Tratado anatómico sobre mí misma

El cuerpo humano es un texto en el que la experiencia se escribe a sí misma. En este ensayo lírico, la autora hace un recuento de las páginas de su vida a partir de su propia anatomía.

Para Mena

Mi cuerpo es discurso, masa y volumen, vida, muerte, delito. Un soldado que a veces se cansa, animal que muerde y come, bailarina que siempre tropieza. Ancla, lanza. Experimento. Tú lo has tocado y probado, besado con los ojos y abrazado con palabras. Aún así, dices que no me sientes ni tienes, que estoy sin estar.

Mi cuerpo: si hablo de él quizás llegue a explicarme quién soy y por fin podrás comprenderme. 

Soy la historia de mi anatomía.

*

Fui concebida en La Paz, Baja California, arriba del Trópico de Cáncer, en el Año del Conejo, cuyos nacidos necesitan sorpresas para animar la vida; fue un miércoles sin ceniza en la canícula de agosto, bajo el signo de Virgo, y aunque no tengo los pies en la tierra el planeta Mercurio me inclina a experimentar todo por primera vez. Me engendraron una madrugada nublada, lo que me condenó a despertarme temprano y a que me gusten los días grises, que son muchos. Nací con los ojos abiertos en la Ciudad de México. A los cuarenta días me regresaron al mar paceño; era un bulto de carne color rosa que no se acomodaba en la cuna, se movía inquieto, dormía poco y comía menos. Todas las mañanas, mi madre me llevaba a la playa bajo el sol bondadoso que sale temprano y no quema, ése que sólo entibiece la piel, no ciega cuando se mira, hace que del agua broten reflejos que van y vienen como peces brillantes. Ahí empezaron a salirme cientos de pecas en todo mi mapa íntimo, ese  que todavía no terminas de explorar y conquistar.

El Mar de Cortés está entre la península y la tierra firme al noroeste de México, sus aguas son del color de mis ojos: verdes que se confunden con azul o azules que se confunden con verde.

*

Ligero estrabismo convergente en el ojo izquierdo, miopía en ambos. A veces veo doble, dirijo la mirada hacia otro lado, sin excepción al que no debo. Con mi vista defectuosa te percibo por duplicado, y aún así me sigues gustando. Con todo y los graves errores de refracción, una vez hallé dinero debajo de una escultura de bronce, descubrí revistas Playboy escondidas en un librero, encontré cartas de amor prohibido en el fondo de un cajón, vi a un exhibicionista mostrarse desnudo por una ventana. 

Mis retinas y cristalinos nacieron sanos. En mis ojos niños, frente al espejo, se reflejaba una imagen pequeña, con la cabeza no muy segura sobre los hombros. Me quedaba de pie para comprobar si esa figura frente a mí era a quien yo llamaba “yo” y los demás llamaban por mi nombre. Reproducida al infinito, sigo sin saber cuál es cuál. Me asomaba hacia adentro, llena de ideas extrañas, palabras sin sentido. Fragmentos, formas geométricas, patrones que lograba memorizar y a los que en las noches temía. Las cosas del mundo de afuera eran simples: una lámpara encendida, los bigotes de mi padre y las manos de mi madre, una pecera con un pez dorado al que maté, sombras amenazantes, un cuarto vacío, el túnel de un tren o del tiempo, el universo roto y vuelto a construir con dibujos, cuentos de animales y cubitos de madera. 

A los catorce años empecé a ver mal. Al examinarme, el oftalmólogo me puso un medicamento en cada ojo; mis pupilas se dilataron. El color verde desapareció y se quedó una mirada ciega, como Bela Lugosi el vampiro. Entendí que la imagen verdadera se puede distorsionar por la simple aplicación de unas gotas extrañas.

Cirugía láser a los 26, párpados sujetados con ganchos como en La naranja mecánica. Entonces vi las entrañas del infierno, diabólicas criaturas vestidas de enfermeras y un Lucifer de bata blanca que blandía instrumentos de luces cegadoras y olor de azufre quemado.

