Una mirada a la industria del libro independiente

Por extraño que parezca, la industria del libro en México ha crecido a pasos agigantados en los últimos dos años. En 2022 se vendieron 29.6 millones de ejemplares, superando en 19% las ventas pre-pandemia. De acuerdo con BookScan, la facturación pasó de 5,384 millones de pesos en 2019 y 4,350 millones de pesos en 2020, a más de 7,630 millones de pesos en 2023. Tan sólo el año pasado, hubo un incremento de 31.8% en los ingresos mensuales de las empresas con actividad editorial. A pesar de estas estimulantes cifras, que parecen sugerir un sector vigoroso, algunos actores de este ecosistema, como las editoriales independientes, continúan teniendo grandes retos para competir en la industria del libro y mantener sus negocios a flote.

¿Qué sabemos del camino que recorren estos libros hasta llegar a nuestras manos y de los retos que tienen que sortear editores, distribuidores y libreros? Estas líneas se acercan a ellos en busca de sus experiencias, dificultades y anhelos.

Ilustración: José María Martínez

Estrategias de supervivencia

Empiezo con el sello Impronta y su vocación artística. Librería y editorial independiente fundada en 2014 en Guadalajara, su misión es recuperar métodos tradicionales de impresión: el uso de linotipos o tipos móviles, materiales de alta calidad, como el papel de algodón que garantiza una baja acidez, elementos todos que dotan a los ejemplares de una belleza y personalidad únicas. Para Carlos Armenta, editor y librero, esto conlleva obvias dificultades: una producción más lenta que el offset, mayores costos y capacitaciones intensivas a sus trabajadores para preservar los conocimientos, entre muchas otras. En promedio, Impronta puede imprimir unos 500 ejemplares en un periodo de 3 meses. Un proceso que, en editoriales que utilizan métodos más modernos, conlleva apenas una o dos semanas.

Para llevar sus publicaciones a los lectores, forman parte de la Red de Librerías Independientes y se han aliado con la editorial y distribuidora Fauna para asegurar algunos espacios en librerías del país. Las compras institucionales no representan más de un 20% del total y provienen, en su mayoría, del sistema de bibliotecas de la Universidad de Guadalajara. Gracias a la venta en línea del acervo y a la puesta en marcha de la campaña Crisis Compartida, que agrupó a distintos proyectos culturales, Impronta pudo salir adelante tras la pandemia. A grandes rasgos, la campaña consistió en la venta de bonos, preventas y descuentos para apoyar a un amplio directorio de iniciativas culturales. La iniciativa fue tan exitosa que generó ventas superiores a los niveles pre-pandemia durante los meses de abril y mayo de 2020.

La concentración del mercado en grandes grupos editoriales y grandes librerías, reunidas mayoritariamente en la capital del país, ponen en peligro el invaluable legado de editores como Carlos Armenta. Hay una suerte de competencia desleal en la práctica recurrente de las grandes editoriales de llevarse a los autores publicados por pequeñas editoriales que ya han tenido éxito. Armenta explica que:

En México las librerías están llenas de los libros de los grandes grupos. Es muy difícil competir con ellos como editor independiente. En otros países existen políticas públicas para nivelar el piso. La edición se encuentra completamente centralizada; en la Ciudad de México se encuentran las instituciones que regulan el libro, así como las cámaras. Muchas veces tenemos que trasladarnos, lo que representa un gasto. A esto le sumamos que México tiene una crisis de falta de librerías. Tan sólo un 6% de los municipios tiene alguna librería. No tenemos una gran red que nos ayude a mover el material.

En 2018, la creación del Comité de Editoriales Independientes al interior de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), órgano que se reúne cada 15 días para discutir las necesidades del sector, implicó un paso fundamental hacia el reconocimiento de los problemas y obstáculos particulares del libro independiente. Así inició un diálogo directo con los miembros del gremio. Gracias a este esfuerzo se llevó a Guadalajara, capital mundial del libro en 2023, el Salón del Libro Independiente con la participación de más de 25 librerías y editoriales de todo el país.

Otra editorial independiente tapatía, Paraíso Perdido, apuesta por textos que interpelan al lector sobre su experiencia directa, y que giran en torno a temas actuales. La editorial cuenta hoy con más de 50 puntos de venta en todo el país. Su principal canal de venta son las librerías independientes (70%), especialmente aquellas ubicadas en la Ciudad de México; librerías que, muchas veces, tienen dificultades para pagar o para pagar a tiempo.

