En esta crónica, el autor nos relata las largas horas que atravesó intentando obtener una visa estadunidense en el Centro de Atención a Solicitantes de Tijuana; un verdadero via crucis burocrático.
Viernes 8 de septiembre de 2023
12:30
Tras casi dos años de espera, de desembolsar una suma importante de dinero en los pasajes, hospedaje e insumos, de atravesar por el calvario que supone el transporte aéreo moderno en términos generales —y, específicamente, con una infante en brazos—, del derroche de tiempo y del desgaste emocional que esto implica, estoy al fin formado dentro de las inmediaciones del CAS, Centro de Atención a Solicitantes (de visas estadounidenses) de Tijuana.
Los tres ventiladores esparcidos al interior del espacio hacen poco más que nada para revolver los 32 grados centígrados. Con el lento transcurrir de los minutos comienzo a sospechar que la falta de acondicionamiento en la sala es una prueba de carácter premeditada por el tío Sam, una suerte de elemento añadido para buscar doblegarnos, sacarnos de nuestras casillas y así exponer nuestras verdaderas intenciones que son, claramente, saquear los bienes del imperio.
Las miradas de los aplicantes se estudian entre sí, la mía incluida, para hacer gala del olímpico juego del prejuicio. Si bien los atuendos varían, casi todos buscan comunicar lo mismo: la esencia inofensiva del aplicante y ocultar cualquier indicio de una posible animadversión hacia Estados Unidos. Logro detectar al menos cinco patrones predominantes en los aplicantes que catalogo de la siguiente manera: 1. El aficionado incondicional: éste supone, erróneamente, lograr complacer a los sinodales consularesusando algún jersey de la NFL. 2. El gran emprendedor, de pantalón y traje ajustados y un corte de cabello abusivamente simétrico: éste busca proyectar un inquebrantable espíritu de ambición adaptable al imprevisible comportamiento del capitalismo. 3. El Forrest Gump: este aplicante se caracteriza por vestir prendas en tonos pastel y camisa a cuadros perfectamente fajada dentro de sus pantalones caquis, quien, naturalmente, intenta resaltar las cualidades del buen samaritano. 4. La secretaria dinámica, vestida con camisa escotada de grabados varios, seis capas de maquillaje, pantalón negro de corte unisex y con los documentos perfectamente ordenados. La quinta es mi categoría predilecta: El valemadres atómico. Quienes pertenecen a esta categoría visten como les viene en gana, son los únicos que osan quejarse del calor en la sala, por la revisión a la entrada y por los largos tiempos de espera.

13:00
Veo la obediencia milimétrica del lenguaje corporal de una pareja de forrest gumps septuagenarios quienes acatan cada una de las indicaciones de los acomodadores y pienso que no hay nada más indigno que estar sujeto al escrutinio de los burócratas.
13:26
Paso a la ventanilla, entrego los documentos a la funcionaria consular mexicana que se limita a preguntarme si vine para una renovación o con la finalidad de tramitar una visa nueva. “Perdí la anterior aunque ya había vencido en 2015”, le confieso, “y tras la victoria de Trump francamente perdí también el interés de volver a poner pie en esa pocilga glorificada”, callo. Me devuelve los pasaportes para recordarme de la cita pendiente que tengo en el consulado y salgo del edificio aliviado por haber concluido con la parte más engorrosa de mi vía crucis.
Observo el desfile de portentosas trocas y furgonetas que surcan la avenida emitiendo los corridos tumbados en boga bajo un sol abrasador, a los vendedores de raspados, a las infinitas casas de cambio que anuncian implícitamente la cercanía a la hegemonía dolarizada, a los familiares de los aplicantes que aguardan sentados en las escaleras del complejo con los semblantes inquietos, como sucede cuando las expectativas se ven trastocadas por la probabilidad. Un sujeto negro de pantalones de mezclilla rasgados y con el torso completamente desnudo pasa frente a nosotros con un cartel que anuncia su condición de migrante centroamericano. Nos observa de reojo con una sonrisa maliciosa, insinuando, acertadamente, que el infierno, al igual que todo en este universo, es relativo y que sus escalas son insondables.
