Un problema de texturas:
reflexiones en torno a un poema de José Watanabe

Siempre aviva la curiosidad saber cómo leen y sienten la poesía quienes la escriben. Eso ocurre en esta entrega, donde la poeta envuelve con una mirada íntima, aguda y crítica un poema del gran autor peruano José Watanabe (1945-2007).

Mi ojo tiene sus razones

José Watanabe

Creo que mi ojo tiene un arbitrario criterio de selección.
Obviamente hubo más paisaje alrededor,
imposible que sólo fuéramos ella y yo en el rompeolas.
.
Soy de repeticiones, como todos. Entonces puedo suponer que
si hubo niebla
le dije: botes en la bruma pueden ser sólo reflejos, espejismos,
y le mencioné el antiguo haiku de Harumi:
“Entre la niebla
toco el esfumado bote.
Luego me embarco”.
Si hubo sol
le tomé fotografías con el hueco de la mano y acaso la azoré
diciéndole: posa con los senos hacia el viento.
Si pasaron gaviotas y ella las admiró, le recordé
que eran aves carniceras y que únicamente su feo canto es honesto.
Mi ojo todo lo veía, no descartaba nada.
Entramos en el mar por el rompeolas de rocas cortadas.
Sobre una roca saliente ella recogió su falda
y deslizó sus pies hacia el agua.
Sus muslos desnudos hallaron comodidad en la piedra.

Era particularmente raro
el contraste de su muslo blanco contra la roca gris:
su muslo era viviente como un animal dormido en el invierno,
la roca era demasiado corpórea y definitiva.
 
Hubiera querido inscribir mi poema en todo el paisaje,
pero mi ojo, arbitrariamente, lo ha excluido
y sólo vuelve con obsesiva precisión
a aquel bello y extremo problema de texturas:
el muslo contra la roca.

***

Un problema de texturas  

Recuerdo con nitidez la última mañana del viaje a San Agustinillo. Mirábamos dos salientes de roca en el mar y yo pensé en los extraños mecanismos de la memoria, en cómo se determina de forma casi arbitraria aquello que recordaremos. Qué raro, le dije a él en ese momento, pensar que en un futuro distante olvidaré, de esto, casi todo: la textura exacta de la arena, el color de los erizos en la piedra, la estridencia del amanecer que nos despertaba. Quizá sólo me quede, al final de los años, esos dos pedruscos en el mar, uno negro y uno blanco.

No recuerdo esta escena por la epifanía un tanto menor de esa mañana sino por la reacción de mi entonces pareja: me miró como si hubiera hablado en otro idioma y cambió el tema.

Ilustración de: Gala Navarro ©

Al final, es cierto que olvidé casi todo detalle de ese viaje. Curiosamente, las cosas que recuerdo son distintas a las que pensé que recordaría, lo cual sólo constata mi teoría de la arbitrariedad de la memoria. Me queda sobre todo una tarde. Desaparecimos entre la muralla desigual de piedra y cruzamos hacia el mar donde miramos el atardecer, sentados en la saliente, encendidos por la luz nítida y cruel de lo que se acaba. Sin duda es una escena cursi, pero gira toda ella en torno a una imagen: la textura de la piedra rugosa y veteada contra las olas rotas que brillaban como plata bajo nuestros pies. Eran casi lo mismo, piedras y agua. Si el paisaje se hubiera quedado quieto tan solo un instante, habrían sido indistinguibles. Vistas así, la piedra es un líquido que cambia lento, el agua es sólo una piedra que se mueve.

Ahora, en el presente pandémico, leo a puerta cerrada las obras completas de José Watanabe y encuentro este poema. Ubicado también en el mar, gira en torno a la inconsistencia de la memoria. Me impresiona, sobre todo, cómo el olvido toma cuerpo en la forma del texto: ya que el enunciante no recuerda lo que de hecho sucedió, da una especie de opción múltiple lírica que crea pasados hipotéticos acendrados en la fantasía. Si hubo niebla, propone en la opción a, si hubo sol, reza la b, si pasaron gaviotas, propone la última. Watanabe no sólo afirma que el pasado es ficción; también crea una forma poética que lo sustenta. En lugar de escribir el pasado linealmente, propone una serie de universos paralelos, conjugados en el tiempo de la hipótesis: el condicional. En unos cuantos versos, cuestiona y desmonta la posibilidad de la autoficción.

Algo se mantiene consistente en estos escenarios hipotéticos, sin embargo: una tendencia hacia el recientemente bautizado mansplaineo. “Le dije: botes en la bruma pueden ser sólo recuerdos”, o “le mencioné el antiguo haiku de Harumi” o “la azoré diciéndole” o “le recordé que [las gaviotas] eran aves carniceras”. No me malentiendan. Amo este poema con fervor, sólo me sorprende que en ninguno de los escenarios hipotéticos que baraja Watanabe la mujer haya roto su riguroso voto de silencio. No hace sino escuchar, pasiva como la piedra sobre la que se sienta, las inspiradas diatribas de su compañero. Decido imaginarla. Ella se incorpora y, tapándose el sol con una mano, lo contradice: los botes en el sol son cicatrices, afirma, o inventa haikus mientras salta de piedra en piedra o le recuerda al poeta que las gaviotas son, después de todo, dinosaurios venidos a menos. Es sólo normal que coman carne.

Además del mansplaineo, un evento se mantiene consistente e indudable: se trata de la única escena que la memoria del poeta ha conservado intacta. Un problema de texturas: el muslo de ella contra la piedra.

Al leer la descripción de ese instante, lo recuerdo. Había leído este poema o, más bien, me lo habían leído, hace muchos años, en la Fundación para las Letras Mexicanas. Fue mucho antes del viaje a San Agustinillo y siglos antes, o eso parece, de la pandemia. Antonio Deltoro, nuestro tutor de poesía, solía comenzar con la lectura de algún poema que le impactaba. Mantuve intacto ese momento yo también: la imagen del muslo contra la piedra, pero, siguiendo al pie de la letra lo que Watanabe propone, olvidé todo lo que lo rodeaba.

Años después, en una playa en la que Watanabe probablemente nunca estuvo, sin saberlo me puse a dialogar con él y con Antonio Deltoro. El poema del peruano provocó mi propia reflexión sobre lo arbitrario de la memoria, aunque mi problema de texturas fuera otro. Decido ahora que soy, de algún modo, la mujer del poema que ha roto su voto de silencio. De niña, odiaba la leyenda danesa de la sirenita, que sacrifica su voz para estar con un hombre y termina, la pobre, convertida en espuma de mar. Desde mi propia labor, me resisto como puedo al silenciamiento de las mujeres. Hablo, aunque algunos decidan no escucharme. Me tapo el sol con una mano y salto de roca en roca y no quiero quedarme quieta para la foto. Porque también el agua es corpórea y definitiva y tiene voz y habla contra las rocas.

 

Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora. Su libro de poemas más reciente es: Proyecto Manhattan. El anterior, El reino de lo no lineal, ganó el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020.

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Publicado en: poemas periódicos