Un paseo por el McDonald’s de Johnny Deep

La siguiente crónica nos lleva a la última edición de un famoso festival de cine. Las sorpresas, buenas y malas, no faltan. Tampoco la reflexión sobre el sentido de las proyecciones de cine y, en este caso particular, de un cortometraje mexicano inaudito.

I

Los laureles no son como los pintan. Armando Navarro y yo llegamos a Cannes con un corto seleccionado para la 62è Semaine de la Critique. Él como director y yo como productor, con el único corto mexicano en la selección de 2023 y una de las pocas películas nacionales en el festival de cine más importante del mundo. Tal vez no hayan escuchado del corto, llamado Arkhé. Y eso tiene sentido: no hizo mucho ruido. Para nosotros, sin embargo, fue algo enorme.

La imagen de Cannes devora todo: al Mediterráneo, a los premios, al cine mismo. Es como Manhattan: has visto esos edificios tantas veces en las películas que estar ahí es como estar en un set. Son lugares en los que es difícil sacudirse la sensación de irrealidad. Cannes arrastra un enorme y pesado aroma. Un tufillo a distinción que impulsa carreras y abre las puertas de un mundo despiadado.

Quiero intentar describir el olor del que seguimos impregnados. Un olor de prestigio rancio y provocaciones vacías, de oportunidades únicas y ansiedad de cumplirlas. El olor de Cannes que se queda como el humo de cigarro en la ropa después de una fiesta, o el olor a grasa después de freír papas.

Pero vayamos al principio. Todo empezó con un temblor.

Ilustración: Kathia Recio
Ilustración: Kathia Recio

II

Cuando sonó la alerta sísmica aquel 19 de septiembre de 2017, nadie podía creerlo. No llegamos ni siquiera al borde de las escaleras. Todo se movía. Los gritos eran insoportables. Cientos de oficinistas con los que tenía una relación casual, estaban ahora íntimamente ligados a mí por el terror de bajar corriendo las escaleras de emergencia. Estaba en uno de los edificios que se cayó en la Ciudad de México en 1985. Televicentro se llamaba entonces. Ahora, Noticieros Televisa.

Cuando logramos salir a la Avenida Chapultepec todo era caos. Se alcanzaban a ver las columnas de tierra y humo que salían de la colonia Roma y de la Obrera. Helicópteros. Un señor me tiró un cigarro de la boca con una cachetada. “¡Puede haber gas, idiota!” No sabía… Me había saltado el simulacro de la mañana porque pensé que era mejor ir por un café. Un rasgo generacional, hemos escuchado de la tragedia del terremoto del 85, pero no la vivimos. No sabíamos.

En la avenida, la señora Trinidad estaba sentada en la banqueta tratando de respirar… Ella sí que sabía.

III

Armando Navarro trabaja conmigo en Noticieros Televisa. En algún momento, su curiosidad lo llevó a conseguir las llaves del archivo audiovisual de la televisora, memoria popular del país. Había cualquier cantidad de materiales curiosos. Un policía deteniendo a Jodorowsky en una orgía hippie mientras pasaba por ahí José Agustín. Casual. Entrevistas callejeras sobre la calvicie y hombres que lloran. Reportajes totalmente descabellados. Y, por supuesto, el archivo documental de eventos históricos.

Armando empezó a hurgar en el archivo de imágenes del 85. Esperaba encontrar algo para una pieza conmemorativa. En su lugar encontró la violencia de un pasado olvidado que cuestionaba el presente. Las imágenes del gran sismo tienen, ahora, otro sentido. Entre estos fragmentos había coincidencias, resonancias, un viaje en el tiempo.

Pasaron años y Armando, finalmente, me mostró la primera versión de Arkhé. Un ensayo breve en tercera persona inspirado por las voces narrativas de Chris Marker. Un juego con la ficción desplazada para hablar de su propio dolor como archivista. Ver las imágenes del terremoto, horas y horas, le dejaron algo. Alguna herida se formó en ese peculiar encierro del montajista, clasificando en la oscuridad, aislado con el dolor, el sudor y el polvo. Quedó una idea.

Hay un gesto similar en el trabajo de archivo y el trabajo de escombrar. Las imágenes se buscan: aunque las creamos muertas, las buscamos; aun muertas, significan. Así que Armando hizo una recopilación nunca antes vista de imágenes del temblor de 1985.

