Una llamada telefónica, después de algunas décadas.
¿Cuándo y cómo se distancian dos personas entre sí? Pues los sentimientos acatan leyes de fluidos simpáticos y afines que ignoramos, a pesar de que nos afectan y provocan variaciones en nuestra temperatura anímica. Debiera haber algún Euclides de la moral cotidiana capaz de plasmar las composiciones geométricas que trazan las proximidades y alejamientos entre los individuos.
Expongo la situación inicial. Aceptar que ignoramos la razón pero que un impulso emocional se abre paso en uno: llamar a aquel amigo con el que tanto se compartió en otro tiempo, tiempo heroico y viejo en el que todos éramos jóvenes. En el fondo, la inquietud sobre sí mismo y el otro: ¿será que la flama estará todavía ahí, brillando discretamente? Al preparar la llamada, se percibe la necesidad de una coartada. Argumentar algo concreto para el momento en que nuestra voz sea reconocida. Algo a la vez casual e importante, pues es de décadas atrás que no cruzamos palabra. Y si coartada hay, será bueno averiguar la naturaleza de la infracción de sentimientos, por así decirlo, en que se ha incurrido. Estamos in flagranti delicto privado: Nos vemos tomar el teléfono inalámbrico, vieja agenda a la vista en la que aumenta el porcentaje de aquellos a quienes el ring del teléfono ya no puede importunar nunca más; recorrer las pestañas alfabéticas y añadir dígitos lógicos para finalmente escuchar una, dos voces femeninas (hija, esposa). Tercera voz de timbre innegable. La coartada:
—¿Cómo han sorteado tú y los tuyos este acertijo de la pandemia que ya lleva un año de gobernar nuestras vidas?

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck
Ahí empieza el juego de naipes donde cada cual aporta lo que trae mangas afuera o en el doblez de los años acumulados. Empieza el dúo de voces. Primera reflexión por debajo de las noticias personales: Cuando lo que hace avanzar la charla es información de cada uno y sobre los seres cercanos, algo, mucho, ha empezado a contratiempo. Pero no importa, el tren del minutero avanza por la vía tendida de la plática. Cada cual lo empezará a decantar, como un sedimento sólido bajo el fluir de las palabras: no se comparte ya más la misma jerarquía de valores personales y sospechamos que hemos perdido la clave de los humores en común. Mientras se oye y se habla, una reflexión susurra al oído: cuando el tema son lo que uno ha hecho con sus años y lo que ha sido de la familia y de los amigos de entonces, una sustancia gelatinosa empieza a condensarse al fondo del lugar del alma donde se cultiva la amistad. El noticioso hogareño se vuelve tedioso.
“Hay que despedirse en cuanto se pueda”. Pues más allá del intercambio de información personal, lo que sucede es el viejo tema de los signos perdidos. Pero no se atreve uno a decir “Carambas, cuanto lo siento, pero tengo que colgar.” El minutero avanza tanto que la manecilla corta está por llegar a la siguiente posición.
Una hora. Cordialidad patinando sobre el óleo del tedio, para ambos, por supuesto. Tedio que cada quien empuja hacia el otro por el cableado telefónico o las señales satelitales, vaya usted a saber. Tedio del otro hacia el torpe uno que soy yo. ¡Qué aburrido se ha vuelto ese amigo! ¡Qué inequívocamente correcto y prudente! —Bueno, siempre fue así y ese es un motivo por el que los caminos se separaron en momentos en los que el Uno —uno— le comunicara decisiones que en el orden de la vida burguesa-laboral no dejaban de ser lances arriesgados. —No, no llevaré mis documentos a la universidad X, para que tramiten mi plaza sempiterna; prefiero aventurarme a la deriva con la fantasía de que algún año no muy lejano las obligaciones que adquiera sean ajenas a dar cursos de redacción y literatura básica. (De todos modos, el empleo no será forzosamente magnífico ni ante estudiantes singularmente dotados, pero no consistirá en usar a Borges como ejemplo de la hipálage famosa ni de la subordinación múltiple.)
La dramaturgia no acontece en los hechos particulares sino en el tono, el color, el acento y la intención, podrían decir los musicólogos. Lo que cuenta son las maneras y los matices con los que se ataca la partitura de la vida (pido disculpas por el término pomposo). Se puede vivir lo mismo o acciones y pasiones (¿pasiones?) equivalentes y sin embargo la diferencia se mantiene incólume. Paralelas en el viaje de los años. Evidentemente nadie vive lo suyo, ni lo planeado ni lo que se improvisa, para satisfacer las expectativas del otro. El corolario es que cuando el otro de cada cual no habla a las expectativas del recíproco, en un bello juego de voz, eco y resonancia, de cuerdas pulsadas y armónicos vibrantes, creando una red de tema, pregunta y respuesta, como en el tejido sin palabras de los instrumentos, el corolario es aceptar que lo que está sucediendo es el silencio que expresa al buen entendedor que el tiempo compartido ha quedado atrás y, evidentemente, el presente consiste en que cada cual desarrolle los temas y motivos de sus años.
Una hora. Honesto y curioso el mutis por el que el otro no se dejó atrapar por la cortesía social, en este caso espuria, de fingir interés y de reanudar la plática. Si yo lo encontré en el viejo número, al margen de que su receptor de casa cuente con identificador de llamadas, él no incurrió en la fórmula, así fuera por fingido reflejo social de: –Y tú, entonces, ¿también el mismo número? Confieso no haber estado a la altura de su honestidad, pues añadí una última coda conforme regresaba el aparato inalámbrico a su base: “Yo tampoco he cambiado de número fijo en estas décadas, aunque ya no vivo en aquel domicilio.” No importa corroborarlo. Anocheció. Bienvenido. ¿Qué? El silencio.
Pues todo tiempo es bien empleado, al menos si para en un billete como éste. Tal como si en los tiempos de antaño ciertas personas se encontraran involuntariamente en una ocasión social, como por ejemplo la sala de un velatorio, frente al ataúd que acoge los restos mortales de alguien más de aquella banda perdida. Es razonable y correcto que el tiempo empleado sea el mismo lapso. Una hora de duelo en la funeraria de aquella antigua amistad. La prosa de la vida. Prosa significa camino, un avanzar por la línea de la escritura. La escritura será indefectiblemente un encuentro y un adiós.
“Nos llamamos en la próxima pandemia o a la siguiente década” —Ninguna de las dos voces tuvo el coraje de externar la seguramente mutua conclusión que vibraba en ambos extremos del cable telefónico; pero hubiera sido una agraciada y espontánea pirueta final de este vals tardío.
Cada quien debiera acudir al cuenco de la escritura en tiempos de la musa pandemia; verter un poco de tinta, procurar que las frases reflejen un rostro. Mirarlo, y al ver a los otros, reconociéndolos y desconociéndolos, mirarse. Se llama milagro cuando el otro vuelve a ser uno con uno, y viceversa claro. Lo otro, lo normal, se llama “así es la vida”.
Alberto Paredes
Investigador de la FFyL y escritor. Autor, entre otros, de Las voces del relato y Rubén Darío: Retrato del poeta como joven cuentista.