La poeta rusa Anna Ajmátova es un ejemplo de resistencia y perseverancia ante la egolatría represiva y el terror político de los tiranos. Por eso su vida y obra también ilustran, como desentraña esta reseña, que todo intento por manipular, poseer o aplastar el misterio de la creación artística será fallido.

No olvido la primera vez que leí Réquiem de Anna Ajmátova. Abrí el libro como si jalara dos portones de piedra; entonces me encontré con el texto que inaugura la obra, una entrada que la autora escribió en 1957 titulada “En vez de prólogo”:
Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer –los labios morados de frío– que nunca había oído mi nombre salió del acorchamiento en el que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurros):
—¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
—Puedo.
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.
Imaginé que la palabra puedo debía sonar en ruso mucho más firme; y mencionada a susurros en una cárcel yezhóvschina debía cortar como el viento de Siberia; debía ser como arrojar una palabra seca mirando de frente el confín de la Tierra. Anna Ajmátova es una de las grandes poetas rusas del siglo XX, y como señala Lara Moreno, un título como ese no es uno cualquiera en medio de una historia bestial, tiene una enormidad particular. También afirmar puedo en la Rusia del Gran Terror tiene un tamaño y una firmeza especial.
Réquiem es la realización de la promesa sentenciada por Anna para quienes ya han perdido hasta las facciones; es el desacato a todo un orden; es su respuesta al expediente criminal de todas las Rusias que atraviesan ella y su pueblo. ¿Pero cómo puede? ¿Cómo es que una mujer despojada de todo logra sostenerse, y además recoger en su voz su propio dolor y el de los demás? ¿De dónde viene esa voz? Estos son algunos de los misterios que construyen la nueva novela de Alberto Ruy Sánchez El expediente Anna Ajmátova.
La pregunta por el origen de una voz poética es bastante menos metafórica en el caso de Ajmátova que en el de otros poetas. Como bien anuncia la obra de Ruy Sánchez, Anna fue poco a poco sitiada en soledad por los caudillos de la Revolución, le fueron mutilando la vida detalladamente: asesinaron a sus amigos y colegas; su primer marido fue fusilado; a Lev, su hijo, lo encarcelaron a pesar de los intentos de la madre por rescatarlo; y a ella la redujeron a una suerte de encierro domiciliario cuidadosamente vigilado. Stalin mandó cablear de forma visible su cuarto, en el que colocó un ostentoso micrófono. La policía del régimen esperaba con avidez cualquier sospechoso balbuceo proveniente de esa voz. Por si le quedaba algún respiro, el líder erigió una estatua suya en el patio central del Palacio de la Fontanka, justo frente a la ventana de Ajmátova. Desde luego, a la poeta se le prohibió publicar y más tarde también escribir. Cualquier persona que quisiera visitarla era cateada después de encontrarse con ella para evitar que algún verso escapara de esa habitación. Aun así, aparecían publicados nuevos poemas suyos en el extranjero; y había uno que particularmente causaba estragos: Réquiem. El “Hombre de acero” no contaba con que la voz no se ve y a veces ni siquiera se escucha, sólo habita; e incluso, sobrevive a su propia garganta cuando logra resguardarse en otras.
El expediente Anna Ajmátova compendia una serie de confesiones escritas por Vera Tamara Beridze, una espía del Kremlin a quien se le encomienda la singular tarea de investigar cómo es que los poemas de Ajmátova logran llegar a las imprentas; pero sobre todo, comprender de dónde proviene su voz. Para ello, Vera revisa con atención la documentación que otros agentes han construido sobre el caso, archivos producto de interrogatorios y observaciones intrusivas pero ineficientes. El espionaje más calificado encuentra inaccesible a la escritora y Stalin no está dispuesto a aceptarlo. Vera se acercará entonces a la poeta, y durante su investigación creará registros alternativos a los de la policía; uno de ellos lo dedicará a indagar en la obsesión del líder por la escritora; y en un segundo, nos proveerá de otro expediente, que mantendrá en secreto y lejos del líder, y que no se contentará con los ficheros burocráticos, sino que logrará acercarse apenas un poco más a la escritora para regalarnos un eco de su voz.
