El siguiente pasaje pertenece a Utopías digitales que Verso Libros trae en estos días a librerías mexicanas. Además de analizar el impacto de la tecnología en nuestras culturas y sociedades, una de sus ideas centrales es que podemos reprogramar la tecnología para que fomente la libertad y la autonomía humana, no la expropiación, la vigilancia o la alienación capitalista.

En el pasado no siempre han existido las novelas; no hubo siempre tragedias; no hubo siempre epopeyas. Desde las distopías incipientemente tecnológicas de George Orwell y Aldous Huxley, hasta las utopías sobre ecosistemas de vida alternativos desplegadas por Foster Wallace, William Morris u otros autores socialistas, como H. G. Wells o Iain M. Banks, pero también autoras afrofuturistas de la talla de Ursula K. Le Guin, las ficciones feministas producidas por Naomi Mitchison o la yuxtaposición posterior de algunos de estos mundos de William Gibson. En ausencia de la figura del artista –novelistas, pero también poetas, dramaturgos, compositores de música, directores de cine u otros tantos y tantas–, nunca habríamos descubierto que tenemos la capacidad humana para imaginar escenarios sobre cómo pueden ser las cosas en el futuro, sean estas visiones utópicas populares o distopías corporativas, las habilidades para contar nuestra propia sobre el mundo que nos rodea, una que en la mayoría de las veces es distinta a la que trata de imponer la realidad neoliberal.
Entonces, si somos personas capaces de realizar actividades intelectuales haciendo uso de la creatividad como potencia motora, ¿por qué no la ejercitamos en nuestro día a día para grabar a fuego la hoz y el martillo en los ecosistemas jurídico-legales, pero también en las tecnologías e instituciones sociales donde florecen las innovaciones digitales? Dicho de otro modo, dado el desarrollo actual de la técnica, ¿por qué ese socialismo “con sabor a empanada y vino tinto” que promulgaba Salvador Allende hace 50 años aún no ha llegado ? O, en palabras más clásicas, ¿cómo es que la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas de producción y las relaciones sociales capitalistas aún no han derivado en que las masas revolucionarias conviertan la tecnología en un bien común?
Puede que los artefactos literarios y culturales ofrezcan narrativas y discursos de lo que puede ser, pero nuestras mentes siguen profundamente alienadas siguiendo estúpidas utopías corporativas, con sus patrones de conducta, proyecciones de futuro, escenarios, itinerarios, mecanismos financieros, automatismos que convierten a las personas en seres inútiles, algoritmos con funciones criptográficas para adaptarse a sus necesidades, tan inmediatas como lo requiera el mercado, o simplemente producciones culturales, como las películas o la series de Netflix sobre lo que es: actualmente, un mundo repleto de desigualdad, ansiedad, miedo y, además, consumiéndose en las llamas del calentamiento global a cada día que transcurre.
La única forma posible de existencia bajo esta realidad tiene lugar a través de la mediación comercial. Nuestras inseguridades existenciales, la falta de certezas sobre el futuro o la tristeza que sentimos en el día a día, la ambivalencia de la modernidad al fin y al cabo, pueden solucionarse, nos dicen las élites tecnológicas. Para ello, solo hace falta encontrar la aplicación adecuada en la App Store y convertirnos en seres humanos que mejoran cada día y se benefician del progreso tecnológico. Desde las Big Tech hasta un sinfín de grandes multinacionales y fundaciones conservadoras de distinto pelaje, todas abogando por el libre mercado, han gastado enormes presupuestos en publicidad para convencernos de esta narrativa.
El objetivo ulterior, no obstante, es monetizar los cambios en nuestro comportamiento individual para seguir explotando los recursos colectivos. Han producido tantas subjetividades como bienes de consumo para encaminarnos de manera ciega e ignorante hacia el mercado; han manipulado nuestros deseos más profundos de emancipación, subvirtiendo y negando la agencia humana para rodearse con su entorno y así expandir la inteligencia con el objetivo de confinarla dentro de las lindes de la razón instrumental impuesta por el sistema de precios, es decir, una donde los medios y los fines importan más que nuestras capacidades sensoriales, por ejemplo, para crear arte, escribir poemaso o simplemente relacionarnos entre nosotros para sostener ecosistemas vivos no roturados por la energía fósil. Así lo exige el régimen de verdad en su estadio solucionista: no podemos imaginar arreglos colectivos a los problemas estructurales del capitalismo para transformar el mundo, sino debemos aceptar y adaptarnos las condiciones de uso de las plataformas tecnológicas, sobrevivir, para convertirnos en usuarios responsables que cuidan del planeta Tierra. Como lo ha teorizado el intelectual bielorruso Evgeny Morozov, esta utopía ha dado lugar a un mundo donde los capitalistas intentan solucionar cualquier problema –casi siempre creado por ellos mismos y sus modelos de negocio–, desde la desigualdad o la pobreza, hasta el calentamiento global, para ofrecer la libertad humana como un servicio privado. ¿Es esta la única utopía posible?
