¿Se han preguntado por qué ciertas personas usan ropa vieja? ¿O por qué demonios los bolsillos de los pantalones femeninos son absurdamente diminutos? Estas preguntas, entre otras, conducen el siguiente ensayo personal lleno de anécdotas, recuerdos e infiernillos en torno a la moda.
“¡Ya tira esos relingos!” era el grito de guerra en mi casa, desde que tuve doce años hasta que cumplí dieciocho, cuando no sé si dejé de vestirme con trapos viejos o, como respuesta a mi incipiente mayoría de edad, a mis papás les dejó de importar el asunto.
Suéteres aguados, pantalones rotos y camisas varias tallas más grandes formaron parte de la moda harapienta que vistió mi adolescencia. Recuerdo especialmente un par de tenis de lona, azules en su origen, que con el tiempo mutaron a un color entre el gris y el café parduzco; sus suelas estaban precariamente detenidas con seguritos metálicos y eran el enemigo declarado número uno. Su inofensiva presencia anticipaba el peor humor durante la hora de la comida, desde el reclamo disfrazado de preocupación, “si pisas un charco, se te va a meter el agua”, hasta la angustia por el estatus social puesto en duda, “la gente va a decir que somos pobres”.
En el amplio espectro de la desaprobación, estuvo la amenaza del así no sales, la promesa de tirar a la basura a los representantes más viles de mi clóset, y la resignación triste de mi mamá cuando llegué con un saco usado que me parecía el pináculo de la elegancia y a ella debió de parecerle que me quería disfrazar de Capulina: “bueno, pero llévalo a lavar”.
Además de mi ropa vieja, una cantidad significativa de lo que usaba era su ropa vieja, que diligentemente me encargaba de rescatar de la basura y de las cajas de donaciones. De esa forma, las faldas de poliéster, las camisas de tergal y los suéteres de lana con estampado de rombos convivían con la lona mugrosa de mis tenis. Supongo que mis padres nunca imaginaron que muchos de los atuendos que vistieron sus glorias de juventud serían los que iban a vestir mis años púberes y avergonzarlos como varios años antes, supongo también, hicieron ellos con sus propios padres.
El apego sentimental por los recuerdos propios y ajenos es una de las motivaciones detrás del gusto por la ropa usada. Ahora tengo la edad que tenía mi mamá cuando nací y traigo puesta una sudadera que ella usaba en esa época. Además de lo mucho que habla esto de la calidad de la ropa, siento que adquirimos la personalidad de quien usó una prenda antes que nosotros y que en este momento yo llevo un pedacito de mi mamá, corte holgado y 80 % algodón.
Junto con la ropa vieja que, con pesar, mis progenitores me heredaban, por algún tiempo fui una feliz compradora en los puestos de ropa usada. Bazares, cajuelas y, especialmente, mercados de pacas alojaron mis pasos, abrigaron mi cuerpo y, sin duda, avergonzaron a más de un miembro de mi familia.
Hasta hace unos pocos años, todavía era posible visitar el mercado de pacas atrás del metro Pino Suárez. Varios kilómetros de puestos multicolores entre los que se podía amenizar el shopping con una caguama. Yo acompañaba a una de mis amigas, clienta asidua de las pacas y de las cervezas camineras, a comprar suéteres de $5, buscar promociones de tres prendas por $10 y, algunas veces, a robar ropa que, por otro lado, no parecía importarle a nadie.
Si se googlea el término “paca”, los primeros resultados arrojan artículos indistintos sobre el origen y significado de este tipo de ropa. Una parte procede de outlets o saldos de países del norte global, en el caso de México, de Estados Unidos, y de ahí que en algunos lugares se llame ropa o feria americana. Otro tanto proviene de donaciones de ONGs, como el Ejército de Salvación. De esta forma, es posible encontrar ropa nueva y ropa usada.
Al igual que con el ciclo de vida de la ropa en el clóset de muchas personas, es decir, primero ropa de calle, luego pijama, después ropa para trapear y, finalmente, trapo de sacudir o basura, las pacas se dividen en varios niveles según su calidad. El primer nivel es ropa nueva que aún conserva la etiqueta original y el último, ropa usada como la que mi madre me rogaba que por favor ya tirara a la basura.

A diferencia de las temporadas de invierno y verano que rigen los almacenes de ropa, las pacas son un territorio atemporal donde es posible encontrar, al mismo precio y el mismo día, un abrigo o un short, y también, atuendos imposibles para esta década, como gabardinas de piel, trajes de terciopelo o vestidos de lentejuelas en una amplia variedad de tallas. Ajenas en cierta medida a las exigencias de la moda actual, quienes compran ahí están también, en cierta medida, libres de los parámetros que imponen las tiendas de ropa.
