Una invitación de Antoine de Saint-Exupéry

Me di cuenta de lo especial que había sido Antoine de Saint-Exupéry durante una clase de matemáticas. Algún compañero con deseos de aplazar la lección de trigonometría decidió preguntarle a nuestra maestra cuál era su libro favorito. Ella dejó con solemnidad el gis blanco y sus dos escuadras en el marco del pizarrón; se volvió hacia el grupo; hizo una pequeña pausa dramática y respondió con seguridad: El principito.  Esa señora sabia, seria, de 65 años, la más estricta e imponente del departamento de profesores, tenía un lugar especial en su corazón… ¿para un libro infantil? ¿Qué tipo de autor podría cautivar a lectores de 5 o 65 años por igual con el mismo texto? ¿Quién era Antoine de Saint-Exupéry?

Mucho antes de convertirse en el personaje clásico que recordamos ahora, Saint-Exupéry fue sólo un niño distraído, indisciplinado y soñador en el seno de una familia aristocrática de Lyon. Sospecho que nunca dejó de serlo por completo. Como un verdadero principito, creció escondiéndose en los jardínes y raspándose sobre las piedras de los castillos de La Môle y Saint-Maurice-de-Rémens, ambos propiedad de su familia. Y aunque los profesores jesuitas de Notre-Dame-de-Saint-Croix pedían con el alma que el pequeño Antoine encontrara algún día el amor por los estudios, lo único que conseguían era que el niño esperara hasta las vacaciones de verano para tomar su bicicleta y escapar hacia el aeródromo.

A los doce años, Saint-Exupéry ya se sentía fascinado por los aviones. Cada verano, los mecánicos del aeródromo de Ambérieu-en-Bugey intentaban esconderse de un niño que los molía a preguntas sobre el funcionamiento de cada tuerca y palanca. Pero obtener respuestas no era suficiente; el pequeño ansiaba coleccionar experiencias insólitas; explorar sitios remotos; vivir de la aventura; tocar el cielo como pocos. Tenía ya edad suficiente para comenzar a seguir sus sueños. Eso debió haberse dicho a sí mismo el día que convenció al piloto Gabriel Salvez de que su madre, contra su lógica y carácter, le había dado permiso de volar con él.

Con esa mentira, despegó (literalmente) su carrera, y quienes solían reprochar que el pequeño “no tenía los pies en la tierra” se vieron obligados a aceptar que seguiría sin tenerlos, y ahora de manera profesional. La pasión de Saint-Exupéry por la aviación perduró durante su entrenamiento como piloto civil, su servicio militar en el regimiento de aviación, e incluso después de su primer accidente, en 1923, con el que se fracturó el cráneo. Durante tres años de recuperación, fue obligado a vivir como un hombre cualquiera, con un empleo cualquiera, lo cual sólo resultó en un aviso de renuncia por poco teñido con lágrimas de aburrimiento.

Si algo caracterizaba a Saint-Exupéry era su incapacidad para resignarse a una vida segura, pero infeliz, de modo que no tardó en obtener un nuevo empleo como mensajero internacional del servicio de correo Latécoère (posteriormente Aéropostale). De esa experiencia nació su primer relato, “El aviador” (1926). A partir de ese momento, sus emociones y experiencias como piloto nutrirían todas sus narraciones. De ahí que su producción literaria marque gran parte de su paso por el mundo. Correo del sur (1929), su primera novela, conserva vestigios de la arena del desierto de Marruecos donde se escribió. Vuelo nocturno (1931), su segunda novela, se ancla en su visita a la Patagonia y aborda la valentía de quienes, con la misma firmeza que esas montañas, debían esquivar todo tipo de peligros desde la cabina de mando. Tierra de los hombres (1939), quizá su segunda obra más conocida, nació entre las dunas del desierto de Libia donde había chocado cuatro años antes y donde él y su mecánico vagaron durante días, sin provisiones, en espera de un rescate milagroso. Su trabajo periodístico para el Paris-Soir (entre 1932 y 1938) evidencia su paso por Rusia, Vietnam y una España en plena guerra civil. Ya sean relatos cortos, novelas, artículos o ensayos, los textos de Saint-Exupéry están siempre impregnados de sus aventuras, descubrimientos y reflexiones, con un toque de jovialidad que desafía expectativas.

Finalmente, su desempeño como instructor y capitán de la Fuerza Aérea francesa durante la Segunda Guerra Mundial le valió la famosa Cruz de Guerra y lo inspiró a escribir Piloto de Guerra (1942), donde describe cómo la aeronave se volvía parte de su cuerpo cada vez que surcaba los aires: 

La respiración, la tomo de esta careta. Un tubo de caucho me liga al avión y es tan esencial como el cordón umbilical. El avión entra en el circuito de la temperatura de mi sangre. El avión entra en el circuito de mis comunicaciones humanas. Me han añadido órganos que se interponen de algún modo entre mi corazón y yo. […] El avión es quien me alimenta. Esto me parecía inhumano antes del vuelo y ahora, amamantado por el avión mismo, siento por él una especie de ternura filial. Una especie de ternura de niño de pecho.

