Una lectura subterránea:
Drenajes de Diego Rodríguez Landeros

En esta carta de recomendación, Caroline Tracey nos sugiere adentrarnos en los ríos subterráneos que corren debajo de las grandes avenidas de la Ciudad de México y su historia a través del más reciente libro de Diego Rodríguez Landeros: Drenajes, un libro que permite conocer la cuenca del Valle de México desde sus cauces ocultos.


A los amantes de todo lo subterráneo, incluyendo drenajes y cañerías:

Durante un año viví en un cuarto en la colonia Escandón cuya ventana daba a la intersección de la Avenida Patriotismo y el Viaducto Miguel Alemán. Despertándome en las madrugadas, por algunos segundos confundía el zumbido del tráfico con el sonido arrullador del agua corriendo. Fue hasta que me mudé a otro departamento que aprendí que en realidad el Viaducto —como muchas de las carreteras y avenidas de la Ciudad de México— oculta un río. En cuanto lo supe, me puse a indagar más sobre las escondidas vías fluviales de la ciudad. Fui a los Dinamos para conocer el Río Magdalena —el último vivo de la metrópoli—, al archivo de Conagua en búsqueda de mapas, y recorrí el Canal Nacional en bicicleta.

Esta práctica de encontrar la infraestructura hidráulica de donde vivo siempre ha sido una compulsión para mí. Puede ser algo congénito: crecí en una zona semiárida de Colorado donde se rumoreaba que mi tatarabuelo fue el primer colono anglosajón en aprender las técnicas de riego de los pobladores españoles y mexicanos que ya se habían establecido. En las presas y los canales —y no en los monumentos o los museos— me educaron para entender en dónde se ocultan los inicios de la civilización de un lugar.

Sin embargo, aunque durante mis investigaciones me sentí navegando en territorios desconocidos, estoy lejos de ser la primera en incursionarlos. En mis búsquedas subterráneas por la Ciudad de México, se me adelantó —y ahora me acompaña y espero te acompañe pronto a ti también, lector— el escritor Diego Rodríguez Landeros, cuyo libro Drenajes (Almadía, 2022) está compuesto por diez ensayos que abarcan la historia del agua en la cuenca del Valle de México.

La historia de origen de Rodríguez Landeros como detective del agua empieza en El Cagadazo, una playa de Mazatlán  —su ciudad natal—, que durante muchos años recibió las aguas negras de la zona. “A mí me fascinaba la soterrada historia de tuberías y urbes invisiblemente conectadas al inmenso océano que en ese momento me llegaba al cuello”, escribe. Luego de mudarse a la Ciudad de México, ya no tenía la presencia constante del mar: “Inmediatamente después de pisar la gigantesca y burladora Terminal Central de Autobuses Norte de la Ciudad de México, entendí que para vivir en este sitio debía acostumbrarme a la ausencia de algún cuerpo de agua donde poder navegar los sentidos”.

Al parecer, no dejó pasar mucho tiempo antes de que sintiera la compulsión de encontrar el agua ausente y, como yo, se pusiera a explorar. “Debajo del pavimento está la playa,” anuncia el folleto (diseñado por la escritora Olivia Teroba) que abre el ensayo “12 de junio: Objetos encontrados” que se trata de una “deriva tropical” entre amigos en busca de ver el Gran Canal de Drenaje, construido durante décadas del siglo XIX e inaugurado por Porfirio Díaz en el año 1900.

Su trabajo detectivesco se basa no sólo en explorar esquinas olvidadas de la zona metropolitana sino también en leer sobre el agua en una amplia variedad de fuentes. La bibliografía de Drenajes cubre toda la gama —desde la poesía española sobre el desagüe del Valle de México en el siglo XVII, pasando por el estudio El Valle de México. Ventajas que Resultarían a la Salud Pública con el Desagüe (1892), hasta las memorias de las obras del Sistema del Drenaje Profundo publicadas por el otrora Departamento del Distrito Federal.

Con esta amplia bibliografía (y cronología), Rodríguez Landeros traza una historia de la ausencia del agua. Nos cuenta, por ejemplo, que durante el apogeo de la construcción de infraestructuras hidráulicas del siglo XX, proliferó una rama concurrente de la filosofía y la antropología que  trataba de explicar la relación entre la irrigación y la civilización. En 1955, la Sociedad Americana de Ingeniería Civil seleccionó sus siete “maravillas de la ingeniería civil de Estados Unidos". Sobre la Presa Hoover —la que frena el Río Colorado en las afueras de Las Vegas— escribieron que era “el Coloso de Rodas del Suroeste de Estados Unidos,” y que con ella se había establecido “un nuevo nivel del dominio de la mente sobre la materia”.

