Hay autores cuyos libros nacen clásicos. Su influencia es notoria desde su aparición y a través de la lectura de varias generaciones. A esa categoría pertenece la serie de poemas que bajo el título El tigre en la casa, Eduardo Lizalde publicó el año 1970. Implacable anatomía del amor, síntesis de las pasiones que confluyen en el ser antagónico, el libro cautiva además a causa de su musicalidad, su precisión conceptual, la contundencia de sus metáforas. Pero existen otras lecturas, aquellas que nos marcan de manera perdurable, y cuya experiencia también debe probarse en la edad cuando todo nos vulnera. A esa ponzoña inevitable, a esa voluntaria temporada en el infierno, pertenece la poesía de Eduardo Lizalde, y, de manera sobresaliente, la figura que ha elegido y explorado y afinado a través de los años: el tigre que tensa, con su aterradora simetría, las cuerdas de una de las poesías de mejor y más alto timbre entre nosotros.

La llegada a ese gran libro —que cumple con la exigencia de Cyrill Conolly de escribir en la vida una obra maestra— no fue en Lizalde motivo de la casualidad. Antes había integrado con otros autores el llamado movimiento poeticista, que como toda vanguardia juvenil, pretende cuestionar todo lo escrito antes de ella. Aunque el propio Lizalde, autocrítico como todo auténtico gran poeta, ha escrito los trabajos y los días juveniles de su generación en Autobiografía de un fracaso, el aprendizaje de esos años se encuentra vertido en el poemario Cada cosa es Babel. Dentro de la tradición de nuestros grandes poemas filosóficos, el texto interroga la esencia de las cosas e incita al lector a no quedarse en la superficie. Tras la publicación de El tigre en la casa, el poeta ha dado a la luz Obra maestra, Tabernarios y eróticos, Tercera Tenochtitlan, así como poemas sueltos y traducciones, material reunido en las sucesivas y aumentadas ediciones de Memoria del tigre.
Vertiente importante de su trabajo es la narrativa, que igualmente cultivó desde su juventud. El cuento “La cámara”, que forma parte de la colección del mismo nombre, es el primer texto escrito sobre los dramas cotidianos de nuestra frontera. De igual manera, su novela Siglo de un día, cuyo eje temático es la batalla de Zacatecas, propone una nueva forma de leer la Revolución Mexicana. Hombre de letras integral, Lizalde es un notable difusor de la cultura musical a través de diferentes medios, y su trabajo como crítico aparece reunido en el volumen Tablero de divagaciones. Que el tigre es una mitología ya indisolublemente ligada a Eduardo Lizalde lo demuestra su presencia en las sucesivas ediciones de su obra: el carnicero mayor da título a la summa lizaldeana de Memoria del tigre; el Shere Kahn mortífero duplica su nombre, Tigre, Tigre —homenaje al fulgurante primer verso de William Blake. Y si el tigre se ha impuesto a pesar del propio autor a su persona, qué podemos esperar nosotros, de este lado de la página, si quien enfrenta a la poesía de Lizalde debe estar consciente de dos verdades: no le será posible cerrar el libro ni salir sin heridas del combate. El poeta ha tenido la elegancia de señalar desde el principio esa exclusividad de sus lectores: el tigre del que habla “desgarra por dentro al que lo mira./ Y sólo tiene zarpas para el que lo espía”. ¿Puede haber retrato más justo del artista, del adolescente que es, en potencia, siempre artista?
Eduardo Lizalde es uno de nuestros poetas más conscientes, uno de los que con mayor frecuencia y solidez han reflexionado en su trabajo sobre la factura del objeto verbal, en sus versos la pasión se halla tan sabiamente modelada que el verso parece romper —matraca o cohete el corazón de la noche, guitarrón del solitario, bolero del resentido— sin más recurso que la blasfemia y el coraje. Y si en primera instancia Cada cosa es Babel es el libro conceptual de Lizalde, heredero de nuestra gran poesía simbólica desde Primero Sueño hasta Piedra de Sol, la disección que posteriormente hace del felino monarca en El tigre en la casa y Caza mayor, o la exploración que del sentido de las palabras y de sus relaciones peligrosas efectúa en La zorra enferma, reafirman ese afán expansivo y exploratorio de la poética lizaldiana.
¿Qué es el tigre? Más allá de la filiación cultural de la fiera, que el propio Lizalde revela en varios poemas, su mayor mérito radica en que, no obstante la repetición obsesiva de la palabra, es la experiencia personal, pero también estaban los bombardeos sobre Vietnam, el hombre de negocios y sus enormes minucias, el borracho itinerante que descarga sus penas frente a la barra de cantina.
No lo toquemos más, que así es el tigre, puede decir Lizalde; así debe repetirlo su lector, el adolescente que más que solidarizarse al leerlo, se siente acompañado por el dolor del otro, por ése que se ha atrevido a despertar a la fiera, con todas sus devastadoras consecuencias. El tigre es la vida; aliado de la muerte, no deja de temer al tigre de los tigres, y en esa condición caduca, en esa amenaza de extinción, acaso se halle el único consuelo del asunto. Porque si bien sentimos la amenaza de la fiera, debemos tener simpatía por ella, pues sin nosotros no vive. El tigre es el gran mendigo cósmico, el solterón lopezvelardiano, el de la inaudita belleza que atrae y que repugna. Es el otro, el ajeno, el exiliado; es, como cualquier adolescente que se respete, un enorme animal por dentro y fuera, dando golpes de ciego, tirando dentelladas en un mundo donde la vida está pendiente.
Vicente Quirarte
Investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y del Colegio Nacional. Ha publicado poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Su libro más reciente es la novela La isla tiene forma de ballena.