Una fe que se desgasta

El 28 de marzo amaneció distinto en la Ciudad de México, había en el ambiente una sensación de que la rutina era interrumpida por algo más grande. Cerca de 82 mil personas teníamos una cita esa noche para, después de 858 días, volver a vivir futbol en el Estadio Banorte (conocido por décadas como el Estadio Azteca).

La selección mexicana se enfrentaría a la de Portugal en algo que no era sólo un partido más; era una reapertura, un reencuentro con el estadio que ha sido testigo de algunos de los momentos más importantes en la historia del futbol en México. Sin embargo, la noche que parecía ser una celebración, terminó siendo más bien una revelación. 

Fue en 1962 que nació una ambición: construir el estadio más grande e imponente del continente, y a lo largo del tiempo éste se ha ido convirtiendo en un archivo de momentos icónicos del deporte más bonito del mundo. Escenario de dos Mundiales, lugar en el que se jugó el llamado “Partido del Siglo” entre Italia y Alemania, donde Diego Armando Maradona fue protagonista de dos goles que serán recordados para siempre, donde Pelé y la verde amarela fueron campeones del mundo, y donde México dejó en casa la Copa Confederaciones de 1999. 

Manuel Velásquez (Getty Images)

Hay espacios que no dependen de su nombre, sino de lo que han sido capaces de provocar, y el Coloso de Santa Úrsula es uno de ellos. El día de la reapertura algo no terminaba de encajar desde que se pisaban las calles de avenida del Imán y Calzada de Tlalpan, el acceso al estadio no evocaba la expectativa de un gran evento, sino la incertidumbre de un espacio que todavía no terminaba de organizarse. Las filas se entrecruzaban sin lógica clara, la señal de internet ausente no permitía acceder a los boletos y la gente avanzaba más por intuición que por indicaciones claras. Molestia visible entre los asistentes, sí, pero también una forma muy particular de aceptación, como si todos los presentes entendiéramos que, de alguna manera, las cosas en ese recinto van a funcionar. 

 Una vez superada la odisea del acceso y habiendo cruzados los torniquetes, el estadio se percibía en clara transición, habitando un punto intermedio entre lo que fue y lo que pretende ser para recibir la Copa del Mundo en los próximos meses. Las pantallas que encintan el lugar completo, la digitalización de lo que antes eran planos impresos y la uniformidad de las gradas eran signos evidentes de modernización, pero también había detalles inconclusos: revisiones de seguridad superficiales o inexistentes, acomodadores que no lograban ubicar con certeza las secciones, y charcos esporádicos que evidenciaban un drenaje aún no del todo funcional.  Más que un estadio terminado, parecía un ensayo general que se estaba llevando a cabo en tiempo real y con el público presente. 

 Entonces, llega un pensamiento: ¿México está listo para recibir un Mundial? La respuesta se diluye rápido entre el ruido de la tribuna: vendedores ofreciendo cerveza fría, familias completas buscando sus asientos con niños que, muy probablemente pisaban ese estadio por primera vez, el grito de “México” que ya se cantaba desde antes del silbatazo inicial. A pesar de los retrasos, la confusión y las molestias, el estadio se percibía lleno de vida. Risas, expectativa y esa manera muy mexicana de convertir la incomodidad en convivencia. 

 Fue esa misma presencia la que convirtió el estadio en un eco de abucheos cuando su selección tocaba el balón, basta con ver escasos minutos para saber que el abucheo no fue un accidente, fue un diagnóstico. Durante muchos años la selección mexicana ha vivido de expectativas más que del presente, se le ha exigido como potencia, celebrado como tradición, pero padecido como realidad.

 No es sólo que no gane, es que no transmite, y el futbol, además de ser resultados, es emoción. México tocaba el balón sin profundidad, sin sorpresas, el ritmo era plano, incluso hasta un tanto predecible. Fueron pocas las veces que se generó un peligro real para el arquero Rui Silva, y fue una sola jugada la que nos hizo levantarnos de nuestro asiento: el remate de Armando “la Hormiga” González. Entonces el abucheo no llegó por un marcador adverso, sino por la ausencia de algo reconocible en la cancha. 