De acuerdo con Margarita Rivière, hasta la aparición de la haute couture o la Alta Costura, a nadie se le habría ocurrido renovar su guardarropa al menos dos veces por año y lo normal era simplemente ponerse o quitarse prendas según el frío o el calor. Y aunque actualmente la Alta Costura se limita a las pasarelas y al jet set, hechos lejanos para la mayoría de los mortales, el cambiode ropa por temporadas se popularizó y se intensificó con la llegada del fast fashion o la moda rápida.
Es casi imposible escribir sobre ropa sin mencionar la catástrofe ambiental que es la industria de la moda. Hace algunos meses una noticia le dio la vuelta al mundo: en medio del desierto de Atacama se extiende un basural de ropa muchas veces sin usar y con la etiqueta puesta. En este sentido, las pacas funcionan como un limbo entre las tiendas departamentales y estos páramos kilométricos.
Si bien las pacas funcionan como un recurso económico para construirse una personalidad interesante, rebelarse contra lo incómodo de ciertas prendas era otro de los motivos de vestir con andrajos. El concurso silencioso al suéter más deshilachado o al pantalón más roto fue algo en lo que participé en la secundaria y que varios años después atestigüé como una moda aún vigente.
Más que estudiantes, parecíamos personajes de la Corte de los Milagros, que esperaban con parches en las rodillas las clases de Química y Biología. La ausencia de sentido común que todavía persiste en los uniformes de algunas escuelas, especialmente en los uniformes para niñas, impulsaba también una lucha constante por cosas tan simples como traer los botones del cuello desabrochados, usar manga corta o pantalón en lugar de falda cualquier día de la semana.
Hacia el final del siglo xix, en la Inglaterra victoriana, un grupo de mujeres fundó la Rational Dress Society, que no tiene una traducción oficial, pero sería algo así como la Sociedad de la Vestimenta Sensata y cuyo principal objetivo era, justamente, vestir cómodas. En su manifiesto se oponían a cualquier prenda que deformara la figura, dificultara el movimiento o atentara contra la salud de alguna manera. Así, los corsés demasiado apretados, los tacones demasiado altos o los zapatos demasiado estrechos estaban entre las prendas prohibidas por esta sociedad que abogaba por la buena circulación al vestir. Incluso se buscaba eliminar a toda costa del guardarropa prendas tan inocuas como las crinolinas, por ser deformes y feas.
Igual que la falda de mi uniforme, las faldas a finales de 1800 eran absurdas, incómodas y equivalían a traer puesta una especie de cortina muy pesada. Las piernas tenían que empujarse contra una masa de entre 2 y 6 libras (entre 1 y 3 kilos). Se calcula que, durante esos años, las mujeres gastaron quizás el doble de energía que los hombres caminando la misma distancia. En el primer número de la gaceta que alojó el manifiesto de esta sociedad se leía: “La naturaleza le dio músculos a las piernas para sostener y transportar el cuerpo, pero nunca contempló que la mitad del mundo construiría una jungla artificial para vadear ellos mismos […] quienes diseñan estas monstruosidades no saben de arte ni de anatomía y elaboran el mismo patrón sin tomar en cuenta la variedad de complexiones”.
Al combinar el máximo de peso con el mínimo de comodidad, las faldas victorianas resultaban agotadoras y eran la causa de muchos accidentes. Las mujeres se lastimaban al caminar, al intentar correr o al subir y bajar de vagones del tren. Cada movimiento rápido o repentino era peligroso; se sabe que la reina Victoria se torció el tobillo al pisar su vestido.
La pérdida de locomoción iba acompañada de una pérdida de templanza. Una falda larga tenía una “constante propensión al desorden” y era difícil de mantener limpia, ya que rozaba contra los talones y se hundía en el polvo y la suciedad. La vizcondesa Harberton, que figuraba como presidenta de la Sociedad de la Vestimenta Sensata, abogó por la necesidad de que las mujeres pudieran usar algún tipo de falda dividida.
La Rational Dress Society antecedió varios sucesos importantes para las mujeres británicas y, en cierta medida, para las mujeres de otras partes del mundo: el movimiento sufragista, la inclusión en deportes como el ciclismo, con su correspondiente y muy inglesa asociación que exigía utilizar ropa apropiada para practicarlo. Y en medio de todo, el uso de pantalones. Ah, ¡los pantalones!
