
Qué pena. Pero debo decirlo. Apareció una frase. Una que quizá no sea la apropiada. Por eso la vergüenza. Brilló como marquesina neón durante el transcurso de la lectura de este libro. No constantemente. Pero en ocasiones. Como un anuncio neón que recibía por espasmos los miles de voltios necesarios para ionizar al gas en su interior. Qué pena. Una frase de otro contexto. Una con referentes y cargas sustantivas que llevan a otro campo semántico. A otro universo de significados. Pero aún así, estuvo presente. Y podría ignorarla y decir que eso no pasó. Pero pasó y aunque da vergüenza, de algo sirve. Pero dejémoslo aquí, por ahora. Que quede aquí, como anuncio neón que se prende de cuando en cuando para que se lea la frase: “salir de la matrix”.
Qué pena. Porque se trata de una frase simplona, que nada tiene que ver con un libro como Fiebre. Se trata, en todo caso, de una frase que exuda cultura pop y que habla más de quien lee que de quien escribe. Por quien escribe el libro, me refiero, en este caso, a Gabriel Wolfson, escritor nacido en Puebla, prosista elegantísimo, profesor universitario autor de un libro titulado Profesores, otro Be y Pies y Ponte la del Puebla. Y otros libros, de crítica, y más libros editados por él. Y muchos leídos y anotados, lo imagino, acumulados en alguna estantería, similar a la que se menciona en el libro. No dice nada de quien escribió el libro que empieza con un alguien que habla y un alguien que escucha y un sonido como de conejos. La frase aquella, tiene más que ver con una lectura particular, interrumpida por ese neón ionizado que decía: “salir de la matrix”. Aún así, no obstante lo vergonzoso de su irrupción, en un sentido, me parece que de algo sirve. Pero insisto, mejor dejarla a un lado por el momento. Dejémosla como se deja una cápsula de que pretenden abrir el camino a una realidad alternativa. Como quien traga una píldora. Como un simple parpadeo. Como despertar de un sueño para encontrarse con una realidad, pretendidamente, más real.

Por ahora, en este momento, recuperemos una de las palabras más vivaces, más activas de este texto que es Fiebre. Metáfora. Es decir: “Metáfora”. Como cuando aparece en la frase:
He aquí nuestra declaración: no hay trampa ni metáfora. He aquí nuestra declaración ampliada: no hay trampa puesto que no la hay y puesto que si la hubiera no hay maneras de demostrarlo, y no hay metáfora ni huella de metáfora, no hay rastros de nada salvo rastros en la duela o en la pared o en los dientes y la lengua o salvo cuando, eventualmente, llegue a haber resultados físicos, huellas nunca metafóricas.
La metáfora, ese mundo paralelo de semejanzas inexactas, de aproximaciones nunca totales, está ausente. Así nos lo asegura un alguien en Fiebre. Aclaración que supone una interrogante elemental. ¿Qué es Fiebre?
Quizá por ahí debimos haber comenzado. Fiebre. Dos puntos. Un libro de Gabriel Wolfson. Un libro que se terminó de imprimir en febrero de 2025, en los talleres de Impronta Casa Editora en Guadalajara, Jalisco, México. Un libro que se imprimió en “una Heidelberg 115 años. Para los interiores se utilizó papel Fabriano Accademia 120 g. Para los forros se utilizó papel Fabriano Unica 250 g. La edición consta de 550 ejemplares numerados”.
