En Después de la crisis, su librito de reciente publicación en español (FCE, 2013), el casi nonagenario sociólogo francés Alain Touraine explica que nos encontramos en lo que llama “el territorio de Erasmo”, una especie de meseta anímica flanqueada por dos montañas. Una, la del capitalismo financiero, desde donde unos pocos dictarían los destinos económicos mundiales con absoluto desdén de la muchedumbre. La otra, la del Sujeto, concepción ideal de un individuo consciente de sus derechos fundamentales que a partir de ellos erigiría la primer muralla frente a la descomposición social, unidad mínima que tendría que fungir como la base de lo que llama la “situación post social”. Entre esas dos montañas, “entre el Papa y Lutero”, el territorio Erasmo sería entonces eso que queda entre la abstracción avasallante (antes divina, hoy financiera) y el individuo que decide luchar, reivindicarse.
Dos de las películas mas relevantes de 2013 se ubican dentro de esta hipotética geografía. La ascensión y caída de Jordan Belfort en El lobo de Wall Street ejemplifica una de esas montañas, la de la inasible especulación bursátil. El salvaje entorno financiero del último cuarto de siglo encuentra un fiel reflejo en la saturación visual, las orgiásticas escenas, las inagotables drogas y el desbocado lenguaje de la cinta del septuagenario Martin Scorsese. La mesura luce como un animal mitológico comparada con la fauna que desfila ante nuestros ojos. Los obscenos excesos de todo tipo empiezan con el ansia de lucro, ambición que convierte los centavos en miles de dólares existentes solo entre los cables de teléfono. Los eufóricos brokers comandados por un DiCaprio inusualmente efectivo dan testimonio de lo peor de nuestros tiempos. Curiosamente, una película tan pródiga en momentos degradantes convierte la mas relajada de las escenas en la mas perturbadora: la secuencia final en donde un auditorio aletargado (como los que generalmente ocupamos las salas de cine) escucha las pláticas de un aparentemente rehabilitado y convertido Belfort en espera de la fórmula de la prosperidad económica. Después de todo, quizá la mayoría de nosotros quisiéramos regodearnos de lujos al precio que fuera.
Gravity, la otra montaña, pone ante nuestros ojos de forma prodigiosa la lucha individual de cara al vacío. Al verse a la deriva en el espacio, la astronauta Ryan Stone (interpretada por una cumplidora Sandra Bullock) encuentra en sí la fortaleza para salir airosa de la catástrofe. La pueril historia se sabe débil, pero al menos no se arredra y es consecuente consigo misma: al final, la sobreviviente emerge del mar y se levanta ante nuestra mirada con un triunfalismo mas bien propio de los facilones pseudoejercicios espirituales new age. No deja de ser enormemente llamativo el contraste entre semejante pretexto narrativo y la maestría de que hace gala el cincuentón Alfonso Cuarón con la cámara. Acaso ello sea una metáfora mas de la que no debemos prescindir: el éxito personal (de la protagonista, del director) siempre incompleto si se le evalúa bajo una perspectiva colectiva.
Ambos films comparten una no tan común capacidad para revolver el estómago. Es inevitable padecer en ambos casos una especie de mareo, una visceral respuesta corporal ante lo visto. La intensidad de la repulsión que ocasiona el obsceno y pantagruélico desfile de excesos del lobo financiero y su jauría nada le pide al no menos intenso desasosiego que se experimenta al ser engullidos junto a Sandra Bullock en la inabarcable negrura espacial. El malestar físico es una respuesta poco frecuente ante cintas hollywoodenses, siempre en busca de la complacencia.
Touraine, Scorsese y Cuarón, separados cada uno por dos décadas, se muestran así pintores de un mismo paisaje. Que la perspectiva de cada uno de ellos difiera es desde luego natural y lejos de apartarnos de la contemplación del mismo territorio nos muestran los rostros del Papa y de Lutero. Desafortunadamente, el borroso territorio que hay entre ellos poco tiene en común con el tolerante Erasmo. Es una zona mas bien caótica e inhóspita a la que le urge delinearse. Aunque ningún cartógrafo sea aun capaz de afrontar semejante reto, es probable que lo primero que necesitemos sea esa clase de malestar de las entrañas que puede derivar de ciertas obras de arte. Después de todo, las virtudes de Erasmo no se debían a la apatía sino a su pasión humanista, tan indispensable hoy en tiempos en los que no hemos salido de una crisis que lejos de ser excepción es nuestra regla.

Excelente articulo
Lobo es una pelicula con tema decadente y con escenas repetitivas de esa decadencia ya anunciada desde el principio y sobada en toda la pelicula, Gravedad es un buena película que sí efectivamente tiene la tematica de auto ayuda y superación personal, prefiero la segunda, y ambas efectivamente a un malestar, en Lobo termina cinicamente dedicado a decir como vener una pluma, en Gravedad, por lo menos emerge de la batalla consigo misma, tal vez simplona, pero más esperanzadora, y el vacío enorme en los espíritus humanos de estas nuevas sociedades se genera por la ausencia de Dios en sus vidas.