Un libro volador no identificado: Algunas verdades están afuera, pero de otras es imposible saberlo

Pensaba ser honesto y escribir que fue mal tino invitarme a presentar este libro marciano porque lo más cerca que he estado de un ovni fue cuando en Disney me subí al juego de E.T., pero leyendo este libro se desbloqueó (quizá el efecto de ser expuesto al flash de unos hombres de negro) el recuerdo de la tarde que vi un triangulo de ovnis en el cielo junto a mi padre. Íbamos sobre Reforma y mi papá mencionó a los marcianos que se dibujaban en el cristal del conductor. Alcancé a ver tres naves formando un triángulo junto a la calva de papá, que contenía un universo que hasta ahora, muchos años después de su misteriosa  muerte, me parece más misterioso e inexplicable que los fenómenos marcianos. También recordé que tengo la sospecha de ser adoptado, o lo que es lo mismo, venir de otro planeta. Este libro bien podría presentar una leyenda que advirtiera a los incautos que creen que al leerlo encontrarán marcianos de otras galaxias, que sólo descubrirán entre estas páginas un espejo en el que al lector le será revelado su lado marciano y la certeza de que estamos más cerca de encontrar vida en otro planeta que de lograr conocer a nuestros padres.

Algunas verdades están afuera, pero de otras es imposible saberlo de Luis Reséndiz (Dharma Books, 2023) es un libro volador no identificado. Tenemos la certeza de que cuenta una historia, ¿pero de qué? Las entregas febriles de un joven becario del Fonca, ensayos, crónicas marcianas, una novela de autoficción; un objeto que terminará un día en la sección de ufología de alguna librería de viejo en el centro de la Ciudad de México, hasta ser descubierto por un incauto que al comprarlo, será perseguido por unos hombres vestidos de negro amenazando con su flash blanco; o más bien todas las anteriores. Yo con mi modesto telescopio Mi alegría atisbé que se trata de una novela que retrata al objeto no identificado de toda mi generación: el amor no correspondido de las figuras paternas.

Luis o Wicho narra quizá el instante más fundacional de su vida, y como cada cabeza es un universo único, el inicio de toda una civilización: “mirábamos el firmamento en silencio: un padre y un hijo separados por un abismo de rencores en gestación, contemplando el cielo como si fueran los primeros bípedos homínidos que alzaban la cabeza para intentar descifrar la noche”.

De pronto, en el cielo aparece un objeto volador no identificado. El papá le asegura que se trata de una nave, Wicho sabe que eso es imposible. En mi libreta apunté: “El papá dice que ve una nave y el hijo para mantener el vínculo mentirá al decir que también la ve”.  Junto a mi apunte escribí en mayúsculas y subrayé: “ESO ES BRUTAL”, sin entender del todo a qué me refería. Con el paso de los días fui preguntándome qué había movido a Wicho a seguirle la corriente al padre. Bien podía haber sido por el autoritarismo de un padre que ante cualquier provocación le caía a cinturonazos; pero intuía que había algo más… Como cuando en un video mal enfocado apuntando al cielo, en la pantalla atisba algo que bien podría ser una mancha en la lente, un globo de cantoya o la prueba absoluta del descubrimiento de vida extraterrestre. Entonces un recuerdo suprimido emergió de mi inconsciente: la tarde mientras papá manejaba sobre Reforma y divisamos varios objetos formando un triángulo perfecto en el cielo, y papá dijo que eran ovnis y yo le creí. Es quizá de las pocas memorias felices que conservo con mi padre. Me aterra descubrir que, como mecanismo de defensa, mis propios hombres de negro con el flash blanco de mi inconsciente se encargaron de suprimir un recuerdo feliz, en cambio, tengo siempre presente los tristes. Otra verdad que está afuera: el rencor a veces es la única manera que tenemos de recordar a nuestros padres.