Metadata que testimonia convicciones: una fe material muy evidente. Pero, con perdón del alguien que habla y aclara aquello de las metáforas y de las trampas al interior del texto, queda la sospecha de una convicción más bien simbólica, textual, preconizada por los detalles materiales. Sí, habría sido mejor comenzar por aquí. Especificando que este libro está hecho de un modo que no es el usual. Como pocos libros se hacen. Es un libro que se hace de una manera para así hacerse algo más que un libro: una convicción. Una fe en un libro futuro. En un futuro del libro y de los lectores que puede, ese libro futuro, convocar. Indisociable de la materia, del papel casi carnoso, de la impecable flexibilidad de la familia tipográfica Century 10 pts de bordes acerados, están esos indicios de una convicción textual: las interrogaciones de este texto —¿será mejor decir “escritura”?— parecen querer decirnos algo sobre el futuro; sobre su propio futuro como escritura. Aunque es algo que me parece como lector, en un campo de las sugerencias. Porque no hay una aclaración que diga así: éste es un texto que plantea un futuro de la escritura. Y, no obstante, la falta de esa apostilla, parece ser así. Todas las señales apuntan hacia el sí. Otra frase que escurre cultura pop, qué pena.
También podríamos haber comenzado con algo más metafórico. Porque ni como negarlo. Estas notas de lectura están queriendo llegar a algo verdadero, real, pero no pueden evitar hacerlo por la vía de la metáfora. Qué paradoja: la precisión por la vía de lo aproximativo, de lo que por definición no cuadra. Esa podría ser la aclaración, si hubiera que hacerla: estas notas de lectura son derivativas, metafóricas. Y entonces sí, uno se lanza más despreocupado ya advertido así. Por ejemplo, fiebre es uno de los síntomas de una infección por el virus Variola virus. O, podría decirse, que la fiebre es una de las consecuencias de las discusiones matrimoniales. O de la súbita sorpresa de hallarse con las huellas de una plaga de termitas en el librero.

Porque en este libro hay termitas. Varios miles de ellas. Termitas que se insinúan. Y otras que se manifiestan. Y otras que no se muestran sino que se describen, se teorizan, se explican. Y también hay alguien que habla y alguien que escucha. Y alguien que menciona que alguien habla y alguien escucha. Pero ojo: “atención: alguien y ese otro sujeto son el mismo sujeto, pero en fin, de esa forma me resulta más sencillo hablar, hablando no sólo de alguien si no de alguien y de algún otro, dice alguien”.
Esas fuentes de la voz parecen ser distintos modos de un ejercicio particular a la escritura desplegada en este libro. Podríamos llamarlo el ejercicio de la aparición del ser. Vamos planteando las frases sentenciosas: Fiebre testimonia un suceder muy peculiar. Un suceder que no es el de la narrativa acostumbrada, la del siglo XIX, la del siglo XXI: no está persiguiendo la sucesión de referentes que evoquen emociones como en un escenario. Es un suceder sin correspondencias. Un suceder de eventos que no quieren llevar a otro lugar, ni operar por lo bajo, secretamente.
Quizá sea el momento de hablar de la frase con la comenzamos. Porque ya estas notas están llegando a su conclusión. La frase era: “salir de la matrix”. Y antes que recurrir a los referentes pop (es decir, la película de 1999 y sus postulados metafísicos), mejor ir un poco más atrás, más cerca de la literatura pura y dura. Alain Robbe-Grillet, en “Un camino para la novela futura”, uno de los ensayos más conocidos que componen su libro Por una nueva novela, escribe lo siguiente:
El mundo no es ni significante ni absurdo. Él es, simplemente. En todo caso, es eso lo más destacable. Y de repente esta evidencia nos golpea con una fuerza frente a la cual no podemos hacer nada. […] Alrededor nuestro, desafiando la jauría de nuestros adjetivos animistas o domésticos, las cosas están ahí. Su superficie es nítida y lisa, intacta, sin resplandor turbio ni transparencia. Toda nuestra literatura no ha logrado aún reducir el más pequeño ángulo ni atenuar la menor curva.
Estas frases pertenecen a un texto sobre una posibilidad futura de escritura que ahora es ya pasada. El texto y la escritura son pasado, es decir expandieron su influencia. Vivimos en las repercusiones de esos textos. Pero el futuro imaginado por Robbe-Grillet persiste. Porque el siglo XIX se niega a desaparecer. O, mejor dicho, recurre con cíclica constancia. Como un neón que se enciende y se apaga a tiempos difíciles de predecir pero confiable en que volverá a suceder.