Pese a todo el esfuerzo de la nueva industria cultural estadounidense, la siguiente certeza sigue siendo válida: sin la existencia de revoluciones en China, o en la antigua Unión Soviética, sin aquellos experimentos acaecidos en el sur global durante el pasado siglo para escapar de la dependencia tecnológica respecto a Estados Unidos y otras tantas revoluciones epistémicas, la tolerancia al capitalismo sería mucho más elevada. Sin esos imaginarios alternativos, sin muchas de las utopías –que en algún momento fueron prácticas colectivas y comunitarias– atrapadas en los libros de Historia, no existirían alternativas a este sistema en nuestros recuerdos más profundos. Todas esas experiencias, como otras tantas, llevan en su interior la pregunta más acuciante que se hace este libro: ¿cómo imaginar la vida más allá del capitalismo?
Al contrario que la técnica de la escritura, los códigos que dan forma a las innovaciones tecnológicas todavía no se han colocado al servicio del socialismo o, al menos, de un sistema no capitalista que permita ampliar las capacidades humanas para construir una sociedad sin clases, igualitaria, justa y altruista. En una era marcada por el consumo de basura en redes sociales, tampoco el usuario se ha convertido en un sujeto capaz de poner su huella en los repositorios digitales para escribir la historia de la humanidad y de la comunidad en la que evita. Cualquier acción para intervenir en el sistema capitalista, y modificarlo, aún no se han desbloqueado más que a través de fuerzas que tratan de conservar el statu quo. Esa es la única función social que emana de las tecnologías contemporáneas, las cuales, bajo la excusa de democratizar la esfera pública, han introducido la forma de la mercancía en cada vez más espacios de nuestra vida
Citando aquel método para pensar en la revolución descrito por Antonio Gramsci, movernos entre el pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad nos obliga a replantear brevemente las corrientes dominantes que explican semejante anomalía. ¿Qué ha ocurrido para que nuestra generación no haya sido capaz de conquistar la tecnología para alterar el rumbo del futuro? No hace falta un esfuerzo cognitivo singular para afirmar que nuestros paradigmas y esquemas mentales para pensar en las herramientas digitales, así como los complejos sistemas que se erigen sobre ella, nunca han trascendido aquellos nacidos en las orgías intelectuales de los billonarios de Davos, quienes siguieron a rajatabla la agenda militarista en el desarrollo de tecnologías procedente del Pentágono. Existen docenas, cientos, quizá miles de formas alternativas de entender los desarrollos tecnológicos que aquellos que solo contemplan su aplicación en el terreno de batalla. Pero en ese presente momento histórico nos encontramos, inmersos en una realidad bélica donde las utopías capitalistas han cancelado esos caminos alternativos para imaginar el futuro.
Este libro no es una diatriba propia de un socialista utópico, ni mucho menos ha sido escrito pensando en agenda de futuro inalcanzables aunque deseables, sino que trata de recoger algunas lecciones históricas y convertirlas en imágenes vivas para repensar nuestro presente; en herramientas para orientarnos entre tanta propaganda, explotación o vigilancia corporativa y, de este modo, contribuir a que cada persona imagine ecosistemas liberados de la forma de la mercancía. Es un trabajo arqueológico para reconstruir lo que podemos pensar como una sociedad postcapitalista. Trata de avanzar en una concepción sobre las herramientas digitales desprovistas de los límites que les han impuesto quienes tienen el poder y el dinero. Confronta con el aparato ideológico, que destila una narrativa inane, diseñado y manufacturado para expropiarnos de una existencia donde las ataduras del capital den paso a la autonomía para escoger caminos propios, identidades o formas de actuar donde podamos ser nosotros mismos. El ejercicio intelectual de llevar nuestras proyecciones de vida hacia horizontes distintos a lo que habitualmente leemos, escuchamos, vemos y sentimos sobre la tecnología es urgente. Y creo que su éxito en el terreno de la práctica dependerá de que seamos capaces de emprender actos colectivos, diálogos democráticos en torno a las soluciones deseables para superar esta crisis que, de tan sistémica, se ha tornado eterna.
