Los diccionarios son una especie aparte en el género de los libros: existen en la tensa frontera entre lo definitivo y lo provisional, generando inevitablemente polémicas políticas y lingüísticas. Este ensayo toma la película The Professor and the Madman como ocasión para reflexionar sobre la inestabilidad del gesto lexicográfico y nos recuerda que la definición de las palabras es siempre más complicada que una simple lista de significados.
“Una obra no se concluye, se abandona”: mantra lapidario que advierte la obsesión imperiosa de artistas y académicos por el incesante perfeccionamiento de su trabajo. Aunque la frase parece una exageración de paranoia y arrogancia, hay tareas tan monumentales que su idea de origen las vuelve forzosamente interminables. Tal es el caso de los diccionarios: libros siempre en proceso de articulación, llenos de grietas y amnesia. Obras testamentarias en las que el heredero es siempre el presente reconocido.
Los diccionarios son construidos por vivos y muertos que entretejen la erudición con la cotidianidad del lenguaje de unos cuantos hablantes. Se trata de obras que, a pesar de su pomposa elaboración, siempre se escriben en tablillas de cera por su inevitable provisionalidad y sus resistencias inclusivas. Su principio fundacional es una paradoja: fijar en papel el significado de algo siempre mutante; dar fe, a través de la fijeza del libro, de la transformación de los vocablos a lo largo del tiempo.
Sobre estos y otros aspectos del diccionario medita el filme The Professor and the Madman (2019). Dirigida por P.B. Shemran y protagonizada por Mel Gibson y Sean Penn, la película retrata una historia real: la compilación de palabras para la primera edición del New English Dictionary on Historical Principles (NED) de la Universidad de Oxford, después conocido como el Oxford English Dictionary (OED). Este proyecto, comenzado a mediados del siglo XIX, pretendía abarcar todas las palabras del inglés y arrasar con sus predecesores. El precursor del NED era A Dictionary of the English Language de Samuel Johnson, que contenía 42 773 entradas y se elaboró entre 1746 y 1755. Este último texto era un fascículo que estaba más cerca de ser un banco que un libro, pues medía 46 centímetros de alto. A pesar de su tamaño, el NED lo superaría notablemente en las siete décadas que tardó en compilarse, pues su primera edición contaba con 128 fascículos publicados en diez volúmenes que sumaban 15 490 páginas y contenían 252 200 entradas.
Además de los conflictos académicos que suscita esta empresa, la película de Shemran indaga en temas como la redención, la culpa y el perdón. Involucra enamoramientos prohibidos, tratamientos psiquiátricos violentos y un par de juicios estimulantes. The Professor and the Madman hace un retrato del filólogo y lexicógrafo James Murray (Mel Gibson), quien, apoyado por el entusiasmo y la tozudez del editor anterior del diccionario, Frederick Furnivall (Steve Coogan), es seleccionado para dirigir la titánica tarea. Murray es una figura polémica para los académicos de Oxford pues, además de ser escocés, su formación es enteramente autodidacta. Aunque el profesor conoce profundamente más de una docena de lenguas y se demuestra más capacitado que otros catedráticos, sus pares no lo consideran un colega a la altura del proyecto y buscan destituirlo.
La visión política y comercial de algunos académicos inmiscuidos en el proyecto no coincide con la de Murray. Phillip Gell (Laurence Fox), el protocolario profesor inglés encargado de la Oxford University Press, busca que en el diccionario “sobrevivan sólo las palabras más sanas”; que sea una reverencia a su Majestad y su lengua imperial; y, por supuesto, que se gestione rápido para su ágil comercialización. Murray, en cambio, persigue otros fines y es retratado con una visión más romántica. Para él el diccionario es el proyecto de su vida. No es sólo una bitácora del movimiento de las palabras “sanas” en el tiempo sino un gesto religioso: una lista de las creaciones de Dios.

Ilustración: José María Martínez
En una charla al inicio de la película, el filólogo alemán Max Müeller (Lars Brygmann) se burla de otros diccionarios y hace énfasis en la rigurosa selección de palabras que debe hacer Murray para completar su tarea y mostrar la pureza del idioma inglés: “La lengua está en su punto de mayor pureza. Lo suficientemente refinada para que a partir de aquí solo pueda deteriorarse. De nosotros depende que la fijemos de una vez por todas. Después se permitirán o no ciertas alteraciones”. “¿Y quién permitirá o negará esas alteraciones?”, responde Furnivall, cuestionando el criterio autoritario que los profesores pretenden oponer frente a la incontrolable metamorfosis del lenguaje. “Todas las palabras valen en la lengua”, defiende Furnivall, alineándose con Murray. “Antiguas, nuevas, obsoletas, actuales, extranjerismos o de aquí. El libro deberá incluir todos los matices, todo giro etimológico, toda cita ilustrativa de todos los autores ingleses. O todo o nada”.
