Visegrado, microensayos ganadores del Premio José Revueltas 2017

Visegrado. Microensayos literarios de Hungría, Polonia, República Checa es el libro ganador del Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2017. Se trata de una crónica ensayística que mezcla la erudición literaria e histórica con la más cotidiana e impredecible relación de viajes. Frente a una región misteriosa para el visitante, la autora despliega la atención inteligente del viajero (no un turista cualquiera sino un lector avezado) que no se detiene en lo superficial sino que ahonda en el tiempo, la historia y la literatura de esas regiones para extraer un conocimiento.

Este libro, que será publicado en coedición por Almadía y el INBA, se suma a la larga lista premios y a la trayectoria original de Karen Villeda. Los fragmentos del libro aquí presentados, acompañados de fotografías de viaje, combinan la entrada enciclopédica, presentada como forma poética introductoria, y retratos narrados de los personajes y crónicas de los lugares que marcan la historia política y cultural de la geografía en torno a Visegrado.


Entradas
• Micro
       Micro es un diminutivo de algo muy pequeño
o
un
       pref. Derivado del griego μικρό (mikró) que significa “pequeño”:
       como en microelectrónica, microscopio,
       microcast,
       micrococo, microscopio,
       “millonésima parte” de una unidad,
       microsegundo,
       la abreviatura informática de microprocesador y, si hablamos de un sonido concentrado, el micrófono.
       Micro es un elemento compositivo que se emplea para nombrar unidades de medida que designan el correspondiente submúltiplo. Su símbolo es μ. También existen más múltiplos y submúltiplos que no trataremos en este libro.
       Micro es,
además,
       una forma de referirse al autobús en algunos países latinoamericanos como Argentina (así le llaman al autocar en algunas zonas) y México.

• Ensayo
       m. Véase ensayar (verbo).
       m. Acción y resultado de ensayar (véase nuevamente el verbo).
       Obra en prosa, de extensión variable, en la que un autor reflexiona sobre determinado tema
       Representación completa de un espectáculo que se hace antes de presentarlo al público (el verbo no desiste).
       Lo que distingue un diccionario usual es lo siguiente:
       Del lat. tardío exagium “acto de pesar”.
       1. m. Acción y efecto de ensayar.
       2. m. Escrito en prosa en el cual un autor desarrolla sus ideas sobre un tema determinado con carácter y estilo personales.
       3. m. Género literario al que pertenece el ensayo.

       Y, entonces:

• Microensayo
       Def. Conjunto de las palabras micro y ensayo que generan un neologismo para designar a los ensayos mínimos

• Visegrado
       Desambiguación:

     1. Vyshhorod, un lugar en Ucrania que es una ciudad dormitorio para Kiev.
     2. Vishegrad, una provincia de Kardzhali (por no decir que es un mero pueblo en Bulgaria).
     3. Vishegrad, el pico más alto de Sakar. ¿Dónde se encuentra esta montaña? En los límites de Bulgaria con Turquía y Grecia. Las villas aledañas carecen de sistema de drenaje y eso le preocupa a la Unión Europea (en menor medida pues la resequedad no es tan peligrosa como la porosidad de las fronteras).
     4. Višegraf, una fortaleza medieval en el sur de Kosovo. Localizada en Prizren, la cual fue la capital del Imperio Serbio y actualmente está poblada por albaneses.
     5. Visegrado, una ciudad en Bosnia y Herzegovina en la que atraviesa el río Drina. También conocida como Vichegrado o Visegrad, lugar protagonista de la novela que consagró a Ivo Andrić, quien obtuvo el máximo galardón literario de la Academia Sueca “por la fuerza épica con la que ha reflejado temas y descrito destinos humanos de la historia de su país”. Un puente sobre el Drina es una crónica de larga duración al abarcar desde el siglo XVI hasta principios del XX. ¿Cuál es el suceso importante que relata el ganador del Premio Nobel de literatura de 1961? La construcción de un puente, como el título lo indica, que une dos mundos en un vaivén de amistad y conflicto: el cristiano y el musulmán.

