
Para tantos como yo, llegó el momento de revisitar la saga de libros y serie cinematográfica que, en su momento, fue el estandarte de un efluvio de literatura juvenil y sus adaptaciones a la pantalla grande, caracterizado por una especulación distópica enmarcada en regímenes políticos totalitarios, con un poder absoluto sobre la vida y fuerza de trabajo de sus habitantes, posibilitado mediante el uso más sofisticado de los avances biotecnológicos pero, sobre todo, por su especial articulación de la violencia como espectáculo: Los juegos del hambre.
Sunrise on the reaping traducido como Amanecer en la cosecha (Molino, 2025) sale a la venta este 18 de marzo en su idioma original y el 20 de marzo en español. Después del éxito de Balada de pájaros cantores y serpientes (Molino, 2020), una precuela a la trilogía original, la quinta entrega de la saga narra la historia de Haymitch Abernathy y los eventos acaecidos durante los 50° Juegos del Hambre, veinticuatro años antes de la historia que inauguró la serie. Por si fuera poco, este nuevo libro ya cuenta con una película confirmada para finales de 2026.
Puede parecer redundante afirmar que el hecho principal, el acontecimiento que propele las tensiones entre los personajes, sus arcos dramáticos, el motor de la trama y el ojo del huracán que mantiene en una revolución constante el conflicto bélico, político y moral de la saga son los mismos Juegos del Hambre. Ellos son el evento que todo ‘Panem’ aguarda, y conforman la identidad nacional del Estados Unidos distópico que Suzanne Collins nos presenta. Los Juegos del Hambre marcan un hito: son el parteaguas que dibuja el final de un episodio histórico doloroso, con un apelativo reminiscente al prejuicio de la Edad Media como un período barbárico, ‘los Días Oscuros’, durante los cuales los trece distritos que conformaban Panem se alzaron contra el ‘Capitolio’ para intentar establecer un nuevo modo de gobierno; una guerra civil que concluyó con un ataque nuclear, la victoria del Estado y el subsecuente establecimiento de los Juegos. De este modo, los Juegos del Hambre se perfilan como la solución a la guerra, el trago amargo que previene lo peor y una violencia institucionalizada que de manera peligrosa se defiende necesaria; el menor de los males.
Susan Sontag en su libro Ante el dolor de los demás, donde ensaya problemáticas relacionadas a la guerra y su representación, menciona que, en contraste con la Primera Guerra Mundial, la cual fue calificada por un sustancial número de los victoriosos como un error garrafal, la Segunda Guerra provocó un sentimiento unánime en el bando ganador de haber sido aquella una guerra necesaria y justa, una que debía ser peleada para saldar los crímenes nazis porque, contrario al popular dicho “en el amor y la guerra todo se vale”, hasta la guerra tiene límites.
Así, vienen a la mente nociones como la de ‘Guerra Justa’, acuñada por San Agustín de Hipona, y no habría más que revisar la historia de lo que se conoce como las ‘leyes de la guerra’ a las que todo conflicto armado ha de ceñirse, para percatarnos de que el dolor y la violencia no son fenómenos inmutables; no hay una constante en la crueldad, pues no hay tal que no esté sujeta al marco cultural y material de su aparición. Aquellas reglas que diferencian de forma activa lo malo, de lo peor, de lo obsceno, para evitar lo que califican como sufrimiento innecesario, delimitan también, por respuesta, un sufrimiento útil que no alimenta un deseo retorcido sino que responde a una necesidad bélica, los modales de guerra, las reglas del juego, que no son una naturaleza sino un acuerdo y que, al enajenar toda maldad del pecado original o de una condición inescapable de lo humano, nos obliga a señalar a los culpables, a proferir una respuesta.
La idea de los Juegos es extravagante y absurda: un evento anual con la exclusiva participación de niños y adolescentes de 12 a 18 años, un hombre y una mujer, dos por cada territorio, para combatir hasta la muerte en una arena hostil, repleta de trampas y animales mutantes, donde sólo hay un superviviente, el o la vencedora.
Seguir celebrando tal masacre tiene una explicación en la historia: los Juegos son un símbolo para los Distritos de las atrocidades de la guerra; una recreación de la carnicería presente en cualquier enfrentamiento bélico y de las vidas inocentes que se pierden; un performance que reitera el castigo e impide cerrar la herida, para que las nuevas generaciones no olviden que son hijos de traidores; un recordatorio del prevaleciente poder del Capitolio frente a sus territorios; y una advertencia: si ha de volver a suceder, ya saben de qué somos capaces.
Los Juegos son una tradición que se celebró por setenta y cinco años hasta los hechos ocurridos en Sinsajo (Molino, 2010), última novela en la cronología de la ficción, donde son destituidos tras la victoria de los rebeldes. Los Juegos no son un fenómeno único, sino una recurrencia y un particular proyecto de nación. A lo largo de la saga hemos sido testigos de más de una de sus ediciones: los 10°, 74°, 75° y ahora los 50°. Este panorama nos permite hacer comparaciones respecto a su progreso y evolución.