Para sistematizar tremendo delirio y agilizar el trabajo, Murray propone una dinámica que los académicos aceptan a regañadientes: lanza una convocatoria a los hablantes del inglés de todo el Imperio Británico para que apoyen la creación del diccionario, proporcionando citas que ayuden a la academia a rastrear el uso de las palabras a través del tiempo. El imperio se vuelve entonces copista de su propio lenguaje: realiza una labor de arqueología colectiva que transforma a los dueños de la parole saussureana en escribas de su langue. “Un diccionario democrático, pero editado por nosotros: hombres doctos”, argumenta Murray para convencer a sus colegas. En el NED contribuyeron 2000 lectores que compartieron aproximadamente cinco millones de citas provenientes de 2700 autores distintos.
Pero no romanticemos el método de compilación de Murray. La lexicografía inglesa es una ciencia que surge del crecimiento del Imperio Británico. Cuando éste se extendió en todas direcciones, hubo estudiosos que quisieron acabar con la “anarquía de la lengua” que emergía en los nuevos territorios, buscando establecer los límites y usos del inglés. Para procurar el estudio de la lengua nacional, en 1842 se fundó la Philological Society, de la que Murray era miembro junto con otros eruditos de Cambridge y Oxford. En esta institución surgió la idea del NED.
La creación del diccionario, entonces, es un gesto imperial que buscaba generar la apariencia de cohesión social entre los territorios bajo el mando del Reino Unido y apuntalar, mediante la fijeza del libro y la supuesta estabilidad de las palabras, un orden inalterable de las cosas: como si la dominación británica fuera inevitable y estuviera destinada a perdurar tanto como sus vocablos. Los afanes de pureza del lenguaje buscaban asentarse a través de la fijación de un único significado que Inglaterra dictaba al resto de los territorios del imperio: así, esos afanes pretendían acabar con el conflicto, el disenso y la discordancia. Pero hay pocas cosas más heterogéneas que la realidad lingüística de cada región. El habla de una familia puede distar de la de sus vecinos, si lo que los separa es el servicio de drenaje o el color del pasaporte.
Aunque en la película Murray enfatiza que el NED debía incluir todas las palabras de la cotidianidad de los hablantes, la pregunta sigue allí: ¿qué cotidianidad y de cuáles hablantes? En la explicación introductoria de la primera edición del diccionario se expone que la obra contiene palabras provenientes de la literatura y de la lengua común: vocablos de la ciencia, la técnica, la jerga o slang, extranjerismos y algunos dialectos. Aunque en la introducción se señala la imposibilidad de abarcar toda la lengua de todas las naciones de habla inglesa con la frase “no one’s man English is all English”, desde su origen hasta hoy los diccionarios de cualquier idioma son fuente de polémicas políticas, pues no hay tal cosa como una lengua neutra ni una selección ingenua.
Como explica el Dr. William Minor (Sean Penn) en el filme, las palabras en el NED llevan la impronta de la personalidad de Murray. Si bien los diccionarios se jactan de ser herramientas descriptivas y no prescriptivas del lenguaje, sus exclusiones racistas y sus definiciones sexistas siguen siendo un arma política en el debate público. Una discusión contemporánea y muy vigente es la exigencia de que distintos diccionarios introduzcan vocablos que apoyen posturas de identidad de género no-binarias, o que reescriban sus definiciones de “hombre” y “mujer”.
Gracias a la convocatoria de su archivo colectivo, James Murray comienza a recibir en su scriptorium miles de citas provenientes de diversos países de habla inglesa. Como si se tratara del Quijote, Murray recoge papelitos de cualquier rincón para leerlos e integrarlos en su obra. Pero a pesar de esta estrategia, su enorme preparación y el equipo con el que cuenta, el profesor se ve abrumado en su intento por escribir la historia de su lenguaje, pierde palabras entre siglos, teme olvidar vocablos y comienza a generar enemistades cada vez más conflictivas.
El proyecto parece no avanzar: las palabras “aprobado” y “arte”, por ejemplo, exigen horas y horas de búsqueda sin fin. Pasar de la A a la B supone el sacrificio de más de una vida. La universidad comienza a impacientarse. Murray está a punto de ser depuesto por las autoridades de Oxford cuando el Dr. William Minor —un veterano de la Guerra de Secesión, ingresado a un hospital psiquiátrico tras cometer un homicidio durante un cuadro de estrés postraumático— encuentra en el manicomio en el que está encerrado la invitación de la universidad para apoyar la creación del NED. Rápidamente, Minor comienza a enviarle a Murray centenas de entradas perfectamente articuladas. En esta película, como en tantas obras, el loco es quien tiene la razón y puede compartirla.
Es la situación de encierro, su tratamiento médico, su padecimiento paranoide y sus delirios persecutorios los que le permiten a Minor ser tan eficiente y entregado al trabajo lingüístico. Al leer, el veterano persigue significados y palabras. La lectura lo escuda del acecho de la culpa y de sus enemigos imaginarios. Por su condición médica, su participación se mantiene en secreto frente a la academia, pero su trabajo modifica de manera sustancial el proyecto, salva el puesto de Murray e inaugura una amistad que cambiará las vidas de ambos.
