Supe que la nueva imagen no era lo que esperaba cuando al llegar me recibió una geometría regular, luminosa y transparente. El discreto toldo que servía de refugio a los fumadores dio paso a una estructura de vidrio que podrá ser cualquier cosa menos discreta y que estará más a tono con el consumo de vaporizadores electrónicos, según los tiempos que corren. Un letrero resplandeciente grita “COVADONGA” pero no se lee por ninguna parte el lema del lugar, “tradición y bohemia”, lo cual resulta adecuado pues su imagen exterior no proyecta ni tradición ni bohemia. Si tuviera que definir la arquitectura de la nueva fachada diría que tiene un estilo mítico y métrico, pues evoca a partes iguales el centro comercial Mitikah y algunas estaciones del metro, sobre todo de la renovada línea 1.
Cuelga del techo una lámpara con varios círculos tangentes que desde el ángulo adecuado me parece una serpiente de neón o de halógeno o de cualquier otra tecnología fluorescente. Esta serpiente imaginaria me recuerda al reptil que en el mito bíblico invitó al pecado, pero aquí no hablamos de Eva sino de Nuestra Señora de Covadonga, y la tentación en la que finalmente cayó fue la del diseño corporativo. O quizás, la verdadera tentación fue la de apelar a un público cada vez más homogéneo y moderno, manzana que han mordido muchos establecimientos de la Ciudad de México.
Adentro la luz es incluso más intensa que antes, pero lo demás sigue igual. Todo en orden: tradición y bohemia. Los niños sonríen. Por fortuna, el Covadonga sigue siendo el Covadonga, a diferencia de otros tantos lugares que ya no son lo que eran, o que de plano ya no existen.

A propósito de nada, me acuerdo que hace unos meses caminaba por avenida Revolución, cerca de un lugar en el que viví durante mis últimos años como estudiante universitario. Como no tenía prisa pero sí nostalgia, decidí desviarme de mi camino para pasar enfrente de ese sitio. Tenía curiosidad de ver cómo habían pasado los años por esa casa, sabiendo con exactitud cómo habían pasado por mí mismo. Pronto, mi ánimo de voyerista se topó con pared, vaya, con una de esas paredes de metal que se suelen colocar alrededor de las grandes construcciones para aprovechar y rentarlas con fines publicitarios. La casa ya no existía y en su lugar había un espacio vacío en el que pronto habría un edificio de departamentos.
Unos anuncios de lona en inglés y español invitaban al peatón a aprovechar la preventa pues era una excelente oportunidad de inversión. A pesar de que entiendo las dinámicas económicas y sociales que hacen brotar cada vez más construcciones de ese estilo, no pude evitar sentirme triste por la destrucción de esa casa en cuyo lugar habrá un edificio de departamentos. No estoy seguro de qué pasará con los fantasmas que queden bajo los escombros.
He llegado a pensar que todos los lugares que amé ahora son una marisquería, o una taquería con vocación de baño, o un café de matcha, o una sala de despecho. O pronto lo serán: para allá vamos todos. Y con estos cambios en el paisaje de la ciudad es natural que cambien también los hábitos de convivencia de sus pobladores, que en este nuestro año 2026 es lo mismo que decir hábitos de consumo. Pienso en varios de estos fenómenos de consumo y de convivencia que me resultan por una parte desconocidos y por otra parte difíciles de comprender.
Pienso, por ejemplo, en que han ganado popularidad los clubes de runners, es decir corredores. Asociaciones de gente que se reúne para realizar en grupo actividades (en este caso, correr) que yo consideraba ideales para hacer solo. Y pagan por ello. Y está bien, porque no lo pagan con mi dinero, pero no está tan bien, porque pagan por algo que podrían hacer gratis.
Hace poco me enteré de la existencia de clubes de escucha de vinilos. Y hace poco me enteré de que un bar (así es, en la Roma) invitaba al público a una sesión grupal para escuchar el Artaud de Pescado Rabioso, previo pago de una cuota que ahora no recuerdo si ascendía a doscientos o doscientos cincuenta pesos. Y eso sí que no está bien aunque no lo hagan con mi dinero, porque escuchar el Artaud debería ser un acto íntimo, confesional, que induzca un éxtasis a partes iguales erótico y religioso. Pero quién soy yo para decir cómo debe practicar la gente su fe y ejercer su placer y cómo debe escuchar sus vinilos.
Pienso en los coffee raves, que al igual que los running clubs y las listening parties abrevan del inglés para referirse a conceptos que podrían nombrarse en español y que, de hecho, podrían sólo no existir. No es que tenga algo en contra de este tipo de reuniones diurnas y cafeinadas, simplemente no las entiendo, y me imagino que su auge reciente tiene que ver con aquel mandamiento de que las tiendas de café no han de vender café sino experiencias.
Hace poco (a propósito del inminente mundial de futbol) el gobierno de la Ciudad de México organizó un desfile de catrinas futboleras. En marzo. Así que este año me tocó sentir en marzo lo que siempre siento entre octubre y noviembre: que la película en la que James Bond es un expat en la Ciudad de México tuvo consecuencias desastrosas para nuestra identidad cultural. Y me pregunto si, en algún momento, todos los meses tendrán su propio desfile de catrinas hasta que éstos (desfiles y catrinas) se hayan desprendido por completo de su significado original. También me pregunto qué sentido tienen todos estos desfiles de catrinas si, a final de cuentas, ya todos llevamos a cuestas nuestro propio cadáver.
Antes si querías ver a gente disfrazada de cadáver tenías que ir a Centro de salud, el after, y se me ocurre que hace años que no voy y más bien es posible que ya nunca iré. Por su cercanía relativa, me acuerdo de Abarrotes Minions y concluyo que uno no siempre puede volver a los lugares donde fue feliz, porque a veces esos lugares cierran para siempre.
Pienso en las cosas que antes eran y ya no son. En los lugares que perdimos por el sismo y por la pandemia, en los que perdimos por la motosierra y en los que hemos perdido por cualquier otro motivo, y en todos aquellos que cambian porque no pueden ir a la velocidad de esta metrópoli (al final, como reza el eslogan político, ésta es la capital de la transformación). Me alegra saber que nuevas generaciones seguirán llegando a vivir en esta ciudad, a transformarla y transformarse con ella, y seguirán encontrando un lugar aquí.
Debajo de la marquesina de vidrio del Covadonga, pienso que esta ciudad es muy diferente de la que conocí hace diez años, cuando empecé a vivir en ella, y que en diez años será tan diferente que me costaría reconocerla si no viviera aquí. Sobre todo porque nunca dejará de cambiar, la Ciudad de México seguirá siendo la misma de siempre. Y allá afuera la gente seguirá paseando a sus therians bajo la suave lluvia.
Y el Covadonga seguirá siendo el Covadonga. Y nosotros, aunque habremos cambiado, también seguiremos siendo los mismos.
Rubén Darío Álvarez
Ensayista y cazafantasmas