Este último Visegrado fue descrito por el escritor (en ese entonces) yugoslavo como: “el lugar más vulnerable y doloroso de la región, por lo demás montañosa y pobre, en la que el infortunio se hacía público y evidente, donde poderosos elementos detenían al hombre que, humillado por su impotencia, no tenía más remedio que ver y percibir la miseria y la inferioridad propias y ajenas.” Era un verdadero semillero para el odio y la desconfianza.

Sin embargo, este no es un libro sobre el anterior Visegrado. Tampoco reflexiona aquellos “odios fratricidas y luchas intestinas”. Estas páginas son acerca de mi Visegrado y de otro odio. ¿Por qué? Porque es un sentimiento que registramos con demasiada facilidad. El nacionalismo, esa “doctrina de que la nación debe ser colectiva y libremente expresada institucionalmente y gobernada por sus nacionales”, es una de las mayores fuerzas de legitimidad de un régimen político. Claro, en un escenario idealista donde existe solidaridad y justicia social. No ocurre así en mi Visegrado, aunque también hay un poco de amor. ¿A qué se debe? A que el amor es centralismo y eso es Visegrado a ciencia cierta.

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Un hombre propio
Emérico, el confesor y el que no cabeceaba, durmió para siempre cuando un colérico jabalí embistió contra su muslo izquierdo. Mientras su arteria femoral se desaguaba, el victorioso puerco salvaje de crin erizada tomaba un merecido baño de barro para limpiar la sangre de sus colmillos. El Reino de Hungría se quedó sin heredero por el envite. Los testigos del incidente fueron un par de bermejos, un lebrel húngaro y cinco hombres de cabellos ondulados y bigotes de manillar.

Su muerte acaeció en un pueblito que hoy se llama Sântimreu y está el noroeste de Rumania. Se encuentra a poco más de una decena de kilómetros de la frontera con Hungría. Se cree que las palabras de Esteban I, el rey santo que nunca fue mártir, cuando perdió a su hijo de veinticuatro años fueron: “Por una decisión secreta de Dios, la muerte se lo llevó para que la maldad no cambiara su alma y la imaginación no engañara a su mente”. Sântimreu quiere decir algo así como “Montaña Pública de San Emérico” en Rumania.

Este deceso condenó a la estirpe del Gran Príncipe de los magiares. La crónica de la muerte de Basilio, noble descendiente de Árpád, aparece en un sello postal de 1971. Es una imagen rescatada de la Crónica Iluminada con el logo de Correos de Hungría JSC. En el timbre de 10 florines, se detalla que a un hombre le arrancan los ojos a la par que le vierten plomo en los oídos. Esteban I de Hungría, en duelo por su hijo Emérico, acusa a su primo de popularizar el paganismo y Basilio paga su atrevimiento con la ceguera involuntaria.

La tumba de Emérico, el que duerme para siempre con su armadura de caballero y un lirio nevado entre las angostas manos, se encuentra en Székesfehérvár —a una hora de Budapest— y está resguardada por celosos mosaicos que apenas dejan entrar los rayos de sol a la derruida basílica, un baluarte del culto político a los muertos en épocas más prósperas: 15 monarcas están bajo su pétreo amparo. Mientras tanto, unos pocos turistas pueden observar el rostro tallado en bronce de lo que se cree que fue Emérico en Sântimreu: un joven atractivo con cabellos rizados y una sonrisa misteriosa (un tópico que se encuentra en las esculturas de los muertos figurados).

Los piadosos de San Emérico, con sus ramos de azucenas que no sueltan ni para limpiarse las lágrimas, tomaron el nombre del beato Emérico para bautizar a sus descendientes varones y hacerle honor a la gran Hungría.

Los sentimentales olvidamos que cada proceso histórico, idealizado en su culminación, suele estar plagado de ironías. El nombre de Emérico significa “patria potente” y sigue siendo popular entre los varones recién nacidos de acuerdo a las estadísticas de los hospitales húngaros. Lo que fue un poderoso reino es una nación humillada. Cuando los siglos parecen ser tan sólo un respiro, la gran Hungría de Emérico, el venerado delfín, se convierte en una estampa de la nostalgia.

