Una historia de terror en la voz de Jorge

Cortesía de la editorial

“Y avanzó por el sendero a través de Satanás,
como si ahí no hubiera nadie”
Mark Twain

¿De verdad no te sabes una historia de terror?, ¿ninguna? Entonces yo te cuento una a ti. Déjame pensar en alguna, porque nunca he visto fantasmas ni nada así. Si me tomo otro mezcalito a lo mejor se me ocurre algo, ¿tú no quieres? Mira nada más la etiqueta: Este maldito placer. Dicen que el mezcal se toma a besitos y hasta ver a Dios, pero yo me lo tomo de un fondazo porque pues ni que estuviéramos en misa. A ver, dale un trago. Arde un poco, pero es un buen mezcal. Una historia de terror, ¿qué crees? Sí tengo una, no se la he contado a nadie nunca. No es una historia paranormal, pero a mis amigos y a mí nos sigue dando miedo. Se nos eriza la piel cada vez que hablamos de ella. Es larga, ¿quieres escucharla toda? Deja me tomo otro trago y empiezo.

De morrito iba en una escuela de Mixcoac, al sur del DF. Una escuela muy pequeña que era entre un cuartel y un convento. Súper tradicional todo, ¿ya sabes? Uniforme, pelo corto, puertas cerradas. Todos éramos unos ñoñazos. Ahí estudió mi papá y pensó que sería la mejor opción 41 para mí, se puede decir que no tuve escapatoria. Pero ahí conocí a mis mejores amigos, Tebis, Luisito y Teco. ¡Mira! Son ellos, los que están haciendo lagartijas allá en la banqueta. Perdónalos, son unos briagos sin remedio y les pone muy felices estar en la playa. Luego luego se nota que casi no los sacan a pasear, ja. Pero son a toda madre, ahorita te los presento.

Íbamos en el mismo salón desde primero de secundaria, nos la pasábamos jugando futbol en el pasillo y en los salones. Ya sabes que uno a los trece, catorce, quince años está en su peor momento. Agradezco haber crecido y ya no oler a chivo correteado. ¿Te acuerdas que a esa edad no tienes permiso de hacer nada? La vida social es darle setenta y cuatro vueltas a la misma plaza comercial. Ver discos y ropa, no comprar nada. Platicar en el fast food. Me acuerdo y me da pena.

Cuando pasamos a tercero de secundaria tuvimos por primera vez clase de Química con un maestro que se llamaba Gerardo, pero le decían el Quesquesé. Pronunciaba mal la R y a veces sonaba como si fuera un franchute hablando español. Yo pensé que de ahí le venía el apodo, uno heredado de generación en generación como los chismes. Se decían muchas cosas sobre él, como que había pactado con el diablo. Dicho así pues suena bien baboso, claro, pero cuando veías un anuario de la escuela de quince años atrás, estaba él ahí, idéntico, con el mismo pelo y los mismos ojos y hasta la misma ropa. Entonces dudabas. ¿Te acuerdas de esa película, El Resplandor? ¿Que al final aparece una fotografía de los años veinte donde está el mismo protagonista, sonriendo? Así era ver los anuarios. El vato se parecía, ¿cómo decirte? Como a Felipe Calderón, pero en alto. Y con pelo. Con cara de adicto a la pornografía. ¡No te rías! Hablo en serio.

Gerardo era estricto, nos hablaba de usted, tenía un trato formal. Era hasta aburrido. ¿Tanto pinche chisme para eso? Se me hizo decepcionante y a mis amigos igual, aunque Teco insistía en que el güey le daba miedo.

“Tiene la thousand yard stare”, decía.

¿No conoces esa expresión? Es la mirada de los veteranos de guerra que vivieron un infierno y cuando te miran en realidad no te están mirando. Y la verdad es que, cuando le ponías atención, era cierto. Una vez estaba explicando algo sobre el nitrógeno o alguna madre así, y en eso que se le queda viendo a Luisito.

“¿Todo bien, profesor?”, preguntó. Y el hombre no dijo nada como por diez segundos, y se sintió ese tssss en el salón, como si Luis hubiera hecho algo imperdonable. Pero el maestro sólo calló, en eso sonó la chicharra y terminó la clase así, en ese silencio rarísimo.

Yo era muy malo en Química, pero de verdad malo. Por más que intentara memorizar la tabla de los elementos y balancear ecuaciones, me parecía una cosa bien marciana. Y los términos como moles o número de avogadro, no mames, me da roña acordarme. La química no es abstracta en sí, ¿sabes?, como las matemáticas. Pero aún así me era imposible pensar en esos términos, como si mi dificultad fuera algo meramente cerebral.

Una tarde el Quesquesé me pidió ir a verlo a la sala de maestros.

—Estoy preocupado por tus calificaciones, Jorge —dijo con su voz de serpiente—. Has reprobado los dos parciales y te falta entregar por lo menos la mitad de las tareas. Si no te pones las pilas vas a reprobar la materia, y con eso no pasas a prepa. ¿Qué piensas hacer?, ¿necesitas algo?, ¿has pensado en tener un tutor, alguien que te ayude?

