A la memoria del gran Gustavo García
E. L. Doctorow visitó México a mediados de septiembre de 1981. Exactamente un año antes había publicado la que hasta entonces era su más reciente novela, Loon Lake, que en mayo de 1981 apareció en nuestro idioma en versión de la traductora argentina Iris Menéndez Sallés bajo el título de El lago. El reducido lapso entre una publicación y otra acusa la importancia que las editoriales de lengua española le conferían al autor de Ragtime. La expresión en este caso es exacta: no se trataba de la obra, sino del autor. Entre 1975 y 1980 se habían vendido, tan sólo en el ámbito de la lengua inglesa, poco más de 220 mil ejemplares de Ragtime en pasta dura y más de 175 mil en pasta blanda, sumadas diversas ediciones de bolsillo. La traducción de Iris Menéndez se utilizó tanto en España, para la edición de Argos Vergara, como en Argentina, para la edición de emecé. Se esperaba que cualquier cosa firmada por Doctorow repitiera semejante prodigio. Doctorow habría deseado viajar a Buenos Aires para presentar la traducción de su libro, pero detestaba a Jorge Videla, quien en marzo de 1976 había tomado por asalto el poder y desde entonces detentaba la presidencia de Argentina. Por una razón parecida no quiso visitar Chile. Pero quería conocer algo de Hispanoamérica, y decidió hacer una pequeña gira por México, Perú y Ecuador con el apoyo del National Endowment for the Arts.

En México su propósito era, según recuerdo, leer algunas páginas de Loon Lake en la Biblioteca Benjamín Franklin y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y ver un poco de nuestra ciudad y de sus alrededores. Pasó aquí cuatro o cinco días.
En 1980 yo había formado parte del Programa Internacional de Escritores de la Universidad de Iowa y debido a ello me enviaban de cuando en cuando invitaciones de la embajada estadounidense para asistir a algunas de sus actividades. Diane Stanley, la agregada cultural, una chava encantadora, me invitó a asistir a una cena en su casa en honor de Doctorow el viernes 11 de septiembre.
Esa noche, de camino a Polanco, recordé la desconfianza que había sentido hacia Ragtime durante algún tiempo precisamente por su enorme éxito. Un día, en noviembre de 1975, me topé con un ejemplar al pasar por la caja de un supermercado en San Francisco. Como no costaba más de tres o cuatro dólares la curiosidad me hizo comprarlo. Tal cual reza el lugar común: no pude soltarla. La leí en tres días. Inmediatamente compré Welcome to Hard Times, su primera novela, publicada en 1960. No era tan buena, pero se dejaba leer con gusto. En 1980, cuando estaba en Iowa, leí Loon Lake. Fascinante. Política y delito. Doctorow era indudablemente un gran escritor. Mientras la leía me preguntaba lo que Coppola podría haber hecho si la hubiese filmado en vez de filmar El Padrino (y conste El Padrino es excelente). Pero quizás sea imposible adaptarla. Es una novela con muchos niveles, demasiado experimental.
En casa de Diane, los invitados se acercaban a saludar a Doctorow, platicaban un par de minutos con él, le echaban un par de flores, y luego lo dejaban solo. Era evidente que la mayor parte de ellos no lo había leído. Eso me permitió hablar con él un buen rato. Hablamos de sus libros, de lo que él había leído para poder escribir los pasajes que se referían a México en Ragtime (recuerdo que mencionó Zapata, de John Womack), y al final le pregunté qué pensaba hacer al día siguiente. “No tengo ningún plan”, me dijo, y rápidamente le propuse ir a Teotihuacán. Sabía que iba a encantarle. Los dos le preguntamos a la anfitriona si no habría inconveniente. Ninguno.
Apenas salí de casa de Diane llamé a mi queridísimo Gustavo García, condiscípulo desde la preparatoria, y también gran admirador de Doctorow. Le conté el plan y a la mañana siguiente, a las nueve, estábamos en la entrada del María Isabel Sheraton en un vochito para recoger a Doctorow.
—You do the talking and I’ll do the driving, dijo Gustavo.
Rumbo a las pirámides hablamos de todo lo que se nos ocurrió y le preguntamos su opinión sobre todos los escritores norteamericanos cuyos nombres supimos pronunciar (los pocos que habíamos leído: Hemingway, Fitzgerald, Faulkner, Dos Pasos, Upton Sinclair, Jack London, algunos más). Por desgracia, no recogimos lo que nos dijo, ni con lápiz ni con grabadora. Doctorow fue absolutamente sencillo y amable todo el tiempo. Tenía 50 años. A nosotros, de 27, nos parecía un viejito, aunque jamás se quejó ni dijo sentirse cansado. Dada la ambigüedad del pronombre you, en inglés, nunca pensamos si lo estábamos tuteando o si le hablábamos de usted. En todo caso nuestra confusión y su cortesía facilitaron las cosas. Anduvimos bajo el sol varias horas. Balbuceamos explicaciones sobre el México prehispánico, del que sabíamos menos aun que de la literatura estadounidense. Nos pidió que le tomáramos un par de fotos en el templo de Quetzalcóatl y, más tarde, con la cámara de Doctorow, un turista japonés nos tomó una foto a los tres en lo alto de la pirámide del Sol, mientras le contábamos de la mariguana y las roncas guitarras que Paz hacía resonar en Piedra de Sol. Quizás esas imágenes sobrevivan entre sus papeles.
Después de recorrer Teotihuacán decidimos irnos a comer y al llegar al restaurante le pedimos que nos permitiera hacerle una pequeña entrevista. A pesar del hambre y de la asoleada aceptó con la mayor gentileza. Entre tantas otras cosas, nos contó que gracias a la enorme cantidad de dinero que había recibido después de la publicación de Ragtime se había podido comprar una casa en New Rochelle, donde se la pasaba maravillosamente con su esposa, y un estudio en Manhattan, al que iba a escribir casi todas las mañanas. Disponer de tiempo para lo que le viniera en gana le parecía un milagro.
Le envié un ejemplar de Sábado cuando apareció la entrevista. Lo agradeció con una postal de la calle principal de New Rochelle que, por desgracia, he perdido.
Años después, leyendo ese magnífico cuento extenso o novela breve que es “Vida de los poetas” encontré una leve referencia de su paso por México: habla de las rejas que protegían la casa de “una agregada cultural”, en Polanco, y de los limosneros desdentados que vio en las calles de la ciudad. Doctorow no sólo era sensible a ese contraste, sino que se dio cuenta de que parte de la ola de miseria que vio en México y en Perú comenzaba a llegar hasta las calles de las ciudades de los Estados Unidos.
No sé si habrá vuelto a México en los siguientes años. En todo caso, creo que no volvió en plan profesional. Por perezoso, no volví a escribirle. Sin embargo, nunca dejé de leerlo. Su última novela, Andrew’s Brain (El cerebro de Andrew), es una joya. ¿Tiene algún interés decir que pudo haber ganado el premio Nobel? Estuvo nominado varias veces. No creo que le importara.
A lo largo de los años, cada libro suyo, cada cuento, ensayo o artículo que aparecía en revistas fue motivo de una gran alegría. En cambio, la noticia de su muerte, hace unos días, me hizo sentir una tristeza enorme. Justo unas horas antes me preguntaba si no estaría por publicar algo. Envidio a quienes aún no lo han leído.
Rafael Vargas
Poeta y traductor.