Alguno de los críticos más notable de la prosa de Gerard Murnane (1939), Emmett Stinson, advertía a los posibles lectores del escritor australiano acerca de una de las características más frecuentes (y extrañas) de su obra: “no hay acción, ni conflicto, no hay tensión dramática, ni posible solución”. ¿Cómo se desarrollan sus novelas, sus series de relatos? El camino que escoge Murnane, sigue Stinson, es el de la ‘vía negativa’, parafraseando a Theodor Adorno: el silencio, el aislamiento, la asfixia presente en lo cotidiano. Un estilo fundado en la visión retrospectiva de la propia obra. Sus novelas, tildadas de difíciles, sólo adquieren pleno sentido en conjunto. El juego literario que ha puesto en marcha exige rigor por parte de sus lectores, pues supone leer (y releer) las obras para entender las series de referencias y ligas entre ellas, los manierismos y muletillas que bien leídas forman una sola pieza de una escritura brillante, por cuanto nos muestra la oscilación entre el tedio y el asombro. La de Murnane es una obra del propio péndulo lector: aburrimiento de lo cotidiano- revelación de lo inusual en el mundo.
El que podría llamarse su ‘primer periodo’ (del cual es parte su novela más aclamada Las Llanuras de 1982) acaba en 1995. Murnane no escribe más hasta 2009, y termina su obra con Última carta a un lector (2021), una visita ensayística (en el más pleno sentido de la palabra) a su propia obra. Aquí presentamos un adelanto de la obra que hoy se presenta en la FIL, cortesía de la traducción editada por Gris Tormenta.

Hace algunas semanas, en uno de los primeros días de primavera de mi octogésimo segundo año, comencé un proyecto que parecía capaz de brindar un final contundente a mi carrera como escritor publicado. Empecé a leer Tamarisk Row (1974), mi primer libro de ficción. Tenía la intención de leer relajadamente el libro, y luego, en orden de publicación, cada uno de mis libros, para terminar con Green Shadows and Other Poems (2019). También pretendía escribir un breve reporte de mi experiencia como relector de cada libro. Una copia de cada reporte sería insertada en mi Archivo Cronológico, que concibo como una documentación de mi vida en su conjunto, y en mi Archivo Literario, que contiene todo lo que he escrito para publicación.
Antes de empezar, el proyecto en su conjunto parecía tranquilizador y muy poco demandante. En especial esperaba aprender sobre las cosas tempranas del escritor, que quizá no sabía en su momento, o sobre cosas que desde entonces había olvidado. Hoy en día siento que sé inmensamente más sobre la escritura de ficción, más de lo que sabía en décadas previas. ¿Cómo juzgaría el hombre que ahora soy al hombre anterior? Estos y otros asuntos producían una placentera sensación de expectativa en los días precedentes al inicio de mi proyecto.
Nunca había leído ninguno de mis libros en su forma publicada. Había revisado cada uno en numerosas ocasiones, a menudo con el propósito de hallar y leer —a veces en voz alta— algún pasaje del que me enorgulleciera. Había leído en público más de unos cuantos de mis pasajes favoritos; las últimas palabras que había pronunciado en público consistían en el último, sonoro párrafo de A History of Books. Pero nunca me había sentado e intentado enfrentar ningún libro mío como si fuera la primera vez. La palabra intentado es la palabra clave de la oración previa. De seguro sabía, cuando abrí Tamarisk Row hace poco, que intentar era todo lo que podía hacer.
Pronto en la vida descubrí que el acto de leer era mucho más complicado de lo que la mayoría de las personas parecían dispuestas a reconocer. Mi proyecto, como lo llamaba, no sería una especie de simple desafío. Y así, mientras ojeaba en su forma impresa cien mil del poco más de un millón de palabras que había garabateado en bolígrafo hacía ya medio siglo, hice lo que siempre he preferido hacer ante cierto tipo de texto: me dejé llevar por las maquinaciones de mi mente.
Si escogiera valerme de una expresión común, podría reportar que a menudo mi mente divagó desde el momento en que releí la primera página de Tamarisk Row. Sin embargo, para mí la palabra mente denota algo distinto de lo que parece denotar para la mayoría de las personas, y, si bien puedo reportar que tal o cual parte de mi conciencia divagaba, podría reservar la palabra mente para denotar el lugar donde tal divagación tenía lugar. Puedo ser mucho más específico. Puedo reportar que, durante todo el tiempo que atendí el texto de Tamarisk Row, me sentí distraído por, y a veces incluso me perdía en, eso que llamaría el verdadero asunto del texto.