A partir de éstas contó la historia de un archivista desaparecido. Un archivista que recorría el dolor de ver nuevamente los estragos del temblor. La voz en off que narra el corto, por una casualidad perfecta, es la de la señora Trinidad, el rostro que más recuerdo del temblor de 2017, ese rostro que me enseñó cómo el miedo cruza las edades.

IV

Arkhé me sorprendió. Por la forma, la narración y la idea misma del archivista, era el principio de otras reflexiones. No sabíamos qué hacer con el corto. No estábamos seguros de su público. Sabíamos, al menos, que en Youtube iba a fracasar. Era un poco complicado entender esa narración en tercera persona sobre un personaje ausente. Pensé que su público, más bien, estaría en las salas de cines. Pero eso suponía otra logística.

Lo mandé a festivales de todos lados. Cuarenta, cincuenta festivales en todo el mundo. Esos son los espacios que buscaba. Prestigiosos o francamente sospechosos, quería tocar todas las puertas posibles.

Empezaron a llegar las primeras respuestas. ¿Visions du Réel? No. ¿Documenta? No. ¿Guadalajara? No. ¿Monterrey? Tampoco.

Una noche recibo un mail.

“Dear Mr. Navarro, Dear Mr. Ruiz,

Tenemos el agrado de informarle que su corto Arkhé ha sido seleccionado para la 62 semana de la crítica del festival de Cannes…”

Estábamos adentro. Tremenda emoción. Queríamos tomarnos todo el vino de la tierra y nos conformamos con lo que encontramos. Luego la cosa se empezó a poner seria.

A partir de este momento, empezaron a llover invitaciones para mostrar Arkhé. Ahora despedíamos ese olorcito grasiento y a los festivales se les había abierto el apetito.

V

Parecía como una señora salida de una película de Miyazaki. Estaba totalmente cómoda en esa banca, afuera del aeropuerto de Niza. Tenía pequeños ojos inteligentes que se movían con serenidad. No le interesaba agradar, tampoco desagradar, tampoco esperar o que un tipo nervioso con uñas inexistentes, como yo, le preguntara cosas. Y entonces hablamos. La señora búlgara Miyazaki resultó ser una de las pocas críticas de cine de Europa del este que había mantenido una constante cobertura del festival, que había viajado a tantos otros festivales, que hablaba un francés perfecto y que observaba todo con humor. Este era, me dijo, su 34 festival de Cannes. Acreditada para la Croisette desde 1989. Increíble. “Es mi primero”, le dije. Me respondió que ese era el mejor.

Cuando íbamos entrando a Cannes me habló de farmacias, lugares de comida más o menos baratos, y de cómo ella no necesitaba hacer ciertos trámites. Su acreditación la esperaba en el hotel Majestic, uno de los más lujosos, junto al Palais, a unos cuántos pasos de la alfombra roja que, me dijo, sólo pisó una vez para ver de qué se trataba.

Ella se dedicaba, antes y después del lujo o la comodidad del estatus, a ver películas. Hablaba de las mejores salas. “Esta era la favorita de Godard”. “A esta otra la desprecian, porque es un cine comercial, pero proyecta con un cuidado hermoso”. Como un Cinemex de amplias butacas, precios accesibles y excelentes proyecciones. Entonces no como un Cinemex.

Luego me dijo una frase que definía muy bien lo que ella sentía cuando llegamos al centro de Cannes. Algo que, de manera un poco esquiva, también iba a sentir yo. Suspiró al ver el boulevard Carnot y me dijo: “Sabes, cuando llego a Cannes siempre me emociono. Es como el primer cigarro en la mañana. El primer jalón te hace palpitar y sientes algo placentero. Luego, todas las demás caladas te recuerdan el daño que te hace.”

VI

El hijo de Armando, Tomás, nació el 30 de septiembre de 2021. Eran épocas tormentosas de cubrebocas, falta de cerveza y amigos, la vida en calzones. Todos proyectábamos futuros inciertos desde departamentos hacinados. Tomás nació casi exactamente 4 años después del temblor. Armando me dice: “la única certeza que tengo es que, como habitante de esta ciudad, algún día lo vivirá.”