Si no viera nada no podría leer ni caminar sola, ni tampoco reconocer la cara de quien me habla, sino sólo la voz. Podría sentir cuando está oscuro y cuando hay luz, percibir tu calor y mi frío. Aprendería a comer sin ensuciarme, a vestirme sin importar las combinaciones, a palpar tu textura, esa que estoy memorizando. Mis ojos apagados seguirían seduciendo a quien me mire, reflejos de esmeraldas secretas. Cansados y miopes, ven hacia adentro, intuyen el cosmos inmenso. No son atractivos por verdes sino porque saben soñar, por parecer estar en otra atmósfera, porque se pierden en la espesura y nadan en los mares. Porque con ellos te veo no como eres, sino como quiero que seas para mí.

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Soy mi memoria, ligada al cuerpo en todo momento. Aunque no recuerdo las últimas experiencias con la misma claridad o emoción que las inaugurales, tengo ingenuamente la certeza de que volverán a ocurrir. No me detengo a pensar en la última vez que manejé un automóvil o comí un helado de limón en barquillo, pero sí en la primera vez que conocí el mar o Nueva York, o la primera vez que di un beso francés. Sé que todo vuelve a repetirse de otros modos, en eterno retorno, para mi sorpresa y asombro. Entonces recordaré, más que lo sucedido, lo evocado y lo nuevo: la que fui y no soy, la que soy y no fui. La magdalena remojada en el té que no olvido.

Ajena a todo, andaba en busca de un nido, un pliegue, un escondite donde caber. Las sombras eran muros, los muebles barreras, las cortinas techos, espacios por donde entraba de día y salía de noche. La única frontera eran mis límites físicos. 

En esa casa era siempre primavera, soplaba el viento, llovía cuando menos lo esperaba. Era grande, o así percibía yo los salones, mi cuarto, la escalera infinita de caracol. En la banqueta había un árbol: un ficus que parecía una diosa desnuda. De las gruesas raíces surgían pantorrillas, seguidas de muslos, un trasero grande, cintura curvilínea; pechos, ramas como decenas de brazos entrelazados, y a lo alto una peluca de hojas verdes. Escultura orgánica y obscena, me erotizó prematuramente y de por vida. Le confesaba mis engaños y travesuras, creyendo que ella sabría comprender.

Al lado vivía el abuelo. Él pasaba los días dentro de su Volkswagen 69 color crema, anclado en un lugar estratégico para recibir el calor del sol y dormir a ratos. Su perro lo acompañaba: tenían el mismo nombre. Escuchaba la radio, o lo que el aparato auditivo incrustado en su oreja le permitía, con el can sobre sus piernas ofreciéndole tibieza. Yo solía rondar por ahí, chiquilla perdida sin rumbo. No caminaba, corría por la prisa de querer crecer: gatear me parecía un día; un paso, un mes; los metros andados, experiencias de larga duración. Una tarde tropecé y caí. Llevaba vestido corto, descalzos los pies. Al levantarme, me vi en el rin plateado del coche. El pelo rubio sobre la frente, la cara manchada de lágrimas y tierra. Lamí la rodilla raspada para quitar el ardor y el dolor que me venían desde dentro. El abuelo me llamó, me acerqué a la carcacha. Vi sus ojos, acuosos y del color de la fuente, los brazos con diminutos lunares rojos. En el asiento del copiloto había una envoltura, brillaba como un tesoro. El perro guardián ladró. –Pide permiso –el viejo adivinó mi intención.

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El patio. El cielo. El Volkswagen. Las siestas del abuelo, las salientes mandíbulas del perro. El sabor de la sangre con saliva. La lluvia desfasada. El árbol y yo.       

–Mamá dice que puedo comerme una galleta. 

Fue mi primera mentira. Ese pecado venial me llevaría al infierno, con un diablo rojo con cuernos, cruel y castigador. Lo había retado. Calcíname en llamas, atrévete a impedir mi salvación, o déjame en el limbo entre el perdón y la condena. Creía que el dios redentor era sólo de México y hablaba español: China tenía uno, Rusia otro, cada país el suyo. Dejé de creer en el mexicano y en todos.

