A suspirar: ¿literatura nueva? No hay mucha, pero abundan productos de temporada; escritores a la vista, pero como incansables promotores de sí mismos; prosas chatas y comunicativas; obras que llevan los temas (que a menudo parecen únicos) por delante; carencia de crítica literaria y un exceso de oradores de segundo orden que se graban en video. Ya no hace falta releer a los malos escritores para, primero, ubicarlos y luego desenmascararlos: a nadie le importa escribir pésimo y sobre lo mismo, la mirada está en otro lado (en la economía de la atención).
Y entonces, sucede algo raro, uno lee:
Entendido como arte, es decir, como parte del régimen estético de la modernidad, la literatura ha operado la sistemática disolución de las diferencias entre temas y tonos “altos” y “bajos”, ha desnaturalizado la relación de necesidad entre formas y contenidos determinados, ha minado las jerarquías de los sistemas de representación, ha liberado al lenguaje de las demandas comunicativas: esta actitud indiferenciadora no hace más que certificar la igualdad entre los sujetos, entre los lectores. Tal es la forma en que la literatura, y dentro de ella la narrativa, hace política. Lo que podría pensarse, entonces, es la manera que la prosa de ficción disiente en contextos puntuales y dentro de tradiciones concretas.
Esto viene de “Prosa y disenso”, el ensayo con el que Nicolás Cabral cierra Formas de habitar (Sexto Piso, 2023). Le preceden seis ensayos escritos bajo las consignas anunciadas en “Pórtico”: distinguir las estrategias de la literatura (que, debe insistirse, es una disciplina artística) de otros usos y abusos del lenguaje; desentrañar lo que le ocurre a la producción del escritor —con énfasis en la narrativa— que se encuentra insatisfecho con el uso de la lengua; y abrir una serie de preguntas y tareas por venir.

De manera que en los tiempos que corren (por descontado: reaccionarios), es un recordatorio que, fantasmagórico, proviene del modernismo: da igual el sujeto que escribe (su comportamiento o su moral), pues su única credencial es cómo escribe. Es allí —en la forma, en las palabras mascadas, en las fricciones y entorpecimientos de la lengua— donde se encuentra, de forma auténtica, sobre lo que escribe. Por dar un ejemplo, llamará la atención que cuando en esta colección de ensayos reaparezcan obras de ciencia ficción, el carácter utópico o distópico de las mismas no estará en sus temas futuristas o transhumanistas, sino que las obras seleccionadas destacarán por la manera en que la prosa y el estilo expresan dichos temas. Como se explica en “Pórtico”, estos ensayos ponen atención al trabajo de autores de posguerra que siguen escribiendo bajo el espíritu del modernismo, a contrapelo de otras fuerzas que se han vigorizado en nuestra época (especialmente el mercado, el consenso “democrático”, la disposición de colaborar acríticamente). El agotamiento del conservadurismo humanista (que se encuentra estancado en esencialismos de peligrosa buena voluntad) hace clic con el entusiasmo perezoso que ve en el progresismo una vía para los artistas (que se confunden a sí mismos con intelectuales públicos o sujetos dignos —por arte de magia— de algún tipo de remuneración, simbólica, social o de otro tipo). Hay, ha habido, otro camino, pero es arduo.
Al mismo tiempo… quien lea estos ensayos podrá detectar que la constelación de las obras reunidas y tratadas responde a deseos e intuiciones particulares. Las alusiones y vínculos siempre se justifican, con el capricho preciso de quien diseña, internamente, su morada ideal. Se hace presente el espíritu de cierto valor de la modernidad: la mirada individual. Encuentro envidiable, al grado del reproche, que un buen día Nicolás Cabral encontró cómo hacerle para leer, durante varios años, lo que se le dio en gana, exhaustiva y sistemáticamente. Con un propósito que se fue explicando a sí mismo conviven, por ello, Diamela Eltit y Kathy Acker; J.G. Ballard, William Gibson y Marcelo Cohen, claro, pero también Néstor Sánchez y Goytisolo. (Entre signos de admiración: ¡entre otros!). Quizá por ello, como si fuesen el reverso de las antologías de relatos extraños y sus deleitables esbozos biográficos, encontré especialmente disfrutables los paseos por la biblioteca consultada que acompañan a cada ensayo (son los planos de un castillo interior). En ellos se explican —con declaraciones que contrastan con la prosa densa de los ensayos— cuáles fueron las obras revisadas, de qué ediciones se trataron, y quiénes se encargaron de traducirlas a nuestra lengua. Formas de habitar es un libro que logra, de forma constante pero discreta, darle su lugar al ingrato trabajo de quienes se dedican a traducir literatura.
