En esta carta de recomendación para leer la nueva novela de Valentina Wincour Perlas de araña, la escritora Laura Santullo hace resonar sus vivencias personales como exiliada de la dictadura uruguaya con algunas de las experiencias de las protagonistas del libro: Catalina y La Nona, una niña y su abuela que huyen a México tras la imposición de la dictadura militar en Argentina y que buscarán reconfigurar su vida en un nuevo hogar.

Querido lector:
Tengo predilección por los relatos que, ya sea desde la ficción pura o desde la autoficción, dan testimonio de una época determinada, concentrando su narración en las personas y sus vidas cotidianas, mientras la Historia, la que se escribe con mayúsculas, se los lleva brutalmente por delante. Creo que esos relatos arrojan luz sobre cómo las personas comunes y corrientes transitaron una época específica. Son otra forma de comprensión del pasado. Cito una frase del prólogo de El fin del homo sovieticus, un ensayo de Svetlana Aleksiévich, porque creo que expresa muy bien la idea que quiero transmitir:
Me apresuro a dejar testimonio de sus huellas. De esos rostros que conozco tan bien. No hago preguntas sobre el socialismo, sino sobre el amor, los celos, la infancia, la vejez, o sobre la música, los bailes, los peinados, sobre infinidad de detalles de una vida que ha desaparecido. Esa es la única forma de mostrar, de adivinar algo, inscribiendo la catástrofe en un contexto familiar. Nunca deja de sorprenderme lo apasionante que puede ser una vida humana cualquiera. O la infinidad de verdades que esgrimen los hombres, cada uno la suya. A la historia solo parecen preocuparle los hechos, las emociones quedan siempre marginadas, no se les suele dar cabida en la historia. Pero yo observo el mundo con ojos de escritora, no de historiadora. Y siento una gran fascinación por el ser humano.
Una novela reciente, Perlas de araña (Elefanta, 2023), pertenece a ese universo narrativo que describe Svetlana. Su autora, la mexicana-argentina Valentina Winocur, claramente observa el mundo como escritora. Y desde ese ángulo de los acontecimientos nos cuenta cómo fue que una pequeña familia conformada por nieta y abuela enfrentaron la tormenta de la dictadura argentina, del dolor y el exilio, y fueron capaces de capotear el temporal y forjar una vida nueva. De cómo esa joven y su abuela eligieron un nuevo país y lo amaron y lo disfrutaron. Pero también del cómo Catalina, la protagonista, creció, estudió, bailó y siguió adelante, llevando dentro de ella las ausencias, pero también todo lo que pudo y quiso construir.
Naturalmente, como hija del exilio que fui yo también, encontré en el texto muchas cosas en común con la protagonista, cosas que me emocionaron, asuntos concretos como la descripción de una escuela activa que se parece un montón a la que fue la mía; una primera vacación en Zihuatanejo que también me ocurrió, la polenta como un lujo de regalo o la fascinación por los alfajores de maicena. Pero también hay emociones más generales en las que me vi reflejada: el desconcierto frente un país al que se retorna y que resulta ajeno, el deseo de no ser diferente al resto de los niños, la dificultad de acomodar una identidad que se resiste a las explicaciones fáciles. Esos son ingredientes del libro que para mi resultaron especiales, por la cercanía.
Y sin embargo, de todas las similitudes que encontré al leer el libro, me quedo con un gran hallazgo, algo que sentí de un modo profundo; una emoción rara, porque no es grata sino más bien da la sensación de abismo. Me refiero a esta idea de vida paralela, de identidad desdoblada. Eso es algo que también yo he sentido a veces a lo largo de los años. Queriéndolo o no, he tenido esta imagen nítida de que hay otra vida posible que pude, que puedo y que podría haber sido la mía. Supongo que cualquier persona puede imaginar otra vida diferente para sí misma, ocurriendo en algún sitio. La diferencia consiste, creo, que para el que emigra hay un montón de datos concretos con los cuales construir esa posibilidad en la mente, con los cuales jugar, porque como exiliado o como migrante, sabes perfectamente quiénes habrían sido tus vecinos, a qué escuela habrías concurrido, cuál hubiera sido el barrio en el que habrías crecido: es una fantasía demasiado concreta, y eso es raro, y eso desconcierta. Valentina Winocur elabora esta sensación con mucha fineza y acierto dentro del libro; no una, sino varias veces, como una línea que acompaña al personaje:
Me sentí ajena a todo, como si esos chicos pertenecieran a un grupo distinto, donde todos tenían algo que yo pude tener pero no tuve. Mordí con fuerza mi pedazo de carne y me enojé mucho. No entendía por qué era yo y no la pelirroja, por ejemplo, la que no vivía ahí, la que no tenía a sus papás en ese patio. Terminé rápido mi bocado y me fui con la Nona y Chimango.
Pero ese desdoblamiento de la identidad, esas posibilidades canceladas, son también las de una hija a la que privaron de sus padres, y entonces la densidad del relato pasa a otro nivel. Cuando Catalina está conversando con dos antiguas amigas de su madre, y escucha que le describen cómo era su mamá de joven. Pensando en su madre Catalina nos cuenta:
Salí corriendo y entré al cuartito que estaba al final. Me mojé la cara y me vi al espejo. Ella nunca sabrá que el viejito del Café Alameda se murió, ni que Claudia tuvo cinco hijos y Sofía se fue a España. Nunca verá la línea azul en los ojos de su amiga. Tampoco sabrá que a la Nona no le dieron el emérito o que vivimos en México. Ni siquiera sabrá que esta es la cara de su hija a los quince años.
El libro contiene elementos que me remiten a mi propia historia y, sin embargo, creo que el disfrute del libro tiene un ancho y un largo que supera en mucho la necesidad de identificarse con los sucesos ahí narrados. La lectura se hace ágil porque atrapa; la novela conmueve porque está bien escrita, porque apela a las emociones y no al golpe bajo; los sucesos interesan porque suenan sinceros y creíbles. En Perlas de araña hay humor, hay ternura, y hay también una voluntad de esquivar un poco la solemnidad, abandonar el peso de las grandes causas en favor de la sutileza y la relevancia de las pequeñas vidas. Hay una reivindicación de la travesía personal, única e irrepetible. El libro, aunque los menciona, deja un tanto fuera de foco los estandartes y las estatuas, para concentrarse en los sucesos a escala humana. Y lo hace muy bien. Como lectora, yo se lo agradezco, porque justo es esa fragilidad, es esa sensación de levedad lo que, al menos a mí, me conmovió mucho del libro.
Laura Santullo
Escritora y guionista