Dos años después, el dramaturgo comunista Karl August Wittfogel publicó su libro Despotismo Oriental, en el que argumentó que las sociedades basadas en la infraestructura hidráulica  tienden al totalitarismo. El antropólogo estadounidense Julian Steward  convirtió esa hipótesis en una explicación de la aparición de la organización política en las llamadas “sociedades de riego”, que luego usó para interpretar la topografía del Oeste de Estados Unidos como la captura del Buró Federal de Reclamación por el fanatismo mormón de conquistar terrenos baldíos.

Pero Rodríguez Landeros basa su recuento en los que más pierden con la imposición de la infraestructura hidráulica. Entra en las heridas resecadas de las comunidades de la cuenca de México que perdieron —frente al Estado y sus fuerzas armadas— sus costumbres, sus posibilidades de alimentarse, sus terrenos y formas de vida enteras, por el bien de la infraestructura.

“En 1952 todito se terminó de secar, después de tanta agua, quedó seco, seco, seco todo”, narra Don Antonio Hernández Flores, exchinampero del pueblo Míxquic, en el ensayo “Imperio, Estado, Gobierno, Lengua, Agua, Gusto”, donde el autor sostiene conversaciones que van construyendo un argumento acerca de las pérdidas existenciales que acompañan la del agua. Junto con el agua, continúa Hernández Flores, se perdió la alegría de vivir: “Como que se fue acabando el gusto también, porque pus el agua era lo principal. Ya se acabó el agua. Eso era lo que se gozó antes en el pueblo de San Andrés Míxquic”.

Estas pérdidas resultaron en otro uso inesperado de la infraestructura: hoy en día, los canales se encuentran como vertederos para las víctimas de homicidios. En 2014 se dragó el Gran Canal de Desagüe con un resultado terrorífico: se encontraron “siete mil restos óseos humanos, además de decenas de cuerpos destazados en avanzado estado de descomposición”. La abrumante presencia de la muerte recuerda a Rodríguez Landeros “La parte de los crímenes” de la novela 2666 de Roberto Bolaño, con su “machacona y cruda enumeración de mujeres asesinadas, trasunto de lo sucedido en Ciudad Juárez”. Durante sus reflexiones, el autor menciona el libro Ríos, lagos y manantiales del Valle de México, como si se tratara de otra versión de la“parte de los crímenes” de Bolaño: una lista de los brutales asesinatos cometidos en y hacia la cuenca.

Pero en la visión de Rodríguez Landeros, los canales no son sólo el escondite de los cuerpos: toda la ciudad es un cadáver, y los canales del sistema de desagüe la drenan como si fueran “las venas abiertas de un herido que, tirando en la plaza, se desangre”. Todo —los ríos entubados; las culturas y las costumbres perdidas para hacer la infraestructura; los restos en los canales; el olor a caño— es parte de un régimen podrido e imperial que ha matado a todo lo vivo de la cuenca de México. Incluso la misma agua está muerta: aunque la Ciudad de México reciba más precipitación que la mayoría de las ciudades del mundo, escribe el autor, por el sistema de alcantarillado mixto, una vez que la lluvia aterriza en la superficie de la zona metropolitana, “se convierte, sin ser aprovechado, en aguas negras”.

“Todavía hoy, en Tlatelolco —escribe Rodríguez Landeros— la gente suele dibujar siluetas de cuerpos que ya no están. Los habitantes del Valle de México deberíamos trazar las orillas de los lagos ausentes”. Su libro Drenajes es una gran invitación a ver, con claridad, esas pérdidas y, tal vez, hacerlas ya no tan ausentes.

 

Caroline Tracey
Doctora en geografía por la Universidad de California, Berkeley. Editora asociada de Zócalo Public Square.


Un comentario en “Una lectura subterránea:
Drenajes de Diego Rodríguez Landeros

  1. Me deje encantar por los rios ocultos y por la recomendación del libro. Recordé un audio de la emisora Radioactivo, por allá de los dosmiles, en donde se narraba un DF imaginario pero posible, en donde un gran cuerpo de agua era parte del dia a dia de la ciudad.
    Corro a conseguir el libro.

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