Una maldición generosa

En esta entrega, Díaz Castelo comenta un poema de la jamaiquina Safiya Sinclair bajo el signo de Calibán y de la comprensión del lenguaje poético como recurso de lo que se sale de las normas, lo mal dicho, la maldición.

Safiya Sinclair


Soñando en extranjero

a partir de Calibán

Dale tu garganta a todo,
no el mundo sino la cosa.
Lo que el cuerpo dice es intraducible,
cómo siempre hay algún dolor despoblado,
nuestras bocas cerradas alrededor del pasado
como cuchillos.
 
Sí, cuidado con nuestras palabras,
nuestras llagas. Nuestro fugitivo trepó adentro
de estas colinas galleras, besó su buena memoria
hasta hacerla caliza, sumidero de helechos, construyó
el mismo fuego que hace arder estos márgenes
robados, nuestra mirada doble, cicatrizada, guetos
tajeados de oreja a oreja.
 
Aquí, las circunstancias nos han vuelto extraños,
baile salvaje que olvidamos lentamente; cuál hogar.
El cielo de Montego una antorcha en suspenso, llamando
al motín. Rebelión. Aquí conspiro con el monstruo marino,
prendo fuego y me alzo con caña de azúcar, con dormideras,
con palmeras, solidaria con cada espina, cada tímido tentáculo,
nuestros cuerpos abriéndose y cerrándose ansiosos,
respirando el oscuro imposible.
 
Cómo el tiempo me mantiene bajo
una sombra que no puedo nombrar, la música de los arbustos
y su dulce escándalo. No me despierten. En el centro
vagaré silvestre con las cabras improbables,
los limpiadores de ventanas que corren entre el tráfico,
niño erizo que regatea con su esperanza interminable:
cada día es útil, quiero decirles.
Nuestra hambre es criminal, rostros suturados.
 
Se nos enreda la lengua con canciones
de pájaros desconocidos, una dicción extinta. Que arda
ese naufragio, su maldición sin objeto. Sí, guía
estas palabras, esta vida una columna invisible, mi único
linaje estirándose, cable rojo, vena viva, para que aparezca al otro lado
de estas décadas secuestradas, inventando el Paraíso.

—Safiya Sinclair

* * *

Un poema, pienso, un buen poema, no se distingue demasiado de una maldición. Porque lo “mal dicho” también incluye lo elíptico, lo ambigüo, lo extraño, lo metafórico y la poesía no sería casi nada sin estos mecanismos zurdos. Porque decir las cosas mal es bautizarlas de nuevo. Y cada poema es un bautismo. Debe tener la fuerza de una maldición: ejercer un cambio sobre aquello que nombra. No ser sólo un puñado de palabras sino un acto que injuria y golpea y transforma el mundo.

Los poemas de Safiya Sinclair nacieron bajo el signo de Calibán y no debemos olvidar que, en uno de sus parlamentos más memorables, este personaje shakespeariano exclama ante su amo, Próspero: “¡Me enseñaste esta lengua y lo que he ganado es aprender a maldecir!”. Caníbal, el libro de la autora jamaiquina traducido al español por Adalber Salas Hernández y publicado por Mantis Editores, está sembrado con referencias al que quizá sea el personaje más memorable de La tempestad: Calibán, hijo de la bruja que regía la isla donde se desarrolla la obra. La misma isla que se encuentra bajo el dominio de Próspero cuando sube el telón.

Tras bastidores del libro de Sinclair late esta historia de dominio donde la lengua que se habla no es un asunto menor. Como tampoco lo es en los versos de Sinclair. La precisión fructífera de su vocabulario, la sensorialidad de su lenguaje, sus versos que se paladean como texturas contra el cielo de la boca, me sugirieron un vínculo peculiar de la poeta con su lengua materna. Ella continúa con la herencia de Calibán, haciendo de sus poemas extensiones de un habla indócil de profusión blasfema. Caníbal nos muestra que ese lenguaje desmedido posee un exceso terrible y lleno de sentido y, también, que los parlamentos supuestamente mal dichos de Calibán no son una versión empobrecida del original sino una lengua enriquecida y alucinante. Desde un costado barroco y con una destreza brutal con el sonido, la relación que se establece en los poemas de Sinclair con el inglés me parece comparable a la que Paul Celan guarda con el alemán, su lengua materna, sí, pero también la que hablaban los asesinos de sus padres. Se trata de un vínculo ambivalente con el idioma, de un odio tanto tiempo contenido que se vuelve amor, o de un amor atribulado y con un envés nada despreciable de culpa.

¿Cómo es posible amar la lengua que esclavizó a tus ancestros? Estos poemas no sólo tratan sobre lo que tratan: la infancia, la raza, llegar a Estados Unidos desde Jamaica, el género. Sinclair pone en tela de juicio una relación que la mayor parte de nosotros aceptamos con naturalidad: la que tenemos con lo que decimos. La lengua en este libro es siempre, en todo momento, un duelo en su sentido de batalla, de lucha que se sortea, pero también de una pena que se guarda, un dolor imposible de procesarse, una herida que no sanará nunca. Caníbal es un libro que no solo problematiza las capas más profundas del significado, sino también la piel misma del lenguaje, volviéndose un caleidoscopio luminoso y violento, una maldición generosa.

 

Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora. Este año publicó El libro de las costumbres rojas, su primera incursión en el relato.

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Publicado en: poemas periódicos