Es afortunado que Ruy Sánchez no decida entregarnos una biografía o una novela de espías con cotilleo literario, sino un registro velado de la presencia de Ajmátova. En la novela, a pesar de la palabrería administrativa, las conjeturas y las averiguaciones, Anna se mantiene inaccesible; aunque el autor nos da a conocer unas cuantas conversaciones, versos y algunos significativos retazos de su vida, como el momento en el que decide cambiar de nombre, sus primeras lecturas de Pushkin, sus viajes a París o sus reuniones en la Torre, un amontonamiento de capas de escritura la resguardan y la mantienen a distancia del régimen soviético y del lector, porque la poesía es también eso: misterio.
A diferencia de la investigación persecutoria del caudillo y su afán por sacar conclusiones, el expediente de Vera busca evocar una presencia, contemplar un misterio, rondarlo, más que desentrañarlo con fiereza. Ella, por ejemplo, esboza la figura de Anna bajo el influjo de las supersticiones georgianas que la aseguran bruja; alude también a su profético encuentro con un grupo de gitanas, a su agraciado desenvolvimiento entre los poetas y al reconocimiento que le brinda su pueblo. Reaviva las descripciones y retratos que de ella hicieron artistas y fotógrafos, como Amedeo Modigliani, Nathan Altman, Aleksandr Blok y Olga Kardovskaya, quienes se encontraban cautivos de su cuerpo largo y esbelto, su “geometría corporal”, una trazo largo y firme cuando se hallaba de pie, y una línea quebrada al sentarse. Imposible no hablar de su “belleza profunda, sus apacibles tormentos, su perfil único y su majestuosa presencia”. La lista de quienes buscan advertir sobre la extraordinaria figura de Anna continúa: Nadiezhda Mandelstam le dedicó un libro entero, y su esposo Ossip varios versos, en los que destaca a una mujer divertida, magnética, de rostro alegre, capaz de capturar la atención de quien sea, pero también una nueva Fedra. “Anna Andréievna me sorprendía con su apariencia. Ahora, en lo que se escribe sobre ella, a veces la llaman una belleza; no, no era una belleza. Era algo más que una belleza, mejor que una belleza. Nunca vi a otra mujer que, por su rostro y su aspecto, por su fuerza expresiva, por su genuina inspiración, que de inmediato llamaba la atención, se distinguiera entre todas las mujeres”, escribió Gueorgui Adámovich. El propio Stalin quedó también prendado de su elegante presencia al encontrarse con ella en una de las reuniones de El Gremio de poetas, un acercamiento que en el futuro traerá consecuencias insospechables para ella y sus colegas…
¿La literatura es o no es insignificante frente al terror? Eso depende de quién la convoque y quién la reciba, responde Ruy Sánchez. En el caso de Anna, como de otros escritores de su tiempo, las letras se convirtieron en campo de batalla por su capacidad de evidenciar, recordar y reunir. Artistas e intelectuales fueron encarnizadamente perseguidos, condenados al ostracismo, a los campos de trabajo o a un tipo de tortura particular: la desfiguración de su propia letra. Para otorgarles el perdón, Stalin exigía a los grandes maestros de la poesía rusa escribir poemas de culto a su personalidad, lo cual no era una mera imposición narcisista, mucho menos un armisticio, sino una perversa estrategia, “una intromisión en el corazón del creador, un injerto en su médula, una atrofia especial en sus manos”, escribe Ruy Sánchez.
“Lo que yo quiero es poseer, apropiarme de su voz como hacen los fantasmas o los machos cabríos del rebaño”, le explica Stalin a Vera Tamara Beridze en uno de sus últimos encuentros. Pero por más que el caudillo buscó poseerla y dislocarla, la voz de Anna no pudo ser mitigada, estaba ya custodiada entre la gente; y así “la luz de su obra dura más que la sombra de su tirano”. La pregunta que Vera estaba obligada a responder durante su investigación es ahora uno de los datos más conocidos de la vida de la escritora. Réquiem es un expediente vivo, el que todos conocían pero nadie podía enunciar. Es una obra que recuperó el carácter originario de la poesía como canto memorable; un canto resguardado por los cuerpos, capaz de alojarse en el humo de los cigarros y en las gargantas; un aullido que sólo cesará con el último recuerdo.
• Alberto Ruy Sánchez, El expediente Anna Ajmátova, México, Alfaguara, 2021, 264 p.
Valeria Villalobos Guízar
Maestra en Filosofía de la Historia por la Universidad Autónoma de Madrid