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Névnap
Los húngaros celebran el névnap, que es una especie de “Día del Santo”. Las fiestas onomásticas en Hungría no tienen la carga católica del Santoral típicamente mexicano, el cual propicia el cierre de calles, el uso (y abuso) de juegos pirotécnicos y bailes populares hasta el amanecer. Aquí se entregan tulipanes u orquídeas a las mujeres y botellas de alcohol a los varones. Los precios de la industria floral incrementan por el movimiento (sexista, sí) de la demanda. Un ejemplo: el tulipán es la flor nacional y cuesta más cara comprarla durante 27 de marzo, día de las Hajnalkas, que el día anterior puesto que el 26 de marzo se festeja a los llamados Emánuel. 

En mi segundo viaje a Budapest entablé amistad con una Hajnalka, quien me ayudó a entender el concepto de la universidad fundada por George Soros. En tiempos de multimillonarios predadores como Donald Trump o Carlos Slim, quien defiende su lugar entre los primeros de Forbes en medio de un país sumido en la pobreza, la figura de Soros es un ejemplo digno a seguir. El inversionista (o abusivo especulador según sus críticos que lo conocen como el “Hombre que llevó a la quiebra al Banco de Inglaterra”) donó una cantidad exorbitante (880 millones de dólares estadunidenses) para fundar la Universidad Centroeuropea (CEU por sus siglas en inglés) ubicada en Budapest.

Hajni, como le decimos sus amigos, no es afín al Facebook. Su muro denota una baja actividad a excepción del 27 de marzo, en los que aparecen fotografías de rosas y felicitaciones (Boldog nevnapot! o “¡Feliz Día del Nombre!”, Sok puszi o “Muchos besos”). Si uno tiene un nombre “universal”, entonces puede ser encontrado con facilidad en el calendario del névnap. Este tipo de nombres están hungarizados con cierta obviedad que implica reconocer, en la mente del castellano, el uso indiscriminado de acentos (particularmente el acento grave) y letras como la “ka” o la “zeta” (Gusztáv=Gustavo, Kármen=Carmen, Róbert=Roberto, Zsófia=Sofía). Unos requieren una ampliación de letras como Margit, que es Margarita, o Kata, Catalina.

“Somos un país donde las instituciones importan”, me dice Hajni en un perfecto inglés. ¿Qué le podría decir sobre México? ¿Somos un país dónde las instituciones no importan? Pienso un poco en eso mientras observo algunas de las obras de arte que adornan los pasillos del recinto en Nádor u. 9.

§

El poeta húngaro que sabía chino

Jenő Dsida tradujo poesia china taoísta sobre arces y nevadas, un escenario cercano al invierno húngaro. En vísperas de la fiesta de Pentecostés, una mujer considerada como la más hermosa por el resto de las mujeres de un pueblito al noroeste de Hungría, es coronada con flores acampanadas que brotan incluso bajo la nieve. La primavera siempre tarda en llegar aquí y el frío es una sentencia de muerte:

Mi cuerpo estaba roto y mi alma endurecida, me sentí como quien, en secreto,
se pone en marcha durante la oscuridad
llamado por las estrellas,
desafiante en la tierra fatídica, aun enfrentando al destino;
y cuyos nervios están tan tensos que puede sentir
a los enemigos, a lo lejos, acechándolo.

§

Kafka con doble efe

Aladár Székely nació cerca de la frontera con Rumania. Gyula, su ciudad, ha sido un semillero de físicos y ajedrecistas. Uno pensaría que la llanura no inspira a una mente dotada para las ciencias naturales o los juegos de estrategia. Esto último podría deberse al llamado Castillo (vár), que es una fortaleza. Él fotografió a Margit Kaffka. El retrato de ella es de los pocos que se conocen a la fecha. Es una mujer con una mirada enérgica. Sin embargo, encuentro su mayor poder residiendo en el mentón. 

En Colores y años, su novela más conocida, Kaffka escribió lo siguiente:

Les doy la noticia a los jóvenes a los que les horroriza la vejez. Les digo que ésta no es tan terrible y definitivamente mala como parece de lejos. El hombre no siente con más intensidad un estado que otro y no le faltan cosas que ha dejado de anhelar. Si goza de una salud aceptable, no siente la vejez en su propio cuerpo: puede mover sus manos o sus piernas y un buen cafecito, una habitación limpia y un sueño reconfortante le pueden sentar muy bien. Estos placeres no cuestan muy caros, uno no arriesga nada, ni hay que sufrir tanto por ellos.