Antonio Marts, coordinador administrativo, hace hincapié en las dificultades que entraña poder ofrecer su catálogo en las grandes cadenas libreras, pues la mayoría de las veces solicitan contar con espacio o almacén en la capital. Él mismo se encarga de llevar sus productos al librero. Para hacer llegar el material, aprovecha los descuentos en servicios de paquetería a los que tienen acceso como miembros de la CANIEM; y aunque les gustaría poder usar el servicio postal, lo considera poco confiable y demasiado tardado. Al igual que Impronta, la inflación, junto con la subida en los precios de insumos básicos como el papel, coloca a la editorial tapatía en un panorama adverso.

El segundo canal más relevante para Paraíso Perdido es la venta en línea (30%). Sin embargo, prefiere limitar la venta digital para no perjudicar a las librerías.

Partiendo de la experiencia de Paraíso Perdido, la adquisición de libros por parte de los gobiernos –tanto federal como local– impacta en la calidad de la oferta al alcance de la ciudadanía, pues muchas veces se interesan en títulos especializados y pueden llegar a priorizar la adquisición de obras de autores regionales, estimulando así la edición de materiales que pueden ser poco atractivos desde un punto de vista estrictamente comercial.

“Somos independientes en cuanto que somos una empresa privada. Pero como muchas editoriales medianas y pequeñas trabajamos muchísimo con instituciones. Con el gobierno federal, con gobiernos a lo largo de todo el país y secretarías de cultura locales, con fondos privados y con embajadas de todas partes del mundo”, apunta el director de Textofilia Ediciones, Ricardo Sánchez riancho, sello que dedica gran parte de sus esfuerzos al descubrimiento de nuevos autores, que opera en la Ciudad de México desde hace 15 años y tiene más de 500 títulos en su catálogo. Sánchez Riancho considera que este tipo de relación paradójica con el Estado pone en duda el carácter de muchas de estas “independientes”, pues la subsistencia de estos sellos a veces termina por depender de las compras o los pocos incentivos que ofrece el gobierno. Estas colaboraciones, clave de su labor editorial, incluyen el lanzamiento de coediciones, la entrega de apoyos para la traducción al español, la participación en eventos y ferias internacionales y la organización de visitas a nuestro país de autores extranjeros.

Esa forma de operar, sin embargo, ha sufrido cambios importantes.  Hasta hace cuatro años, por ejemplo, el sistema de bibliotecas públicas era un buen comprador. Los editores esperaban una compra grande al menos una vez al año. Ahora, las convocatorias son menos frecuentes y la forma de elegir los materiales es distinta. Las compras se limitan a las bibliotecas estatales.

A diferencia de otras editoriales, Textofilia sigue vendiendo principalmente en librerías. La venta en línea a través de las páginas de las principales cadenas libreras está en segundo lugar, seguida de la venta directa mediante Amazon o Mercado Libre. Para su distribución cuentan con su propio departamento de comercialización; sin embargo, utilizan los servicios de algunas distribuidoras para llegar a los lectores fuera de nuestro país. Textofilia da especial importancia a su departamento de difusión y prensa, que se encarga de la vinculación constante con medios de comunicación, así como de la estrategia digital.

Para Astrid López, editora y una de las fundadoras de Antílope, es muy fácil mover los libros y hacerlos llegar al lector. Para ello, se han aliado con la distribuidora Nadie Distribuye. Sin embargo, el reto está en que el pago por el material vendido. Puede pasar entre seis meses o un año para que las librerías hagan el pago por los ejemplares facturados. Esto, a su vez, genera otro problema: la dificultad de reimprimir los libros agotados o sacar nuevos. De acuerdo con el tipo de libros que hace Antílope. un tiraje de 1,000 ejemplarespuede costar alrededor de 60 mil pesos, por lo cual la falta de liquidez es una preocupación constante, pues impide  mantener el catálogo vivo y nutrido.

A ello se suma que, desde la pandemia, y como consecuencia del alza en los precios del papel, las imprentas han recurrido a alentar los procesos de producción para mantener los costos en el nivel más bajo posible. Si antes tardaban una semana en terminar un tiraje, ahora tardan un mes. La solución ha sido negociar con distintas librerías para hacer ventas en firme, en lugar de consignaciones, lo que les permite contar con más recursos para producción.

