Tras la huella de Pablo Salazar L. Premio Juan José Arreola 2024

En diciembre del año pasado se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el más reciente ganador del Premio Juan José Arreola, Tras la huella del ñandú, del escritor Pablo Salazar L. El economista chiapaneco, oriundo de Tuxtla Gutiérrez, trabajó en el volumen durante varios años, gracias a lo cual el libro ostenta una prosa meticulosa y bien cuidada que narra los descubrimientos de un narrador en primera persona que hurga en su memoria y en su entorno para contar historias inteligentes y entretenidas en una diversidad de escenarios, entre ellos, exuberantes regiones de México y de otras naciones lejanas. El conjunto de siete relatos denota un gusto por la hibridación genérica y transgredir los límites habituales del cuento, por momentos, incursiona en la crónica, el ensayo y la poesía.

Llama la atención que, a pesar de la gravedad de algunos de los temas que se abordan —la muerte, la agonía, el suicidio—, rara vez se abandona el espíritu lúdico de la narración, lo que mantiene el interés del lector y propicia una empatía hacia un protagonista curioso, reflexivo y, en ocasiones, mordaz. Las narraciones, además, dialogan con la obra de otros autores y recuperan observaciones y pasajes que enriquecen las historias. En el primero de los relatos, “El árbol suicida”, un viajero que se dirige a Biarritz conversa con una joven que sigue los pasos de su madre en su último viaje, a la Plage de Port-Vieux. Mientras mira las fotografías que ella le muestra y descubre la similitud entre las dos mujeres, expresa: “Pensé en cómo vamos encontrando a nuestros muertos en el espejo conforme envejecemos y me vino a la mente la frase de Pavese —otro suicida célebre—: ‘Vendrá la muerte y tendrá tus ojos’”.

Uno de los aspectos que enriquecen la lectura del volumen son las digresiones históricas, que un lector curioso siempre agradece. En el relato “Todas las vidas de Gustavo Gil”, por ejemplo, mientras asistimos al fallecimiento de una paloma, se nos describe una serie de costumbres en torno a la muerte, como el senicidio practicado por los vikingos, quienes arrojaban a los ancianos desde un risco, o cómo en la India se les hacía ingerir grandes cantidades de agua de coco hasta producirles una falla renal. De forma paralela, el ave se ve acosada por las moscas que, como “pequeños buitres”, esperan su irremediable desenlace. Esta observación propicia el salto a otro recuerdo rocambolesco, el de la fábrica de moscas de Tuxtla que, según se narra, surgió como una solución para contener la plaga del gusano barrenador, la cual llegó a ser un punto de exportación.

Entre estas curiosas anécdotas, se van introduciendo entrañables personajes, como la joven que anticipa enfermedades mediante su percepción de ciertos olores. En sus propias palabras, estos son “un presentimiento envuelto en un aroma, como una intuición que llega por la nariz”, o bien, la abuelita Nicha, quien pone a sus nietos a deshebrar pollo hervido mientras ella despluma guajolotes en un universo conformado por una cocina, las telenovelas y la lectura de la Biblia.

El narrador de Tras la huella del ñandú propone diversos microcosmos que funcionan como el campo de operaciones de un estratega. Uno de ellos es una terraza desde la que observa un perro desquiciado que ladra y una gata que lo observa desde las alturas. El tenso triángulo que conforman los tres mamíferos, incluyendo al narrador, son percibidos como los atavismos de un comportamiento primitivo que aún llevamos dentro. Este es el detonante de “Celosías”, relato que nos transporta a Las Guacamayas, una comunidad en la ribera del río Lacantún, en los márgenes de la impenetrable reserva de Montes Azules, en donde el jaguar hace acto de presencia mediante sus huellas o sus sonidos, aunque casi nadie llega a verlo. Este recuerdo nos lleva a los leopardos de Kafka, a Elias Canetti y a la dinastía Song, gran entusiasta de las peleas de grillos. Y de vuelta a Chiapas, en donde los pequeños combatientes no son grillos sino nucús —hormigas chicatanas— que decapitan con sus pinzas a sus rivales.

