La psiquiatría no quiere depender ya de manuales que describen síntomas para agrupar y tratar a sus pacientes sólo con base en ellos. Nigel Warburtin entrevista para Aeon a la doctora Claire M. Gillian, quien explica los esfuerzos que este campo de la medicina ha dedicado para entender mejor la dimensión biológica de los trastornos mentales y lo que estos hallazgos dictan que se puede hacer en términos de medicación.

En el video de la entrevista, Gillian explica que las nuevas investigaciones se basan en tomografías y otras formas de mapeo cerebral, por lo cual la atención no está puesta en los síntomas sino en el funcionamiento real del cerebro. Del trabajo que ella misma ha realizado con pacientes que sufren de trastorno obsesivo-compulsivo, dice en otro lugar que mucho tiempo se pensó que las ideas y comportamientos irracionales de este tipo de pacientes eran las que los llevaban a las compulsiones manifestadas, pero se ha descubierto que puede ser que las preocupaciones y pensamientos obsesivos sean más bien la consecuencia de los comportamientos compulsivos, y esto tiene una explicación biológica: “Lo que todos estos comportamientos tienen en común es la pérdida de la capacidad de controlar de forma jerárquica, posiblemente por la falta de comunicación entre las regiones [cerebrales] que controlan nuestros hábitos y aquellas que ayudan a controlar el comportamiento volitivo”.
En la entrevista a Aeon dice que se ha identificado el mismo tipo de sesgo en la formación de hábitos excesivos tanto en individuos que sufren de TOC, como en individuos que tienen alcoholismo. Los mismos patrones también se ven en comportamientos compulsivos característicos de los trastornos de alimentación, por ejemplo. Es decir que enfermedades que se han categorizado de formas muy particulares –y que están diferenciadas– en realidad comparten ciertas cosas que se pueden identificar si lo que se ve es el funcionamiento del cerebro y no solamente sus manifestaciones.
La razón de que este tipo de investigaciones representen un hito en la psiquiatría es porque hasta ahora se había trabajado siempre en relación a las categorías del Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM), que va en su quinta versión, y que ha definido a los conjuntos de enfermedades según los tratamientos que funcionan para ciertos grupos, además de otras cuestiones históricas, explica Gillian. Por ejemplo, recordemos que se dejó de considerar a la homosexualidad como un trastorno mental en 1973 y la primera edición del DSM data de 1953. No es nuevo, pues, ver con suspicacia a esta obra de la American Psychyatric Association que se ha establecido como la fuente más confiable para identificar a quienes sufren de depresión, tipos de ansiedad, trastornos de la personalidad, trastornos de la conducta alimenticia, etc. Un famoso debate en The American Journal of Psychiatry en 1984 a propósito del DSM III clarificó algunas de las ventajas y limitantes del manual. Quienes lo defendían decían que le proporcionaba a los psiquiatras de todo el mundo un lenguaje descriptivo útil y funcional para el intercambio de información. Aquellos que lo criticaban, decían que los diagnósticos eran “parroquiales y reduccionistas”, además de que había algo intrínseco al sufrimiento emocional con lo que el manual no podía lidiar.
Lo que argumentaba entonces el psiquiatra George Vaillant era que “la psiquiatría tiene más en común con la inevitable ambigüedad del mayor drama, que con la búsqueda del DSM III por algoritmos comparables con la fría lógica binaria de las ciencias de la información”.1 Hoy, lo que se dice es que el manual no considera a las cuestiones biológicas que subyacen a los trastornos mentales, ignora toda una dimensión explicativa. Argumentos muy distintos pero que en el fondo rechazan por igual la idea de que categorías previamente asignadas sean suficientes para explicar fenómenos tan complejos y con manifestaciones tan heterogéneas. Una de las cosas que Gillian considera particularmente útil de este modelo de investigación es que permite identificar especificidades muy sutiles: mientras que existe un vínculo entre distintos trastornos según los comportamientos compulsivos identificados en todos, no hay relación entre comportamientos excesivos y otros síntomas psiquiátricos como la depresión, la ansiedad o la ansiedad social.
La psiquiatra que actualmente trabaja desde la Universidad de Nueva York plantea que trastornos tan comunes como la depresión o el TOC son dos condiciones médicas muy distintas en términos fenomenológicos pero que suelen coincidir en el mismo individuo. Clínicamente se les considera diferentes, pero se tratan con la misma medicina. La tarea, dice, es vincular fenómenos clínicos específicos que se manifiestan en distintos trastornos y en ese sentido buscar tratamientos hechos a la medida de un individuo y no de un diagnóstico grupal. A lo que se aspira es a desarrollar medicinas que se sabe que actúan directamente en el cerebro.
Parece que pensar en los trastornos psiquiátricos literalmente como enfermedades del cerebro puede ayudar a su identificación y tratamiento. Seguirá ver cómo resulta que se conecta esto con la dimensión social que también tienen estos padecimientos. No olvidemos que uno de los antecedentes de clasificación de enfermedades mentales más completos se le debe a un sistema desarrollado por el ejército estadounidense, y modificado por la Agencia de Veteranos, para poder incorporar mejor a los pacientes ambulatorios que se habían ido sanos a la Segunda Guerra Mundial pero regresaban con trastornos mentales severos. 2
1 T.M. Luhrmann. On two minds: An anthropologist looks a American Psychiatry, Nueva York: First Vintage Books Edition, 2000, p. 231.
2 “History of the DSM”, American Psychiatric Association. En: https://www.psychiatry.org/psychiatrists/practice/dsm/history-of-the-dsm.