La inevitable nota personal: hace tiempo aprendí que cuando los amigos piden una opinión sobre su trabajo artístico –por ejemplo, como escritores– a menudo lo que buscan no es saber qué nos parece, sino una manera de acompañarlos en sus búsquedas (que sólo podemos conocer hasta cierto punto). Desde que aprendí eso, y como un alegre opositor de la crítica constructiva, me reservo mi opinión o, sencillamente decido no leer los libros de mis amigos. De esa manera, con cierta autenticidad, he podido ofrecer a cambio una plena confianza en sus capacidades: ¿para qué me preguntan a mí? Sin duda saben, mucho mejor que yo, lo que han hecho, lo que están haciendo y lo que harán. Y de paso uno se evita la pena de tener que dejar de hablarse durante un rato. Creo que por pruritos y precauciones similares, los escritores y escritoras mexicanos no suelen hablar tanto entre sí sobre literatura (a menos que se deprima y desinhiba el sistema nervioso central), y en cambio, en público, se recurre al elogio personal; o, en privado, al chisme.
Tengo un contado grupo de amigos que son la excepción a este aprendizaje, y entre ellos se encuentra Nicolás. He releído varios de los ensayos reunidos en Formas de habitar, algunos de ellos (como se aclara en el libro), aparecieron previamente en algunas publicaciones, especialmente en La Tempestad, que durante años le sirvió a Nicolás como laboratorio y a mí como escuela. Tuve la fortuna, la sigo teniendo, de haber conversado con él sobre varios de los temas y autores que trató en el libro. La conversación ha sido larga, nunca tediosa, y a menudo me hace imaginar que estamos haciendo una digresión sobre posibles respuestas a la pregunta planteada por Brundenfly (Jeff Goldblum en La mosca, 1986): “¿Alguna vez has escuchado hablar de la política de los insectos?”. Escribí este texto con gusto, pero también con incomodidad: no tengo nada que añadir sobre Formas de habitar, sólo puedo afirmar que me deja una larga lista de lecturas pendientes (y una que otra pregunta ociosa sobre la obstinación de Heidegger por la ontología), y el alivio de que sigue existiendo, ¡en México!, la crítica literaria.
¿Exagero? Sobrevive uno que otro suplemento cultural, siguen publicándose reseñas en revistas y aún se recorren los pasillos de la academia. Pero creo que continúa operándose bajo una serie de malentendidos: que la cultura es inofensiva y en ella se desactiva lo político; que en las artes, por extensión, no existe la política (a lo sumo buenas maneras); y que si existe lo político en las artes, es porque el artista —en este caso, el escritor— tiene credencial de elector, opina ingeniosamente en redes o columnas, o se manifiesta en las calles. Para volver a lo específico de este libro: es como si el alud de narradores que se contentan con escribir para tener un público, o con el deseo de una carrera en el mundo del entretenimiento o ser parte de una conversación, hubieran abandonado la tarea que exige el lenguaje. Los comentadores, a diferencia de lo que ocurre en este libro, rara vez leen una obra de manera sistemática pues ello implica un ritmo que no compagina con los cierres de edición ni los tiempos de muestra en las mesas de novedades. Se desaprovecha así la oportunidad, también, de darle su lugar al pensamiento (los afectos, en cambio, viven un gran momento). Es un precio demasiado alto pues implica aceptar que, en realidad, no se busca escribir ni leer literatura. Cederle la palabra a la lengua, que a menudo se opone al público y a la época, puede implicar no tener interlocutores o descubrir que el jurado contemporáneo está incapacitado.
Guillermo Núñez
Escritor y librero en La Murciélaga