HOMO DAVOS
Siguiendo las enseñanzas del prisionero de Bari, la hegemonía cultural en la que nos hallamos insertos ha anulado nuestra ansia revolucionaria con palabrería barata sobre la supuesta resiliencia del ser humano para sobrevivir a la pauperización permanente de sus condiciones de vida. Mediante mecanismos para fomentar la adicción a las aplicaciones de Silicon Valley, estas empresas han convertido los anhelos de trascendencia al capitalismo tardío en llamativas interfaces que reproducen los delirios industriales y financieros: nos han convertido en personas ignorantes a través de cantidades nunca vistas de propaganda y noticias falsas solamente para explotarnos y vigilarnos mejor en la fábrica digital.
Casi de manera inconsciente, pulsamos botones en pantallas inteligentes que anulan toda agencia creativa para hacernos pagar por servicios que ocupan cada esfera de nuestra existencia: aplicaciones educativas, de salud, para descubrir nuevas series de televisión, películas, canciones o incluso personas a las que conocer y con quienes acostarnos o simplemente charlar. La vida humana se ha reducido a un intercambio de dinero por experiencias genuinas, provistas mediante suscripciones a unas cuantas plataformas asistidas con ingentes cantidades de capital procedentes de fondos de inversión o gestores de activos. La potencialidad de las masas para destruir las costuras capitalistas, tejer el futuro sobre materiales distintos y desarrollar herramientas digitales sobre la obsolescencia del mundo anterior es un escenario cada vez más complicado de imaginar.
Esta ficción sobre nuestra existencia se sostiene únicamente gracias a lo que podría denominarse Homo Davos. De acuerdo a este paradigma, todos seríamos emprendedores creativos que encuentran soluciones a sus problemas a través de las únicas instituciones posibles en la modernidad capitalista, el mercado y el Estado, este último siempre guiado por dinámicas tecnocráticas; participaríamos como artífices de un capitalismo más humano gracias a la posibilidad que desbloquean las tecnologías digitales para interactuar con el mundo; seríamos jóvenes inventores o creadores que hacen el bien con cada acción, aunque siempre como individuos, en la soledad de una habitación, emulando a la figura mítica del emprendedor que inicia su andadura en un garaje de California.
Fuera de toda epopeya neoliberal, este imaginario ha dado lugar a productores que trabajaban en precarios burdeles empresariales para cubrir las necesidades del mes siguiente, en muchos casos repitiendo “trabajos de mierda” que no serían necesarios en una sociedad emancipada de la forma mercantil. También ha surgido la figura de los consumidores soberanos, usuarios que se creen a cargo de su propio destino, pero cuyo único camino para avanzar en la vida, para descubrir las facetas de su personalidad o sus identidades más profundas es escoger entre servicios premium.
Otra figura que ha emanado es la de emprendedores que únicamente pueden socializar sus descubrimientos e inventos por obra y gracia de herencias familiares o, por el contrario, de fondos de capital de riesgo, los cuales prestan dinero a aquellos que pueden ofrecer un modelo de negocio, casi siempre basado en la extracción y comercialización de datos sobre comportamiento humano. La función social de la tecnología, delimitada por los objetivos de rentabilidad de las empresas privadas, solo ha servido para atraparnos en infraestructuras materiales que no han servido como palancas para modos de vida alternativos, sino que han tratado de reprimirlos mediante refinados algoritmos que discriminan por raza, género y clase.
Pese a todo, el ser humano es hoy en día más complejo, como muestran las luchas de los movimientos feministas, con su enorme capacidad para descubrir toda suerte de identidades diversas, o los movimientos de liberación nacional y las críticas decoloniales. Por otro lado, el lenguaje del neoliberalismo, que reposa sobre palabras como “disrupción” o “destrucción creativa”, ha confinado las prácticas de innovación en los márgenes culturales o sociales de la fábrica, en muchos casos infradotadas de recursos, centralizando todas las prácticas creativas en unas pocas figuras famosas (las ganadoras en el proceso de competencia) y subdesarrollando todas las ideas no productivas, es decir, aquellas pensadas como bienes o servicios comunes.