En Balada…, pocos años después del final de la guerra, los 10° Juegos del Hambre son una ocasión rudimentaria, todavía no se han instalado en el imaginario, nadie los quiere ver, nadie quiere volver la memoria a la reciente devastación, ni siquiera los ciudadanos del Capitolio. Los ‘tributos’, ganadores del sorteo para participar en los Juegos, son transportados en vagones de ganado, expuestos en el hábitat para monos del zoológico de la ciudad. Por algunos percances unos tantos mueren antes de ser siquiera depositados en la arena, donde los rebeldes se las arreglaron para sembrar explosivos y sabotear el evento. La transmisión se suspende y se reanuda bajo las órdenes de un gobierno que lucha por moldear su narrativa. La idea de un montón de niños peleando a muerte no parece muy atractiva ni una forma de justicia, aun así, se llevan a cabo como una demostración de poder. Entonces, debaten los personajes en la novela: “¿Lo ves? es un experimento fallido”, pero aquellos que mueven los hilos tienen clara una cosa: “¡Lo será si no lo ve nadie!”. La prevalencia de los Juegos, como toda otra representación, depende de la audiencia que observa, “Sí, sin el público no habría Juegos del Hambre”.
Así, para los 74° Juegos, la fórmula se ha afinado casi a la perfección. Los Juegos del Hambre son el evento más importante y patriótico del año; los distritos mejor comunicados con el Capitolio entrenan a sus adolescentes como caballos de carrera para enviar a participar a los de mejor rendimiento, pues generar vencedores aporta estatus, la victoria viene acompañada de una vida de lujos y fama. Alrededor de los Juegos se ha construido una red de apuestas y patrocinios que activan la economía, son un negocio redituable. Hay honor en formar parte del fenómeno mediático, el proceso de selección conlleva entrevistas, eventos en vivo, tours, producción, vestimenta, maquillaje… La arena es un monstruo de la tecnología y la ingeniería genética más avanzadas y supone retos más excitantes que los de Survivor; hay cámaras por doquier para no perdernos ningún detalle y seguir de cerca a nuestros favoritos. “…el castigo puede adoptar mil formas distintas … ¿Por qué los Juegos del Hambre?” La pregunta halla su respuesta en la espectacularización: la violencia, como método de control, se puede glamorizar. Ésta cesa de ser impactante, como las imágenes de guerra que describe Sontag, para volverse emocionante, intrigante, disfrutable. La violencia se va agudizando, higienizando, automatizando, normalizando.
Sin embargo, debo puntualizar que no es éste un caso de disimulo, no se trata de disfrazar la violencia de juego o espectáculo. Lo que podemos extraer de esta lectura es un proceso diferente: que no hay una violencia pura, no la hay fuera de contexto. Si la violencia fuese inmanentemente maliciosa, su esencia desbordaría toda representación. En cambio, cuando existen los insumos culturales, políticos, económicos y materiales que permiten practicar la violencia de modos legítimos, la responsabilidad de sus efectos recae en quienes la reiteran, la consumen y la administran.
El tejido de imágenes que es la guerra desde la modernidad, como dice Sontag, esa voraginosa ráfaga de contenidos multimedia es en los Juegos del Hambre una fibra de confección controlada. En Los Juegos del Hambre la muerte espectacularizada no corresponde a una producción en masa, sino que forma parte de un discurso meticuloso, diseñado para asegurar el poder e instaurar el miedo.
Tal estrategia no sería funcional sin una nueva nominalización de los sobrevivientes como vencedores y mentores, de las víctimas como tributos prodigiosos, del descarnado evento como un juego. No es la primera vez que tiene lugar ese desplazamiento semántico, las múltiples entregas de SAW han pasado a formar parte del cine de culto de terror/gore; Juego sangriento (2000) de Kinji Fukasaku es reconocido como un predecesor importante; de igual forma, la más reciente serie surcoreana de Hwang Dong-hyuk El juego del calamar (2021) ha gozado de gran popularidad. Los ‘juegos mortales’ ya conforman su propio género y usualmente funcionan bajo el mismo mecanismo: transformar las usuales materializaciones de la violencia para darles un propósito específico, atadas a una serie de reglas a contrarreloj: hacer de la violencia un deporte.
Si bien Los Juegos del Hambre, como novela, tiene entre sus intencionalidades denunciar y parodiar los regímenes totalitarios y la mediatización del sufrimiento ajeno, la crítica ha señalado una paradoja central en su ardid: para imputar las transgresiones de los Juegos debe, no obstante, ponerlos en escena para su nuevo espectador: nosotros. Con Amanecer en la cosecha acercándose, alguien podría decir que esta nueva entrega es prueba de su fracaso. Queremos más, no podemos apartar la mirada. “The president has agreed to another year of the games, people watched!”
Bibliografía
Collins, Suzanne. Balada de pájaros cantores y serpientes. Molino, 2020.
––––––. Los Juegos del Hambre. RBA, 2009.
––––––. En llamas. Molino, 2010.
––––––. Sinsajo. Molino, 2010.
Sontag, Susan. Regarding the pain of others. Picador, 2003.
The Hunger Games. Ballad of Songbirds and Snakes. Dir. Francis Lawrence. Lionsgate Films, 2023.
Santiago Bustillo
Licenciado en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.