Todo esto decir para llegar finalmente a decirlo de manera más sencilla: es una paradoja fascinante que la escritura de Wolfson plantea. La metáfora, mas no sólo esa figura, esa trampa, sino también las trampas de la literatura tradicional, el recurso de la prosa que cuenta y comunica, el de los personajes “redondos”, “verosímiles”, “que saltan de la página”, y las tramas “conmovedoras”, “comprometidas” y trampillas similares, están denunciadas, expulsadas, son puestas en entredicho. Aquí no. Dicho con palabras de Roland Barthes en un ensayo sobre el propio Robbe-Grillet, a quien volveremos, en Fiebre los objetos no son “portadores de un melodrama”. En su lugar hay una prosa que transmite desde la rotundidad de la palabra, desde el ritmo y la cadencia, desde la polisemia que desborda los significantes. Al momento de leer, al instante en que quien lee entra en contacto con esta prosa, opera entonces la lenta insinuación de una realidad paralela del lenguaje. Un más allá que no es “el mensaje”, ni la conmoción de un mundo “recreado”. Se trata de otra de las realidades de la prosa: la de su operación, el vertiginoso testimonio de la escritura que muestra el modo en que el sentido se construye. Vertiginosa esta escritura, esta febril maquinación de su ser en tanto prosa.

Y sin embargo, como una feroz invasión de termitas, también hay otra acepción inescapable. Activada por la lectura, traída de fuera como se traen las termitas a un estudio, nos dice alguien en Fiebre, ese alguien que no es otro que una mismo ser en proceso de construcción. De fuera, paradójica e inseparablemente, el sentido puede ser el metafórico, el de los objetos clásicos, el de la literatura del siglo XIX. Ahí está también.
Volvamos a Robbe-Grillet para pensar en esta paradoja inescapable que Fiebre ejemplifica. Más adelante en el mismo ensayo antes mencionado dice esto:
En las construcciones novelescas futuras, gestos y objetos estarán ahí antes de ser algo; estarán todavía allí después, duros, inalterables, presentes para siempre y como burlándose de su propio sentido, ese sentido que en vano busca reducirlos al rol de utensilios precarios, de tejido provisorio y vergonzoso a los que sólo la verdad humana superior que se expresó en ellos habría dado forma —y de manera deliberada—, para pronto lanzar este auxiliar molesto en el olvido, en las tinieblas.
El futuro entonces, ¿el pasado ahora? Ese párrafo del francés opera como los miles de voltios necesarios para encender un anuncio de neón. “Salir de la matrix”, en este caso, me parece, fue una frase que pretendió advertir un suceso que ocurre al leer prosa como la de Fiebre: hay momentos en los que la escritura invita a escapar de la feliz trampa de la lectura para acceder, vertiginoso, al testimonio de un ejercicio. Ya lo decíamos antes, el ejercicio de la aparición del ser. Una escritura que transmite y que incita a transgredir la parsimonia del convenio lector. Esa frase, remitente a una película de 1999, ilustra una tentativa de liberar a quien lee de las sujeciones de la ficción y sus trasuntos para acceder al territorio más real de la escritura en tanto acto. Un texto que toma conciencia de su ser como acto de escritura a la vista de quien lee. Inescapables, allá, sin pausa, vienen o vendrán las termitas.
Mejor habría sido comenzar de otra manera, pero ya es bastante tarde: el sustantivo colectivo bajo el que se agrupan algunos suelen ser colonias o enjambres. Colonias de hormigas, enjambres de abejas. Para las termitas, quizá, después de la lectura, será: una fiebre de termitas.
Wolfson, G., Fiebre, Impronta, México, 2025, 65 pp.
Pablo Duarte
Ensayista.