Con la publicación de la primera parte de la obra surgen graves problemas internacionales que revelan el peso político del NED. De forma hipócrita, Gell, tras criticar el acento escocés de Murray y describir a Müller como un “panfletista alemán”, se muestra indignado por la falta de gentilicios como “americano”, “africano” y “árabe” en el diccionario. Para el profesor, esta omisión representa un grave problema en la “difusión de la lengua colonial” que, contra su voluntad, lideran un escocés y un estadunidense demente. Además, Gell recibe una queja por parte de la Universidad de Viena criticando la ausencia de la palabra “esclava”, una sorprendente omisión por parte del imperio que parece ser una torpeza de Murray y su equipo. El olvido de estos vocablos es sintomático: primero, porque los gentilicios pueden significar una muestra de diferencia, opresión y de exclusión cuando de regímenes imperiales se trata; y segundo, porque la locura de Minor proviene justamente del trauma de la guerra civil estadunidense, un conflicto que se libró por la abolición de la esclavitud.
Profesores como Gell buscan establecer la historia de la lengua como una especie de imperio de lo decible, de lo correcto y lo incorrecto. Su diccionario debía definir, limitar y establecer los vocablos que refuerzan la existencia y superioridad del Imperio Británico. Si “los límites del lenguaje son los límites del mundo”, como Wittgenstein apuntaba, será la Universidad de Oxford —y nadie más— la que establecerá sus confines. De ahí que el liderazgo del proyecto por parte de un escocés y un estadunidense les genere a los profesores británicos un recelo urticante —y también que los diccionarios estadunidenses que por aquel entonces ya figuraban, como el de Noah Webster, ni siquiera sean considerados en la película.
En una conferencia dictada en 2009, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie explicó cómo encontró su voz para escribir a partir de lo que ella llama “el peligro de la historia única”. La autora comienza la charla relatando sus primeras lecturas infantiles, historias de literatura británica y norteamericana que imitaba al escribir. Cuando a sus nueve años comenzó a escribir relatos, sus personajes eran blancos, de ojos azules, jugaban en la nieve, hablaban de lo afortunados que eran de los días soleados y bebían cerveza de jengibre. Adichie escribía sobre todo eso aunque en Nigeria nada de lo anterior tuviera sentido. Los libros para ella tenían que tratarse de objetos, circunstancias y personas con las que no se identificaba. Es probable que el diccionario de Murray produjera una alienación similar en innumerables hablantes del inglés en los diversos territorios del dominio británico.
Conforme la película transcurre la enfermedad de Minor se agrava y su participación en el NED disminuye hasta desaparecer. Al inicio de su reclusión, el estudio del lenguaje ayuda a Minor a controlar su padecimiento; pero después de ser sometido a feroces tratamientos psiquiátricos el veterano termina sufriendo violentos ataques de nervios. En uno de sus últimos encuentros con Murray, Minor le explica al profesor —a la manera de un Calibán iracundo— que “la locura nos dio las palabras”. El enfermo le sugiere al profesor que las palabras siempre significan más de lo que contienen sus definiciones en el diccionario, y que la lengua surge del conflicto más que de la uniformidad o la cohesión social.
La palabra que no sale de la cabeza de Minor y que comienza a regir su culpa y sus delirios es “desagravio” (assythment). En el NED este vocablo se define como: “Resarcir un daño o perjuicio. Compensación, reparación y resarcimiento”, pero para Minor el desagravio de sus delitos —tanto los que cometió durante la guerra como el homicidio que perpetró después— es sencillamente imposible. Aunque ha buscado resarcir a las víctimas proveyéndolos de enseñanzas y dinero, está condenado a seguirles haciendo daño y a jamás poder expiar sus culpas. El paraíso perdido —libro de Milton constantemente citado en la película— es irrecuperable para Minor. El profesor Murray dedicará el resto del filme a ayudar a su amigo a liberarse de los terribles tratamientos que le practican y que alimentan su remordimiento.
Al final de la película, para fortuna de Murray y disgusto de Gell, la Reina Isabel, por petición de Furnivall, emite un sello real de mecenazgo para que James Murray se mantenga al frente del NED. La pleitesía que se le rinde a la incuestionable voluntad de su Majestad permite que Murray no sea destituido de su puesto y dedique el resto de su vida a la creación del Oxford English Dictionary.
Como le dijo Furnivall a James Murray en su conversación final: el diccionario jamás será completado si aquello que busca contener es una lengua llena de vida, pero es importante seguir alimentándolo. Y así fue: Murray murió en 1915, cuando el diccionario se encontraba en la T, en la palabra “turndown”. El Dr. William Minor se encontraba recluido en el manicomio de St. Elizabeth, en Washington, donde murió en 1920, cuando el diccionario iba ya por la palabra “vywer”.
La primera edición, que comenzó en 1858, no quedó terminada sino 70 años después, en 1928, y apenas 20 años más tarde ya parecía anticuada. Hoy el Oxford English Dictionary persigue su tercera edición, nutriéndose ahora con tecnología digital. Hasta la fecha, los hablantes del inglés de todas latitudes luchan porque se integren a sus páginas las enormes riquezas de una vasta lengua común.
https://www.youtube.com/watch?v=_UtRvs8MRy0
Valeria Villalobos-Guízar
Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y periodismo y literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires.