La editorial Siglo XXI acaba de publicar, por primera vez en lengua castellana, una obra juvenil del revolucionario ruso, conocido por sus dotes de buen escritor: La fuga de Siberia en un trineo de renos. Un relato de “viajero etnógrafo” digno de toda nuestra atención.

El 16 de diciembre de 1905, en San Petersburgo, capital del imperio zarista, fueron arrestados Trotsky y 300 personas más —mencheviques, socialistas revolucionarios, independientes y muy pocos bolcheviques—, acusados de preparar la insurrección. La razón por la que casi no había bolcheviques era que éstos consideraban al Soviet como un mero comité de huelga, y querían que, de convertirse en un verdadero soviet revolucionario, reconociera el liderazgo del partido bolchevique. En octubre de 1905 Trotsky trató de convencerlos de que cambiaran de opinión, pero fue en vano.1
El arresto ocurrió mientras se llevaba a cabo la última sesión del Soviet de Delegados Obreros de esa ciudad. En septiembre y octubre de 1906 todos fueron juzgados, y el 2 de noviembre sólo catorce de ellos fueron condenados a la “la pérdida de sus derechos civiles, y la deportación de por vida a Siberia, bajo vigilancia”.2 Trotsky era el primero de los condenados, porque había fungido como el Presidente del Soviet, y, desde esa palestra, había sido la principal figura del ensayo general revolucionario de 1905.
En enero de 1905, Trotsky y su segunda esposa, Natalia Sedova, se encontraban en Múnich, tras tres años de exilio europeo del joven revolucionario, deportado una primera vez a Siberia por cuatro años en 1898, de donde se fugó en 1903. Para entonces, Trotsky ya estaba convencido de que sólo el proletariado habría de poder guiar a la clase campesina contra el zarismo y los terratenientes.3 Y cuando él supo que 700 000 obreros de San Petersburgo se habían ido a huelga, se trasladó hacia allá sin dilación. En uno de sus más célebres discursos como dirigente del Soviet, dijo:
Ciudadanos, nuestra fuerza reside en nosotros mismos. Espada en mano, debemos custodiar la libertad. En cuanto al Manifiesto del Zar,4 es sólo una hoja de papel. Miren, aquí la tengo frente a nosotros, y esperen, estoy haciendo un trapo con ella. Hoy nos la dan y mañana nos la vuelven a quitar para que la despedace yo como la estoy desgarrando ahora ante vuestros ojos. Es puro papeleo de libertad.5
Unos días después declaró:
Si no hemos conquistado la jornada de ocho horas para las masas, al menos hemos conquistado a las masas para la jornada de ocho horas, ahora un tema vivo. En el corazón de cada obrero de Petersburgo resuena el mismo grito de guerra: ¡las ocho horas y un fusil!6
El zar y sus fuerzas de seguridad estaban determinados a no dejar salir nunca más a los catorce prisioneros de Obdorsk, un rincón perdido de las colonias penales de Siberia en el círculo polar ártico, situado a 1 600 km de la estación de tren más cercana.7 Apenas arrestado, Trotsky echó a andar su inquebrantable decisión de escapar de él, de fugarse y volver a Europa.
Tudá i obratno [Viaje de ida y vuelta, 1907] fue escrito cuando su autor tenía 28 años de edad, y faltaban diez años para que estallara la Revolución de Octubre. El texto que conforma la ida está redactado en un estilo epistolar, en el que él le relata en tiempo real a Natalia Sedova —sin nombrarla y hablándole de usted— los treinta extenuantes días de esa travesía que lo alejaban cada vez más de Petersburgo. Como escribe Padura en la “Presentación”, el texto registra los hechos en tiempo presente “a modo de crónica, en la que reina la incertidumbre y el suspense”, “en una narración entrecortada, pautada, como distante o simplemente más objetiva”.
A partir del momento en el que, en Beriózov, 512 km antes de llegar a Ondorsk, Trotsky decide emprender la fuga, relata las 12 jornadas de vuelta, no menos extenuantes, pero muy diferentes de las primeras. En ellas se aprecia un cambio de 180º en su estilo literario, ahora lleno de expectación. La narración, dice Padura, es “tensa e intensa, detenida y dramática”, siempre consciente de que algo se puede cruzar en el camino y cambiar su destino. También es, añade Horacio Tarcus, el relato de un “viajero etnógrafo”.