En Historial informal de la moda, Margarita Rivièrerastrea el surgimiento y popularización de esta prenda y sitúa sus comienzos entre los siglos xiii y xiv. Antes de esta época, hombres y mujeres vistieron con túnicas bastante unisex hasta que, con las armaduras para la guerra, los hombres se cubrieron de metal cabeza, torso, brazos y piernas. Derivado de la armadura medieval y una vez descubierta la libertad de movimiento, los hombres prerrenacentistas cubrieron sus piernas con calzas o mallas de punto, mientras que las mujeres no abandonaron la túnica, que se limitó a ser una prenda femenina o religiosa.
Ya en el siglo xviii, otros aspectos, como protegerse del frío y montar a caballo, fueron decisivos para cubrir las piernas con dos cilindros de tela que bajaban de la cintura, en lugar de con calcetines larguísimos que se sujetaban a los muslos, como se estilaba hasta ese momento. Las mujeres, ajenas a los caballos y a las inclemencias climáticas, por varios siglos siguieron utilizando el antiguo sistema de vestir con un solo cilindro de tela que bajaba de la cintura al piso.
La Historia nos ha enseñado que por cada logro en la vida de las mujeres, surgen una serie de retrocesos y el uso de pantalones no es la excepción. Durante la Segunda Guerra Mundial, ante la baja de hombres, muchas mujeres comenzaron a ejercer trabajos hasta ese momento reservados al sector masculino y a vestir ropa cómoda para ello, es decir, los pantalones de sus esposos, padres o hermanos. Margarita Rivière señala que después de varios intentos fallidos por introducir el pantalón como prenda femenina, hasta bien entrado el siglo xx, Coco Chanel y, especialmente, Yves Saint Laurent consiguieron feminizarlos. Esto no significa que una mujer no pueda, aún actualmente, usar pantalones diseñados para el sexo opuesto, sino que los que son diseñados para nosotras en esencia tienen fines más decorativos que prácticos y por ende son más ajustados e incómodos que su contraparte masculina.
Alguna vez leí que el origen de las bolsas del pantalón databa de la Edad Media. Antes de su invención, las monedas y otros objetos de valor se guardaban en un saco o costal, más parecido a una cangurera, que se sostenía o se ataba bajo la ropa y era independiente de las calzas o de cualquier otra prenda que fungiera como proto pantalón. El objetivo principal de los bolsillos fue liberar ambas manos, antes ocupadas en proteger el saquito, y permitir defenderse de los posibles asaltantes de caminos.
Lo que debió comenzar como retazos de tela cosidos a calzones muy largos o a calcetas muy altas, devino en bolsillos que actualmente pueden cargar llaves, dinero, teléfonos y hasta libros, aunque en el caso de las mujeres, su desarrollo tuvo un cauce distinto. Mientras que en las bolsas de nuestros pantalones a veces no es posible meter monedas ni siquiera de la denominación más chica, el saco que en teoría vinieron a remplazar los bolsillos evolucionó en la industria multimillonaria de las bolsas de mano. A Christian Dior se le atribuye la frase “los hombres tienen bolsillos para guardar cosas, las mujeres para decorar” con lo que consolidó, aún más, el patriarcado de estos diminutos pedazos de tela.
Un artículo llamado “Women’s Pockets are Inferior” comparó los bolsillos frontales de las veinte marcas estadounidenses de pantalones más populares, para hombres y mujeres, y comprobó lo que cualquier mujer ya sabía: el tamaño de los nuestros es ridículo, casi 50% más corto y 7% más angosto que en un pantalón promedio para hombres. Entre otros desoladores datos, su tamaño es incapaz de guardar no ya un objeto cualquiera, sino las manos más allá de los nudillos. Tal vez nosotras no merecíamos liberar nuestras manos, después de todo.
Entre las múltiples opresiones hacia las mujeres está sin duda, el mandato de la moda. Y tal parece que cada cierta cantidad de años es necesario reafirmar la necesidad de, entre otras cosas, usar la ropa que queramos y que, de preferencia, sea cómoda. Así de sencillo.
Ana de Anda
Estudió la Maestría en Letras Mexicanas en la UNAM. Actualmente es becaria del Fonca en la categoría de ensayo.
Un artículo estimulante. Sin duda, la moda nos ha impuestos limitaciones a nosotras y poco se ha hecho para eliminarlas, al contrario. Gracias a la propaganda que impregna las redes sociales y de las cuales muchas están adormecidas siguiendo las pautas que le dictan.