Lunes 8:45
Reviso con detenimiento todos los documentos que reuní para la esperada entrevista: estados de cuenta míos y de mi mujer (con los primeros apenas pudiera aspirar a obtener la visa a Yemen), su cédula profesional, la constancia del pediatra, originales y copias del acta de nacimiento de mi hija, su CURP, su pasaporte con dos fotos, mis escuetos intercambios monetarios con las editoriales, ejemplares físicos de mis libros, constancias de los medios de comunicación en los que colaboro, un recibo que valide mi seguro médico, afiliación al ISSSTE, contrato de arrendamiento, comprobantes de domicilio, licencia de conducir, credencial del INE, copia de la tarjeta de circulación, factura del auto, entre un sinfín de documentos.
Me visto con un atuendo que cabe de lleno en la categoría de los forrest gumps. “Acuérdate de lo que hablamos, sólo quieres la visa para poder llevar a tu hija a Disneylandia”, me repite mi mujer con una seriedad cabal y por enésima vez antes de pedir el Uber.
9:45
Una vez que atravieso los filtros de seguridad del consulado, me detengo un instante para contemplar la bandera de las barras y las estrellas que ondea en lo alto del cielo tijuanense y me vienen a la mente todas las acepciones negativas que yacen detrás de ese símbolo trillado para afianzar el fólder en mi axila y acelerar el paso.
A excepción de una que otra secretaria dinámica y a diferencia del CAS, sólo habemos forrest gumps alinterior de la sala y ningún valemadres atómico a la vista. En la parte superior y a los costados de los números de las ventanillas de vidrio reforzado donde tantos sueños colisionan, hay dos imágenes: una de la Estatua de la libertad y otra del Capitolio, como emblemas del líder del mundo libre.
Sólo logro ver a dos de los tres agentes consulares detrás de las ventanillas que se encuentran operando: un hombre cuarentón regordete de mirada simpática y una mujer de origen chino a finales de sus treinta. El agente restante queda fuera de mi campo visual, pero su voz grave y severa, como la de una deidad abrahámica, retumba en toda la sala. “A qué se dedica”, pregunta una y otra vez a los aspirantes en turno. “Soy dueño de una comercializadora de neumáticos”… “Yo soy maestra de bachillerato”… “Tengo una empresa de electrodomésticos”… “Estudio ingeniería física en el TEC”. La pregunta siguiente es invariablemente la misma: “¿Por qué quiere una visa a Estados Unidos?”. Mientras más larga y elaborada la respuesta, mayor la batería de preguntas consiguientes y, por ende, la probabilidad de trastabillar. Dos de los aplicantes son rechazados por los veredictos de la voz invisible: el empresario de electrodomésticos y la maestra de bachillerato. Sus semblantes se descomponen al instante y se limitan a preguntar el porqué. La respuesta en ambos casos es de índole retórica: “No se preocupe, puede volver a aplicar en el futuro”.
Las ventanillas van cobrando vida con cada testimonio que, dicho sea de paso, es claramente audible por todos los solicitantes agolpados detrás del listón negro que serpentea la sala en su simétrica silueta laberíntica, añadiendo un matiz más de indignidad a todo el trámite.
El cuarentón regordete entrevista a una familia originaria de Guanajuato. El relato de la madre es desgarrador. Su marido, el padre de los dos hijos adolescentes que la acompañan, fue asesinado en prisión, dejándolos aún más desamparados. Por su parte, la agente entrevista a una familia zacatecana con una voz y mirada metálicas. La abuela estalla en llanto tras escuchar la deliberación. “Pero no he visto a mi hijito en más de veinte años. Tenga piedad”, suplica y se arropa en el abrazo de su hija. La agente se limita a comunicarle con los ojos a uno de los acomodadores para que retire a la familia de su ventanilla.
Tras atestiguar esto último, empiezo a perder el interés en formar parte de este circo y desistir de tan ruinosa empresa para dar rienda suelta a una diatriba interna que crece de manera exponencial desde la boca de mi estómago. ¡Vienen aquí a restregarnos su falsa superioridad moral con su puta estatuilla de la libertad y a esa pocilga capitalina que ha albergado a generaciones de gólems sanguinarios! ¡Hipócritas de mierda! No nos hagamos pendejos, históricamente hablando, les han dado asilo a los inmigrantes en turno sólo porque le convenía a su proyecto de nación y no gracias a su supuesto espíritu filantrópico y misericordioso.