Trotsky fue elogiado muchas veces por sus dotes como escritor. Como lo escribe Eduardo Grüner,
Con mucha frecuencia, y con razón, se ha señalado la pasmosa personalidad de alguien que, mientras dirige el Ejército Rojo en medio del fragor de la batalla revolucionaria, escribe Literatura y Revolución. Con una mano […] debate [y ejecuta] la lógica política de las decisiones militares ([como] […] alguien a quien la política y la historia obligaron a tomar las armas). Con la otra mano —caso único de apertura intelectual entre los grandes dirigentes revolucionarios— tejía palabras para hablar de Tolstoi, Maiakovski, Gorki o Gógol, pero también de Céline, Silone, Jack London o Malraux, y también para defender […] cosas tan poco proletkult como el surrealismo, la literatura de vanguardia o el psicoanálisis, y en general la libertad más absoluta en el arte, la literatura, la filosofía o la ciencia.8
Las dotes literarias de Lev Davídovich —notablemente desplegadas por él en su autobiografía, Mi Vida (escrita en 1929), y en su Historia de la Revolución Rusa (escrita en 1932)— han sido alabadas incluso por grandes historiadores como Edward Hallett Carr. Y el Trotsky que escribe en Siberia en 1907, piensa Padura, se presenta
tal como era en esos momentos; tiene una frescura en la expresión de lo que piensa y lo que siente, que después se verá comprometida. El lector encontrará a un escritor que todavía no tiene el dominio del oficio que va a tener después […], pero hay una serie de preocupaciones, miradas hacia la realidad y el ejercicio literario que ya están presentes. Tiene ahí una gran capacidad narrativa de penetrar en los ambientes, en los personajes y las situaciones, así como esa gran capacidad descriptiva.
Para quienes hemos leído al que sus allegados llamaban, en sus últimos años, “El Viejo”, recorrer las páginas de Fuga de Siberia en un trineo de renos es una deliciosa sorpresa literaria, casi, diría yo, al estilo de Turguéniev.9
A continuación, un pasaje de Ida y Vuelta sobre las izbás o pequeñas granjas campesinas, en las que los presos y sus guardias pernoctaban durante el trayecto:
8 de febrero, en Yurtas de Karamkrin: Paramos en un pueblo ostiako,10 en una diminuta izbá sucia. En la cocina pringosa se agitan los soldados ateridos de frío y los ostiakos ebrios. En la sección contigua bala un cordero. En el pueblo hay una boda: estamos en plena temporada de casamientos y los ostiakos beben sin parar, e intentan irrumpir de vez en cuando en nuestro cuarto.
Ahora un relato de Turguéniev acerca de las izbás:
[En] la aldea de Kolotova […] al comienzo del barranco, hay una casita aislada de la población. Una chimenea remata su techo de paja; tiene una sola ventana, que se abre hacia el lado del barranco, y en el invierno, cuando la luz de adentro pasa a través de sus cristales, parece un ojo de miradas penetrantes. […] El aguardiente que allí se despacha, aunque tan caro como en cualquier parte, es el artículo más acreditado en toda la región […]. Me moría de sed. No tienen pozo los habitantes de esta aldea. Se conforman con el agua barrosa de un estanque cercano. […] [un] estanque negro, bordeado de lodo por un lado, y en el otro un dique en ruinas; y más lejos un ribazo donde un rebaño de ovejas busca una brizna de pasto.11
A continuación, dos párrafos de Trotsky sobre la fealdad humana en esas tierras perdidas de la mano de Dios y asaltadas por la miseria:
Una mujer se levantó de su sitio; tenía un bebé al que, por lo visto, acababa de amamantar. Se arrimó al fuego sin ocultar sus senos. Era espantosa como la muerte.
Entró un trabajador alto y fornido, saludó con voz ronca, […] ¡Qué adefesio! La nariz había desaparecido por completo de su cara deforme, el labio superior estaba torcido, la boca siempre abierta deja entrever sus recios dientes blancos. Bajé los ojos, aterrado.
Ahora un texto de Turguéniev sobre el mismo tema:
Fui a explorar la segunda izbá. Me pareció que en el patio había un ser humano que dormía. […] Tanto me sorprendió su aspecto, que no pude responderle. Imagínense un enano como de cincuenta años, de carita morena y arrugada, puntiaguda nariz, ojos imperceptibles, una mata espesa de cabellos negros desbordando de la cabeza como un hongo del tallo. Flaco, y mísera su mirada, que era tan extraordinaria que no puedo describirla.
