Todos los libros el libro

¿Qué es verdaderamente un libro? ¿El objeto de papel encuadernado? ¿Dónde reside su poder? ¿Es superior el de la palabra escrita a la oral? En una cultura que idolatra lo virtual y al mismo tiempo fetichiza los objetos, ¿qué lugar ocupa una biblioteca digital? ¿Qué sucede con los libros quemados, bombardeados, aniquilados? ¿Desaparecen en realidad?

A estas alturas del siglo XXI sería ingenuo sentenciar que el libro está en vías de desaparecer. Quien piense eso tiene una idea equivocada de lo que un libro es. Tal vez cree que se trata de un fajo de hojas de papel unido en un extremo y cortado de tal manera que puede caber en el estante de una biblioteca. Pero se equivoca de manera rotunda. Un libro es mucho más que eso. Incluso el escritor argentino Jorge Luis Borges, para quien los libros físicos eran presencias sensuales, llegó a decir, desde una perspectiva utilitaria, que esos artefactos venían a ser extensiones “de la memoria del hombre”, ya que la dotaban de una especie de superpoder que complementaba la vulnerabilidad y limitación concreta del coeficiente intelectual, y aumentaba su capacidad de acumular recuerdos y, algo más, potenciaba su poder de imaginar. “Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado?”, dijo Borges, y no conforme, aventuró, ahora desde una perspectiva lúdica en armonía con lo divino, que de existir el Paraíso, éste tendría que ser “algún tipo de biblioteca”.

En su origen, cuando comenzaron a suplantar a los maestros de las escuelas filosóficas de Occidente, los libros fueron desdeñados porque sepultaban a las palabras en la prisión oscura de sus tapas, en vez de hacerlas volar para elevar la conciencia de los hombres en libertad. Pero que sea el propio Borges quien nos lo cuente ahora de manera escrita, tal como lo hizo de viva voz a finales de la primavera de 1978 en la universidad argentina de Belgrano:

Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro —cosa que me sorprende; veían en el libro un sucedáneo de la palabra oral. Aquella frase que se cita siempre: Scripta manent, verba volant, no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales. […]

Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discípulos. Aquí vino aquello de (yo no sé griego, trataré de decirlo en latín) Magister dixit (el maestro lo ha dicho). Esto no significa que estuvieran atados porque el maestro lo había dicho; por el contrario, afirma la libertad de seguir pensando el pensamiento inicial del maestro. […]

Tenemos el alto ejemplo de Platón, cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. […] En todo Oriente existe aún el concepto de que un libro no debe revelar las cosas; un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas. […] La antigüedad clásica no tuvo nuestro respeto del libro. […]

Platón pudo desterrar a los poetas de su República sin caer en la sospecha de herejía. De estos testimonios de los antiguos contra el libro podemos agregar uno muy curioso de Séneca. En una de sus admirables epístolas a Lucilio hay una dirigida contra un individuo muy vanidoso, de quien se dice que tenía una biblioteca de cien volúmenes; y quién —se pregunta Séneca— puede tener tiempo para leer cien volúmenes.

El día de hoy, que guardamos un verdadero culto al libro, quizá algunos alzarán la mano, orgullosos de poseer un estatus intelectual superior a quienes no son tan lectores. De hecho, cualquiera que se haya graduado de un curso de lectura rápida sería capaz de tal prodigio, y más. Sin embargo, insisto en la idea inicial: no por leer 100 libros habrá comprendido el poder que hay en un libro, que dota a las palabras de un maestro (ya sea muerto o inaccesible) de nuevas “alas y vida” para que podamos dialogar con él y mantener sus ideas y su imaginación todavía en el mundo concreto e, incluso, en conjunción con las nuestras, logremos proyectar ese diálogo al futuro. De alguna manera, un libro democratiza esa “conversación silenciosa” (como llamó al acto de la lectura el escritor inglés Charles Lamb), ya que la hace accesible a todos cuantos estén dispuestos (y estén listos) para llevarla a cabo. Es decir, populariza al maestro, lo convierte en una suerte de voz abstracta capaz de llegar, por distintos medios, a mayor cantidad de oyentes. Solo falta, claro, que el lector esté dispuesto a escuchar, asimilar y responder a aquello que escuchó. Porque, como afirmó San Anselmo, citado por Borges en esa misma conferencia: “Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niño”. Además, una vez que ese coloquio se establece implica (y eso cualquier hedonista lo sabe) enorme placer sensual. Recuerdo a una vieja maestra de la preparatoria que repetía un chiste cuyo autor bien podría haber sido Groucho Marx. Decía: “Yo querría, por el contrario, un curso de lectura lenta, porque los libros se acaban demasiado pronto, y me quedo como novia de pueblo: vestida y alborotada”.