DIALÉCTICAS DE FUTURO
En clara oposición a este realismo capitalista, los comunistas han enarbolado un paradigma utópico centrado en las promesas racionales y simplistas de una sociedad planificada algorítmicamente, como si el único problema de Amazon fuera que esta plataforma no estuviera controlada por el pueblo. Esta utopía trata de recuperar las promesas que la economía de mercado no ha sido capaz de cumplir, como maximizar la satisfacción de las necesidades básicas, reconstruir el desmembrado Estado de bienestar mediante nuevas plataformas digitales, y tal vez una vida industrial 4.0 que cuente con nuevos lujos (puede que con cooperativas de cannabis o de producciones culturales a la altura de Netflix). Contra la complejidad del mundo digital avistada desde las filas neoliberales, la izquierda ha abogado por la racionalización de los procesos de producción y la simplificación de nuestras conductas humanas. En otras palabras: contra la promesa posmoderna del emprendedor de sí mismo, articulada por los capitalistas a través de sus plataformas privativas, las corrientes anticapitalistas, tomando la analogía de Marx, han terminado asumiendo la razón instrumental para visionar sujetos que solo pueden producir y consumir durante el día para convertirse en músicos, escritores o artistas durante la noche.
Esta visión sigue entendiendo a las personas como seres racionales que actúan sobre la base de una meta y diseñan medios para alcanzarla. Un prisma que mantiene intacta la visión que los neoliberales han hecho hegemónica; que evita formas de innovación social donde las actividades puedan estar respaldadas por las tecnologías, pero entendiendo estas como mecanismos para la realización personal y creación de otro tipo de valor, contenido en la esfera imaginativa o creativa. Asimismo, ello esquiva las maneras de entender los sistemas en toda su complejidad para buscar procesos óptimos en el funcionamiento colectivo. Bajo este paradigma, los ordenadores no tienen como objetivo ulterior liberar al ser humano de sus ataduras, mejorar su capacidad de regularse a sí mismos a través de principios de retroalimentación, por ejemplo, como hicieron los primeros experimentos cibernéticos soviéticos, mediante información actualizada constantemente, adaptada a los estímulos o experiencias en ecosistemas cambiantes, y de una forma que permita pensar en formas de supervivencia radicalmente nuevas y de manera permanente.
La segunda interpretación filosófica de la que han hecho gala las propuestas de la izquierda es menos utópica. Más bien, en ocasiones, tiende a adquirir un tono apocalíptico. Como indica Perry Anderson en Los fines de la historia, ello ocurre con muchos análisis pseudohistóricos donde la lectura sobre el funcionamiento del capitalismo, de sus leyes intrínsecas, no se ha realizado de manera correcta, siguiendo criterios empíricos y científicos. La falta de sobriedad teórica conduce, en muchas ocasiones, a un pánico colectivo contra la tecnología sin ninguna utilidad práctica, habitualmente expresado con un lenguaje derrotista sobre el mundo que habitamos, rara vez enunciado sobre la base de consideraciones económicas o políticas (tratan de acabar con las tecnologías actuales sin imaginar otras nuevas). Ambas visiones suelen encontrarse plagadas de hipérboles analíticas que se justifican apelando a la falta de ética de las grandes empresas tecnológicas. Un ejemplo de este peligroso “populismo científico” es Homo Deus, el famoso best seller del historiador israelí Yuval Noah Harari. El discurso de este thriller presenta una realidad venidera difícilmente remediable, donde a la humanidad no le queda otra salida que contemplar el fin de sus días. No existe estrategia política, teoría de los procesos revolucionarios u otras formas de canalizar la acción colectiva (articulada en torno a partidos, sindicatos y otros movimientos) que puedan influir en el porvenir. Solamente podemos esperar sentados a que los capitalistas de Silicon Valley cambien mágicamente de modelo de negocio, es decir, a que se autorregulen, a que emerja alguna legislación dirigida a favorecer la competencia en el mercado o a que estas empresas imaginen una nueva solución para sus propios problemas.
Esta praxis, presente entre las facciones intelectuales dominantes de la esfera progresista, encuentra su expresión más popular en la humanización tecnológica del capital. Shoshana Zuboff, profesora de Negocios en Harvard, fue la pionera en realizar con éxito este argumento y poner en distribución a escala global un imaginario determinado sobre cómo enfrentarse a las distopías capitalistas. Al ofrecer una lectura crítica sobre cómo capitalistas à la Google y Facebook extraen plusvalía de nuestra atención, beneficiándose de un modelo de monetización constante sobre nuestros datos de consumo, la única salida en el marco de la economía de mercado es un capitalismo Apple style. La propuesta es poco menos que retorcida: privacidad siempre y cuando se pague cerca de 1.000 euros por un dispositivo fabricado con sudor y sangre en países del sudeste asiático. En el peor de los casos, esta posición ha legitimado un sinfín de obsesiones pornográficas para trascender a nuestra existencia burguesa: del mismo modo que debemos consumir tecnologías éticas, también debemos invertir en activos financieros verdes o aplicaciones para reducir nuestra huella de carbono, por ejemplo. En definitiva, buena parte de las utopías digitales han sido incapaces de desplegar alternativas reales a la hegemonía cultural de los capitalistas new age.