A diferencia de Antílope, para Elefanta —editorial que fundó Emiliano Becerril en 2011— es un reto lograr mover los libros. Primero intentó acercarse por cuenta propia a librerías para vender su catálogo, pero la carga de trabajo que implicaba era insostenible. Así que, tras una mala experiencia con una firma de distribución, optó por un punto medio: un arreglo en el cual utiliza servicios de almacenamiento, entrega y recolección; pero él sigue a cargo de la administración. Sobre este punto, conviene prestar atención a los modelos de distribución que existen en países como Holanda o Alemania, en donde una o dos grandes distribuidoras agrupan a todas las editoriales.

Los principales canales de venta de Elefanta son las librerías independientes, seguidas de Gandhi, las ferias del libro y presentaciones. Los clubes de lectura han cobrado mucha relevancia para llegar a los consumidores. Muchas editoriales hacen mapas de clubes de lectura, que suelen tener un perfil más comercial.

“No podemos dividir las editoriales únicamente en editoriales independientes y grandes editoriales. Dentro de las independientes hay editoriales cartoneras, de risografía, libros infantiles, álbum ilustrado, cómics. Es un mundo grande y amplio de especialidades”, explica Becerril. En esa gran pluralidad, el punto en común es acaso la lucha por sobrevivir. En este sentido, Antonio Marts apunta otra dificultad:  “A lo largo de 15 años, hemos visto nacer muchos sellos nuevos que, desafortunadamente, no logran mantenerse en pie. Cada tres o cuatro años hay nuevos grupos de editores que intentan posicionarse y son muy pocos los que logran permanecer. Esto se debe, principalmente, a la falta de educación financiera entre los editores, que muchas veces no llevan a cabo un proceso serio de planeación. Parece haber un consenso en cuanto a la necesidad de adquirir capacidades administrativas para darle al trabajo editorial el valor que se merece.”

Disonancias en la industria

La familia de Elsie López ha estado en el negocio de la encuadernación durante 4 generaciones. Su bisabuelo comenzó como aprendiz de un encuadernador alemán en el centro de la Ciudad de México y, posteriormente, adquirió la técnica como trabajador de Talleres Gráficos de la Nación en la década de los 70; técnica que transmitió a sus hijos. Los abuelos de Elsie, tras importar la maquinaria que necesitaban, abrieron su propio taller en 1985: Press Line, en donde trabajaron su madre y sus tíos hasta principios de los 1990, cuando se fragmentaron para dedicarse a distintas partes del proceso de impresión. Su mamá, junto con uno de sus tíos, quedaron finalmente al frente del taller ya avanzados los 2000. Están en la colonia San Simón de la Ciudad de México, y se dedican a los acabados del libro, o lo que Elsie llama el proceso de post-impresión.

Por lo general, las editoriales independientes acuden a grandes o medianos negocios de impresión para producir sus tirajes. Estas empresas, a su vez, dividen las distintas etapas del proceso y, después de imprimir las páginas del libro, buscan a talleres como Press Line para ensamblar los volúmenes y colocar la portada. A veces, el camino es el contrario: la editorial primero se acerca a Press Line y ellos son los encargados de subcontratar a un impresor para satisfacer sus demandas. Pese al desconocimiento general, actores como Press Line son un eslabón importante en la cadena. “Quienes están pensando y diseñando los libros, tienen una formación específica que encuentra dificultades al momento de trasladarse a la producción material. Al estar los editores desconectados del manejo de máquinas, surgen muchas disonancias. La forma de ejecutar los proyectos en un taller es mucho más complicada de lo que parece a primera vista. Son dos lógicas contrarias: los elementos más novedosos en un libro suelen ser contradictorios con el ritmo al que debe de ser producido”, dice Elsie.

Superar esta discordancia puede ser uno de los desafíos más importantes para el creador de libros, pues muchas veces son precisamente esos rasgos singulares y extraordinarios —nacidos de la imaginación— del libro independiente los que lo diferencian del libro producido por las grandes editoriales.