Años más tarde el abuelo vivía en un asilo con un amplio jardín, bancas de fierro descarapeladas. Fuimos a visitarlo mamá y yo. El anciano descansaba en una silla al exterior, bajo el sol, acaso extrañando el calor de su coche. En la lejanía aulló un perro.  El abuelo es un silencioso ladrido en la memoria.

Mi madre lloró al regreso, como niña, y yo no solté ni una lágrima, como la adulta que no era. Me gustaría recordar que le di la mano, que le dije que la quería, que compartía su dolor. Ver llorar a tu madre es un recuerdo del que nunca despojas. Él falleció. El perro también. Tiempo después, mi padre.

Soy la historia de mis pérdidas.

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Hace unos meses volví a esa casa. Me perdí en el trayecto, quizás como una resistencia para no pisar el movedizo suelo de la infancia. Las fachadas estaban pintadas igual, el asfalto con las mismas imperfecciones; enumeré los cables eléctricos sostenidos por los postes en los que contaba hasta diez en el juego de las escondidillas. Hacía trampa y miraba un poco entre los dedos que cubrían mis ojos.

Sigo empeñada en mirar lo que no debo. 

Aquella vez que regresé, encontré que habían talado el árbol-mujer, y con él las raíces de mi niñez.

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Soy materia y memoria, y vuelvo a ver cómo un vecino murió. Yo era una gata curiosa, pasaba los días merodeando por cada rincón de la calle. Al fondo había una cerca que daba hacia una barranca. Imaginaba que por ahí desfilarían un lobo, un mapache o un hurón, y quería tener la suerte de encontrar un príncipe hechizado como bestia fantástica que me raptara y llevara muy lejos. En cambio, vi a dos hombres. Uno con rostro feo, desagradable, violento. El otro era el que yo conocía. Hablaban agitados; la discusión se convirtió en gritos y luego en golpes. El vecino cayó al suelo sobre el pasto seco, al lado de un arbusto. Le lanzaron una piedra grande sobre el rostro, patadas, más golpes, insultos, hasta que dejó de moverse. El corazón se me contrajo, se me fue el aire, el momento lo medí en diez o veinte o cien respiraciones tratando de silenciarse. Mantuve los ojos abiertos. Vi la sangre y vi el deceso. Encontraron el cadáver a los pocos días; pasé las noches en vela recreando la escena con detalle. Creyeron que la muerte había sido súbita (luego supe el significado de “súbita”, que no quiere decir “subir” sino “de forma repentina”). Colocaron un listón negro en la puerta de la casa del occiso (otra palabra nueva que antes relacionaba con occidental). Nunca le conté a nadie lo que vi.

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Mi pesadilla recurrente es una gran ola que ahoga. Durmiendo se me han aparecido el Príncipe William, Charles Manson, tú. Soy policía, un payaso, estoy gorda, escapo de alguien, vuelve a temblar, soy Gregorio el cucarachón, le enseño a boxear a un invidente. 

Ayer en el insomnio anoté pendientes. Analicé mi comportamiento, me arrepentí de lo que te hice, organicé la semana, estructuré mentalmente cinco novelas, resucité a mi padre, maté a un ruiseñor. Besé a mi psicoanalista en lo imaginario. En lo simbólico le envié correspondencia. En lo real, tuve mononucleosis, la enfermedad infecciosa del beso.

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En la cabeza guardo lo que pasa adentro y afuera. Lo que recuerdo o reprimo, mis primeros romances, las risas, los llantos, la noche que te fuiste y me quedé sin luz. Tengo un tumor de ideas entre los dos hemisferios que me genera dolor a menudo. Es responsable de lo que hago, de mis errores, de que no me sepa callar y cavile cosas raras, vea guapos a todos los hombres y los provoque, me enamore cien veces al día, en ocasiones de extraños.

La culpa la tiene el neoplasma, no yo.