En el viaje de ida —entre San Petersburgo y Tiumén, en Siberia occidental, a través de los Montes Urales— 52 soldados acompañaron a Trotsky y a sus trece compañeros detenidos. En cada lugar las autoridades reforzaban esta escolta con muchos más efectivos. Las medidas de seguridad eran muchas. Trotsky se las describe a Natalia, por ejemplo, el 12 de enero de 1907:
¡Qué manera de vigilarnos! En cada estación hay gendarmes que acordonan nuestro vagón, y en las grandes interviene custodia suplementaria. […] Tienen elaborada una táctica muy determinada con respecto a nosotros […]. Por un lado, hay una vigilancia incansable; por otro, hay caballerosidad en los márgenes de la ley. […] Empero, no cabe duda de que tarde o temprano va a fallar. La pregunta es qué fallará primero: ¿la vigilancia o la caballerosidad?
Acabamos de llegar a Viatka. Estamos parados. ¡Menuda recepción nos brindó la burocracia! Ojalá lo viera usted, A cada lado del vagón hay media compañía de soldados distribuidos en filas. […] ¡Es toda una parodia del poder autoritario! Nos podemos sentir plenamente orgullosos: por lo visto, el Soviet, aunque muerto, les produce miedo.
Sin embargo, la férrea vigilancia presentaba otros aspectos, Por ejemplo, los relatados por Trotsky el día 18 de enero:
Nuestro capataz soberano F., a quien todo mundo llama a secas el doctor, se ocupa de mantener el orden entre nosotros. Su energía es inagotable […] Ahora están preparando la cena, se oye un bullicio alegre.
—¡El doctor necesita un cuchillo…!
—¡Pásenle la manteca al doctor…!
—Señor guardia, haga el favor de tirar los desperdicios…
La voz del doctor:
—¿Usted no come pescado? Le hago un filete, no me cuesta nada…
Después de cenar, se sirve el té directamente sobre los camastros. Y son las damas quienes se encargan del té: tal es el orden establecido por el doctor.
N. Trotsky —así firma el autor su relato— da cuenta de cómo los lugareños simpatizan con ellos. Por ejemplo, cuando se les prohíbe a los catorce presos mandar correspondencia, logran enviarla, ya que “el protocolo no había previsto que carecía por completo de servidores fieles, mientras que nosotros estábamos rodeados de cómplices”.
El relato epistolar es tan explícito en el tema de la tremenda lentitud con la que avanzan, que logra transmitir al lector la exasperación: “19 de enero. Hoy sólo hicimos 20 verstas (21 km)12 en un día […]. Entiendo que no quieran transportarnos de noche; buscan que no haya fugas. […] Resulta que hacemos tres o cuatro horas al día y nos quedamos parados las veinte horas restantes”.
Van a un paso de 51 km diarios, a temperaturas que oscilan entre -25º y -52º centígrados. Llega un momento en que ya no sienten la distancia, ni el frío, ni el inmenso vacío de la lejanía: “Al final, una vez recorridos varios centenares de verstas, desarrollamos la inercia del movimiento. Por mi parte, ya no volvía la vista atrás, […] e incluso barajaba echar raíces en Siberia”.
La descripción de los paisajes que acompañan, rodean y revisten las situaciones más dramáticas de la detención o de la fuga son parte fundamental de la “la plasticidad de la prosa musicalmente fluida” de este libro —aunque ésta sea una expresión que Vladimir Nabokov reservó a la prosa de Turguéniev.
9 de febrero. Siempre seguimos el curso del río Obi […]. La orilla derecha es montañosa, está llena de vegetación. La izquierda yace en una planicie. El río es ancho. El aire está tibio y silencioso. A ambos lados del camino se asoman ramas de abetos; los carreteros las clavan en la nieve para marcar la ruta. […] el camino se hace más estrecho y tortuoso a medida que avanza. […] [Cuando los caballos galopan] se arremolina una densa polvareda de nieve. Se te corta la respiración.
De regreso, una vez fugado, Trotsky pone su destino en manos de un ziriano rusificado llamado Nikifor Ivánovich. Los zirianos eran un pueblo distinto al Ostiako. Padura describe a Nikifor como “un personaje francamente pantagruélico […] tan alcoholizado como la mayoría de los habitantes de esta región de Siberia”. Sin embargo, con todo y su perenne borrachera, lograda a pulso por su consumo de litros y litros de alcohol que muchas veces era de 95º, y con toda su irresponsabilidad etílica, este hombre pelirrojo fue a la vez guía; conductor de trineo; traductor de las dos variantes del ostiako al ziriano y al ruso, y viceversa. Fue también él quien entabló, durante el trayecto, relaciones a cuan más extrañas y negociaciones muchas veces hábiles y fructíferas. Nunca traicionó a Trotsky en el sentido de revelar su verdadera identidad o de robarle, a pesar de que el dirigente en fuga llevaba bastante dinero para pagar su viaje y los arreglos que hacía durante la travesía.