Innovar o morir: reinventando la distribución

Las principales distribuidoras mexicanas se dedican sobre todo a importar productos extranjeros (en su mayoría provenientes de España), ya que las grandes editoriales del país distribuyen sus propios libros, lo que deja poco espacio a un mercado local de distribución que atienda a las editoriales independientes o que les brinde una buen servicio, incluso cuando sus ventas no compiten con las de otros mercados de importación mucho más grandes. En el ámbito de las importaciones, las distribuidoras absorben el riesgo, pues compran el cargamento a las editoriales extranjeras, generalmente con un descuento del 65%; después consignan estos catálogos en librerías con una comisión promedio del 40% del valor del precio de venta al público. Esto, en ocasiones, provoca una atención desigual por parte de los distribuidores que se centran en vender lo ya comprado (de importación) y no los catálogos de las independientes que sólo están consignados.

En el modelo de El Perseguidor, en cambio, ocurre algo distinto: la distribuidora se asocia con las librerías para compartir el riesgo de la venta del libro y ofrecer mejores términos de intercambio, como el pago en parcialidades o plazos de pago mucho más amplios. Esta distribuidora independiente también ha implementado un sistema “revolvente de libros”, que consiste en firmar un sólo contrato que abarque diferentes títulos e imponga una sola fecha de vencimiento. De esta forma, disminuyen los costos de administración y las devoluciones de cargamentos se hacen de forma más espaciada. Así solventan la mayor dificultad de las distribuidoras mexicanas: mantener el control y la rentabilidad de los inventarios de las librerías fuera de la Ciudad de México, pues su gestión implica gastos de envío y devolución –cuando caduca la consignación y se regresan los cargamentos que no se vendieron.

Otros distribuidores, como Xiluén Zenker de Librántida, parte de Solar Servicios Editoriales, también han buscado soluciones al agotamiento del modelo clásico de distribución. Entre otras cosas, Librántida ofrece impresión y distribución de libros bajo demanda. La distribución tradicional cada vez es más cara por distintas razones: entre ellas, que cada vez hay más libros y las librerías tienen espacios limitados, lo que hace difícil exhibir una gran cantidad de títulos. Además de evitar los problemas propios de la venta por consignación, como la necesidad de imprimir tirajes grandes para poder colocar los títulos en librerías, este modelo mantiene vivo el catálogo sin necesidad de impresiones que no quedan agotarse. Cada libro se vuelve una pieza única, impresa al momento de la compra. Más allá de esto, la distribución bajo demanda reduce drásticamente los costos de internacionalización para las editoriales pequeñas, pues permite hacer llegar los ejemplares a cada usuario en otros países. Así, se reduce el riesgo de inversión y la operación comienza con el pago del precio final (impresión + envío) por parte del lector.

Como ha demostrado el estudio de Nielsen Book “La importancia de los metadatos para el descubrimiento y las ventas de libros”, el uso correcto de los metadatos impacta directamente sobre la comerciabilidad de un título; es decir, la facilidad con la que puede ser identificado, vendido y transportado a través de la cadena de valor del libro. Por lo que el mayor obstáculo al crecimiento de la distribución bajo demanda es la falta de sistematicidad de metadatos en nuestro país, tanto entre editores como entre libreros; lo cual resta visibilidad a los títulos y capacidad a los usuarios para poder encontrar el libro indicado: “los editores tienen que hacer algo para que su libro se vea. El principal reto es ese; que los editores sepan usar y explotar esta herramienta”, asegura Zenker. 

No existe aún un sistema unificado en donde se puedan consultar todos los títulos disponibles, así como sus existencias en distintas librerías y las tendencias de compra-venta. Tampoco hay formatos estandarizados de intercambio de información; cada editorial y librería gestiona sus datos de manera distinta. Incluso las órdenes de compra son diferentes y se ajustan a las características de cada sistema. Otros países, en cambio, han generado bases de metadatos unificadas que nutren toda la cadena comercial. Ejemplo de ello es la empresa alemana Metabooks o el Gestor y distribuidor de metadatos del libro en España (también conocido como DILVE), creado en 2010 y que permite analizar millones de datos, generar diagnósticos para el sector y brindar información a libreros y distribuidores para facilitar sus tareas.  En Canadá, la organización BookNet ha puesto a disposición el servicio Biblioshare, que permite estandarizar, evaluar la idoneidad y distribuir los datos bibliográficos. Aunque ha habido intentos, lamentablemente, un gestor de este tipo aún no unifica elmercado  de libros en México.

