En este texto sobre las dificultades de escribir y leer durante épocas aciagas, tanto en la salud pública como en la vida personal, el autor regresa a Joyce y a Steiner en búsqueda de una verdadera vocación crítica.
Tengo dos años sin leer ni escribir. Tengo la impresión de que llevo dos años sin leer ni escribir. Es una impresión falsa. Llevo un diario en el que enlisto las lecturas que hago y, de acuerdo con él, durante 2021 leí quince libros. Pero sé que no fue así: leí más pero, en algún momento, a partir de abril, dejé la disciplina con la que llevaba el registro. Por ejemplo, no anoté la fecha en la que terminé de leer el Ulises de James Joyce. Hoy me parece que leer esa novela fue lo más importante que hice durante 2021. Una segunda falsa impresión, y en un mismo párrafo: por supuesto que leer el Ulises de Joyce no fue lo más importante que hice durante el año pasado. Entablé nuevas amistades; frecuenté viejas amistades también, así como a mi familia; con mis socios en la librería de viejo que tenemos iniciamos una nueva etapa del proyecto en común; y retomé, por fin, la idea de escribir. Recuerdo, incluso, el sueño que me anunció que retomaría la escritura.
Voy en un avión, en el sueño. Espero a que sea mi turno para usar el baño. Otro pasajero finalmente sale de la cabina. Al entrar descubro que ha dejado el lavabo sucio, desbordando de vómito. Introduzco la mano en el lavabo y encuentro una bolsa de plástico obstruyendo el desagüe, impidiendo que fluya el líquido. Retiro la bolsa y la sustancia anaranjada, espesa como una sopa de tomate Campbell, con el mismo color artificial, desaparece lentamente por el caño. En el sueño logro lavarme pero despierto con una sensación de asco. Después comprendo que esto significa que puedo volver a escribir. Así que al despertar del sueño inicio una especie de diario sobre mis lecturas —en el que se cuelan, también, las lecturas que hago sobre mis sueños—.

Pero una sombra, la de los dos años pasados, sigue presente. Primero vinieron las sensaciones de fracaso y la depresión de baja intensidad que me dejaron 1) perder mi trabajo en la revista La Tempestad (un trabajo que soñaba tener cuando cursaba la preparatoria); y 2) separarme de una relación de siete años. Después vino la pandemia y la angustia de los primeros meses. Y luego… El tiempo dislocado del confinamiento, la psicodeflación, y ese extraño limbo que a la fecha aparece y desaparece (al tiempo que escribo esto me llegan mensajes de amigos y amigas con noticias sobre contagios por la nueva variante). Así, perdí la disciplina de escribir y leer al ritmo con el que estaba habituado mientras trabajaba en la revista. Solía devorar suplementos culturales y noticias sobre las artes; ahora, rara vez lo hago. O, de nuevo, siento que rara vez lo hago. ¿Por qué lo haría? Antes lo hacía por razones profesionales —escribía un par de reseñas al mes—, aunque lo disfrutaba. Hoy me asomo con curiosidad a las mesas de novedades de las librerías y en general sólo me inspiran tristeza. En las redes sociales el espectáculo de los autores y los editores que se autopromocionan me causa morbo pero también lástima. Creo que aún existen críticos literarios, pero lo que escriben termina sepultado bajo la cháchara. Los memes, en cambio, viven un gran momento.
Si los tiempos inciertos que vivimos tienen algo de intoxicante, debo decir, sin embargo, que aún hay momentos de sobriedad. Abro los ojos y con cierta distancia vuelvo a ver que la fuerza negativa y profundamente seductora de la nostalgia es la que parece empujar a gran parte de la cultura contemporánea. Vamos a los ejemplos, siempre son divertidos. Del cine popular: en la televisión pasan una nueva serie basada en personajes creados por George Lucas a finales de la década de los setenta. En la cartelera se vio una “nueva” película de los Cazafantasmas, una “propiedad intelectual” patentada en los ochenta. La “nueva” del Hombre araña recicla a viejos hombres-araña. La “nueva” de Matrix explota la nostalgia por una película de fin de siglo que, a su vez, explotaba la nostalgia por el cyberpunk y los raves de los noventa. Es muy fácil caer en las redes de la nostalgia cuando se trata del producto más popular en el mercado. ¿Realmente extraño leer libros contemporáneos para escribir crítica literaria de manera continua? Lo mejor de mi época en la revista La Tempestad lo sigo conservando: las conversaciones, a veces inteligentes, con los amigos (por no hablar de la complicidad del chisme y la comunión del odio al prójimo). Pero redescubrir con cada título que la gente sigue escribiendo como escribe… Creo que de ello puedo descansar.
