
Para Magú, un expresivo
El rostro de Hugo Stiglitz siempre es el mismo. Sus expresiones no cambian. Algunos dirían que es la forma más sutil de la actuación; otros, que no es actuación en lo absoluto. Lo cierto es que hay algo magnético en esa figura alta y rubia de ojos melancólicos, barba caótica y boca de venganza.
Stiglitz empezó a actuar a finales de los años sesenta. Primero, con papeles menores en películas de Mauricio Garcés, del cual, de alguna forma, fue un heredero. Luego, con papeles principales en el cine fantástico y de aventuras de René Cardona Jr. Hijo del gran actor y director del cine clásico mexicano, Cardona Jr. fue un innovador radical. Tomó los desechos del cine B estadounidense para crear un nuevo imaginario mexicano.
Si no podía conseguir derechos para hacer Tarzán, hacía un Robinson. Si el horror gótico era impopular, lo reinterpretaba con asesinos seriales que vuelan helicópteros por la bahía de Acapulco. Si Tiburón (1975) fue un éxito, ¿por qué no adaptar el libro de Tintorera (Ramón Bravo, 1975) y convertir al gran blockbuster en un drama sexual? Las películas de Cardona roban del imaginario gringo, pero siempre proponían algo más, un giro en los horizontes de expectativa que sacaba de su complacencia al género. Porque el género no le bastaba, tenía que romper las barreras de lo anormal, arriesgarse donde muy pocos, hasta el día de hoy, se han querido adentrar.
Cardona Jr eligió a Stiglitz porque no era actor. Era un amigo de andadas en Acapulco, un físico, un punto de partida; el tipo deportista, claro, el guapo del grupo. Robinson Crusoe fue el inicio de una larga colaboración entre Cardona y Stiglitz. Como primera exploración libre, tiene las marcas de un destino. Cardona decidió que toda la película, para subrayar la soledad del náufrago, fuera narrada en voz en off. Stiglitz, en su primer protagónico, no tuvo que pronunciar una sola línea. Todo era físico, todo era movimiento. Porque Cardona no deja de mover la cámara. Las escenas empiezan o terminan con acercamientos y alejamientos, con paneos sugerentes o violentos recorridos. Este mutismo, la importancia del cuerpo, el movimiento desenfrenado, sugieren la relación del hombre con lo salvaje, del depredador con su entorno, del orden natural de víctimas y victimarios. Todo muestra cómo los peligros del mundo nunca están lejos de sus deleites.
Hay una relación constante, una fascinación con el cuerpo masculino. Y el cuerpo masculino siempre está relacionado con el peligro, la amenaza, y la violencia. Robinson sobrevive peleándose a mano limpia con tigres, jaguares y cocodrilos. Tintorera convierte el diario de un seductor en un espectáculo de crueldad humana. La noche de los mil gatos hace de ese mismo seductor, un asesino, devorador de jóvenes cuerpos, el caníbal gótico de la costera Miguel Alemán. En este ir y venir entre las cosas, los animales y el pecho amplio del actor está toda una visión del mundo, de sus peligros y de sus delicias. Stiglitz se vacía de personalidad, deja de hablar y se desnuda para convertirse en puro significante. Cardona lo viste entonces con elementos de la realidad. Su inexpresividad es la que permite la expresividad del director: es un lienzo en blanco, el rostro impasible sobre el que se pintan nuestros miedos y deseos.
Cuando me siento junto a él, Stiglitz tiene el mismo rostro. Claro, los años han pasado: el cinismo reemplazó la sonrisa pícara. En sus ojos, sin embargo, permanece el brillo, la curiosidad, la osadía. Tiene 85 años y lo están galardonando con un premio por su carrera en Sitges, el festival de cine de género más importante del mundo. Mientras tanto, del otro lado del océano, en México, pocos reconocen su amplia trayectoria y muchos ignoran ese diálogo fecundo que estableció con Cardona Jr., con la bahía de Acapulco, con la más baja y deliciosa naturaleza humana, con nuestras obsesiones genéricas y nuestros sueños populares.