Durante el trayecto, Trotsky observó con detenimiento y preocupación a las mujeres. Escribió, por ejemplo:
Los ostiakos son terriblemente perezosos; quienes se encargan de todas las labores domésticas, y no sólo domésticas, son las mujeres: es bastante común sorprenderlas camino al bosque, yendo con un fusil a cazar armiños y visones. [Cuando era contratado un hombre como guía en territorios inhóspitos] lo seguía su mujer, y a los solteros y viudos, sus madres y/o hermanas. La mujer cargaba todos los utensilios […]. El hombre sólo llevaba un cuchillo en la cintura. Cuando paraban a descansar, la mujer desbrozaba la tierra, recibía de manos del marido el cinto que él se quitaba para aliviarse, después prendía el fuego y preparaba el té. El hombre se arrellanaba y encendía la pipa.
Describió también al dueño ziriano de una izbá como un hombre culto y politizado, que, al mismo tiempo, era “un bárbaro puro”.
No mueve ni un dedo, se niega a ayudar a su mujer, que mantiene a toda la familia. […] En toda la noche que pasamos en su casa no se acostó ni un minuto. […] A la mañana seguía en pie […]
—Y su esposo, ¿por qué no ayuda? —pregunté cuando nos quedamos solos.
—Es que no hay trabajo para él. No hay sitio dónde pescar. No está acostumbrado a curtir pieles. Acá no trabajan la tierra […] ¿Qué va a hacer entonces? […] ¿Por qué cree que las muchachas rusas no se casan con los zirianos? ¿Acaso se van a echar la soga al cuello? […]
—¿Y una ziriana se casaría con un ruso?
—Por supuesto que sí. Al múyik ruso le gusta la ziriana, no hay otra que trabaje tanto como ella. Pero una rusa jamás se casa con un ziriano. Eso nunca pasa.
Como sabemos, el muy riesgoso viaje de huida tuvo un feliz desenlace: Lev Davídovich llegó por fin a buen puerto, reencontrándose con Natalia y su pequeño hijo Lev, para salir en familia al exilio por diez años. Pero más que a Nikifor, a quien el joven revolucionario ruso debió su buena fortuna en ese viaje de vuelta fue a seres que él califica de “extraordinarios”, y que pertenecen a otra especie: los renos. Fueron ellos quienes, en situación de cautiverio y sin ser consultados, tiraban incansablemente del trineo, y entregaban su vida para proveer de pieles a los viajeros del frío para que se protegieran del frío, y de carne para que se alimentaran durante el trayecto.
En el relato de la vuelta Trotsky escribe mucho sobre los renos, admirado de su belleza, su fortaleza, su resistencia. Habla, por ejemplo, de un reno que los había jalado por verstas y verstas de rutas heladas, escarpadas y muy peligrosas, que se había lesionado en un momento del camino, y al que ya no pudieron salvar Trotsky escribe:
Postrado tristemente en la tierra se rindió sin necesidad de usar la soga. […] Nikifor titubeó un rato y lo vendió para la carne a uno de los lugareños […] El buen señor tomó la cuerda y se llevó al pobre reno a rastras. Y ese fue el infausto destino del reno que quizás no tuviera igual en el mundo. Llamativamente, Nikifor vendió al reno sin pedir mi consentimiento. […] Me daba mucha lástima mandar al matadero al reno que me había brindado un servicio tan útil.
El autor de estas líneas —un hombre que también amaba a los perros—13 se expresó así, con dolor y casi con vergüenza, acerca del sufrimiento infringido por los seres humanos a este valiente y hermoso animal. En este libro, Trotsky también manifiesta su constante preocupación por muchos seres humanos explotados, empobrecidos, desvalidos y alejados del mundo: los niños, los campesinos, las mujeres, los integrantes de las minorías étnicas oprimidas, los deportados y otros más.
Sin embargo, fue este mismo hombre a quien —a partir de 1919, cuando asumió el difícil, ingrato, pero indispensable cargo de General en Jefe del Ejército Rojo— se le acusó una y otra vez de haber sido uno de los dirigentes bolcheviques más crueles, despiadados y sanguinarios. Así lo presentaron, primero, los rusos blancos, luego los estalinistas y gente de toda laya, y hoy el régimen de Putin, que, entre muchas otras falsedades, creó hace pocos años el abyecto documental Trotsky, desafortunadamente producido por Netflix.