En sus memorias, nos queda claro que la pasión que Saint-Exupéry sentía por su profesión compensaba cualquier riesgo. Así que, tras la rendición francesa, el escritor se instaló en Nueva York, pero no abandonó su llamado. Un día de 1943, antes de unirse a las fuerzas aliadas en Argelia, Saint-Exupéry visitó el departamento de la periodista Sylvia Hamilton, una de sus amantes, y le entregó una bolsa de papel. Le dijo: “Me gustaría tener algo maravilloso que darte, pero esto es todo lo que tengo”. En esa bolsa se encontraba el manuscrito de El principito, la obra que lo consagraría en la historia de la literatura universal.

Pero tan sólo unos meses después, el 31 de julio de 1944, a las 8:25 am, Saint-Exupéry despegó desde Córcega para recabar información sobre las tropas alemanas en el valle del Ródano. Ese día, su avión desapareció en algún lugar del Mar Mediterráneo, por razones que hasta ahora desconocemos. Las teorías pragmáticas oscilan entre ataques enemigos y fallas mecánicas. La respuesta soñadora asegura que Saint-Exupéry, como el piloto de El principito, se estrelló en algún desierto cercano y se encontró con un niño pequeño capaz de cuestionar lo aprendido y darle voz a las palabras de su corazón.

Lamentablemente, Saint-Exupéry no viviría para ver su último manuscrito convertido en un éxito, y menos en un clásico. Es un hecho que el que se convertiría en su libro más famoso tuvo menos ventas iniciales que sus publicaciones previas. Quizá porque se publicó primero en Estados Unidos, donde era menos conocido; o quizá porque, ante el público, un autor de tantos relatos de viaje y aventura había optado por cambiar de género literario. Y es que solemos pensar en lo infantil como si fuera “menor” o “simple”. Pero he aprendido que la literatura infantil y juvenil contiene tanta o más riqueza que nuestros libros “para adultos”. El lenguaje puede variar, cierto, pero el mensaje central muchas veces plantea preguntas atemporales y, por ende, apela a seres humanos de cualquier edad.

Más allá de la etiqueta con la que encontremos El principito en librerías, la gran aportación literaria de Saint-Exupéry es la escritura desde una mirada infantil. No uso esta palabra como un sinónimo de ingenuidad, sino como una referencia a lo que parece que las personas solemos perder conforme crecemos: el interés por los detalles más pequeños; la capacidad de maravillarnos ante lo cotidiano; la tendencia al optimismo sin explicación; una comprensión casi mágica del mundo y sus placeres. De ahí la frase más popular de este autor: “Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”.

A esto le añadiría un talento especial para transformar los accidentes en historias dignas de compartir (y, por lo general, con un tono esperanzador). Si exploramos su obra menos conocida, veremos que Saint-Exupéry aborda temas tan complejos como la condición humana, nuestras deficiencias sociales, la guerra y la supervivencia, en términos casi intuitivos. “El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo”, dice él. “La guerra no es una aventura; es una enfermedad”. “Si queremos un mundo de paz y de justicia, hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor”. ¿Y qué es amor? “Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección”.

Leer a Saint-Exupéry es re-descubrir nuestra sencillez y aprender a ver en el entusiasmo un desafío a la norma y la tragedia. ¿Podemos ser mejores? ¿Podemos cambiar nuestra perspectiva? ¿Nuestros valores? ¿Se vale confiar cuando la confianza desafía la lógica? ¿Por qué no obedecer nuestra curiosidad? ¿Por qué no vivir, antes que nada, para nuestra alegría? Puede que los primeros profesores de Saint-Exupéry llamaran a su pensamiento “confusión”, pero sus lectores sabemos que sus textos esconden un superpoder y algo todavía más poderoso: una invitación.

Referencias

Antoine de Saint-Exupéry. El principito. Salamandra, Penguin Random House, 2021.

—. Correo del sur. Edición electrónica de Roberto Volpe, Fripp Editor, 2023.

—. Piloto de guerra. Edición electrónica de LeLibros, en: web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/Piloto%20de%20guerra.pdf.

—. Tierra de los hombres. Editorial Berenice, 2016.

—. Vuelo nocturno. Babelcube Inc., 2017.

Stacy Schiff. Saint-Exupery: A Biography. Holt Paperbacks, edición ilustrada, 2006.

Raquel de la Morena. “Antoine de Saint-Exupéry | La vida y la misteriosa desaparición del autor de El Principito”. YouTube, 12 de junio de 2022, en: www.youtube.com/watch?v=t1wjh1AyBWo.

Siham El Khoury Caviedes es licenciada en Literatura Latinoamericana.