Intento recobrar la compostura. Respiro hondo y acerco a los ojos el formato donde la fotografía de mi hija pende de un clip para volver a mis casillas. Me invade un nuevo aire de esperanza. Hago un recuento de los Philip Roths, de los Lou Reeds, los Jon Stewarts, los Truman Capotes y Bob Dylans, de las Patricia Highsmiths, los Woody Allens y las Joyce Carol Oats, como tantos otros grandes exponentes culturales que fueron criados en el seno de la superpotencia en cuestión, a la vez que hago memoria y reconozco para mis adentros que el trato de México hacia los migrantes centroamericanos (a los pobres, pues) es infrahumano e infinitamente menos digno que el de Estados Unidos; vamos, que el gobierno mexicano desprecia a sus propios ciudadanos (pobres) y que, en resumidas cuentas, todos los países del mundo son producto de conflictos tribales, que las naciones no son más que una expresión magnificada de los aspectos más ruines de nuestra especie.
10:40
El cuarentón regordete me da la cordial bienvenida mientras inspecciona mis documentos y se dirige a mí en inglés tras corroborar mi doble nacionalidad. Intentó esbozar una sonrisa casual.
—¿A qué te dedicas?
—Soy escritor y periodista —respondo y carraspeo la garganta para agregar inmediatamente que el verdadero sostén de la familia es mi mujer.
—Ya veo. ¿Cuándo fue la última vez que visitaste Israel?
—Hace unos trece años aproximadamente.
—Yo tengo familia en Ramala —confiesa en un tono afable—, de hecho, somos terratenientes.
“Oh, dulce ironía”, pienso, “mi destino migratorio está en manos de un palestino”. La entrevista pronto adquiere un aspecto de charla amistosa entre humus sapiens.
—Y dime, ¿cómo haces para llegar a Ramala? ¿Tienes un permiso especial para aterrizar en Ben-Gurión? ¿Te dejan pasar sin problemas?
—Claro que desde que tengo este cargo no tienen otro remedio más que facilitarme el acceso— me dice en un tono desenfadado y con una sonrisa cálida.
—Siento que te hayan hecho pasar un mal rato, amigo. Es una situación por demás vergonzosa e indignante— le respondo con franca sinceridad.
—No hay de qué disculparse. ¿Piensas ir a visitar pronto? Yo viajo en tres semanas.
—No creo volver a esa teocracia en un buen rato —le digo con una sonrisa amarga—, aunque estaría dispuesto a reconsiderar mis reservas para con el sionismo con tal de comerme un shawarma de cordero.
—Dime —pregunta entre risas y sólo para seguir el protocolo consular—, ¿para qué quieres la visa?
—En realidad, sólo para poder llevar a mi hija a Disneylandia en un futuro.
Y así sin más, sin pedirme un solo papel del voluminoso tomo de datos impersonales que reuní para la ocasión, sella los documentos y los desliza debajo de la ventanilla.
—Shukran, habibi.
—Afuan —me responde juntando sus palmas a modo de agradecimiento.
11:05
Salgo del consulado levitando por el camino de las baldosas grises como una Dorothy emancipada por su renovada fe en la humanidad, completamente incrédulo por mi buena suerte. No obstante, mi estado de placidez no tarda en verse truncado por la escena de una familia que permanece sentada en los escalones donde termina el consulado, en un abrazo colectivo y con los rostros húmedos y trastocados por la desolación, todos ellos seguramente más merecedores y necesitados de una visa que éste quien les escribe estas líneas, para constatar una vez más, si es que cabe, el hecho de que la justicia no es más que un delirio pregonado por los poderosos.
Saco del fólder el talón amarillo que certifica la aprobación de mi visa y me viene a la mente aquella máxima inmortal de Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que me admitiera como socio”.
Ari Volovich
Escritor, periodista y guionista, columnista en Chicago Tribune y autor de Blasfemias ilustradas (Tusquets, 2011), Jet Lag (Moho, 2013), El centinela del gulag (Tedium Vitae, 2017) y Mi lucha (Moho, 2021).