
Fascismo, fascismo, fascismo. Fascismo en la calle, fascismo en el colegio y fascismo en la oficina. Fascismo en el banco, en tu casa y en la mía. Fascismo, claro, en la red social, en el parlamento, en el juzgado y en el hospital. Fascismo, fascismo, fascismo. Fascismo aquí, fascismo acá y fascismo más allá.
Estamos terminando el primer cuarto del siglo XXI y el uso de la palabra fascismo lleva al menos tres décadas en el centro mismo del lenguaje político común. En los últimos diez años, sin embargo, el término ha proliferado de una forma inédita, descomunal. Atribuir una naturaleza fascista a determinados actos, personas o partidos políticos se ha convertido en una rutina diaria, en un espectáculo al que asistimos infinidad de veces al cabo de cada jornada; mucho más a menudo, en todo caso, que entre los años veinte y los años setenta del siglo pasado, cuando la tragedia ocasionada por la barbarie fascista era aún palpable. Sí: en la época del fascismo histórico por antonomasia (los años veinte, treinta y cuarenta del siglo XX) la palabra fascismo se empleaba con menor frecuencia que ahora. La finalidad que se persigue en nuestro tiempo con el uso de este término es establecer un paralelismo entre ciertos fenómenos sociales o políticos actuales y aquel fascismo histórico de la primera mitad del siglo XX, esto es: con el insondable horror que desencadenó. De ahí que semejante compulsión terminológica acabe desatando casi siempre una discusión o un ovillo de discusiones en torno a si es históricamente lícito (riguroso) rotular determinados fenómenos contemporáneos como fascistas.
Pero más allá del aspecto técnico (historiográfico) de esta disputa, el hecho es que en todas partes se discute apasionadamente sobre la relación que guarda nuestro presente (nuestros propios años veinte) con la primera mitad del siglo pasado. Se puede abrir un telediario identificando el ascenso electoral de Marine Le Pen con «el régimen de Vichy» (régimen que se estableció después de la llamada batalla de Francia en 1940, en la que murieron más de noventa mil franceses y cerca de treinta mil alemanes) sin que la desproporción de la analogía impida que los espectadores la comprendan y se conmuevan. El tema produce en muchas personas un regodeo no exento de patetismo: hay pensadores que parecen (o aspiran a parecer) intelectuales de entreguerras, pero sin guerras; que disfrutan al proclamar (aunque lo hagan en tono de lamento o alarma) que están viviendo «tiempos oscuros» para la democracia liberal precisamente por el supuesto ascenso (o reaparición) del fascismo. Hay muchos artículos, libros, cursos, talleres y conversaciones sobre diversos aspectos de nuestra época que en algún momento abordan esta cuestión: ¿es correcto llamar fascistas a los actuales partidos de extrema derecha?, ¿se encuentra nuestra sociedad amenazada por el fascismo?, ¿no es un deber histórico señalar las actitudes que reconocemos como fascistas (como preludio del fascismo) para detener su avance?
Pues bien: en las próximas páginas no tengo la menor intención de analizar si está bien o mal definir los partidos actuales de extrema derecha como fascistas; ni siquiera si nos conviene o no emplear ese término para conjurarlos. Lo que de verdad me interesa, en cambio, es entender por qué nos resulta tan ineludible, tan atractivo, tan emocionante y necesario usar la palabra fascismo, por qué nos empeñamos tanto en demostrar que son o no fascistas ciertos partidos, prácticas o acciones habituales en este siglo nuestro, marcado por la conversación pública de masas. ¿Qué nos pasa cuando llamamos fascista a un adversario político? ¿Qué nos va en ello?
Si estuviera dispuesto a usar un lenguaje un tanto caduco, en el que ni yo ni nadie confía ya demasiado, diría que mi interrogación sobre el uso de la palabra fascismo pretende ser filosófica; mientras que la pregunta sobre la pertinencia histórica del uso actual de la palabra fascismo sería científica nada más. Si la filosofía es reflexiva en comparación con la ciencia, lo es en este sentido: el pensar filosófico nunca piensa simplemente sobre un objeto (el fascismo, por ejemplo), sino que, mientras piensa sobre cualquier objeto, se cuestiona también su propio pensar en torno a ese objeto. Así pues, más que en el fascismo como objeto, en estas páginas trataré de pensar en nuestro uso de la palabra fascismo como fenómeno; me preguntaré menos por determinados hechos históricos que por la idea de historia a través de la cual los interpretamos.
Cuando señalamos como fascista a alguien, cuando usamos la palabra fascismo, nos sentimos virtuosos, osados y vivos de un modo muy específico. Probablemente, ocurra algo parecido con el uso de otras palabras en el lenguaje político, pero aquí me interesa investigar el efecto emocional específico del uso de la palabra fascismo, porque hay una emoción política propia, particular, singular y casi exclusiva en el uso de la palabra fascismo. Las emociones son, evidentemente, pilares fundamentales de la vida política. No en un sentido despectivo, antagonista de la razón, según la vieja viñeta platónica de los caballos del alma, sino en un sentido meramente descriptivo: son, como mínimo, la materia, la masa que la razón ha de trabajar, matizar, moldear. La deliberación racional por sí misma, sin estas emociones a las que da forma, no alcanza para producir efectos políticos, para poner en marcha proyectos colectivos o inscripciones políticas individuales en el mundo. Ahora bien, en lo que quiero insistir es en que detrás de toda emoción política fuerte y especial se esconde una historia que puede comprenderse mediante la razón; en que detrás de toda emoción política se aloja un argumento, tanto en el sentido de razonamiento como de trama narrativa. Mi propósito es desvelar el argumento, la trama que hay detrás de la emoción política característica del uso que se hace hoy en día de la palabra fascismo. Y trataré de que ese argumento tenga sentido incluso si Mussolini apareciese vivo en una isla remota, se declarase fascista y suscitase la admiración y la adhesión de multitudes a lo largo de todo el mundo. Incluso si refundase un partido fascista, esta vez trasnacional, y se construyese un robot gigante y brutal llamado «Hitler» fabricado con inteligencia artificial y criptomonedas, mi argumento debería seguir siendo válido.