Cuando Trotsky fue certeramente asesinado por Stalin, en México en 1940, muchos de esos críticos fueron verdaderos fiscales acusadores, o fueron responsables de preparar a la opinión pública para que aceptara como justificable este asesinato. Ni unos ni otros quisieron reconocer que Trotsky siempre abogó y luchó por un socialismo de vocación democrática. Es cierto que, en los momentos más álgidos y difíciles de los primeros años del gobierno bolchevique, en medio de la guerra civil y de la miseria y hambruna, esta convicción suya palideció y pasó a segundo término. Sin embargo, Padura tiene razón en destacar que la indispensable democracia fue un tema central en la ideología y en la actividad política de Trotsky. Por ello cita las palabras que Lev Davídovich pronunció en 1905, al abandonar el Partido Menchevique y convertirse en un militante sin partido o independiente: “Para el proletariado, la democracia es en todas las circunstancias una necesidad política; para la burguesía capitalista es, en ciertas circunstancias, una inevitabilidad política”.14 “Sentencia clave que, de haberse puesto en práctica, quizá habría cambiado el destino de la humanidad”, según Padura.
• León Trotsky. La fuga de Siberia en un trineo de renos. Presentación de Leonardo Padura, edición al cuidado de Horacio Tarcus, traducción de Irina Chernova. México: Siglo XXI editores, 2022.
Olivia Gall
Investigadora titular del CEIICH-UNAM, Miembro del SNI Nivel III y de la Academia Mexicana de Ciencias. Autora, entre otros, del libro Trotsky en México. Y la vida política en tiempos de Lázaro Cárdenas (1937-1940) (Itaca/UNAM, 2012).
Nota editorial: una versión de este texto fue leída durante la presentación del libro, el jueves 4 de agosto 2022, en la librería Mauricio Achar de Gandhi, junto a José Woldenberg.
1 Broué, P. Trotsky, Paris: Fayard, 1988, p. 102.
2 Tarcus, H. en Trotsky, L. La fuga de Siberia…, p. 22.
3 Trotsky, Mi Vida,1929, p. 96.
4 Se trataba de un manifiesto en el que el zar renunciaba al absolutismo, prometía una Constitución, libertades civiles y sufragio universal.
5 Broué, P. ob. cit., p. 104.
6 Ibid., p. 109.
7 Esta estación formaba parte de la ruta del Ferrocarril Transiberiano cuya construcción había concluido en 1904, y que recorría 9 288 km. entre Moscú y Vladivostok, situada cerca del océano Pacífico.
8 “Trotsky, un hombre de estilo”, Página 12, 23/08/2012.
9 La llamada “pureza artística” de Turguéniev llevó a escritores tan importantes como Henry James o Joseph Conrad a preferirlo por encima de Tolstoi y de Dostoievski. James decía que “el mérito de la forma de Turguéniev era de primera” (1873), y alababa su "delicadeza exquisita Otros grandes escritores que no eran tan admiradores de Turguéniev, por ejemplo, Vladimir Nabokov, colocaban a Turguéniev después de Tolstoi, Gogol y Chejov, pero antes de Dostoievski. Sin embargo, Nabokov alabó de todas formas la prosa de Turguéniev.
10 El ostiako es una denominación antiguamente utilizada para hacer referencia a varios pueblos nativos y lenguas en Siberia occidental, entre el río Obi medio y el Ural, en Rusia. Tanto el pueblo Kanty y el pueblo Ket eran antiguamente denominados ostiakos, mientras que los del pueblo Selkup eran denominados ostiakos-samoyedos.
11 Turguéniev, I. “Los cantaores rusos”, 2020, en línea.
12 Una versta equivale a 1.0668 km.
13 Recordemos que, en la novela El hombre que amaba a los perros de Padura, Mercader no era el único que amaba a los perros; Trotsky también, como era bien sabido. Por lo demás, hay que reconocer que Padura logró lo que muchos historiadores no habíamos logrado: explicar a un público de decenas de miles de personas, hablantes de muchas lenguas, la importancia histórica de la figura de León Trotsky, el drama de su asesinato a manos del líder del régimen soviético y cómo el estalinismo fue separando en la sombra al que sería el asesino de Trotsky, Ramón mercader del Río, alias Jacques Mornard o Frank Jacson.
14 Deutscher, I. El profeta armado, LOM Ediciones. citando a León Trotsky, Obras, Volumen II, libro 1, p. 91.
Efectivamente, un muy disfrutable relato corto (y, hay que decirlo, apresurado), muy a tono con la juventud de quien después sería un consumado escritor, que, al uso de aquellos agitados tiempos, era más bien un ‘dictador’ que dictaba sus escritos y luego corregía a mano las transcripciones. Así escribió miles de páginas.
Muchas gracias por este ensayo sobre un hombre excepcional como fue Trotsky en todas sus facetas.