Durante años quise tener por mascota una gallina llamada Palindroma. El plan era construir un corral en la azotea, junto a los tinacos. Encontraba cierta justicia poética en la idea de que un pájaro impedido para el vuelo por los injustos rigores de la domesticación pudiera acercarse un poco al cielo gracias al amor humano por la verticalidad. Baudelaire, al final de su poema sobre el albatros, sugiere que ese animal tan bello y elegante en el aire y grotesco y torpe en la tierra es similar al poeta, cuyas “alas de gigante le impiden marchar”. Acaso los poetas de hoy nos parecemos más a las gallinas, esas descendientas tenues de los dinosaurios, pájaros venidos a menos cuyas alas no son más que un vestigio y que, a fuerza de un darwinismo impostado, no pueden sino moverse sobre el piso. Desde hace años ya no vivo bajo esa azotea donde quise improvisar un corral para acercar al cielo una gallina, pero todavía fantaseo con ella en ocasiones, con esa felicidad al ras del cielo de la que somos capaces ciertos tipos de pájaros y, a veces, los seres humanos.

Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora