Una mañana en el Jumex con Gabriel Orozco

Crédito de la imagen: Fuente: Museo Jumex

Fueron dos las preguntas que le hicieron a Gabriel Orozco acerca de “Caja vacía de zapatos”, la polémica obra que el artista veracruzano presentó en la Bienal de Venecia en 1993. Esta pieza es literalmente una caja de zapatos vacía –una pieza anti-monumental que pretende crear una relación discursiva entre el objeto y el espectador. Sin este diálogo es difícil determinar si el objeto se eleva a un plano artístico, o algo así dijo un Orozco bronceado, conmovido, simpático e incoherente, entre agradecimientos a los medios y a la marca de autos Range Rover, durante la inauguración de Gabriel Orozco: Politécnico Nacional, su retrospectiva-no-retrospectiva más completa en su trayectoria como artista, en el Museo Jumex de la Ciudad de México.

“Caja vacía de zapatos” está expuesta en la segunda galería de tres, rodeada, por encima, de móviles de colas de ballenas que a distancia parecen de marfíl y, a su alrededor, de sus famosas modulaciones en fondos verde-agua. El espacio está diseñado como un paisaje, según Orozco, o como un juego, según la curadora inglesa Briony Fer. Pero también es una colección de sistemas y procesos al que llama un Politécnico nacional, situado en un país que hasta hace poco parecía no producir arte contemporáneo. “Se pensaba que todo era Frida Kahlo, hasta que nosotros empezamos a hacer esto”, dijo Orozco al borde las lágrimas.

Tal como la puesta en escena de Orozco, en el poniente de la ciudad hay una zona inventada que sólo por convención llamamos todavía Polanco. El área responde más al ánimo de un Sanborns tétrico que al de una colonia; en un mismo espacio hay una serie aleatoria de bienes y servicios: un acuario, dos museos, tres centros comerciales y algunas torres altísimas de edificios de departamentos, pequeñas cajas que se valúan en millones. Es la pesadilla de cualquier urbanista; es, a casi cualquier hora, el infierno cotidiano de quienes usan el auto. También es punto de reunión para quienes a lo largo de los últimos años han visto algunas de las mejores exhibiciones de arte contemporáneo en nuestro país: Marcel Duchamp, Jeff Koons, Andy Warhol, Ulises Carrión, Urs Fischer, Damien Hirst… y ahora Gabriel Orozco.

El Museo Jumex citó a la prensa a las 10 de la mañana de un lunes. Imposibilidad natural de la Ciudad de México: llegar a tiempo. Peor: a Polanco. Alguno de nosotros llega poco después de la hora, el otro con media hora de retraso. Por ello el recorrido es accidentado y rápido: los museos reclaman pasar de largo por las salas, sólo el tiempo necesario para tomar fotos, subir historias, quizá leer el texto curatorial de algunas secciones o escuchar al paso algún comentario que esperamos sea irónico.

La retrospectiva Politécnico Nacional empieza en el tercer piso. Es Orozco en estado puro: fotos, intervenciones de objetos, pinturas, dibujos, ventiladores y sus famosas mesas de trabajo en las que dispone una serie inconexa de objetos que revelan sus obsesiones del momento. Conversamos entre nosotros y empezamos por la pregunta obvia: “¿vienes con prejuicios o en blanco?” “Tengo que confesar que a mí sí me gusta Orozco, ¿y a ti?” “Yo más bien soy neutral-negativo”.

Caminando por las salas van y vienen saludos y encuentros con colegas, historiadores y críticos de arte, y con influencers. También con una de las curadoras de la muestra que nos pregunta qué pensamos, –nos dice que a ella también le gusta Orozco– y nos invita a bajar (la muestra va en orden descendente) y a apurarnos para no perder la rueda de prensa. En el segundo piso encontramos fotos, bocetos, algunos de sus trabajos con madera y piedra y, por supuesto: la caja de zapatos vacía. Es su pieza emblema, y no sorprende que vaya a ser lo más instagrameado de toda la retrospectiva  –una construida para nuestra economía de atención.