 En medio de ese contexto también hubo espacio para una nota distinta: el debut de Álvaro Fidalgo con la selección mexicana. Verlo alinear con nuestros colores generó un murmullo distinto, una breve expectativa en las gradas, como si en esa incorporación existiera la posibilidad de ver algo nuevo. Sin embargo, su aparición quedó diluida en una noche donde nada terminó de encender. 

 El estadio que todos visitamos tiene muchísima memoria, y ésta tiende a generar comparaciones. Hacerlo es inevitable en un lugar que ha sido escenario de diecinueve partidos mundialistas y que se prepara para albergar su tercera edición, algo que ningún otro recinto en el mundo ha logrado. Comparar es necesario cuando incluso presidentes de la República fueron abucheados en esas mismas gradas durante las inauguraciones de 1970 y 1986. 

 El abucheo no es nuevo en el pueblo mexicano, y tampoco lo es en ese estadio, lo nuevo es a quién va dirigido. Hoy México no se reconoce en su selección, no sólo porque no gana, sino porque no conmueve, no transmite hambre, ni urgencia, ni esa sensación de estar jugando a algo más que sólo resistir durante 90 minutos. La entrega que tanto pide ver la afición mexicana en sus jugadores la ha encontrado en otros equipos, por eso no sorprende que tanto en Monterrey como en Guadalajara las selecciones de Irak, RD Congo y Nueva Caledonia, que iban a pelear su lugar en el Mundial, encontraron un recibimiento que la mexicana ya no provoca. Es claro que el aficionado no ha dejado de amar el futbol, pero ha dejado de sentirse representado. 

 Las selecciones que jugaron el repechaje en nuestras tierras sintieron una conexión inmediata con nuestra gente, no porque representen más, sino porque lo transmiten. Corrieron, lucharon y sintieron lo que se estaban jugando, y el futbol, en su forma más básica, sigue siendo eso: una emoción colectiva. Hemos creído por mucho tiempo que la selección mexicana estaba destinada a algo más, que el quinto partido era un paso inminente, no una aspiración imposible, que el talento estaba y que el proceso existía, por lo tanto, el momento llegaría, pero hoy que la Copa Mundial se jugará en casa, cuando deberíamos sentirlo más cerca que nunca, lo que se transmite en la cancha es que estamos lejos de alcanzar el objetivo.  

Mientras el estadio y el equipo parecen no estar listos, la afición sí lo está, y eso se sintió incluso después de haberse concretado el tan tedioso 0-0. Antes, durante y después, la gente respondió cantando el himno a todo pulmón, vistiendo los colores verde y rojo representativos de la selección casi como si hubiera sido un requisito para entrar más que una decisión propia. Incluso tras el silbatazo final, mucha gente permaneció en sus asientos, mirando la cancha y alargando la experiencia unos minutos más para no enfrentarse a la realidad: pese a que la reventa agotó los boletos, aficionados gastaron miles de pesos para ver un partido francamente decepcionante.

Pero había en esas miradas algo más que sólo frustración: una nostalgia anticipada por la conciencia de que, en unos meses, ese mismo espacio será escenario de un Mundial y esas mismas gradas estarán ocupadas por personas de todas las nacionalidades. Las puertas del nuevo Estadio Banorte se abrieron y la gente avanzaba como avanza México cuando algo falla: improvisando, empujando y resolviendo sobre la marcha, pero a pesar de las quejas y miradas que revelaban enojo, lo más distintivo de los mexicanos fue lo que sostuvo esa noche: todos permanecimos. 

 Al final, en un país que casi nunca está completamente preparado, lo único que nunca falla es su gente, y es por ellos que las puertas siempre volverán a abrirse.  

Ximena Ruiz 

Abogada y apasionada del futbol.

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