
Una batalla tras otra, la más reciente película escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson (adaptada de Vineland, la novela de 1990 por Thomas Pynchon), es una obra maestra. Sus casi tres horas —que no se sienten— son una montaña rusa en el que el director pone en práctica sus mejores trucos: las secuencias largas, el close up tenso, la incomodidad y comedia que surge de la violencia y debuta algunos nuevos (no terminé Licorice Pizza pero dudo que Alana Haim tome el camino de las armas), para culminar en la persecución automovilística más emocionante de los últimos años. Al mismo tiempo, es una película habitada por un espíritu pesimista oculto detrás de un exterior revolucionario y esperanzador.
El filme, ambientado en un presente reconocible, abre 17 años antes con la liberación de un campo de detención para migrantes. Los protagonistas son el French 75, un pastiche de toda una generación de revolucionarios, sobre todo el Weather Underground y el Symbionese Liberation Army. Dos miembros de la célula destacan: “Ghetto” Pat, un especialista en explosivos interpretado por Leonardo DiCaprio con una mezcla de sinceridad, torpeza, determinación y temor, y Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) como una mujer en la encrucijada del deber, la ira, el trauma y la búsqueda de la autonomía.
Pat y Perfidia son pareja, y no pasará mucho antes de que los deberes hacia la familia y hacia la revolución choquen, especialmente cuando aparece una bebé, a la cual Pat atiende con una devoción que encuentra su espejo en el rechazo y angustia de Perfidia. Sus antagonistas son el aparato estatal estadunidense y la conspiración racista-militarista que lo habita, encarnada en el coronel Steven A. Lockjaw (Sean Penn, en una de sus mejores actuaciones con una compostura física tan apretada, nerviosa, neurótica y violenta como el subconsciente del aparato militar).
Quiero dejar en claro lo siguiente: no digo que Paul Thomas Anderson tenga la intención de producir un texto reaccionario. Al contrario. Me parece que cree sinceramente en la retórica de su texto, en el poder de los lazos familiares, en la capacidad de las comunidades de resistir y en que el aparato estatal crecientemente militarizado se sostiene por y para la violencia racial. Además, los paralelos con la realidad son inevitables: en 2025, Estados Unidos es gobernado por una cúpula racista obsesionada con detener y deportar migrantes. En respuesta, grupos comunitarios han comenzado a organizarse para repelerlos. En términos de timing histórico, pocas películas podrían coincidir de manera tan exacta con el clima político del presente.
De igual modo, no creo que este pesimismo sea un defecto de la película, y que sería mejor si tuviera otra visión política. Es porque Una batalla tras otra está hecha con convicción, porque cree en su esperanza, que vale la pena analizar sus presupuestos. Mi punto de partida es el pensamiento conspiranoico que la película critica y ridiculiza en momentos, pero del que al final es incapaz de trascender.
El colectivo Aufheben explora la forma en la que las teorías de la conspiración surgen como una forma de justificar el fracaso y la clausura percibida de un horizonte de cambio radical. No sólo se ataca a las élites conspiracionistas hay una atribución de hipercompetencia. Siempre íbamos a ser derrotados, porque los malos son demasiado fuertes. Tras el espíritu contestatario se asoma la resignación a la derrota. La política de este filme está impregnada de un conspiracionismo característico a cierta forma de explicar y justificar las derrotas sufridas por tu bando.
A veces, Anderson muestra a la conspiración militarista-racista como francamente ridícula: hay una sociedad secreta en el corazón del Estado con el nombre del Christmas Adventurers Club. Estos aventureros parecen una parodia del Illuminati, un clásico del pensamiento paranoico sobre “el poder detrás del poder”, obsesionados con mantener la pureza racial en la cima del poder. Su intento de reclutar a Lockjaw desencadena la trama principal de la obra: los Christmas Adventurers tienen prohibido entablar relaciones interraciales y Lockjaw sospecha que engendró una hija a través de la violación de Perfidia (la duda sobre la paternidad de la hija de Perfidia es uno de los elementos que se quedan cortos. Trata de generar tensión en momentos clave, pero es evidente que el padre biológico es Lockjaw y no Pat).