Se veía amable el tipo, aún si tenía mirada de haber masacrado niños kosovares en Yugoslavia. Me sorprendió que me hablara desde la preocupación genuina porque yo no estaba acostumbrado, los maestros siempre me hablaban como si fuera un ex convicto. Se me hizo chingón que alguien quisiera ayudarme. Entonces empecé a llevarme bien con el Quesquesé. Le hacía plática en los pasillos y mis amigos por mera inercia comenzaron a hablarle también. No nos contaba mucho de su vida pero sabíamos que le iba al Cruz Azul y sufría mucho por ello. También sabíamos que su serie favorita era Breaking Bad, ¿la has visto? Es sobre un maestro de química que se vuelve el mejor cocinero de metanfetaminas de Estados Unidos.

Empecé a mejorar en su materia, sentir que éramos algo así como cuates me motivó a no fallarle. Algunas tardes se quedó conmigo y con mis amigos para resolver las tareas. Hacíamos juntos ejercicio por ejercicio y nos explicaba las respuestas con toda la calma del mundo. Podíamos hacer la misma pregunta diez veces seguidas, como idiotas, y nos contestaba. Llegó un momento en el que los nombres de los elementos y las ecuaciones ya no eran de un lenguaje extraterrestre. Para esas sesiones el maestro nos llevaba cocas y a veces palomitas o gansitos. Una vez hasta le regaló a Luis Ángel un casco para bicicleta, disque porque lo ponía bien nervioso que anduviera así sin nada que le protegiera la choya. Te digo, era amable.

¿Te estás aburriendo? No, pérate, ya viene lo bueno. Se acercaba el examen final y yo tenía que sacar mínimo ocho para pasar la materia. Gerardo prometió ayudarme a estudiar, e incluso me dijo que podíamos resolver juntos los ejercicios que estarían en el examen. Un lunes por la tarde nos quedamos con él a repasar. A partir de las cuatro o cinco de la tarde, la escuela era un mundo totalmente distinto al de las mañanas. Como en ese capítulo de Bob Esponja en el que a Bob se le va una parada del camión y termina en una parte aún más profunda del océano donde todos los peces son rarísimos y hablan en otro idioma. Pon tú que así, puros niños que en tu vida habías visto, de la primaria y de la cuadra y de otras escuelas que venían a usar la cancha, todos jugando futbol y básquetbol y gritando como changos.

Antes estudiábamos cuarenta y cinco minutos, una hora, máximo hora y media. Esa tarde estuvimos tres horas. Cuando dieron las seis de la tarde la escuela ya estaba vacía, no quedaba más que el policía de la entrada. Aún nos faltaban ejercicios por completar y ya hasta había empezado a llover, pero por fin parecía que entendíamos el porqué de todo. La verdad yo ya me asumía un pinche Nobel de química.

Dieron las seis y media, diluviaba como sólo en verano. Eran los últimos días de clases antes de vacaciones. No sabes la lluvia, era como una sábana agitándose frente a la ventana. Una lluvia ligera pero abundante, de esas que te empapan de pies a cabeza aunque sólo pases bajo ella unos cuantos segundos. Mi jefa iba a ir a recogernos —ya sé, qué oso— pero me llamó para decirme que estaba atrapada en el tráfico y que no iba a llegar. Entonces el maestro dijo que él podría acercarnos a nuestras casas. Se nos hizo raro, un poco, ya sabes, por la escuela en la que estábamos. Ese tipo de cosas nunca se daban y se sentía un poco incorrecto, aunque al fin y al cabo sólo estaba ayudándonos. Ni modo que le dijéramos que no. A esa hora la secundaria ya no era un mundo extraño, sino un territorio abandonado en el que no queríamos estar. ¿No te pasaba de chica que la escuela a deshoras te parecía un lugar maldito? Pues eso. Aquí es donde todo se pone raro.

Nos subimos al coche del Quesquesé, una camioneta destartalada. Yo iba adelante, mis amigos me lanzaron una mirada para responsabilizarme de hacerle la plática al profe. Ellos se acomodaron en los asientos de atrás, donde apenas cabían, y se recargaron en los hombros del de al lado como niños cansados en un viaje con sus padres. De pronto, el olor. No te voy a decir que olía a muerto porque no tengo ni puta idea de a qué huele un muerto. Pero olía como, no sé, a fluidos. A semen, pues. A sudor. A saliva, a vómito. Como si el vato viviera en su coche e hiciera sus necesidades en él. Alguien bajó unos centímetros de la ventana, pero la lluvia se colaba por la rendija. Por suerte era un viaje corto, todos vivíamos cerca de la escuela. En esos minutos me pareció imposible encontrar algo de qué hablar. Los comentarios sobre la derrota del Cruz Azul ante el América ya no eran suficientes, el silencio nos sofocaba tanto como el hedor. No sé mis amigos, pero yo moría por bajarme. Prefería empaparme en la lluvia y que me diera pulmonía. Lo peor de todo era que en la avenida ningún coche avanzaba, la calle estaba congelada. El sonido de la tormenta se mezclaba con el de los cláxones al unísono, entonces Gerardo le dijo a Luis Ángel que cerrara la ventana para no escuchar tanto el ruido. Y ni modo que le dijéramos carnal, tu coche huele a que alguien se hizo una chaqueta hace una década y nadie ha limpiado desde entonces.