Algunos asuntos mencionados o aludidos en el párrafo anterior retornarán en secciones posteriores de este libro. Me limito a reportar aquí que tuve en mente, mientras leía la primera y breve sección de Tamarisk Row, mucho más de lo que las palabras de esa sección podían haber querido denotar. Esto no debería haberme sorprendido. En numerosas ocasiones he declarado públicamente que me había prohibido leer cualquiera de mis libros publicados, porque veía sus textos para siempre envueltos, por decirlo de algún modo, por las tantas otras cosas más que habían participado en la hechura de tales textos. De entre esa pululante profusión de lo que veía, en apariencia infinita, podría mencionar una imagen parcial de la ciudad de Bendigo, tal y como se veía en una tarde calurosa de 1946 para un niño que subía con sus compañeros de escuela las escaleras de madera tras el Teatro Capitol en el extremo superior de la calle View. Podría mencionar una multitud de personas y lugares que recuerdo de los cuatro años que pasé en Bendigo o una multitud de eventos en los que participé, aunque ninguno de esos eventos, lugares o personas tuvo influencia alguna sobre lo que escribí en Tamarisk Row. O podría mencionar algunas de las treinta o cuarenta mil palabras que eliminé del texto original de la obra, para reducirla a un tamaño publicable, y algo de lo que vi en mi mente o sentí mientras escribía esas palabras por primera vez. Pero el autor de un texto no se encuentra solo en la tarea de mirar mucho más allá de las denotaciones y connotaciones más simples de un texto. Cualquier lector consciente estará familiarizado con la multitud de imágenes que aparecen durante la lectura de un texto, a menudo distractoras, pero a veces intensificadoras.
En suma, siempre he tenido que luchar realmente para decidir cómo es que cualquiera de mis libros podría afectar al lector. Pero ninguna lucha tiene por qué impedirme evaluar la solidez de las oraciones que conforman el texto o la destreza y consistencia de la narración. He aprendido mucho sobre oraciones y sobre narrativa desde que empecé a escribir lo que terminaría siendo Tamarisk Row y, aunque nunca pensaría en renegar del hombre que pasó el final de su segunda década y el inicio de la tercera escribiendo su primera obra de ficción, esperaba que la relectura me dijera que mi primer libro era defectuoso. Sabía que las oraciones no me decepcionarían —la estructura de las oraciones ha ocupado mi atención desde niño—, pero esperaba encontrar fallas en la narración. Todavía no he olvidado el comentario hiriente de un reseñista irlandés: que yo había injertado las percepciones de un adulto en la sensibilidad de un niño.
Por supuesto, encontré pasajes que hoy desearía haber escrito distinto, pero con más frecuencia me encontraba gratamente sorprendido. El autor de hace cincuenta años había pensado mucho menos en teorías narrativas que yo hoy en día, pero ya había en él una suerte de intuición con respecto a la pertinencia del relato. A lo largo de mi lectura, tuve en mente la acusación del reseñista irlandés. ¿Se le habían atribuido al niño Clement Killeaton conocimientos más allá de su alcance? En especial tenía en mente la acusación mientras leía secciones como las que relatan el modo en que cierta tarde Clement observaba el panel de vidrio naranja y dorado de la puerta oeste en el número 42 de la calle Leslie, en Bassett, y me sentí completamente exonerado de la acusación del irlandés. Veinte e incluso más años antes de que consiguiera definir para mi propia satisfacción lo que ahora llamo ficción verdadera o narrativa considerada, ya había escrito acerca de ella página tras página certera.
Durante los últimos sesenta años, he pasado incontables horas intentando escribir ficción, pero también he pasado numerosas horas intentando explicarme satisfactoriamente qué estoy haciendo en verdad cuando escribo ficción y por qué ciertos tipos de ficción me parecen más satisfactorios que otros. Me había ocupado en ambas tareas por casi veinte años antes de encontrar las palabras que tanto había buscado.
Gerald Murnane
Escritor australiano, creador de una vasta obra de ficción, autobiografía, ensayos y poesía compuesta de quince títulos. Ha sido llamado por The New York Times «el mejor escritor en lengua inglesa del que la mayoría nunca ha oído hablar».
• En traducción de Adalber Salas Hernández, Última carta a un lector (2023) es el primer título de Paisaje Interior, la nueva colección de Gris Tormenta, que indaga en lo que sucede entre la estética y la ética de un autor: cómo se conforma su mirada, y cómo esa manera de ver, esa conciencia, se convierte en el inicio de una poética, de un estar en el mundo.