Asistimos, pues, a las divagaciones de un escritor adulto entrelazadas con la mirada de un niño que grita de júbilo cuando gana su insecto favorito o que corta la cola de las cuijas por ver si crecen otra vez. Pero no es un cuento arrepentido sino curioso, de sí mismo, de sus recuerdos, de las extrañas asociaciones que de tan normalizadas perdieron un brillo que ahora el autor se encarga de devolverles. Un abrillantador de recuerdos, quizás, como el de las cuijas besuconas, y un pequeño espectador que las ata y mutila con sadismo infantil mientras ellas reparten al viento sus besos vacíos. Vacíos como el comienzo de un libro que no termina de escribirse pero se va erigiendo, firme y sólido, ante los ojos del lector.

En este juego metaficcional, presente en todo el volumen, el autor vuelve sobre sus pasos y reintroduce personajes apenas esbozados: el viejo pastor inglés, ahora convertido en capitán de un ejército, el grillo con sus estridulaciones, la paloma o la gata, y se nos cuenta una historia que sabemos inventada, no como la anterior, a cuya concepción creemos haber asistido, una que se robusteció ante nuestros ojos y de la que no tendríamos por qué dudar, salvo porque se trata de un libro de ficción y porque los escritores son mentirosos por naturaleza.

Así llegamos al relato medular del conjunto: “Tras la huella del ñandú”, un ave —la más grande del continente americano— que, según el indiscutible argumento del mesero de un café, siempre devuelve lo que se lleva. El cuento “El corazón verde”, de Felisberto Hernández, es el punto de partida para que los recuerdos del narrador cohabiten, junto con los del escritor uruguayo, en un pueblito perdido en el que desde hace años no ha nacido ni muerto nadie. En este punto, la voz narrativa reflexiona sobre el concepto de la novela readymade de Enrique Vila-Matas y se pregunta si será posible construir un relato que vaya tras una pregunta o tras una idea. Con esto en mente, sigue al ñandú por caminos inesperados: las historias del ave en la mitología gaucha, su migración y reproducción descontrolada en el norte de Alemania, mientras construye, a la par, un pueblo de memorias infantiles propias en donde aparece el zoológico de su niñez y el recuerdo persistente de una temporada entre los guardabosques-pajareros de la Reserva del Triunfo, en Chiapas, con la presencia oscura y misteriosa, del águila arpía.

Uno de los cuentos más destacables del volumen es, a mi parecer, el titulado “El beso de Fidel”, el cual describe la visita del exmandatario cubano a la Unión Soviética y su ingeniosa manera de eludir el curioso saludo socialista de Leonid Brézhnev, que consistía en tres efusivos besos, uno de los cuales —a Erich Honecker, el entonces presidente de la República Democrática alemana— quedó inmortalizado en el muro de Berlín. Se hace un recorrido por la historia del beso en la tradición rusa hasta llegar al desenlace del episodio, el cual tuvo en vilo al servicio de inteligencia durante la Guerra Fría. La historia se cuenta a propósito de una exposición sobre el tren transiberiano que guardaba una colección de objetos olvidados por personajes famosos, preservados por el sindicato, entre los que se encuentran un pañuelo de Tolstoi, un puro de Fidel Castro a medio fumar y la urna vacía de Mao Tse-Tung. El narrador se cuestiona —y, junto con él, el lector— la verosimilitud de estas narraciones tan literarias, así como el verdadero origen de estos icónicos objetos, y se pregunta si no serán invenciones de aquellos jubilados de los servicios de inteligencia, entrenados para codificar y decodificar símbolos políticos. En todo caso, la veracidad no es un requisito cuando la ficción lleva las riendas del discurso.

El conjunto de los relatos de Tras la huella del ñandú, de Pablo Salazar, nos conduce del sureste mexicano al norte de Europa, a la pampa argentina y a la antigua China. De la misma forma, lleva al lector de un realismo bien anclado en hechos históricos a juegos ficcionales salpicados de humor, ingenio y notas sensoriales e incluso a mundos creados por otros autores en otras épocas y otras latitudes: Armonía Somers, Sergio Pitol, Robert Walser, Elias Canetti. El resultado: un libro audaz y original que invita a seguir de cerca las futuras producciones de este autor novel.

Claudia Cabrera Espinosa

Doctora en Letras por la UNAM. Es profesora de literatura y autora de los libros de relatos Los desterrados (FCE, 2023), Las ondulaciones del mar (Eolas, 2020) y Posibilidad de losmundos (Udg, 2019).

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Publicado en: Ciudad de libros