Librerías en peligro de extinción

Casa Tomada, librería de la colonia Condesa, nació en 2018 con el objetivo de vincular a las editoriales independientes con los lectores. Su filosofía consiste en ofrecer libros de autores contemporáneos hispanohablantes que, a su vez, participan en una amplia variedad de actividades y talleres organizados en el mismo espacio. Así, la librería le ofrece más herramientas al lector además del libro, le entrega medios expandidos para desplegar su creatividad y pasión por la lectura y la escritura.

Para conseguir los libros, Casa Tomada trata en directo con editoriales mexicanas o con distribuidoras para la importación de Argentina, España, Perú o Colombia. Trabajar con distribuidoras facilita cumplir con las obligaciones fiscales.

El confinamiento marcó los mejores meses para Casa Tomada en términos de ventas. “Trasladar toda la oferta en línea nos permitió estrecharnos con un público que nos seguía desde otros estados de México y desde otros países, y que querían participar en las actividades y talleres. Eso nos permitió colaborar con editoriales y autores para crecer. El 2020 fue el año que más se vendieron libros. La venta aumentó un 300% comparado con 2019”, recuerda Dora Navarrete, librera de Casa Tomada.

Los grandes retos llegaron una vez levantada la sana distancia. 2021 fue un año difícil para el proyecto, en especial por la sobreoferta de actividades en línea que inundaron el mercado y que todavía representan la principal fuente de ingresos para esta librería: “Ya nadie quería tomar talleres porque ya todo el mundo había pasado por la repostería, el macramé y la novela. Cuando regresamos a la rutina la gente estaba muy harta”.

En este contexto, el principal socio de la librería decidió vender el espacio a la editorial oaxaqueña Almadía. Aunque la coordinación de Casa Tomada se mantuvo intacta, hubo cambios administrativos importantes en cuanto a inventario, contabilidad y pagos a los proveedores. Debido al cambio en el sistema de comercio electrónico, la Tienda en Línea estuvo en pausa alrededor de  un año, lo que afectó mucho las ventas. Al estar en un esquema corporativo mucho más amplio, es difícil tener agilidad en la operación. Otra dificultad es que, como la mayoría de las editoriales independientes no publican durante los primeros meses del año y guardan sus lanzamientos más populares para el segundo semestre, librerías como Casa Tomada quedan en una situación complicada al inicio del año, pues buena parte de los lectores son atraídos a las librerías por las novedades.

La librería El Anhelo, de Tonatiuh Trejo, es un proyecto que surge en Oaxaca en mayo de 2021, de la mano de editoriales como Esto es un libro o Fiebre, con el objetivo de mover la producción local de libros y, eventualmente, abarcar también la producción de editoriales latinoamericanas; todo siempre a través de la conexión con amigos y personas cercanas. Para lograr sus propósitos no recurrían al envío de compras a través de paquetería o mediante cargamentos grandes, sino que los libros se movían, ejemplar por ejemplar, junto con sus editores o escritores. El Anhelo se caracterizó por la venta de tirajes pequeños, libros de autor, fanzines y autopublicaciones; y por poner en cuestión ideas como la autoría o los derechos de autor. También se acercó mucho a la práctica textil y gráfica de larga tradición en el estado, experimentando así con las fronteras  del libro y, por lo tanto, de la librería. Se pensaban a sí mismos como una especie de cooperativa, aun cuando legalmente respondían como personas físicas.

Al ser uno de los primeros negocios que reabrieron tras el confinamiento inicial de la pandemia, y ubicados en el emblemático Matamoros 404, se beneficiaron de una comunidad de lectores muy activa. La muerte de El Anhelo, sin embargo, llegó rápido en abril de 2023, como consecuencia de la inundación provocada por una intensa lluvia que acabó con la mayor parte del material y dejó a sus socios endeudados con las editoriales. Es clara la vulnerabilidad de los libreros frente a gastos catastróficos, ante los cuales, por lo general, la única herramienta a la que pueden acudir es la adquisición de deuda. Muchos negocios libreros son tan frágiles que resulta impensable contratar seguros o cualquier servicio que vaya más allá de su operación cotidiana.

Algo similar ocurrió con La Increíble. Carlos Chavarría y Marina Soto de Simón, quienes están a cargo de la operación fracasaron en su campaña para clientes del barrio, que ofrecía la venta de libros a través de aplicaciones de repartidores. “Es muy complicado transmitir las estrategias de marketing de forma efectiva. Es difícil que la gente se anime y no lo vea complicado. Hay que simplificar el proceso de compra lo más que se pueda. Pedir por Amazon es tan fácil, que era mucho más sencillo que pedir nuestros libros por alguna aplicación”, apunta Marina. Agentes de venta como Amazon han puesto la vara del servicio tan alta, que las librerías locales no pueden competir.

