¿Cabe la existencia entera en un par de cajas? Cuánta felicidad, belleza, cotidianeidad, escritura, obsesiones, risas, conversaciones, amistades a lo largo, amor constante más allá de la muerte, cuántos llantos que no se lloraron, cuántas pérdidas y presencias pueden acumularse en un par de contenedores rectangulares de cartón, cuya dimensión nos cabe y se ajusta a la distancia de unos brazos abiertos (cargarlos es casi como abrazar el pasado, como intentar retener sobre el pecho y pegada al cuerpo la densidad de lo que se ha marchado y en teoría no habría forma de que pudiese volver). Cuánta historia, cuánta agua bajo los puentes puede acumularse en trozos de papel membretado, en sobres, en viejos cuadernos de tapas roídas, en recibos de pagos y cheques, en comprobantes de domicilio y certificados, en credenciales escolares, en borradores mecanografiados de textos que después se publicaron, en diarios personales que hablan de la náusea matutina y de los días circulares, en listas de la compra y facturas de electrodomésticos. Yo no sabía cuánta vida, literatura y afectos podían caber en las dos cajas cafés que Gabriel Guerra Castellanos puso sobre una larguísima mesa blanca a principios de este año, hasta que, como un mago o un prestidigitador que saca conejos y pañuelos de su manga o su sombrero, comenzó a desplegar uno por uno los objetos y fotografías que integran el archivo documental más íntimo y revelador, hasta ahora, de una de las escritoras más relevantes del siglo XX: Rosario Castellanos.


Además de la secretaria de Gabriel, las personas convocadas a esa primera reunión de exploración de los materiales, para vislumbrar la posibilidad de montar un exposición con motivo del centenario del natalicio de Rosario Castellanos, son todas colegas especialistas de la UNAM. Hay un aire de expectación que flota en ese silencio colectivo que hacemos para dejar que sea su arconte, Gabriel, quien nos relate la historicidad del archivo y nos adelante qué podemos esperar de su contenido. Como comensales a punto de degustar un banquete, saboreamos el festín que se anticipa, nos dejamos invadir por el mal de archivo derridiano y anhelantes aguardamos lo que en el lenguaje coloquial de las redes sociales actuales sería llamado el ansiado unboxing. Gabriel agradece a quienes hicieron posible la conservación de este acervo durante tantos años: a los encargados de la embajada, a la gente cercana y a sus familiares, que supieron o intuyeron la importancia de preservar ese cúmulo de papeles y objetos que dan cuenta fidedigna tanto de la vida profesional, como de la cotidianeidad de su madre.
Lo primero que sale de la caja inicial y llega hasta mis manos es un original mecanografiado de una columna que Castellanos escribió estando ya en Tel Aviv en la que narra una escena de la infancia de Gabriel. Es un momento muy breve, irrepetible y conmovedor porque es justo el instante en que percibe que su hijo, a pesar de su corta edad, es ya un ser consciente de sí. Hay un montón de ternura, pero también de respeto de su parte hacia ese Gabriel niño-persona. No soy madre, no tengo hijos, pero en esa columna Rosario logra transmitirme con nitidez la sensación de asombro frente al otro engendrado que fue y es parte de ti, pero es ya también y para siempre, ontológicamente, sólo de sí mismo. Yo he leído esa columna un par de veces en uno de los volúmenes de Mujer de palabras, compilados por Andrea Reyes, pero la sensación de tener en las manos las hojas que Rosario Castellanos introdujo, hace apenas poco más de medio siglo, en su máquina de escribir y que tras teclear a conciencia y rellenarlas de signos y palabras fue sacando una a una del rodillo es, en definitiva, una experiencia diametralmente distinta. Al tocarlas, por una razón inexplicable, soy capaz de escuchar en ese momento, con una claridad rotunda, la materialidad sonora de su escritura. La percibo fuerte y sostenida, como el aporreo inacabable de una tormenta sobre un techo de lámina (su ecos continuarán, sin duda, en la larga noche de los años que nos separan, iluminados por el relámpago de sus palabras).