Si el libro (como objeto físico) fue visto por algunos filósofos de la Grecia clásica como un “sucedáneo de la palabra oral”, se trata de una circunstancia accidental y sin importancia, que apela a la forma. Ocurre lo mismo si hoy los libros han tomado un aspecto distinto, atendiendo a los formatos electrónicos, cada vez más prácticos en cuanto a la manera en que se accede a información concreta y útil en la inmediatez del furibundo quehacer cotidiano. Cualquiera que sea su forma, esas puertas, esos salones para conversar en torno a una idea inspiradora, que conservan el superpoder de extender la memoria y la imaginación, y proyectarse al futuro, no tendrían por qué dejar de existir si hay alguien dispuesto a desplegar sus páginas, aunque sean virtuales, y meterse en ellas para salir unos momentos después como alguien un poco distinto aunque el mismo.

Se especula, porque no hay manera de saberlo con certeza, que en el primer incendio que sufrió la biblioteca de Alejandría, durante la segunda guerra civil de la República Romana, entre los años 49 y 45 a. C., cuando Julio César enfrentó militarmente a la facción conservadora del senado, dirigida por Pompeyo Magno, su acervo era de entre 400,000 y 900,000 ejemplares (entre rollos de papiro y tablillas con inscripciones) de lo que ahora llamaríamos libros. Entre esos documentos había expedientes administrativos, tratados científicos y quizá grandes obras literarias o filosóficas. Hay un apunte de Séneca que afirma que en aquella ocasión tan solo 20,000 piezas se vieron afectadas por el fuego. Pero hubo otras calamidades que fueron menguando ese magnífico acervo.

Se han documentado catástrofes contemporáneas, como el bombardeo continuo que sufrió la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo, desde la noche del 25 de agosto de 1992 hasta el día siguiente. Se perdieron ahí dos millones de ejemplares. En Bagdad, el mes de abril de 2003, con el ejército norteamericano en las calles, fueron vandalizados varios centros culturales y comercios, y se prendió fuego a la Biblioteca Nacional, la cual desapareció por completo. En diciembre de 2011, 200 mil materiales del siglo XVIII y todo el acervo original en torno a la egiptología, se consumió sin más durante el incendio del edificio de la Academia de Ciencias de Egipto.

También hay libros de los cuales tenemos noticia, pero que nunca leeremos. Cómo desatar al demonio de la risa que habitaba la segunda parte de las Almas muertas (que había sido, por cierto, reescrita dos veces), si su autor, poseído por la enajenación mística de su propia alma, Nikolái Gógol, la quemó. Cómo dar categoría filosóficamente seria a “la risa” en la época medieval si el capítulo de la Poética de Aristóteles, en el que se aborda la comedia, no existe (es justamente la defensa de ese secreto el motivo de los asesinatos del thriller libresco El nombre de la rosa, de Umberto Eco.)

¿Cómo fue la experiencia del joven norteamericano de 19 años, Ernest Hemingway, en la Primera Guerra Mundial? Nunca lo sabremos, porque esos cuentos los perdió la primera de sus cuatro esposas durante un viaje en tren de París a Lausana. ¿Quién habrá sido coprotagonista o actor secundario en las Memorias de Lord Byron? Tampoco veremos nunca ese guion de película porno y espionaje de la aristocracia inglesa de inicios del siglo XIX, porque su viuda ordenó a sus abogados que esas historias indiscretas fueran purificadas por el fuego.

Un párrafo escrito en 1989 por Víctor Hugo Piña Williams sobre El libro de los desastres de Fernando Benítez me recordó que la memoria de los mexicanos básicamente comienza a registrarse en libros a partir de la Conquista, porque los objetos que tenían la función de libros, denominados amoxtli, y sus amoxcalli o bibliotecas, fueron destruidos por distintas razones: “En la expoliación y exterminio sufridos por los indios, y en el fracaso del proyecto humanístico configurado por fray Juan de Zumárraga (la utopía religiosa), por el virrey don Antonio de Mendoza (la acción neocivilizadora) y por don Vasco de Quiroga (la utopía de Moro), Benítez encuentra ‘el origen de la desigualdad que tan duramente pesa sobre nosotros al final del siglo XX’.”

Efectivamente hay cosas que nunca recordaremos, porque nuestra memoria se atrofia rápidamente. Y nuestra herramienta del recuerdo es flamable. Pero hay sueños que nos contaron aunque nunca fueron soñados, y nosotros algún día soñaremos para alguien más. Nos queda un largo trecho por delante en nuestra relación con los libros. Cuando se inauguró, en 2014, la biblioteca de la Universidad Politécnica de Florida, en Estados Unidos, contaba con 135,000 volúmenes digitales, y ni uno solo físico. No tengo la menor idea de lo que pensaría Borges de una biblioteca sin libros, pero estoy seguro de que él, desde su luciente ceguera, sí imaginó esa posibilidad, quizá con una sonrisita socarrona.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo El libro de las ballenas, entre otros libros.

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Enlaces útiles:

Conferencia de Borges en la universidad de Belgrano, Argentina, en 1978.

El libro de los desastres de Fernando Benítez.

Historia universal de la destrucción de los libros de Fernando Báez.

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Publicado en: Crónica, Ensayo literario