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Mi mente. He tomado ansiolíticos y antidepresivos para tratar de ajustarla, de controlar los impulsos; las conductas emocionales no siempre obedecen. Nadie, ni tú, las puede domar. Cuando estoy triste parece que me lleno de agua por dentro. No es tormenta porque en mis entrañas no hay relámpagos ni truenos escandalosos. Hay silencio y no está oscuro, pero tampoco se puede ver. Ese líquido a punto del desborde no ahoga. Es lluvia que se prolonga y no cesa con el sol, pero que es posible drenar con el calor de una cobija, la compañía de un perro, la remembranza de los viajes por el mundo.  

Cuando deliro no puedo escribir. 

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Especialista en divagar y desviarme del tema, escucho sólo lo que me interesa. Te pongo atención cuando hablas aunque parezca que no. Te he dicho mil veces que podría morir en un avionazo. Tengo todas las edades al mismo tiempo: soy años atrás, los meses que vienen, ayer y mañana. El instante se me enreda entre las manos, me sujeta fuerte a algo, a mí, ¿a ti? Mientras tanto disfruto el silencio de estar sola, andar por las calles vacías, reír sin sentido. Odio las injusticias, las diferencias sociales. Me molesta el patriarcado, la basura en la playa. Me entristecen las guerras, los niños y ancianos abandonados. Me aflijo cuando hablan mal de mí, sobre todo cuando mienten. Me enojo si no me visitas o no me llamas en las madrugadas.

Soy buena para las relaciones cortas y mala para las despedidas.

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Mi voz tiene varios registros. Baja cuando murmuro palabras tiernas, dura cuando critico, queda cuando converso, desentonada al canturrear. Altisonante cuando maldigo, muda cuando estás a mi lado. Por eso escribo, a ver si se escucha de alguna otra forma. De la mente a la boca hay solo un paso, y yo brinco del pensamiento al lenguaje. No sé hablar frente al público y prometiste enseñarme a hacerlo, a quitarme la vergüenza, a conquistar a las masas con sabias palabras. Me aturdo fácilmente.

Soy las voces internas que gritan y no les entiendo.

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Con esta boca como, pero prefiero con ella besarte: eso también me alimenta, y más. Con ella te pruebo, degusto el sabor de tus entrañas. Lo hago con los labios, con la lengua, con la pasión. 

He ayunado y tenido atracones. Hice la dieta de la luna. La de la sopa de col. Líquidos durante una semana. Eliminé carbohidratos. Me encomendé a los aeróbics, a usar las escaleras en lugar del elevador, a los nopales, a la toronja y a todas las flacas. Dejé de comer. Los kilos se me iban al alma, el hambre al hueco que en mí habitaba.

Fui estricta vegetariana por más de una década. Luego me enamoré de un cazador extranjero; él perseguía venados y jabalíes que luego cocinaba en exquisitos platillos. Él fue mi presa, yo la de él. Lo devoraba al hacerle el amor. Entonces aprendí a saborear el placer de la carne. 

Yo soy la que soy, la historia de mis placeres.

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Tengo escozor en la piel porque me pica la vida. Me rasco hasta sangrar la epidermis que me viste; pesa, me queda grande o chica, nunca la talla correcta. Es suave al tacto; frontera y límite que me protege del peligro de afuera. Caucásica con una sola cicatriz:seis puntadas, pierna izquierda. Ni una sola marca de la viruela que me dejó en cama por semanas. Más de una decena de tatuajes, el primero a los diecisiete, el último antier.

El chal preferido de mi abuela, que trajo de París cuando su luna de miel, es de seda japonesa, con flores bordadas de colores. Le fue útil en aquel invierno no sólo para pasear por los Champs Elyseés,sino también para suplir la ausencia de la pasión prometida. Es abrigador no  por el material con el que está hecho, sino porque me evoca el calor de los senos grandes de la abuela, sobre los que me apoyaba de niña y que alimentaron a mi propia madre. Me cubro con él cuando estoy triste.

Friolenta, sin importar la estación, y tú no logras quitarme el frío.

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Ningún hueso roto, no hay registro de  caídas graves. ¿Traspiés? Varias veces; los pies me quedan grandes y por eso soy torpe al caminar. Las piernas: confieso que las he usado como arma de seducción, pero también me han servido para correr maratones. He dado pasos en falso por quedarme quieta.

