La lectura y la escritura han sido considerados tradicionalmente como actividades privadas: no importa que tan rodeados de gente nos encontremos, cuando leemos y escribimos estamos solos. Quizás sea por ello que estos tiempos de cuarentena se muestran especialmente propicios para reflexionar sobre las condiciones materiales necesarias para la vida literaria. A continuación presentamos una reseña de un nuevo libro de ensayos que se enfrenta directamente a esas preguntas.
Quien necesite reflexionar o trabajar desde casa en este momento extraño e inquieto, haría bien en regresar a la obra clásica de Virginia Woolf, Una habitación propia. En una época de cuarentena, cuando nos descubrimos encerrados en casa con familiares, parejas o roomies, los espacios propios o privados ganan importancia nueva. Pero, ¿de qué sirve una habitación propia si una no puede encontrar un lugar seguro por la simple razón de que tales lugares no existen en México? Tal es la pregunta central que anima la nueva colección de ensayos de la escritora mexicana Olivia Teroba. Publicado en 2019 por la editorial Paraíso Perdido, Un lugar seguro entabla un diálogo con Woolf y otras autoras para imaginar una nueva literatura —y una nueva política— basada en cuidado y en la confianza.
“Cuando leí por primera vez ese texto”, escribe nuestra autora sobre el libro de Woolf, “tuve una sensación extraña: con todo y los casi cien años que nos separan, por fin pude identificarme por completo con la autora de un libro”. Esta identificación con la novelista inglesa, sin embargo, no implica una aceptación de todas sus ideas, sino que sirve como gatillo para las reflexiones de Teroba. Ante la sugerencia de Woolf de que toda obra de arte debe de ser, en cierto sentido, “hermafrodita”; Teroba responde, por ejemplo, que “no quisiera buscar una literatura ‘femenina’ porque no considero benéfico encasillar lo que leemos y escribimos, pero sin duda quiero crear desde donde me reconozco”.
Así pues, los ensayos de Teroba son innegablemente femeninos no porque quepan limpiamente en alguna casilla, sino porque afirman que lo universal o lo general —es decir: lo hermafrodita— no existe. Todo aquel que escribe lo hace desde donde se reconoce, desde su particularidad. El problema es que nuestra cultura eleva a ciertas voces y preocupaciones como si fueran generales o universales mientras que condena a muchas otras —casi siempre las de las mujeres— al silencio y al olvido.
Teroba escribe con candor y frescura, con una autoridad que deriva no del derecho o la ley sino de la franqueza de su intimidad. Sitúa sus reflexiones y pensamientos entre los de Woolf, Clarice Lispector, Elena Garro, Marguerite Duras, Sylvia Plath y Nellie Campobello, trazando así una constelación —porque no se trata de un “canon”— de escritoras cuyas preguntas, ideas y voces rodean las suyas. (Además, mirando la alineación de libros sobre mi escritorio, me di cuenta de que el tomo de Teroba tiene precisamente las mismas dimensiones y colores —rosa, delgado, 23 x 15 cm— de la más reciente edición de Papeles Falsos de Valeria Luiselli, ya sea un homenaje secreto o una feliz coincidencia.)

Como su título sugiere, Un lugar seguro no se trata únicamente de la influencia del género como tal, sino también de cómo las condiciones materiales —las de México, y más específicamente de Tlaxcala, la ciudad de origen de la autora— van determinando las capacidades de distintas mujeres de encontrar una habitación propia. Los ensayos se acercan a este reto gradualmente, como si estuviéramos siguiendo el desarrollo de las conclusiones de la autora desde unos pasos atrás.
En el primer ensayo, titulado “Desocuparse”, Teroba yuxtapone un episodio autobiográfico —su hermano se muda al cuarto que antes había sido su taller— con su descubrimiento del libro Cómo acabar con la escritura de las mujeres, un libro de Joanna Russ cuyos capítulos llevan títulos tales como “Prohibiciones”, “Negación de la Autoría”, y “Falta de Modelos a Seguir”. A través del ensayo, Teroba explora la presencia en su vida de estos diversos modos de supresión —revelando que en su caso los factores emocionales resultan tal vez más abrumadores que la falta de un espacio propio— para finalmente arribar a una conclusión contraintuitiva: que el acto de escribir, en sí mismo, es un acto de resistencia frente a los modos de supresión. “Ante la incertidumbre, creamos rituales propios”, dice Teroba. “Para curarme de las enfermedades que no tengo, escribo”.
Es con esta fe en el poder de la escritura que Teroba se aproxima a su intervención más importante y conmovedora: aquella en torno a la violencia cotidiana. “Cuando una va creciendo no puede identificar la violencia arraigada en la cotidianidad”, nos dice nuestra autora en “Obra negra” —un poderoso ensayo que arranca con una descripción del desprecio que la autora sentía por su madre durante su adolescencia, cuando esta última pasaba por un divorcio y después por una serie de relaciones abusivas. Con el tiempo, sin embargo, Teroba sobrevive a violencias similares y termina por entender a su madre desde una nueva perspectiva tanto empática como crítica, descubriendo así que sus tragedias particulares tienen su origen en un sistema cultural y económico que devalúa y se aprovecha de la mujer.
Es a partir de esta observación que Teroba propone su tesis central: en un contexto tan lleno de violencia misógina y tan falto de oportunidades económicas como México, convertirse en escritora requiere de mucho más que una simple habitación propia. En “El Libro Olvidado”, ensayo que trata en parte de la desaparición y asesinato de una de sus compañeras de clases, Teroba describe la experiencia de las mujeres de su ciudad como “algo distinto a la guerra: es una violencia que cala, día a día, nuestro cuerpo. Un conjunto de agresiones sin nombre”.
Ante tales conclusiones, ¿qué hacer? Los últimos ensayos de la colección ofrecen esperanza. “No viajaban solas”, por ejemplo, se ocupa del período en que Teroba vivió en una casa que pertenecía a un grupo de hermanas con rutinas compartidas y un ambiente de alianza. “Éramos cuatro mujeres habitando un hogar. Jamás me había sentido más cómoda, ni más protegida”.
El ensayo siguiente, epónimo del libro, retoma la experiencia de vivir con otras mujeres y concluye que “hay dos claves para el trayecto: confianza y cuidado. Confianza porque la paranoia nos hace más débiles. Y cuidado porque el mundo es un lugar peligroso”. Con estas herramientas, incluso en medio de tanto miedo e injusticia, “podemos procurar los espacios donde nos sintamos a salvo, y si no existen, conformarlos a partir de relaciones de afecto”.
Además, Teroba omite una tercera herramienta. Remitiendo al inicio del libro, también contamos con la posibilidad de escribir —para soltarnos de las cargas que llevamos, para dar voz a lo que callamos. Cuando presentó el libro en la librería Casa Tomada la autora dijo: “Qué chido sería si muchas morras nos mostraran sus diarios —las cosas que quieren poner ahí”. Estoy de acuerdo. Me quedo con la esperanza de que la colección de tomos altos, delgados y acaso rosas que se alinea sobre mi escritorio seguirá creciendo.

• Olivia Teroba, Un lugar seguro, México, Paraíso Perdido, colección Divague, 2019, 72 p.
Caroline Tracey
Ensayista y doctorante en geografía por la Universidad de California.