¿Todo tiempo pasado fue mejor? Releo un libro de Steiner, Tolstói o Dostoievski (1959), mismo que leí en la biblioteca de la universidad. Recuerdo que en ese entonces había algo en la obra de Steiner que me llamaba profundamente la atención, pero de lo que me distancié cuando entendí que la crítica literaria también podía ser combativa, una especie de máquina de guerra. Ahora, desencajado del ritmo de las revistas y cansado del tono de la conversación pública, es como si naturalmente volviera a orbitar cerca de estas palabras con las que Steiner inició ese libro:
La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor. De un modo evidente y sin embargo misterioso, el poema, el drama o la novela se apoderan de nuestra imaginación. Al terminar de leer una obra no somos los mismos que cuando la empezamos. […] Las grandes obras de arte nos atraviesan como grandes ráfagas que abren las puertas de la percepción y arremeten contra la arquitectura de nuestras creencias con sus poderes transformadores. Tratamos de registrar sus embates y de adaptar la casa sacudida al nuevo orden. Cierto instinto primario de comunión nos impele a transmitir a otros la calidad y la fuerza de nuestra experiencia, y desearíamos convencerlos de que se abrieran a ella. En este intento de persuasión se originan las más auténticas penetraciones que la crítica puede proporcionar.
Digo esto porque buena parte de la crítica contemporánea es de otra índole. Burlona, quisquillosa, inmensamente conocedora de su linaje filosófico y de sus complejos instrumentos, a menudo viene más para enterrar que para encomiar. Realmente, muchísimo es lo que debe ser enterrado si sea desea conservar la salud del lenguaje y de la sensibilidad. En vez de enriquecer nuestra conciencia, en vez de ser manantiales de vida, demasiados libros encierran para nosotros las tentaciones de la facilidad y de un grosero y efímero solaz. Pero éstos son libros para el apremiante menester del reseñista, no para el reflexivo y recreador arte del crítico.
Demasiado tiempo le di la espalda a las inclinaciones humanistas de Steiner, precisamente porque me desempeñé, durante más de una década, como reseñista. Pero creo que vuelve a crecer en mí la idea de que también yo podría ser un crítico, con un humor y ritmo distintos. Por ahora mantengo vivo el odio a la estupidez y el mal arte, tan disfrutable, pero también reconozco que una buena parte de lo que amé de leer el Ulises fue que lo hice en compañía de otros. Para leer esa novela organicé un club de lectura, y hacía un buen rato que no compartía conversaciones con lectores, en su mayor parte, que sólo leen por amor a la lectura (y no por tener que hacer algo con esa lectura). Por supuesto, leer hoy el Ulises ayuda a odiar todavía más cómo se escribe cuando se hace como un profesional; pero creo que me pareció una lectura importante precisamente porque aprendimos, en el club, a compartir una pasión por una auténtica obra de arte.
No sé cuál sea exactamente el termómetro de la situación intelectual o cultural en México. A las viejas dificultades se les suman los recortes de presupuestos y la precariedad que vino a instalarse con la pandemia. Pero aprendí algo en estos dos años: el deseo de la discusión pública parece haber degradado en peleas públicas, y la creación de obras de arte a menudo parece más bien un medio para obtener otra cosa (una carrera, prestigio, dinero). Históricamente el lugar de los intelectuales públicos va y viene. Y da un poco igual ante las recompensas y el gozo de leer en soledad o en compañía de algunos amigos.
Guillermo Núñez Jáuregui
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.