
Prosas, una coedición de la Universidad Iberoamericana y la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM, reúne textos inéditos, conversaciones, textos diversos y poco conocidos de la escritora Gloria Gervitz. En esa selección, publicada en la colección Periódico de Poesía, se revela una de las aristas más entrañables de la poeta y traductora. Gracias a la generosidad de ambas instituciones, presentamos un adelanto de este libro.
Lo que una es
Nací en la Ciudad de México el 29 de marzo de 1943. Mi padre, judío ruso, emigró a México a los siete años de edad. Mi madre, mexicana, es hija de un judío, ruso también, que se casó con una muchacha poblana, católica, muy hermosa. Estudié en colegios yidis. Me gustaba ir a la escuela. En aquella época mis maestros yidis del Nuevo Colegio Israelita eran bundistas, es decir, socialistas, y tenían un gran amor por la cultura de la diáspora, por ese mundo de judíos de Europa central aniquilado por el nazismo. Creo que me transmitieron esta profunda nostalgia de lo que ya no es más. Las clases de Talmud y de literatura yidis me hacían soñar, pero cuando estaba en la escuela lo que más deseaba era regresar a mi casa, parafraseando a João Guimarães Rosa: yo llegaba a casa, abría el cancel, llegaba a la casa, tiraba la mochila, llegaba en casa. La felicidad era una Coca fría y mamá que me esperaba. También fui deportista. Fui campeona nacional de natación a los 14 años en mi categoría y representé a México en la V Macabiada en Israel, en 1958; quedé en penúltimo lugar.
En mi familia no hay una tradición de escritores; es más, a la literatura no se le concedía ningún valor. Pero desde que guardo memoria recuerdo que leía con pasión, con la pasión de esos niños sin demasiado contacto con el mundo que leen
todos los libros que caen en sus manos. Gloria era una niña introvertida que leía; aún hay una parte de mí así.
Durante su viaje por tren de Kiev a Ámsterdam para embarcarse rumbo a México, mis abuelos atravesaron Alemania y mi abuela quiso quedarse. Sus razones eran que así no estarían tan lejos de sus padres y que en Alemania los judíos vivían bien; por poquito convence a mi abuelo, pero él, con ese sentido práctico del dinero que se les atribuye a los judíos y del cual hasta chistes se hacen, dijo que había pagado para ir hasta México y que a México iban a llegar; ya desquitado el pasaje, se vería. Sobra decir lo que hubiese ocurrido si se quedan en Alemania. Estoy hablando del año de 1929. Soy entonces, de alguna manera, como todos los judíos, una sobreviviente.
Darse una oportunidad
A los 12 o 13 años escribí una novela rosa con el título de Emma —ya te imaginarás—. Mentiría si dijera que entonces descubrí mi vocación de escritora. A esa edad estás, por lo general, condicionada a una serie de actividades y conductas que son precisamente las que se esperan de ti, mientras que todavía no descubres o asumes aquellas otras que quizá sean más lo que tú eres. De hecho, puede tomar toda la vida ir descubriéndolas. Yo amaba la literatura desde niña, sí, pero me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no era sólo una parte de mi vida, sino mi vida entera. A los 18 años me casé por primera vez. Era lo que se esperaba de mí. Me casé con un
nice Jewish boy y el asunto no duró más de cinco años. Es una época de mi vida de la que casi no guardo recuerdos porque no hay mucho que recordar, aunque, como siempre, en este tipo de relaciones en las que no pasa nada ocurren cosas muy terribles. Así, a los 18 años dejé de estudiar y comencé mi vida de joven adulta. De ese matrimonio tengo una hija. Cuando me divorcié a los 23 comencé no una búsqueda —porque no creo en eso de buscarse a uno mismo—, sino a construir y a
luchar por esa persona que yo quería ser. Me di la oportunidad, entonces, de darle un cauce a muchas de las inquietudes que traía desde niña, pero que no me atrevía siquiera a reconocer. Empecé por regresar a la universidad y estudié la carrera de Historia del Arte en la Ibero.
Los veintes altos
Comencé a escribir en mis veintes altos. En febrero de 1971 llegué por azar al taller de poesía de la UNAM, que habían fundado en 1967, entre otros, David Huerta, Marco Antonio Campos, Víctor Manuel Toledo y Eduardo Santos, con quien acabé casándome. Todos ellos eran más jóvenes que yo, estaban muy leídos, apasionados por la poesía y eran críticos feroces. El taller lo coordinaba en aquel entonces Juan Bañuelos. Llegué con unos poemas muy malos que hicieron pedazos. Sólo asistí a un par de sesiones. La razón más importante por la cual dejé de ir fue mi relación con Eduardo, que se inició en esa época, y el hecho de que el grupo de poetas que había
fundado el taller comenzaba a dispersarse. Y fue en ese año que mi vida dio un vuelco. Como suele ocurrir con lo verdaderamente importante, no me di cuenta entonces, sino hasta muchos años después. Durante el resto de aquel 1971 no me atreví a escribir una sola línea, pero leí como nunca antes, me adentré en un mundo de lecturas inagotable y maravilloso en el que Eduardo fue mi guía. Tenía yo 27 años cuando leí por primera vez a Saint-John Perse, T. S. Eliot, César Vallejo, Jorge
Luis Borges, Pablo Neruda, Juan Rulfo, al propio Guimarães Rosa, Clarice Lispector, Marguerite Yourcenar, Yorgos Seferis y otros que desde entonces me acompañan.