Nicolás Ruiz Berruecos: ¿Cómo conociste a René Cardona Jr.?
Hugo Stiglitz: Nos conocimos de jóvenes. Antes de que entráramos al cine. Éramos amigos. Íbamos a Acapulco juntos y su abuelita me enseñó a comer comida libanesa. La pasábamos muy bien en la playa. Nos íbamos en auto. Después de la universidad, pasamos muchos fines de semana en Acapulco. Era muy divertido el puerto en los sesenta. Después, él empezó a hacer cine.
NRB: ¿No tenías ninguna relación con el cine?
HS: Mi relación con el cine se basaba en tres cosas: las muchachas, Pedro Armendáriz y su papá. Pero las muchachas, principalmente. No tenía ni idea de que iba a ser actor. No tenía idea de la actuación, ni había estudiado nada relativo al ambiente del cine. Mi única relación con ese mundo eran las muchachas, le digo.
NRB: ¿Y cómo entraste de actor?
HS: Me invitaron varias veces a filmar. Primero me invitó Abel Salazar, después me invitó Paco del Villar, Fernando de Fuentes, Alberto López. Pero yo no era actor. Era universitario. Soy de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la UNAM. Nunca supe por qué me invitaron. En un momento, como ingeniero, estaba construyendo unos hotelitos y unas casas en Acapulco. De pronto, llegó René Cardona Jr. y me dijo, “Métete al cine”. Y le dije que no me apetecía para nada. No me gustaban los temas de las películas que se estaban haciendo en México. No me interesaban. Puras películas de juniors de los 50. Un cine muy simple, muy sin chiste. O películas de ficheras.
NRB: ¿No te gustaba nada de lo que se estaba haciendo?
HS: Lo único que me gustaba era el Santo. Ese siempre fue mi héroe… Desde que era niño. Fuera del Santo, yo quería ser Tarzán. O el Llanero Solitario. Un día, en Acapulco, entramos a un Sanborns. La primera novela que vimos ahí fue Robinson Crusoe. Justo se acababa de terminar una serie de Tarzán con Ron Ely. Todos, en ese entonces, querían filmar algo en la selva. Tarzán ya estaba hecho, entonces hicimos Robinson Crusoe (1970).
NRB: Claro, Robinson Crusoe es un papel muy físico…
HS: Sí, era lo que me gustaba. Me desarrollé en los deportes desde muy chico. Todo me interesaba: la natación, la buceada, el esquí en agua, el esquí en nieve, los caballos, el tenis, la vela. Cómo me gustaba velear. Tenía un físico de deportista. Además, todo el mundo decía que yo era muy guapo. Al final no entré al cine por mi talento como actor, sino por mi físico.
NRB: ¿Cómo levantaron Robinson Crusoe?
HS: Nos pusimos de acuerdo, nos asociamos como productores, juntamos capital y empezamos la película. Fue una cinta muy incomprendida. Nadie la quería financiar. Decían que yo no era actor y que el protagonista tenía que jalar público. Entonces hicimos la película con nuestros recursos. Juntamos el capital René Cardona Jr., Mario Zacarías y yo. Lo logramos, pero la película se quedó enlatada dos años. Fue incomprendida por los cines y los distribuidores. Nadie la quería. Hicimos una exhibición en una sala de los Estudios Churubusco e invitamos a puros niños. Como ya sabíamos, a los niños les fascinó la película. Rodolfo Echeverría les dijo a los ejecutivos: “¿Ven cómo sí es posible?”. Todo esto lo vió Emilio Rabasa, el banquero. Y Echeverría les dijo: “¿Cómo es posible que a los exhibidores y distribuidores no les guste la película mientras que los niños están como locos viéndola?”. Entonces la exhibieron. Fue un éxito bruto. Nos quedamos 44 semanas en pantallas. Como la película estaba narrada, porque el personaje no habla, viajó a todo el mundo y se tradujo a ochenta idiomas. Eso me abrió las puertas. Ahí empezó verdaderamente mi carrera.