La aparición de una hija de etnicidad mixta le descalificaría del Club, por lo que el coronel movilizará elementos militares y paramilitares (su elección de un cazarrecompensas de etnicidad mixta juega un papel decisivo en el punto más álgido) para encontrar a Pat —ahora usando el alias de Bob Ferguson— y a su hija Willa (una primeriza Chase Infiniti, a la altura de las actuaciones de sus coestelares). A diferencia de Lockjaw y otros militares, sin embargo, es difícil tomar a los Aventureros en serio con sus referencias a la Navidad y Santa Claus (“Hail Saint Nick!”, exclaman a modo de despedida), conspirando en una serie de bunkers debajo del vecindario más WASP del mundo. Parecería entonces que el director y su guion se burlan de las conspiraciones y de sus proponentes; pero en otro nivel acepta elementos de pensamiento conspiranoico sin demasiado problema.
Bob y Willa se encuentran escondidos en Baktan Cross (pueblo que reemplaza a la Vineland titular de Pynchon) y son, respectivamente, un marihuano desaliñado y una estudiante de preparatoria comprometida con las calificaciones, la justicia y las artes marciales. Baktan Cross es hogar de una importante comunidad de migrantes latinos indocumentados, por lo que Lockjaw invade el pueblo con al frente de un claro análogo a ICE, la agencia encargada de arrestar y deportar que se ha convertido en el emblema de la administración Trump. La excusa, como en el mundo real, es un alza en la criminalidad por la que responsabiliza a los migrantes.
Los migrantes no aceptan pasivamente esta situación, y podemos ver que existe una verdadera organización de apoyo y resistencia coordinada por el maestro de karate de Willa: Sensei Sergio (Benicio del Toro, robándose todas las escenas en las que aparece) es un contrapunto importante. Contra la neurótica y anquilosante estructura de secretos, reglas y claves que atan las manos de Bob —una de las bromas más efectivas es su incapacidad de recordar las claves tras años de abuso de sustancias y desconexión con el movimiento—, la organización de los migrantes latinos se presenta como espontánea e incluso alegre. Hay que ser como las olas del mar, nos dice Sensei Sergio, y vemos a migrantes de todas las edades actuar sincronizadamente para esconder y evacuar familias e inundar las calles en oposición al avance de la migra.
Crucialmente, nunca los vemos ejercer la violencia a pesar de que Sergio es un experto en karate y está en posesión de un rifle que le entrega a Bob con toda la mística de una espada samurái. La confrontación en las calles entre los migrantes y la migra es tensa, pero sólo es hasta que un infiltrado lanza un coctel molotov que los militares comienzan a avanzar sobre la multitud y pasan de la amenaza a la violencia.
En este gesto se puede leer mucho. La idea, por ejemplo, de que las autoridades están esperando un gesto violento del lado que protesta para iniciar la represión, y que cuando hay un acto violento, están cayendo en su juego, cuando no es un truco de la propia autoridad para deslegitimar la protesta. Como la historia reciente nos muestra, sin embargo, los regímenes autoritarios no necesitan una excusa o justificación para iniciar la violencia.
De igual modo, concede la idea de que una protesta o movilización es legítima en tanto que no cruce una línea hacia lo violento. Aunque todo estudiante de primer semestre de ciencias sociales puede recitarnos que Max Weber define al Estado como el monopolio de la fuerza legítima, esto se ha convertido en sentido común, aun cuando no se expresa teóricamente. Por ejemplo, cuando alguien dice que apoya la causa, pero no las formas. Menos obvio es que ésta es una definición desde el punto de vista del Estado. Es el Estado quien reclama para sí mismo el monopolio de la fuerza legítima, quien declara como ilegítimo el uso de la fuerza por otros actores y por tanto, legitima la violencia y represión que le siguen. Anderson a veces parece aceptarlo tácitamente.
Los primeros 40 minutos de Una batalla tras otra son un despliegue de bravura en el que el French 75 libera un campo de concentración, declaran la guerra a los Estados Unidos y se embarcan en una serie de atentados y robos con el fin de financiar su movimiento. Están en efecto desafiando el monopolio estatal de la violencia, y las consecuencias que sufren son brutales. Paul Thomas Anderson nunca dice o infiere que estas consecuencias, que incluyen la violación, desaparición y ejecución extrajudicial sean merecidas, pero es de notar que aparecen después de lo que parecen ser acciones excesivas de parte de los revolucionarios.