¿Hasta cuándo podré viajar? ¿Hasta cuándo mi cuerpo me dará el sí?

§

Sin destino

El 9 de noviembre de 1929 nace Imre Kertész. Era sábado, día de descanso, y una pequeña fábrica de tablones estaba en silencio. El dueño, un señor Kertész de “cabello negro, brillante”, fue padre de un varón al que circundaron. Pasaron nueve años y Imre asegura que era miserable. Mientras festejaba su cumpleaños con un modesto panqué, Alemania vivía la Noche de los Cristales Rotos. Cuando sus padres se separaron, Hungría estaba mutilada. La historia oficial es una eclosión de microhistorias. Infinidad de niños como Imre Kertész eran microscópicos súbditos (llamados ciudadanos) y entonaban religiosamente: “Creo en un solo Dios, creo en una sola Patria, creo en la resurrección de Hungría”.

Seis años más pasaron cuando Imre Kertész, casi un adolescente, conoció el centelleo emético de “Arbeit macht frei”. Ese momento de sometimiento —por un Dios que no le era ajeno— inauguró el ciclo de su aprendizaje vital, que culmina con la ideación de Sin destino en 1958.

 

§

Kijárat

Aprendí mi primera palabra en magiar por intuición. Estaba escrita con letras blancas de tipo paloseco sobre un letrero rojo bengala en la línea dos del metro budapestino, que va del oeste de Buda hacia el este en Pest. De Deák Ferenc Tér a Örs vezér tere hay cinco estaciones.

Kijárat: salida.

Esta enseñanza, que fue un primitivo efecto psicológico del color en un principio, se convirtió en una deuda mía con Hungría. Después de 611 kilómetros en vela, la bienvenida es kijárat. “Vete, vete ya”. Este concepto del tiempo cuando viajo se define por el lenguaje. Me obsesiona el sonido de las vocales húngaras. Las cortas llevan diéresis (ö) y las largas llevan doble acento (ű). La arqueología del lenguaje húngaro se rige por la aglutinación de inextricables diágrafos que adhieren la lengua al paladar como “sz” y “ty”.

Palabras como megszentségteleníthetetlenségeskedéseitekért, cuyo significado más cercano es “lo que no puede ser profanado por ti”,  adoptan la figura de un reptil tetraocular. Feroz con la brevedad que sosiega los oídos y generoso con las vocales realzadas, sus largas y afiladas garras son las  diéresis y los dobles acentos agudos.

Mi cuerpo, otrora embotado por la velocidad de la metrópoli, es capaz de reconocer cada uno de los cuarenta y cinco minutos que dura el trayecto. De las paradas, la única que reconozco al anunciarse es “Astoria” porque es un extranjerismo. Tres estaciones más y la victoria será mía en Örs vezér tere. Örs es un nombre común y significa “héroe”.

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La Keleti

La estación de trenes del este de Budapest es un tesoro desdeñado.Considerada una novedad a finales del siglo XIX en toda Europa, este logro arquitectónico e ingenieril del Imperio austrohúngaro fue apadrinado por las esculturas de dos notables ingenieros británicos en la entrada principal: James Watt y George Stephenson.

La virtuosidad de esa época, que en el fondo es una promesa rota, ha sido opacada por las mariposas nocturnas que recubren los tragaluces neorrenacentistas de la Keleti, así llamada a secas los locales. Los trenes, en su mayoría, no se caracterizan por la opulencia imperial de antaño sino por su funcionalidad de segunda clase.

La despedida de humo de los automóviles empalidece el color amarillo real de las paredes y las columnas de roble tallado sufren del vitíligo que provoca la humedad sobre la madera.

En sus inmediaciones se pueden encontrar libros de segunda mano a 300 florines (1 euro). Son lecturas para no leerse debido a que el idioma se me escapa de la lengua.

 

Karen Villeda
Poeta y ensayista.

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Publicado en: Crónica