La crónica nos acerca a lugares y tiempos remotos, sin dejar de ponernos los pies, una vez más, en la tierra. Eso mismo hace el siguiente texto que relata un viaje reciente a Túnez y trae a nuestras orillas sus paisajes, su historia reciente, sus convulsiones políticas y sociales.
Los contornos de la costa se dibujan entre girones de nubes y el mar, mientras el avión sigue su descenso. Reconozco los puertos púnicos al pie de Cartago, como tantas veces sorprendida al ver que, a menudo, el pasado lejano se presta a una mejor lectura desde el cielo que a altura de hombre. Los paisajes son las páginas del inmenso libro del mundo, para descifrar briznas y fragmentos de lo que no ha dejado de ser por completo. Después de haber salido del aeropuerto, me doy cuenta de que el tráfico alrededor de Tunis tiene todavía que ver con la aventura. Cada quien a lo suyo, en la incesante carrera de vehículos de todo tipo, que se cuelan a diestra y siniestra en cuanto hay un espacio libre. Y qué importan las reglas de tránsito, ese es el credo de los automovilistas. La cúpula verde esmeralda de la zouaïa sufí de Sidi Belhassen se recorta a la derecha, al salir de la capital. La edificación blanca está anclada arriba, sobre la colina de Djellaz, a lo lejos, por encima de las colas de coches. Domina el viejo cementerio, de varios siglos de edad, más abajo, en los flancos de la colina. Aquí yacen grandes figuras de la historia de Túnez, entre los gatos que lo han convertido en su lugar de veraneo. Acostados en las tumbas, felinos pelirrojos, atigrados o tricolores, entrecierran los ojos, perfectamente inmóviles, perdidos en meditaciones insondables. ¿Qué sabrán del paso del tiempo? El cementerio de Djellaz fue uno de los sitios capitales de la lucha contra la ocupación francesa. Los disturbios de Djellaz estallaron en 1911, exactamente cien años antes de la revolución tunecina del 2011. Protestas y levantamientos acentúan la epopeya de los humanos, arrastrados por la obstinación de sus sueños, incesantemente renovados. Rotos o hechos añicos sobre la arena, acaban regresando a altamar, un poco más fuertes, cuando ya nadie los espera.

La silueta alargada de Djebel Ressas aparece ya en el horizonte. La emoción no cambia al cabo de los años, aunque la luz, la hora y la estación le den en cada ocasión un aspecto distinto. Es la certeza de mi regreso a un litoral que tengo cerca desde hace mucho tiempo. Se pasa “la montaña de plomo”, dirigiéndose hacia los naranjales del Cap-Bon, Nabeul y Hammamet, a unos cincuenta kilómetros de la capital. Los romanos explotaban el yacimiento de plomo de Djebel Ressas. De ahí viene su nombre.
Las campesinas ya no se visten con “malias” carmesí, azul noche o índigo, ceñidas a los hombros con fíbulas de plata, como las que llegué a ver antaño. Abandonaron hace ya varios años esos textiles de tela heredados de la época romana y los reemplazaron por túnicas sintéticas fabricadas en China. Solo las hogazas de pan que venden por algunos centavos en las cunetas de la carretera no han cambiado. En cuanto a la anciana curtida por el sol y por los rigores de la existencia, parada frente a las plumas de la caseta de la autopista, ella debe conformarse con vender algunos paquetes de Kleenez.
Los olivares se extienden hasta donde la vista alcanza, follajes plateados esparcidos sobre una tierra cobriza, con los restos, a veces, de alguna granja colonial abandonada. Cercas de cipreses y de nopales protegen del viento los naranjales un poco más allá. El palacio Mussolini se yergue en las alturas de Bou Argoub. De arquitectura modernista, fue construido por colonos italianos en los años 1930 para recibir al duce, si tenía que huir de Italia. ¿Con qué soñaban las niñas que frecuentaban el lugar, en la época en que lo habían convertido en una escuela? A la edificación llegaron, en 2011, familias modestas que buscaban vivienda. Y cada vez que se reúnen alrededor de sus braseros para saborear un vaso de té, entierran un poco más bajo el olvido un periodo particularmente oscuro de la historia mundial.