Veamos cómo me las arreglo.
a) Las emociones en el uso de la palabra fascismo
Antes que nada, llamar fascista a nuestro adversario político es conectarlo con un linaje ominoso, caracterizarlo como heredero de la cascada de matanzas y tropelías que se cometieron en Europa en la primera mitad del siglo XX. Pero, además, al presentarnos como sus contrincantes nos estamos situando como parte de otro linaje: como descendientes de la gloriosa resistencia antifascista europea. La Résistance!
Situarnos en ese linaje tiene unas implicaciones variadas y complejas, porque la herencia del antifascismo, o toda herencia histórica (como decía Hannah Arendt valiéndose de unos versos de René Char), es una «herencia sin testamento». Los hombres de la Resistencia no nos dejaron un manual de instrucciones ni un discurso del método: nos dejaron, como la historia en general, una serie de acontecimientos brutales de los que nos gustaría extraer algún sentido, alguna guía para actuar.
Por un lado, como el fascismo fue derrotado, ser herederos de la lucha antifascista de principios del siglo XX nos convierte en herederos de los vencedores. Pero también nos permite identificarnos (especialmente en España, donde el fascismo se impuso) con quienes perecieron en las garras del fascismo: con las víctimas de la guerra, del Holocausto, de los diversos genocidios, de las masacres, de los campos de concentración, de las hambrunas, del exilio. Lo que creo es que, cuando expresamos nuestro asco y nuestra repulsa por las actitudes de ciertos políticos actuales a quienes identificamos con el fascismo de la primera mitad del siglo pasado, pensamos más en las víctimas del fascismo que en los combatientes que vencieron a los fascistas. Dicho de otra manera, usamos la palabra fascismo con orgullo, pero por miedo: nos inspira el terror a la repetición de la pesadilla que asoló Europa en la primera mitad del siglo XX. Hemos visto y leído centenares de libros y películas, ficciones y documentales sobre esa tragedia, y quizás más todavía sobre el daño producido por el fascismo que sobre su derrota final. Hay toda una poética y una ética detrás de la educación más o menos superficial, tal vez convertida en producto de consumo, pero inequívocamente antifascista, que recibimos muchos, al menos hasta la década de 1970. Las generaciones posteriores, los más jóvenes, sólo recurren a la palabra fascismo con la misma emoción en el caso de que alguien les haya dado a conocer la historia de esa tragedia a través de películas, libros, charlas, etcétera. Todavía son muchos y, además, quizás las palabras «fascismo» y «fascista» se han independizado ya de la memoria de esos años.
Pero hay otro argumento poderosísimo inscrito en el uso de la palabra fascismo: merced a la experiencia heredada de la barbarie del siglo XX, creemos estar en condiciones de detectar determinadas señales (un acto racista, un recorte de las pensiones, una frase sexista, una vulneración de la separación de poderes…) como una amenaza potencial que, si no detenemos (si, como mínimo, no nos atrevemos a llamar como merece, es decir, «fascista»), provocará un deterioro irremisible de la convivencia y al final, como ya demostró la historia, acabará desembocando en un Auschwitz contemporáneo.
Así pues, la emoción en el uso actual de la palabra fascismo es, dicho de un modo muy sintético, la de estar frenando un Auschwitz venidero. ¿Cómo no va a ser una gesta de semejante naturaleza conmovedora, trascendental, necesaria e ineludible? ¿A quién no le va a gustar parar un Auschwitz? La tentación irresistible de un heroísmo tan barato se vuelve además angustiosamente indispensable: imaginemos el espanto de que se repita Auschwitz y no hayamos alzado la voz para impedirlo, de que no nos hayamos opuesto con antelación al advenimiento del mal absoluto. Correríamos el riesgo de no quedar «en el lado correcto de la historia». Es decir, llegue o no llegue ese Auschwitz que se esconde, por ejemplo, en la retirada de una bandera LGTBQ+ del ayuntamiento de un pueblo de Extremadura, en el acoso de jóvenes nacionalistas a inmigrantes ilegales o en la promulgación de una ley que limita el derecho a la protesta, nos conviene, por si acaso, formular con claridad una acusación de fascismo. Creo, de hecho, que en el uso habitual de este término como una llamada a la resistencia es más relevante la impotencia del que cuida preventivamente su propia imagen como víctima potencial del fascismo (la búsqueda de la dignidad de «haber luchado») que la potencia activa de creer que pronunciando la palabra «fascismo» se está realmente contribuyendo a parar el avance de los presuntos fascistas e impidiendo que se impongan.
Gerchunoff, Santiago. Un detalle siniestro en el uso de la palabra facismo. Para qué no sirve la historia. Anagrama, 2025. Reproducido con autorización de la editorial.
Santiago Gerchunoff
Vive en Madrid desde 1997 y actualmente es profesor de Teoría Política en la Universidad Carlos III. Fue librero fundador de la librería Muga y director editorial de Clave Intelectual y Siglo XXI. Escribe ensayo y crítica cultural.