En poco más de diez años, la transformación en líneas digitales de nuestras sociedades ha provocado un cambio epistémico similar al que ocurrió en el siglo XVIII, y que perduró hasta su culminación en el siglo XX, cuando el desarrollo industrial encontró su último exponente en las máquinas de gas diseñadas por el nazismo para aniquilar a la raza humana. Casi un centenar de años después, las ideas, creencias e imaginarios del mundo capitalista teorizado por Karl Marx y Friedrich Engels en El manifiesto comunistase están recomponiendo de manera acelerada. Ello ha abierto un terreno excepcional para la práctica política, una oportunidad para rearmar las fuerzas de izquierda y combatir al sistema ahí donde se muestra su cambio de piel de manera más clara. Ambos autores apuntan a ello cuando escriben que el desarrollo de los medios de producción en manos de los capitalistas ha traído los más grandes avances en la historia de la humanidad, pero también la mayor de sus desdichas.
¿Pero, y si no bastara con entender el desarrollo tecnológico capitalista y modificarlo ligeramente para adaptarlo a las leyes motrices del socialismo? ¿Y si fuera necesario utilizar la tecnología para echar mano al freno de la historia, pensar en nuestra relación con las herramientas digitales y diseñar alternativas reales, una praxis que ahora se encuentra confinada debido a la hegemonía de Silicon Valley y Wall Street sobre nuestra imaginación? Tal vez, en este presente histórico, la única alternativa sea desarticular cada una de las infraestructuras, geografías y ecosistemas para crear un nuevo mundo en sus ruinas.
No es otro el cometido de este libro: simular un escenario futuro de ese calibre, uno de los tantos posibles, pero tratando de sistematizar de manera estratégica algunas de las brechas sobre las que movilizar las palancas políticas en una acción colectiva. Para ello, cada una de estas constelaciones hace gala de una dialéctica particular: ofrece una imagen lo más realista posible sobre el estado actual (lo que es), ahí donde las distintas proclamas antisistémicas puedan encontrar una lectura común, y plantea una utopía sobre el futuro hacia el que estas fuerzas debieran tender (lo que podría ser). Trata, ahora sí, de trascender aquella fase de despertar del sueño tecnológico y proponer un modelo donde el capitalismo sea solo una historia que fue. De esta forma, las preguntas filosóficas se convierten en certezas que informan las decisiones sobre las posibilidades realistas a disposición de la emancipación. Estas no se centran –o no lo hacen en detalle– en el inminente proceso de insurrección, sino en cómo articular la construcción posterior.
La manera dialéctica de pensar el presente y, por tanto, el futuro que debe desplegarse a partir de este queda recogida en los siguientes argumentos. Si la ideología neoliberal ha conseguido imponer que la única forma de aprovechar las tecnologías es la conexión al mercado mediante plataformas privadas, entonces necesitamos diseñar nuevos espacios colectivos e instituciones políticas, sociales, jurídicas, culturales y económicas sobre las que desplegar nuestras actividades humanas. Si la utopía solucionista de Silicon Valley aboga por que la única forma de equilibrar las turbulencias creadas por el capitalismo es a través de tecnologías para insertarse en áreas mayores de la vida, debemos diseñar técnicas para autorreproducirnos de manera sostenible y cuidar nuestros ecosistemas vivos.
Si la única forma de descubrir soluciones a esos problemas es insertar nuestra creatividad dentro de los confines del sistema de precios y el intercambio de mercancías, inscritos en el ADN de las infraestructuras de Silicon Valley, entonces quizá debamos hacer de nuestra agencia creativa una bandera sin la cual no sería posible inspeccionar mecanismos de coordinación alternativos a las visiones habituales (más competencia, más regulación, más soluciones privadas). Y si la concepción de lo nuevo, así como su institucionalización en organizaciones populares, puede liberarnos de los imperativos primitivos del capital –permitirnos alcanzar la máxima expresión de nosotros mismos sin marchitarse en el trabajo o el mercado de consumo, florecer como individuos solidarios y altruistas, aflorar la personalidad e identidad que se encuentra en lo más profundo de nuestra condición humana–, entonces, la única forma de emanciparnos de la historia es mirar al porvenir de manera optimista y racional.
- Ekaitz Cancela. Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo. Barcelona: Verso Libros, 260 p.
Ekaitz Cancela
Periodista de investigación y fundador de Verso Books, es autor de Despertar del sueño tecnológico, entre otros títulos.