Los tanques de asalto han desaparecido de la entrada del aeropuerto de Cartago y la cal ha borrado los eslóganes revolucionarios que aparecieron casi en todos los muros, hasta en los confines del campo. “El poder para el pueblo”, “Pan y agua, sí, el dictador, no”. Al borde del mar, bajo las murallas ocres de la antigua fortaleza de Hammamet, me encuentro con mis amigas. El café Sidi Bouhdid lleva el nombre del santo morabito, patrono de los pescadores, cuyo mausoleo esconde una cúpula blanca. A los jóvenes o menos jóvenes, a las familias o a las parejas les encanta encontrarse aquí, entre tés y narguiles. Aída recuerda conmigo el sit-in del Bardo, en el verano en que el gobierno islámico quiso atacar los derechos de las mujeres, garantizados desde la independencia de Túnez en 1956. Las mujeres de Nabeul fletaron autobuses cotidianos para ir a manifestarse frente al Parlamento. “Se me pone la piel de gallina, nada más de pensarlo”, me murmura, con la voz entrecortada. El gobierno Ennahda [Partido del Renacimiento, conservador, islámico] acabó por dimitir. Pero el fervor de las discusiones en las casas y en los cafés parece haber decaído. El desempleo persistente, la devaluación de 50% del dinar en siete años, los ataques terroristas que alejaron de manera duradera al turismo del país, todo eso derrotó la esperanza de muchos. Las madres, en las regiones menos favorecidas del centro y del sur del país, se ponen a temblar al ver a sus hijos embarcarse clandestinamente hacia Europa, poniendo en riesgo sus vidas. “¿La revolución? Todavía la estamos esperando…”, me dice un anciano con una sonrisa un poco desilusionada. “Al menos tenemos libertad de expresión, no es poca cosa… Y si pensamos en Yemen, o en Libia aquí cerca, o en la tragedia de Siria, la transición democrática sigue su curso en Túnez”. Otro dice con amargura: “Antes sabíamos que la corrupción venía del poder. Ahora está por todos lados, difusa, muy difícil de detectar”. Un peluquero no logra pagar las tarifas aduaneras de los champús que importó de Francia. Si hubiera calculado mejor sus trámites y hubiera comprado los productos en Turquía, habrían llegado a su casa en pocas horas. El vendedor de alfarería envuelve mis compras en papel periódico. Me explica que la prensa está en crisis. Lo que no compra la gente se le vende a los comerciantes como papel para envolver. Tristeza de esas decenas de páginas que acaban su vida entre la vajilla, a falta de lectores. ¿Dónde están los debates de ideas, las tribunas revolucionarias de los primeros tiempos? El periódico cuesta un dinar; sigue siendo caro cuando el precio de la vida se desboca, como ha estado sucediendo en los últimos años.
Las primeras elecciones municipales desde 2011 fueron el domingo 6 de mayo, con listas en las que hombres y mujeres tenían la misma representación, según la constitución votada después de la revolución. Las pancartas pegadas por todos lados con las fotos de los candidatos y las candidatas son el fiero testimonio de esa presencia femenina en el espacio público. El país vivió siete años sin alcaldes ni consejos municipales y la gente está impaciente de volver a tener instancias locales para gestionar lo cotidiano. “Un soplo de libertad”, reza este alero de campaña electoral, mostrando que la palabra no ha dejado de importar, a pesar de la morosidad del ambiente. Apunto en mi libreta esta frase grafiteada en un muro: “Con rolex o sin rolex, todos tenemos la misma hora”. Hace parte de la misma veta de lo que se leía por doquier tras los sucesos del 2011. Seguir mi camino a pesar de los obstáculos, siempre con la mente centrada en lo esencial, lo que tenemos en común. Mantener el rumbo, pase lo que pase, sabiendo que de la suma de las luchas logradas acabará por llegar el cambio.
Las olas resuenan al pie de las mesas del café Sidi Bouhdid, mientras trozos de nubes se ahogan en el horizonte, casi tan azules como el mar. Mientras las lejanías nos inspiren y nos transporten… Se escucha desde una tienda la voz cristalina de Fairouz, la diva libanesa: “Habaytak bisayf, habaytak fi chiti… Te amo en verano, te amé en invierno…”. La belleza melancólica de esa canción no parece haber pasado de moda, aún después de varias décadas. No más que el perfume del incienso, incandescente en los narguiles.
Cécile Oumhani
Poeta y narradora. Es autora de: Tunisian Yankee, entre otros títulos.
Traducción del francés de: Álvaro Ruiz Rodilla.