorgado a los anfitriones propósitos y personas a los que amar y por los cuales orientarse, y que, aunque empezaron siendo invenciones meramente lúdicas que se podían aprovechar, ahora son elegidas libremente por los anfitriones como elementos por los que vale la pena sacrificarse, frente al exterminio y la supresión.
La identidad fuera del tiempo
Llegado a este punto, es inevitable ver los paralelismos que hay entre esta serie y muchos de los recursos narrativos usados en la película de Memento, inspirada en un cuento de Jonathan Nolan. Primero por la difuminación de la temporalidad procesual de la trama. Es como si la secuencialidad del tiempo careciera de importancia frente a la centralidad de la historia y de la evolución de sus personajes (sus propósitos, el sentido de sus acciones, las pautas de su identidad y las transformaciones de su personalidad). Así como en aquella película, en Westworld hay un constante ir y venir entre líneas temporales y pedazos de sucesos, que después la audiencia podrá reconstruir como una secuencia cronológica. Es como si se desapareciera la temporalidad, o se hiciera intencionalmente confusa, para proyectar una metáfora sobre cómo opera la identidad: no como continuidad de eventos secuenciales, sino como una narrativa, a veces inconexa, que aparece al interior del personaje. En segundo lugar, está la referencia al autoengaño como mecanismo para que el personaje se otorgue un propósito existencial. Especialmente en el caso de los anfitriones es llevado a un nivel más allá, porque no sólo es la historia que los personajes se cuentan a sí mismos para darse un motivo para vivir (como Leonard en Memento), sino la narrativa reconocidamente impuesta por otros, inexpugnable, debido a que funciona como materia prima de su identidad, mientras asumen el conflicto constante que significa buscar aquello que los haría auténticos y libres.
Con este panorama, ¿qué futuro podemos esperar de la serie? Muy probablemente mucho nos lo dejó entrever el último capítulo transmitido hasta ahora. Ya no sólo se trata de observar las consecuencias de la agencia de los anfitriones y los efectos de los caminos morales que emprendan, sino también de resolver lo que realmente sucede tras bambalinas. Parafraseando a Dolores: la lucha entre aquellos que quieren ser inmortales y aquellos que, no pudiendo morir, luchan por ser libres.
Carlos Camp
Sociólogo, egresado de la UNAM.