Esteban fue el primero en bajarse. El Quesquesé prendió el radio del coche, que quién sabe cómo seguía funcionando, y me puse a pensar como loco en excusas para 46 salir. En la radio sonaba Universal Estéreo, no sé si aquí se transmite pero es una estación de rock viejo, del que le gusta a los papás. Me concentré en la música como un condenado a muerte saboreando sus últimos segundos antes del fusilamiento y… ¿Qué? ¡No! ¡Espera!, ¿cómo que al baño cuando viene lo más denso? Bueno pero no te vayas a tardar, aquí te espero.

¿Dónde me quedé? Claro, la música. De pronto entre las guitarras y la batería y el tamborileo de los pies de Luis Ángel escuché algo. Como en las películas, ¿sabes? Cuando el protagonista se da cuenta de que algo está muy mal y no puede hacer nada para evitarlo. En la bocina del coche retumbó ese verso en francés, ¿conoces la canción? Una que dice psycho killer, qu’est ce que c’est,

fa fa fa fa,
fa fa fa fa fa
fa better
run run run,
run
run run awaaaaaaaay!

Y te lo juro, casi me meo encima. El coche se detuvo para que Luis Ángel se bajara. Quise salir corriendo junto a él pero el cuerpo no me obedecía. Teco no estaba oyendo la canción, o al menos no oía lo mismo que yo. Afuera seguía lloviendo, había empezado a caer un granizo que pintaba las calles de hielo sucio. El maestro seguía sin hablar y cuando lo vi con atención me pareció lo más feo que había visto en toda mi perra vida. Feo no de opuesto a guapo, feo de violento, ¿me entiendes? Feo de terrible, de terrorífico. Su piel era tan blanca que parecía azul, parecida a la de un cadáver al que están por hacerle una autopsia. Sus manos grandes con las venas a punto de reventar si apretaba más el volante. Y sus ojos tenían una especie de vacío… un pedazo de blancura sobre el iris que lo hacía ver asustado. Entonces me miró, como si pudiera leerme la mente.

—¿Me recuerdas dónde vives? —dijo con la misma cordialidad con la que resolvía los ejercicios de Química. Teco se bajó en su parada y lo hizo tan rápido que no me dio la oportunidad de decirle que me dejara irme con él. ¿Cómo ves a mi amigo dejándome ahí solo? Pinche vato, seguro no hubiera compartido su lancha en el hundimiento del Titanic.

Faltaba poco para llegar a mi casa, me distraje mirando cualquier cosa que no fuera al maestro junto a mí. El parabrisas, la guantera, las huellas en la ventana. Bajo mis tenis se asomaba una tarjeta de circulación. La acerqué con el pie, aprovechando la concentración del maestro en el camino. Reconocí su fotografía, pero no su nombre. Adrián Gerardo Fausto Villacorta Vilchis. Pinche nombre del tamaño del Padre Nuestro, ¡y aún me lo sé todo! Pero es que ese no era su nombre, ¿sabes? Nunca se presentaba así en la escuela.

No le dije dónde vivía, sólo señalé la esquina de la calle más cercana.

—Aquí me bajo, profe, muchas gracias.

—¿Cómo crees? Te llevo hasta tu casa, no te preocupes.

—Mi casa ya está aquí muy cerca, en serio no se moleste, profe. Igual ya no está lloviendo tan fuerte.

Y me dio la sensación de que intentó retenerme. El profesor puso las intermitentes.

—Va a ser un examen bastante fácil. Para los que estudiaron, quiero decir. Tú estuviste trabajando mucho, entonces no tienes de qué preocuparte. Confía en ti y en tus conocimientos. No hay nada en el examen que no hayamos visto. Descansa y prepárate bien pero sin angustiarse, ¿ok? Sobre todo descansa, mereces descansar.

Abrí la puerta de la camioneta y salí corriendo. No me importó parecer grosero, en mi mente yo me estaba salvando de morir. Cuando me di cuenta, ya tenía agarradas las llaves como para defenderme. ¿Sabías que eso de ponerte tres llaves, una entre cada dedo para soltar un golpe, no funciona? Sólo te vas a lastimar. Si quieres defenderte tienes que agarrar la llave en el puño cerrado. Así, como si fuera un cuchillo. Y si vas a soltar el golpe, que sea de abajo a arriba. Directo a los ojos. Ya lo sabes, por si un día alguien se quiere pasar de lanza. ¿Pero cómo acabó? Ah, pues a eso voy. ¿Segura que no te estoy aburriendo? Tienes ojitos de sueño.

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “Una historia de terror en la voz de Jorge

  1. Dice que Gerardo le hablaba de usted a los alumnos, pero en sus diálogos le habla de tú a Jorge. ¿Es él la excepción?

Comentarios cerrados