Perfidia cruza dos líneas de importancia: durante el asalto al campo de detención humilla sexualmente al entonces Capitán Lockjaw y mata a un guardia de seguridad durante el último atraco realizado por el French 75. La primera transgresión desencadena la obsesión de Lockjaw, misma que le llevará a perseguirla y concluye con la violación de la que Willa será producto. La segunda lleva a su captura y la disolución del grupo; después de que es capturada, les traiciona y sus camaradas son asesinados por los militares o buscan el exilio.
La brutal eficiencia de las autoridades es otro punto para mirar. A lo largo de la película, las fuerzas armadas siempre operan con precisión casi quirúrgica y un paso delante de los esfuerzos por resistirles. Detrás del inestable Lockjaw se encuentra otro oficial que no es nombrado, pero coordina a la perfección el despliegue militar y lleva a cabo las interrogaciones con una afabilidad que apenas esconde la amenaza de la violencia. Siempre capaz de romper las claves y ubicar a los revolucionarios, la resistencia parece casi inutil. En realidad, como podemos ver, estas acciones son a menudo torpes y desorganizadas.
El desenlace, tenso y atmosférico, destaca por reducir a Bob a una casi completa irrelevancia. Bien podría no haber salido de casa, pues su capacidad de agencia es nula. Una combinación de errores y fracturas entre los antagonistas así como la habilidad de Willa salvan el día. El epílogo nos muestra al Christmas Adventurers Club bastante intacto, limpiando los excesos de Lockjaw. Bob, abandonando su rechazo por los teléfonos celulares, se toma una selfie mientras Willa sale de casa a continuar la lucha en un pueblo cercano. Parece, entonces, que siempre son los otros quienes pueden actuar; migrantes y “las nuevas generaciones” continúan las batallas que la generación de Pat no pudo. Los otros mantienen viva la esperanza, pero al mismo tiempo justifican la resignación por la derrota de nuestro propio tiempo.
La banda sonora es obra de Jonny Greenwood, guitarrista y multi instrumentalista en Radiohead. Greenwood es colaborador habitual de Anderson desde There Will Be Blood (2007) y su trabajo es, como siempre, excelente. Menos orquestal que otros ejemplos (muy lejos de las elegantes cuerdas de Phantom Thread, por ejemplo) y con un mayor énfasis en instrumentos solistas y ritmos semejantes al jazz libre. Me es imposible dejar pasar sin mencionar, sin embargo, que el movimiento propalestino Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) ha llamado al boicot de los conciertos de Radiohead por la participación de Greenwood en conciertos dados en Tel Aviv en 2004, en pleno genocidio.
De igual modo, Greenwood participa en un proyecto musical con Dudu Tassa, un músico israelí que da conciertos a las Fuerzas de Ocupación Israelí. Debe ser imposible realizar una obra de esta magnitud sólo con personas de intachable calidad moral, pero hay una ironía perversa en escuchar la música de Greenwood acompañar la liberación de un campo de detención para personas racializadas y resguardado por militares al servicio supremacistas.
Donde Vineland es una reflexión sobre el cambio de eras (el radicalismo de los setenta dando paso al posmodernismo de los ochenta), Una batalla tras otra sólo tiene un ahora: 16 años pasan entre el inicio de la historia y su conclusión, pero no hay un cambio apreciable entre los dos periodos temporales más allá de algunos detalles estéticos. Hay un contexto, más no hay historia. En sus “Tesis sobre el concepto de Historia”, Walter Benjamin acusaba a la socialdemocracia alemana de siempre proyectar la revolución hacia el futuro como un modo de justificar el conformismo por el presente. Hay bastante de eso cuando Bob mira con orgullo a su hija (porque, con independencia de su composición genética, Willa es su hija) salir de casa y se reclina en el sillón, confiado de que el futuro está en buenas manos.
Emilio Porras
Estudió Sociología en la FCPyS de la UNAM.