Con Arkhé, Armando cambia la forma en que se cuentan, a otras generaciones, los relatos de un temblor. Toda nuestra vida escuchamos de padres, primos y hermanos, relatos de dolor del 85. Sobre cómo escarbar entre escombros, ver campos de béisbol convertidos en morgues, el olor, la frustración, la pérdida. Pero no lograron hacernos entender. O no lo apreciamos como advertencia. Alguna vez, en una fiesta familiar, pregunté por la solidaridad de los mexicanos; esa que describe tan efusivamente Elena Poniatowska en sus crónicas. Un amigo de mi padre que pasó tres días desenterrando cuerpos de los escombros me dijo: “Vi a un tipo sacar un brazo cercenado entre varillas, quitarle el reloj y volver a echar el brazo al hueco”. Supongo que no podíamos entender más allá del maniqueísmo.

No sabemos qué terremoto le va a tocar a Tomás. “No sé ni siquiera si voy a estar aquí para consolarlo”, pensaba Armando.

Pero Arkhé sirve un poco en ese sentido. Es una cápsula del tiempo; un mensaje para el futuro desde un presente que no supo escuchar el pasado. Más que una advertencia por los peligros de la corrupción y la dejadez gubernamental, es una advertencia sobre la facilidad del olvido y la mala comunicación. Sobre cómo olvidamos los relatos de nuestros padres; cómo olvidamos que la solidaridad es una idea para los políticos; que la corrupción es insinuosa y persistente; que la comunidad existe, el egoísmo existe, y la vida sigue aunque nada se arregle.

El archivo es un medio de resistencia, es aferrarse a algo que probablemente ya no exista en unos años. La proliferación de imágenes personales elimina la posibilidad de almacenarlas. Ya no hay un punto de vista único. Ya no hay, entonces, un custodio de la memoria, un guardián de la bóveda, un lugar en donde las imágenes permanecen quietas, esperando a ser rescatadas, muertas en vida. La proliferación de imágenes las vuelve de nuevo efímeras. Ya no hay betas con la primera comunión de la niña, del niño. Ya no hay álbumes familiares. Estamos todo el tiempo frente a nuestra imagen y de esa imagen va a quedar muy poco.

Armando creó un personaje ficticio, el archivista. Él no está: es una ausencia. El archivista sigue ahí, con palabras transpuestas, pero no se le puede interrogar. Sus imágenes son libres y enseñan lo que queramos aprender de ellas porque él ya no está para explicarlas. Armando creó al archivista como la ficción de un ordenador de realidades ausente. Y eso es verse como padre.

¿Qué hará Tomás con estas imágenes?

VII

Llego a la fila del gran Palacio de Cannes. Todos ya habían entrado o casi todos, la cosa estaba brava. Es tan elitista el smoking porque sólo lo portan bien las personas que están acostumbradas a portarlo. Y eso sólo pasa en dos circunstancias: gente acostumbrada a que la inviten a las galas, o gente acostumbrada a trabajar en galas.

Ahí estaba Thierry Frémaux, el horrendo director del festival, arriba de las escaleras. Paso filtros de seguridad. Sin saber muy bien cómo, alguien me dice, “allez-y monsieur”. Adelante, señor. Con mucha corrección. Y de pronto estoy en las escaleras rojas junto a gente acostumbrada al smoking, como bicho raro tratando de aparentar no ser un turista. Se nota que no tengo idea de lo que hago. Me regañan un par de veces. Cada vez que muestro el boleto en mi celular, las gotas de sudor que le caen a la pantalla impiden que se lea el QR.

Llego a la sala después de subir muchos escalones porque, evidentemente, mi boleto no es para la zona de los “habitués”, los de costumbre. Estoy hasta arriba, entre tantos otros que se ven tan incómodos como yo. No hay mucho aire en la sala que es inmensa,  maravillosa e intimidante. Me siento y me doy cuenta de que no me quité el saco, la faja se me entierra en la lonja y no sé cómo secarme tanto sudor.

La ceremonia empieza con mucha pompa. Todos reciben a Johnny Depp con aplausos. ¿Por qué? Chiara Mastroianni es maestra de ceremonias. Qué locura, se parece mucho a su papá. De pronto está ahí Catherine Deneuve. Luego llega Ostlund a arruinarlo todo. Luego le dan un reconocimiento a Michael Douglas y ya nada puede ser más irreal. El sudor paró por un momento, luego recomenzó.