NRB: Y fue prolífica: has filmado más de 200 películas…
HS: Sí. Después de Robinson me seguí con Las figuras de arena (1970) de Roberto Gavaldón. Luego trabajé con Alberto Mariscal y con Paco del Villar. Y no dejé de hacer películas. Hasta hace dos semanas estaba filmando, con Santiago Fábregas, una película sobre Keiko. No he parado. Este año [2025] llevo dos películas y tengo 85 años.
NRB: ¿Crees que se ha perdido la aventura en el cine mexicano?
HS: Lo que pasa es que el cine mexicano está muy influenciado por la televisión americana y por Hollywood. Ya no desarrollan temas de literatura mexicana, temas propios. En México hay escritores muy valiosos. Pero, en lugar de buscar dentro de nuestros mitos, nuestras culturas e influencias, vemos hacia otra parte. Nosotros estamos llenos de movimientos culturales, de riqueza. Los productores de cine mexicanos están copiando las series de televisión de los Estados Unidos que son muy estériles. Porque Estados Unidos no es un país culto. Digo, el cine de Hollywood es muy importante. Pero Hollywood hace películas de Hollywood y tú no puedes hacer una película mexicana al estilo de Hollywood.
¿Qué es lo que está pasando ahora? En México se hacen comedias muy simples. Una comedia es igual que la siguiente y la siguiente y la siguiente. O es la misma película de Alejandro González Iñárritu. Amores perros (2000) ya se repitió hasta el cansancio. Y, contrario a lo que digan, es una película muy simple. Tal vez la primera historia, la historia del perro es más o menos buena. De ahí en fuera, es horrible, una estupidez. Y todos seguimos en lo mismo.
NRB: ¿Qué es lo que más te gustaba de las películas del Santo?
HS: Bueno, siempre me interesó. Lo vi luchar en persona. Iba a la Arena México. Me gustaba su personalidad, pero también me gustaba el misterio. Luego vinieron Blue Demon y Black Shadow, pero el santo sobresalió por ese misticismo, por esa forma tan única de enfrentar a los malos, a los zombis, a los vampiros. Qué divertido era el Santo. Finalmente, lo llegué a conocer en persona. Porque era muy amigo de don René Cardona. René Cardona papá, el viejo. Lo conocí en su casa y me pareció muy interesante. Nadie sabía quién era, nadie lo conocía, siempre estaba enmascarado.
NRB: ¿Te sientes orgulloso?
HS: Estoy muy contento con mi carrera, muy contento con que me reconozcan en el Festival de Sitges con un premio honorario. Es impresionante cómo todo el mundo conoce mis películas en estos festivales. Cuando veo los Arieles, me doy cuenta de que no hay nada así. Ahí se dan puros premios entre ellos. A nadie le importa el cine que hice. Pero aquí es otra cosa. Aquí Tintorera (1977), por ejemplo, importa. La gente aplaude en el cine cuando la ven. Aquí lo que he hecho sí tiene éxito.
NRB: ¿Crees que el cine puede cambiar al mundo?
HS: El cine puede mejorar el mundo, no cambiarlo. El cine te da una perspectiva diferente de la vida. Fantástica, única, original. Por eso tienen éxito las películas de Spielberg, de Lucas, porque te dejan vivir lo que no has vivido. Un amor que no has soñado o sentido. Eso es lo importante del cine, que te da una perspectiva más de la vida. Y eso, finalmente, tiene un impacto en el mundo. Por eso el cine tiene cada día más fuerza y hasta las plataformas más poderosas tienen que proyectar en salas. Por eso las películas recorren los continentes. Por eso siguen ahí.
Nicolás Ruiz Berruecos
Crítico de cine