Huella de nacimiento sobre la ceja izquierda: ¿profecía de Nostradamus o el sello de la bruja? Roja como el color de la sangre, desapareció eventualmente, pero igual quedé señalada, manchada por otros lunares.

Mis manos son largas, delgadas, y apenas las puedo controlar. En ellas cabe todo y nada. La línea de la vida es larga y sinuosa, con montes y valles de imprevistos sucesos. Con ellas te acaricio, te excito, recorro mi cuerpo. Con ellas he hecho figuras de barro, avioncitos de papel; con ellas he sembrado un árbol, cargado tres hijos. Trazado libros.

En la palma derecha llevo la marca de mi bestia secreta. 

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De adolescente leía a William Blake porque un grupo de rock lo citaba; Milán Kundera, con mi misma insoportable levedad del ser en; Altazor,con sus juegos de palabras y un paracaídas para caer en el campo nuevo de la mayoría de edad; José Saramago, antes del Nobel. Escribía sobre vampiros sedientos de sangre humana, de un hombre que encontraba a su doble y huían uno del otro, de enfermos mentales en un hospital psiquiátrico, de una chica con culpas que la carcomían por el resto de su vida. Quería decir mucho pero no sabía tanto ni cómo. Hoy tampoco sé tanto ni cómo.

Intento escribir pero me sale fuego. 

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Extiendo mi ser en todos los lugares que habito, donde pienso, amo y sueño. El sitio en el que trabajo tiene paredes blancas, dos de ellas cubiertas por libreros. Hay cuadros y fotografías que me hacen creer que se detiene el tiempo; en una aparezco al recibir un diploma, en otra el mar del que vine. No sé si cuando yo no estoy presente el espacio se sienta vacío, como yo cuando no estás. Tampoco si cobren sentido los libros, leídos o no. Mi habitación propia sólo vive cuando estoy yo.

Las paredes no sólo oyen, sino que también me hablan. 

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Razono con la parte frontal del cerebro, de una forma silenciosa pero rápida: hacerlo me sume en mí misma,me ensimisma. Evoco con el estómago, con las venas, con nervios; lastimo con las uñas que te entierro. Habito en uno de mis pulmones porque con el otro respiro tu aire. Me doy por completo y por secciones. Te amo con mi desorden temporomandibular, con el pelo despeinado y amarillo, con mi paz y con mi ansia, desde el insomnio, la inapetencia, desde mí.

Y entonces vuelvo a pensarte, y el alma me pesa más pero el cuerpo me estorba menos. 

*

No encuentro la captura del momento. Atea furiosa, vivo en el instante que siempre se va; si lo tecleo quizás permanezca. Escribo para justificar mi caducidad. Para gustarme, sentirme menos vacía, para ser otra pero la misma. Para mí, para ti. Para que me quieras más.

Te hablo del pasado y de mi cuerpo porque es lo único que tengo. Navego entre mis propias aguas tormentosas, a veces barco a la deriva, otras buscando puerto. Arribaré hasta la muerte con mis pies que tropiezan, con la piel, con mis ojos. Entregaré a la tierra la carne y el agua que fui; que los gusanos se apropien de esta suerte de polvo andante que he sido. Ahí, entre los rumores de sus tripas y la sangre seca, me estaré descomponiendo. Los tejidos abultados por los gases, las células en el abandono final, serán recuerdo de la breve vibración que fue mi cuerpo.

 

Karla Zárate
Doctora en letras modernas y psicoanalista en formación.

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Publicado en: Corresponsal

4 comentarios en “Tratado anatómico sobre mí misma

  1. Que responsabilidad emitir un comentario. Lo que puedo decir es lo que a mi me genera: la posibilidad de conectarme conmigo misma y con los aspectos simbólicos. Además de disfrutar la lectura y así generar un placer reflexivo. Felicidades. Buena inspiración que nos remite a los inicios.

  2. Gracias por compartir tu ser y tus vivencias de manera sutil, desgarrada, profunda y muy detallada para los lectores. Te has dejado la piel.

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