Bajamos un piso más para observar su Dark Wave: el esqueleto fundido de resina y que flota –inmenso– sobre una de las alas del piso. También están sus famosos balones ponchados justo al lado de la mesa que más personas reúne: la del café, galletas, jugos y comida. No cabe duda que la prensa está ávida de muchas cosas, de las gratis en particular.

Empieza la conferencia de prensa. El director del museo cede la palabra a la curadora, Briony Fer, que habla sobre algunos pormenores de la muestra. Después, empieza Gabriel Orozco. Muy pronto advertimos que el artista está (¿podemos decirlo?) algo aturdido. Bromeamos sobre las posibles razones. No hay, hasta donde alcanza la lógica, ninguna conexión entre una frase y otra. Se lamenta (pero también se sorprende) de que sea ¡su primera retrospectiva en México! Porque, por supuesto, las ha tenido antes en Nueva York, París, Londres. Ingratísimo país el nuestro. Añade, también “estoy muy conmovido porque no sé cuándo será la siguiente… ¿en 20 años? Quizá ya no esté con ustedes”.

La prensa cultural de nuestro país es siempre un ejemplo de cómo se puede llegar muy lejos sin saber siquiera leer de corrido. Las preguntas no dejan lugar a dudas: “Quería preguntarle por su compromiso con el arte y la sociedad”, dice uno. “¿Cuál es el mensaje de su obra?”, pregunta otra. Compromiso y mensaje, parece que la guerra fría no hubiese acabado. Viene otra pregunta acerca de la caja de zapatos y nos sumergimos en las tinieblas del discurso inconexo, tomamos unos amarguísimos tragos del café.  Acordamos que deberíamos haber optado por unos jugos marca Jumex exhibidos en una mesa de buffet, cuya presencia en el contexto de esta exposición, parece ser una extensión del famoso Oroxxo, otro juego más que contrapone el mercado de arte con el mercado de enseres domésticos.

Finalmente, alguien pregunta acerca de su proyecto en Chapultepec, la calzada flotante que ha causado enojo, boicot, y un sinfín de memes. Para Orozco, su relación con el gobierno es una de carácter “ajedrecista”, y tampoco es una relación con el gobierno en sí, si no con un “fenómeno social”. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, también le otorgó un premio y eso no significa que tenga algo que ver con él –dice a manera de justificación. Pero, de nuevo, la clave es el viaje, presente en los boletos de avión intervenidos y la maleta abandonada con estampas de aduana. “A veces hay que dejar tu maleta en el locker de la estación de tren y llevarte tu paliacate nomás”, nos instruye. El paliacate no falla.

Al concluir la rueda de prensa, Orozco nos insiste en visitar la última sala subterránea: “no pueden perderse la composta. Es en el sótano, vayan vayan, hay un TikTok”. Por supuesto es una orden que cumplimos sin dilación.

No encontramos el sitio de la composta, a menos de que se refiriera a ella de manera metafórica cuando dijo que la naturaleza le permitía acercarse a un estado mental “vegetativo”. Sin embargo, sí nos topamos con el llamado “TikTok”: un video de 10 minutos producido por Monse Castera y editado por Adriana Kong, compuesto por secuencias en rápida sucesión que nos muestra a Orozco como un ser nativo del internet: #gabrielorozco el hashtag, Gabriel Oroxxo el meme.

Terminamos el recorrido de la retrospectiva más grande que han hecho de nuestro artista-burócrata. Sólo lamentamos que la puerta de salida no fuese por un Oxxo, o que no hubiese una maquillista de Chapultepec que nos pudiera dibujar una modulación en la cara para el recuerdo.

 

Vita Dadoo Lomelí

Periodista independiente. Escribe sobre cultura y migración.

Julio González

Ensayista y editor de Nexos

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Publicado en: Curadero

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