La combinación de todas estas figuras míticas que veo de lejos, es muy graciosa. Un espectáculo involuntariamente torpe. Un grupo melancólico de soul toca una canción. Todos aplauden mucho en el jurado (como incitando al gran rito crítico por excelencia del aplausómetro). Los pusieron ahí en unos asientos sobre el escenario que los mantienen a la vista. Ellos son el espectáculo, se saben vistos y están visiblemente incómodos. Salvo Osltund, lo que evidentemente no habla bien de él. Es su turno y dice alguna cosa espantosa sobre el cine y la comunidad (dos cosas que no parecen importarle en absoluto).

A Deneuve se le olvida que tiene que declarar abierto el festival. Regresa al micrófono y lo dice. Todos muy felices. De nuevo aplauden. Mis manos mojadas hacen aplausos raros, me abstengo. “Ahora sí, la película”, pienso. Pero no. Falta un poco más. Tienen que desmontar el escenario faraónico para que baje la pantalla. Tienen que quitar toda esa pompa, un ejército de trabajadores anónimos vestidos de negro que se mueven como ninjas enrollando y desenrollando alfombras, quitando tarimas, enganchando cosas para que se eleven en los aires.

Esta es la meca de los festivales en el imaginario de muchos. Y, sin embargo, los componentes son los mismos: lujos fugaces, apariencia de comodidad, pompa antes que cine, alfombras rojas que se ven intimidantes a la distancia y que sólo son otra textura de piso. Como un McDonald ‘s cada festival, a su manera, ofrece una experiencia única. Pero, al final, en el día a día, la maquinaria es la misma.

Volteo a ver la sala. Todos están encantados y también un poco espantados de estar ahí. Algunos toman fotos o se toman fotos. Muchos, supongo, están sudando. Mientras desmontan el escenario glorioso de unos instantes atrás me pregunto cuántas personas en la sala no tendrán smokings rentados. ¿Cuántos se estarán dando cuenta de que viajaron horas, tan lejos de casa, para estar aquí viendo a los demás, suponiendo transpiraciones involuntarias?

VIII

Maiwen es una figura aún más polémica que Johnny Depp, pero de manera más local. En Francia la conocen y reconocen por sus declaraciones anti-feministas y por agarrarse a golpes con periodistas y detractores. Lo de Johnny Depp todos lo hemos escuchado muy a nuestro pesar. Cuando le preguntaron a Depp, en una conferencia de prensa en Cannes, qué opinaba de que se criticara su asistencia a los festivales siendo un presunto abusador, dijo que en algún momento le iban a prohibir la entrada a un McDonald ‘s y que eso sí sería grave. Tal vez lo más interesante que ha hecho Johnny Depp en las últimas décadas ha sido comparar el festival de Cannes con un McDonald ‘s.

Estos dos personajes sumamente polémicos, bien conocidos en Francia (Depp tiene una enorme propiedad, no muy lejos de Cannes, en Le Plan-de-la-Tour), llegaron tomados del brazo bajo una ovación apabullante. No culpo a los fans de Depp que gritaban detrás de las barreras y los guaruras. Tienen todo el derecho de sentirse emocionados cerca de alguien que alguna vez actuó en películas interesantes. Lo que sí me parecía detestable era la sonrisita cómplice de Thierry Frémaux al recibirlos arriba de la escalinata y los aplausos del público en el Grand Palais Lumière.

Mi incomodidad se convirtió en perplejidad cuando se apagaron las luces y empezó la película. Qué cosa. Maiwen se voló tres ranchos y medio. La historia que trató de llevar a la pantalla es, históricamente, bastante interesante. Jeanne du Barry fue una prostituta que ascendió los escalones imposibles de una corte impermeable para, bajo la mirada atónita de la nobleza, convertirse en la mujer más poderosa de Francia. Esto, por supuesto, gracias a los favores de Louis XV como su amante predilecta. Pero Maiwen se colgó de la insólita historia de Du Barry para hacer un espectáculo patético en el que sostiene que las mujeres no pueden quejarse de la imposición de la mirada masculina. La realidad, según Maiwen, es que ese deseo violento masculino empodera a las mujeres. Du Barry cogió su camino hacia el éxito. Es decir, que es pobre la que quiere. O es pobre la que no quiere cogerse a un rey. Una cosa espantosa. Mucho más fea que Depp tratando de hablar en francés haciendo muecas de pirata de Florida.