La flexibilidad de las editoriales y distribuidoras al momento de negociar los términos de pago les permitió sobrevivir a duras penas, y siguieron adquiriendo y vendiendo títulos. Aún al día de hoy, La Increíble sigue abonando a los compromisos financieros adquiridos como consecuencia. A esto se suman otros retos logísticos como el almacenamiento de los libros o su movimiento entre sucursales que, por lo general, resuelven a través del uso de la bicicleta o de Uber. Un buen software de administración del inventario y punto de venta facilitaría las cosas. En algún momento intentaron diseñar su propia plataforma de la mano de un grupo de programadores, pero desconocían las particularidades de la industria  y la titánica tarea que exigía su proyecto, por lo que fue un fracaso.

Sin embargo, han logrado aprovechar los beneficios de una buena gestión del catálogo e, incluso, son una de las pocas librerías independientes que utilizan datos exitosamente para conocer a sus lectores y definir el tipo de contenidos que ofrecen. “El poder categorizar correctamente todos los libros nos da el conocimiento de qué tipo de libro le está gustando a nuestro cliente y empezar a expandir nuestra oferta. Por ejemplo, el tipo de libro presente en nuestras distintas sucursales es diferente. El metadato te da el reporte histórico de qué tipo de libro está teniendo éxito. Te permite seguir experimentando por prueba y error, sin dejar de lado una línea editorial clara”, apunta Carlos.

Otros libreros como Samantha Erlam de El Tambor de Hojalata, o Francesca di Saint Pierre de La Cosecha, diversifican sus fuentes de ingresos para poder seguir en el negocio. Samantha, por ejemplo, no siempre puede contar con los ingresos del famoso tianguis de El Tambor, que se pone cada año en la Colonia Industrial de la Ciudad de México durante 40 días (entre el 25 de noviembre y el 25 de enero), y en algunas ocasiones ha recurrido a su trabajo como mesera y en ferias del libro, para sostenerse. A pesar de las dificultades que ello implica, esfuerzos como el de Samantha y otros libreros ponen en evidencia que privilegian la libertad y la construcción de comunidad por encima de la rentabilidad, dispuestos a mantener vivo el oficio del libro independiente.

Gradualmente, El Tambor ha transitado hacia un modelo de biblioteca que no cobra nada a los lectores y se sostiene en parte por las ganancias del tianguis, por campañas de crowdfunding que ofrecen a los lectores premios por poemas, fanzines o pósters; y por la beca que obtuvieron de Piso 16, Laboratorio de Iniciativas Culturales de la UNAM. Además, los sueldos de los aprendices que trabajan en El Tambor se cubren con las becas gubernamentales a través de Jóvenes Construyendo el Futuro.

Al igual que lo hizo en su momento El Anhelo, La Cosecha se plantea como una cooperativa que busca descentralizar la oferta y llevar libros con nuevas voces fuera de la Ciudad de México, a regiones que típicamente se encuentran aisladas del circuito del libro. En su caso, se encuentran en el municipio de San Cristóbal de las Casas. Sin embargo, la complejidad de la Ley General de Sociedades Cooperativas (que requiere un mínimo de cinco socios), así como los costos elevados que impone en términos de administración y vigilancia, los ha llevado a seguir operando como personas físicas. Esto conlleva ciertas desventajas como la imposibilidad de tener socios y conseguir así más capital, mayor dificultad para acceder a créditos, más cargas administrativas fiscales y menos posibilidades de deducir gastos.

Entre los retos que enfrenta La Cosecha al día de hoy, se encuentran el costo elevado de los softwares de inventario y sus problemas de integración con el catálogo de la librería. También, la capacidad de los espacios culturales para posicionarse en redes sociales o la dificultad de abrir una tienda en línea cuando la mayoría de sus títulos son piezas únicas.

