
Para un tiempo de recomposición de los imaginarios nacionales, pienso que es sugerente un libro como el de la historiadora Miruna Achim:Ídolos y antigüedades. La formación del Museo Nacional de México (1825-1867). Es una obra llena de sorpresas: nos descubre, por ejemplo, a un Lucas Alamán, en su retorno a México en 1823 tras participar en las Cortes de Cádiz, cargado de plantas de canela de Martinica, gallos de Guinea y un faisán, los cuales, como otras tantas maravillas, habría querido que fructificaran en el país y nutrieran sus suelos, de por sí riquísimos en recursos naturales y en tradiciones que eran motivo de orgullo nacional. El libro revela una etapa apasionante en la historia de una institución creada por aliento de Lucas Alamán y que es antecedente del actual Museo Nacional de Antropología: el Museo Nacional de México, fundado en 1825.
El origen del Museo se encuentra en el coleccionismo e interés por las ciencias naturales que arribaron a la Nueva España borbónica a través del Seminario de Minería, el Jardín Botánico y la Real Academia de San Carlos, “esfera semipública vibrante” donde se educó Lucas Alamán, el multicitado político e historiador del siglo xix. Las observaciones de Achim respecto al impulso a la creación del Museo por un espíritu cosmopolita como el de Alamán invitan, sin duda, a seguir ampliando nuestro conocimiento en torno a los grupos letrados del México postindependiente que trasladaron y discutieron los saberes europeos en el marco del diseño del Estado nación. Claro que todos ellos pensaban que México debía ser moderno, pero esto no excluía la importancia de definir una identidad propia, y de resguardar, por tanto, las fuentes de su historia variopinta. Así, hay que ver cómo Lucas Alamán, en sus voluminosas Disertaciones, exaltaba las raíces y componentes hispanos de la patria, pero, además, los indígenas. Respecto a estos últimos, dice por ejemplo que los árboles de Chapultepec eran “una de las antigüedades más venerables del país, y bajo cuyos canos y copados sabinos habían disipado sus cuidados en solitarios paseos Moctezuma y sus antecesores”.
En el contexto de una época turbulenta para el país, las esperanzas para el Museo no eran halagüeñas. Ni siquiera hubo un decreto oficial de su creación, debió contentarse con un pequeño salón de la Universidad, y los recursos para su operación fueron raquíticos. El Museo fue obra de unos cuantos: de Lucas Alamán, pero también de sus directores Ignacio Cubas, Isidro Ignacio Icaza, Isidro Rafael Gondra y José Fernando Ramírez, quienes mantuvieron el proyecto a contracorriente del desinterés gubernamental y de la amenaza de los coleccionistas. La gestión de Icaza descolló por impulsar medidas tendientes a profesionalizar y consolidar el trabajo del Museo: la formación de un inventario de su desordenada colección; la creación de un reglamento para regularizar las labores de los empleados, el horario de apertura del Museo y los salarios y gastos de la institución; y, finalmente, la publicación periódica de una Colección de antigüedades cuyo objeto era atraer el interés del público y del gobierno en aras de obtener reconocimiento y apoyo para sus labores.
Durante la dirección de Isidro Rafael Gondra, en la década de 1840, el Museo no había logrado superar las condiciones anárquicas de su colección, pero destaca la sensibilidad del director por promover la divulgación de los objetos custodiados a través de las publicaciones impresas, como la revista literaria El Museo Mexicano. La edición en español de History of the Conquest of Mexico,de William Prescott (1843), desempeñó el mismo papel de “escaparate” para el Museo, porque Gondra colaboró en el libro con reproducciones de códices, manuscritos coloniales y pinturas, que en conjunto eran “un catálogo, un tour guiado e informado de la historia de México”. Este tour, además, se completaba con una defensa acerca del carácter autóctono de la cultura nacional. Acompañó a Gondra en esta labor crítica otro personaje clave para el Museo: José Fernando Ramírez. En sus anotaciones al libro de Prescott, Ramírez expresó una acérrima crítica al eurocentrismo del autor estadounidense, y en su relato se preocupó por examinar el pasado del país a partir de sus propias dinámicas culturales y mediante el contraste de las fuentes más diversas.
Episodio apasionante del libro de Achim es la contribución de Ramírez como director del Museo desde mediados de 1852. Ramírez reclamó la urgencia de continuar con el resguardo y clasificación de las fuentes de la historia nacional antigua, y de aplicarse a su examen riguroso, contrastado. Paralelo a este quehacer era la compilación y publicación de los manuscritos y documentos históricos, pues los autores extranjeros, decía Ramírez, solían trabajar sobre versiones parciales y poco confiables. Llama la atención el énfasis que el director hizo en la elaboración de un catálogo “razonado y científico” del Museo, y en el estudio serio de los materiales, fundado en hipótesis sólidas, para combatir las representaciones falsas o fantasiosas sobre la realidad histórica. Sin duda, los hallazgos de Achim enriquecen mucho las pesquisas alrededor de la formación en México de la disciplina histórica que se autonombra como profesional.
Ídolos y antigüedades plantea que las primeras cuatro décadas de vida del Museo Nacional no son una etapa de la que pueda prescindir fácilmente la memoria de una institución —el Museo Nacional de Antropología— que se considera responsable del resguardo y comunicación del relato y los vestigios de uno de los elementos que nutren la identidad de la nación. En la base de la creación del Museo de 1825 subyace un notable espíritu nacionalista, el propósito de contribuir a la cohesión de la comunidad nacional mediante una imagen de lo propio. En paralelo, se aprecia el interés por una práctica museística apoyada en el estudio científico, serio, profesional. Ídolos y antigüedades,libro sugerente y destinado a la más amplia difusión, contribuye a conocer la historia nacional más allá de la oposición liberales versus conservadores. Su lectura amena informaría a los asistentes al Museo Nacional de Antropología sobre una de las losas importantes que integran las densas capas de esa institución que tiene por vocación, precisamente, el trabajo con el tiempo y la manifestación heterogénea de las comunidades humanas.
Miruna Achim, Ídolos y antigüedades. La formación del Museo Nacional de México (1825-1867), traducción de Rodrigo Martínez Baracs, Alicia García Bergua y la autora. México: Secretaría de Cultura, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2021. 326 pp.
Germán Luna Santiago
Historiador