Hay una escena en la que el Rey-Johnny le regala un niño africano a Du Barry (interpretada por la misma Maiwen que escribe y dirige). Ella lo adopta y lo cuida, porque, aunque es racialmente inferior, merece palmadas en la cabeza. Al final de la película, en una especie de epílogo escrito con toda fatalidad y una música trágica, Maiwen dice, a grandes rasgos: qué lástima que todo se acabó y hubo una revolución y que los revolucionarios no le reconocieron el barrio y le cortaron muy injustamente la cabeza a Jeanne du Barry.

Cuando se va a negros la película ya no estoy sudando. Estoy totalmente impresionado. No nada más por la total estupidez de incorrección política torpe, violenta e insultante (si tuviera algo de ironía podría ser de culto), sino por la elección misma de esta cinta para abrir el festival de Cannes.

¿Por qué es la película de apertura? Definitivamente no fue por su calidad cinematográfica. Como si ser polémico bastara en sí. Como si todo el contenido de la polémica se agotara en la superficie. Pensamiento de oportunismo tiktokero de lo más evidente que no considera que, aún el fascismo horrendo de los mac-mahonistas, estaba basado en ideas. No, aquí no hay nada. Todo lo que hay es una fachada que no esconde gran cosa.

Con esa primera función Cannes revela su olor. Si McDonald’s es el síntoma más feo del oportunismo capitalista, Cannes es como un McDonald’s que, en la perfecta industrialización de su producto, olvidó a qué sabe una hamburguesa.

IX

La impresión más duradera sigue estando en la distancia entre lo que vivimos y lo que Cannes representa. Es muy difícil valorar el trabajo de Armando según una selección que tiene mucho de azar. Nuestra producción no era la mejor entre todas las producciones mexicanas en esos rubros. Simplemente quedó en medio de todos los azares y fuimos llamados a estar a una hora, en un lugar. La responsabilidad también es enorme y no me dejó dormir una semana. ¿Qué se hace ahora? ¿Qué procede? ¿Con qué cara veo a mis congéneres que sufren años por una selección?

Esta distancia entre Cannes y lo que vivimos está en la esencia misma de Cannes. Y es que es el festival más prestigioso del mundo, no necesariamente el mejor. Hay un sentido jerárquico, pesado, que divide a las diferentes secciones del festival, a las personas que sudan abajo y arriba, a quienes están acostumbrados a los trajes porque trabajan y a quienes están acostumbrados a los trajes porque beben champaña. En medio de todo, el cine importa muy poco. El cine está ahí, difuso, entre todo el fasto y el protocolo.

¿Qué rescatamos entre todas estas apariencias y la borrosa idea del cine que se pierde detrás? Éramos turistas ahí. Como turistas, encontramos, lejos de lo habitual, que teníamos algo que decir sobre nuestro mundo. No hablo de México, ni de la ciudad. Sino de nuestra vivencia subjetiva atravesada por el archivo. Ir a Cannes sirvió para regresar y pensar qué significa que ciertos países tengan derecho al delirio en imágenes, a los ensayos literarios en el cine, al archivista como evidencia, y que a tantos otros les pidan que especifiquen mejor “su contexto”. Nos hizo pensar qué significa vivir en un país que debe ser explicado. Nos hizo ver, por contraste, que hay países que creen que se explican solos, dueños de las ocho columnas del mundo.

Nos hizo preguntarnos, finalmente, para qué proyectábamos estas imágenes. Al verlas así, en pantalla grande, el vacío se hacía más evidente. Esta materialidad que nos atravesó ya se fue, ahí quedó, y nosotros ya no estamos. Las imágenes quedarán almacenadas en algún lado, singularizadas entre el bombardeo constante de imágenes. Tal vez alguien las verá. Tal vez, Tomás aprenda a palpar esa ausencia cuando ya no tenga a Armando. Tal vez ese era todo el punto que Cannes no pareció entender: lo único que permanece, lo único que importa, lo más frágil, lo más hermoso, lo que produce otros significados y refabrica el tiempo, el sustento mismo, son las imágenes, siempre muertas, siempre vivas. Seguimos regresando al cine a pesar de los festivales. Seguimos regresando al sustento, a lo que alimenta y lo que queda. Todo lo demás va a olvidarse ahí, como el juguete de una cajita feliz en un cajón, bajo la cama, o el tufillo grasiento y pegajoso al que nunca vamos a acostumbrarnos.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine
@pez_out

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Publicado en: Corresponsal