También La Polilla nació experimentando con otros formatos de venta del libro. Cecilia Castro y Daniel Álvarez, dueños de esta librería independiente de la CDMX, que se especializa en literatura latinoamericana, comenzaron repartiendo personalmente, y en largas jornadas de un lado a otro de la ciudad, cada uno de los libros que les compraban sus conocidos y amigos. Una vez que la librería contó con un espacio físico —primero en la colonia Popotla y ahora en la colonia Roma (Frontera 146)—, Cecilia y Daniel abandonaron el formato virtual y se dedicaron realizar actividades de discusión que apuestan por la construcción colectiva del conocimiento, una fuente alternativa de los ingresos de la librería.

Algunos de sus gastos más importantes son los viajes necesarios para entablar la comunicación con editoriales y poder traer catálogos de otros países latinoamericanos. Este tipo de esfuerzos revelan una intención consciente y decidida por ampliar el diálogo, entrar en contacto con otras cotidianidades e, incluso, acceder a vocabularios distintos. Esta es la base de la construcción de la tolerancia y la admiración por ese otro que parece tan lejano; elementos centrales también para la industria del libro independiente. A ello se suma, por supuesto, el costo de los envíos internacionales para conformar su acervo. A diferencia de las cámaras de libro de países como Argentina, los convenios de la CANIEM con las paqueterías no se extienden a cargamentos fuera del país, lo cual limita a los libreros mexicanos.

Tras su exitosa experiencia de ventas, Polilla decidió incursionar en la edición y producción de libros. Recientemente han publicado Sofoco, de Laura Ortiz Gómez; Kintsugi, de María José Navia; y el diccionario Ida, de María Pía Escobar. Ellos mismos se encargan de contactar a librerías independientes para hacer la distribución. Evitan a las grandes distribuidoras, conocidas por sus frecuentes impagos y adeudos. Esta autogestión, sin embargo, les dificulta llegar a las grandes cadenas de librerías.

Cecilia y Daniel defienden la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, ya que es vital respetar los precios únicos establecidos, medida que promueve la competencia en igualdad de condiciones. Entre otras cosas, a librerías como Polilla les cuesta competir con las grandes cadenas libreras, pues aún persiste la práctica de las ventas exclusivas para ciertos lanzamientos y de los descuentos para novedades. Algo similar ocurre con las abundantes ferias del libro, pues atentan contra el papel del librero al permitir que las editoriales vendan sus títulos directamente y a precios reducidos.

Contra viento y marea, el libro independiente sobrevive, cargado de paradojas —como su cercanía y a menudo dependencia del Estado mediante coediciones—, experiencias exitosas y nuevos acercamientos a sus lectores. La ausencia de políticas de promoción o medidas de protección desde el Estado hacia el libro independiente es una queja constante entre los agentes que conforman esta industria. Un problema que debe solucionarse con urgencia. Desde el franco incumplimiento de la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, la dificultad en el acceso a créditos para los pequeños negocios de libreros, las muy reducidas compras de libros independientes desde las instituciones públicas, hasta la desatención hacia el sector, todos estos factores vuelven a editores, impresores, distribuidores y libreros agentes especialmente vulnerables a las fluctuaciones económicas y a los grandes monopolios.

Todo parece indicar que las cosas seguirán el mismo camino, a pesar de la llegada del nuevo gobierno. En días recientes, la Red de Librerías Independientes emitió un comunicado oficial dirigido al Fondo de Cultura Económica (FCE). En la carta, más de 50 librerías responden a la visión de su Director, Paco Ignacio Taibo II, quien planea continuar con la política de grandes ventas de descuento, poniendo en desventaja a los emprendedores culturales que forman parte del ecosistema mexicano del libro. Los libreros llaman al diálogo y piden que los beneficios de las ventas de descuento sean extendidos a todos los lectores del país, a través de las librerías ubicadas en pueblos y ciudades de todas las latitudes.

Si bien el libro independiente se sostiene muchas veces a partir de la iniciativa personal de aquellos apasionados por el mundo editorial y seguirá subsistiendo en contraposición a las dinámicas de la industria, existe siempre un riesgo latente de pérdida de diversidad bibliográfica. Sólo mediante la unión de todos los eslabones de la cadena para compartir experiencias, mejores prácticas y encontrar soluciones a problemas comunes, será posible llegar a más lectores. A final de cuentas, como dice el editor, librero y escritor Luigi Amara, el compromiso debe estar con la imaginación y lo irrepetible.

 

Rodrigo Salas Uribe
Estudió Política y Administración Pública en El Colegio de México

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Publicado en: Corresponsal