Libertad bajo palabra
Fue, pues, a partir de mi encuentro con Eduardo que comencé realmente a leer poesía. Sin embargo, los primeros poemas que leí en mi vida fueron los de Libertad bajo palabra de Octavio Paz. Esta lectura me transformó: por primera vez me vi ante este fenómeno misterioso y mágico que es la revelación poética. Quedé transida. No sé cómo explicarlo, pero así fue. Ese encuentro tremendo con la poesía es uno de los acontecimientos más importantes que me han ocurrido.
Una intuición inexplicable
La buena poesía es más sabia que su autor. Estoy tratando de explicar algo que no puedo explicar, ese misterio de la poesía —no tengo otra palabra—, esa intuición, es inexplicable, como de alguna manera lo es el hecho de estar vivos, como lo es la muerte, el amor. Ese estar en la poesía es una disponibilidad constante, una disciplina. Creo que fue Bachelard el que dijo que la poesía tiene una felicidad que le es propia, sea cual fuere el drama que descubre.
Sí creo en la inspiración. A veces interviene; otras, no. Hay poemas que son escritos en un estado parecido al de la experiencia mística. Así escribió Rilke las Elegías de Duino, así siento que fueron escritos algunos de los poemas de Residencia en la Tierra, mientras que otros proceden de la emoción recordada en la serenidad. Seferis decía que hay que tener paciencia para dejar secar la leña, y Anna Ajmátova trabajó su largo “Poema sin héroe” durante 20 años. Y no importa si ha habido una experiencia o no. Lo que le pasa al poeta como individuo no es lo más importante para la poesía, lo importante es lo que hace con su experiencia y con la de los demás.
Poema-árbol
Hago mía esa frase de Yeats: es a mí misma a quien corrijo al corregir mis textos. El proceso de escritura de Migraciones ha sido muy lento. El tiempo de la poesía y el tiempo personal responden a urgencias distintas. Tuve que aprender la paciencia, dejar que los poemas crecieran sin prisa con el riesgo de no encontrar nada o con el riesgo aún mayor de encontrar algo. Tardé varios años en darme cuenta de que estaba escribiendo desde siempre el mismo poema, como si fuese un árbol al que le creciesen nuevas ramas, se le secasen otras que hay que cortar o cayesen solas; el tronco es el mismo, quizá sólo las raíces se hacen más profundas.
Voces
En la elección hay siempre algo oscuro y misterioso, y es que, más que elegir, el poema nos elige. A veces nos habita durante años sin que tengamos conciencia de que está ahí creciendo, alimentándose de nuestra sustancia. Las voces de mujeres dentro del poema han estado ahí desde siempre, pero me tomó años construir un silencio interior para poder oírlas, para dejarlas salir.
Influencias
Puedo decir qué libros me deslumbran, qué autores me acompañan desde siempre, pero si han influido en mi obra, no sabría decirlo. En realidad, no sabemos qué nos marca. Uno puede estar influenciado por autores que detesta. Además, todo cuenta: el paisaje, lo que sabemos, lo que ignoramos, los amigos que escoges, ya sea que estén vivos o hayan muerto hace dos mil años, los objetos de los que te rodeas. A mí me gusta mucho el silencio y casi la única música que escucho son boleros y ópera, pero trato de no oírla muy seguido, porque me ocurre lo que les pasaba a los cubanos a principios de los sesenta con el filin. Me pongo “enferma”. Tania Libertad cantando boleros me embriaga, me intoxica, tanto como las óperas de Puccini.
Las tardes
Los poemas nacen, me han nacido en circunstancias muy diversas. Hay un sentimiento de expansión de mí misma, de dilatación de la conciencia, como si nacieran de una especie de contemplación del silencio en el que las palabras adquieren transparencia y densidad.
Escribo casi siempre por las tardes; es la parte del día que más me gusta. Escribo a mano y en cuadernos grandes de pasta dura, después lo paso en limpio en la computadora. He escrito poemas en la exaltación, poemas a los que casi no tuve que hacer ninguna corrección, que prácticamente me fueron dictados, mientras que otros me han costado muchísimo trabajo. Estoy consciente de que haber dedicado tanto esfuerzo y años a este libro no garantiza que mi obra perdure o sea buena. También sé que puede ocurrir que un día no tenga ya más nada para decir —que los dioses no lo permitan—, pero si así fuese, ojalá tenga la humildad de quedarme callada.
No puedo saber si Migraciones está terminado. Creo que “Leteo” cierra un ciclo dentro del poema, pero quizá sentí lo mismo cuando terminé “Del libro de Yiskor”. Quedarme fuera del poema es un poco como estar exiliada de mí misma. Hace unas semanas escribí los siguientes versos:
Todavía estoy dentro de la luz
Pero eres tú la que ha de decirme
Tú la palabra vacía la que guarda el nombre
Desbordada luz
en la confluencia de los sueños
anegándose en el corazón
Absuelta luz
en la extensión del instante
Luz sola sin más
Desasida
Mínima en su raíz
Quebrada luz áspera
Detenida en su grito
Temblando entre las manos
Quizá esa luz que me queda temblando entre las manos es aún el poema y yo siga dentro del territorio de Migraciones.
(Texto inédito)
Gloria Gervitz
Poeta y traductora.