Pero, ¿por qué a diferencia de Wicho yo sí le creí a mi padre? Porque para mí es más fácil ver marcianos que escuchar a papá decir: “te amo, hijo”. Entonces entendí por qué escribí en mi libreta y subrayé BRUTAL con mayúsculas. Wicho no mintió en que también veía la nave por miedo a la reprimenda de su padre. Wicho mintió por amor, por no romperle la ilusión que notó en ese hombre que miraba el cielo embelesado. Otra verdad que está afuera:  los hijos que crecimos en los ochentas y noventas tuvimos la responsabilidad de cuidar de nuestros padres como si ellos fueran los niños. Es un suceso que no logro encontrarle una explicación lógica, ni siquiera la tiene. Especular sobre nuestra infancia es tan ingenioso como imaginar teorías de conspiración en las que, por ejemplo, los aliens nos crearon para experimentar con nosotros. (Aunque no son aliens sino nuestros propios padres quienes nos traen al mundo para tratar de romper los patrones con los que crecieron y que, inevitablemente, terminan por repetir). Otra verdad que está afuera: los hijos somos el experimento fallido de nuestros padres.  En cambio, los niños de mi generación muchas veces fuimos quienes criamos a los que, por error o estricta planeación, nos concibieron, a adultos a los que, como Wicho, les seguíamos la corriente en sus fantasías infantiles en cuerpos maduros. En este libro se retrata la paternidad de los niños hacia sus padres, “hombres niños” huérfanos de un país que nunca les permitió madurar, desempleados y acomplejados, peor aún, con el corazón herido de muerte. Otra verdad que está afuera: nuestros padres jamás se recuperaron.

Por eso Wicho eligió mentir y como toda mentira que se repite, con el tiempo comenzó a creer que ese día había visto con su padre una nave espacial. El amor es la única herramienta de un niño para protegerse de su padre. Cuando somos niños sólo nos queda dar amor como mecanismo de defensa, de autopreservación: “No hubo marcha atrás: desde ese momento, para mantener el vínculo que tendí con mi padre a partir de esa mentira, tuve que fingirme un verdadero creyente de la vida en otros planetas”, escribe Reséndiz.

En mi caso mi padre no volvió a mencionar el triángulo de objetos no identificados que vimos en el tráfico, y no volví a recordarlo hasta ahora, pero entre Wicho y su padre hablar de ovnis fue la manera que encontraron de procurarse amor.

Nos pasamos la vida tratando de explicar la realidad a partir de nuestros fenómenos familiares, de encontrarle un sentido a esos platillos voladores de los que venimos y de los que muchas veces nos sentimos ajenos. Escribir es una manera de tratar de explicar ese misterio que nunca terminamos de entender, ese universo ajeno que es la propia familia.

Desde niño yo intuía que papá tenía actitudes aún más infantiles que las mías, pero me tranquilizaba pensar que el mundo era manejado por adultos responsables de verdad. ¿De qué otra manera podía avanzar la civilización sin autodestruirse? Pero el mundo no avanzaba y sí se estaba autodestruyendo. Creía que al volverme adulto llegaría a mí una lucidez que me permitiría aportar para hacer del mundo un lugar mejor. Envejecí y descubrí que esa lucidez marciana que me hacía confiar en los adultos nunca llegará.

Otra de las verdades que encontré en Algunas verdades están afuera, pero de otras es imposible saberlo es que, ante nuestra orfandad generacional, cuando nos convertimos en adultos adoptamos nuevas figuras paternas: los billonarios; específicamente, Jeff Bezos y Elon Musk, personas que parecen saber qué es lo que hacen y prometen conquistar el universo para cuidarnos y preservar a la humanidad. En realidad, estos personajes, estos padrastros inalcanzables, son adultos aniñados que se aprovechan de lo único que tenemos para defendernos ante un sistema que sólo los favorece a ellos: el amor, el amor de elegir creernos sus mentiras, como la noche en que Wicho le mintió a su padre al aceptar que también había visto la nave espacial.

Sí, Jeff Bezos nos va a llevar a vacacionar a la Luna, cuando ni siquiera puede mantener dignamente a sus empleados de Amazon –como todas las veces que papá prometió llevarme a conocer Disney. Sí, Elon Musk va a lograr mudar a toda la civilización a Marte –como si papá hubiera sido capaz de sobrevivir al divorcio y construir otro hogar, antes de morir de manera misteriosa solo en su departamento.

Con la herencia de mi padre mamá nos llevó a conocer Disney, donde hasta antes de presentar este libro volador, en mi memoria mi encuentro más cercano con un ovni era el juego de E.T. Hoy, estoy más cerca de encontrar vida en otros planetas que de encontrar una teoría convincente sobre cómo falleció papá. Pero ya lo advirtió Luis Reséndiz desde el título: Algunas verdades están afuera, pero de otras es imposible saberlo.

 

Ricardo Guerra de la Peña: Escritor y tallerista. Becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA 2019-2020. Ganador del Premio Estatal de Cuento Corto "El Espíritu de la Letra" (Yucatán, 2015).

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Publicado en: Carta de recomendación