Ocurre de manera similar con uno de sus cuadernos llenos de esos garabatos circulares ilegibles que constituían su escritura. Intento descifrarlos en vano, pero lo único que puedo atisbar en la redondez de su trazo es la fluidez y el vértigo de su obsesión y de su disciplina. Estas libretas contienen lo mismo lo que parece ser el borrador original del inicio de su novela, publicada de forma póstuma, Rito de iniciación, que las cuentas de la compra del día (jitomate, chile verde, cilantro y una serie de ingredientes con nombres irreconocibles, entre los que quizás podríamos haber hallado, de ser paleógrafas, el famoso estragón y ananá de su cuento “Lección de cocina”), los gastos correspondientes al electricista y al carpintero, así como anotaciones debajo de fechas que nos hacen intuir que, además de todo, estos cuadernos eran también una suerte de diarios discontinuos.
Cuando una desea cosas imposibles, suele pensar en las máquinas del tiempo como esos aparatos estrambóticos y rocambolescos que han hecho parte de nuestro imaginario, las adaptaciones cinematográficas que de La máquina del tiempo de H. G. Wells se han producido hasta ahora. Lo cierto es que todo archivo es una máquina del tiempo que hace realidad que lo pretérito se vuelva un ahora, una textura literalmente tangible. Abrir ese par de cajas hizo posible que visitar la exposición Un cielo sin fronteras. Rosario Castellanos. Archivo inédito en el Colegio de San Ildefonso —que estará hasta el 24 de agosto— sea también una forma de viaje hacia el pasado o de producción de presente. Esa Rosario Castellanos con la que ya no pudimos reírnos a carcajada batiente una tarde con un café de por medio sigue ahí, en cada uno de sus trazos, en cada papel que le perteneció, que configuró su día a día y que da fe de la denodada pasión con que vivió su vida, con que la escribió sus libros, con la que fue mujer y profesora y madre y creadora (y por ser creadora, una contrabandista, de esas de las que nos habla en su tesis de filosofía Sobre cultura femenina) y amante y diplomática y amiga y todos esos otros poemas sueltos (como solía cerrar la propia Castellanos las enumeraciones en sus cartas a su amigo Raúl Ortiz).


La querida Julia Santibáñez ⎯escritora, poeta, editora, directora de Literatura UNAM y la gestora visionaria que proyectó, lideró y llevó a buen puerto la exposición⎯ y yo salimos de esa primera reunión de trabajo flotando en el aire. Mientras caminamos por los pasillos del edificio hacia el estacionamiento atisbo en nuestras miradas y nuestras expresiones de incredulidad, la emoción desbordada de las infancias. Somos dos niñas que han presenciado una suerte de milagro, que han podido tocar, por un instante, una nube o el sol. Percibo en ella esa misma sensación de haber viajado al pasado en una máquina del tiempo invisible e instantánea que nos situó en un mismo presente con nuestra amada y admirada Rosario Castellanos. Con jubilosas y vibrantes voces, además de una sonrisa enorme que no se nos borra del rostro, comentamos la locura, el privilegio, lo irrepetible de haber tenido en nuestras manos una parte de todo aquello que la propia Rosario sostuvo entre las suyas, impregnándolo ya para siempre de sí, de su esencia castellana: nómada, errante, géminis.
El regreso a casa lo hago en compañía de mi querida colega y vecina Socorro Venegas ⎯directora de Publicaciones de la UNAM⎯. Mientras sorteamos el tráfico de un jueves por la tarde en la Ciudad de México, nos dejamos invadir una vez más por esa aura no sé si de nostalgia o de irrealidad. Sostengo mi celular para mostrarle la captura que recién tomé de una de las fotografías del archivo Castellanos que acabamos de conocer. Es un pequeño recuadro que parece salido de una polaroid, quizás por la sensación de instantaneidad y de espontaneidad que irradia. En él, una Rosario Castellanos a color, de cuarenta y algo, con un vestido sencillo, blanco, de algodón, nos mira de frente. A su espalda sólo hay una columna, una ventana y una planta. Se trata de una fotografía minimalista que podría contar toda la historia de su vida en una sola impresión. Imposible no pensar en todos los años que nos separan de esa mujer que se advierte tan feliz y plena, tan viva. Pero como sus lectoras, dialogamos con ella todo el tiempo y esa certeza nos permite situarnos cerquísima de su voz y su literatura cada que abrimos uno de sus libros. Sabemos que esa Rosario exultante, completa, llena de sí, sigue viva en su obra y ahora en la materialidad de la exposición que, gracias a la generosidad de Gabriel, será parte ya del imaginario de todos y todas.
Sara Uribe
Poeta, ensayista y académica. Es integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México y profesora del Sistema Universitario Abierto de Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.