Theodor Mommsen.
Un Premio Nobel, asignatura en Derecho

Un día como hoy, pero de 1817, nació Theodor Mommsen, jurista, filólogo e historiador alemán que en 1902 obtuvo el Nobel de Literatura. En el siguiente ensayo, Ricardo Bada pondera la figura de este pensador mayúsculo.

La razón para querer escribir sobre Theodor Mommsen es muy personal. Cuando llegué a la Facultad de Derecho, en el alma máter de Sevilla, a comienzos de octubre de 1955, ya había leído a más de un premio Nobel de Literatura: repasando mis recuerdos puedo nombrar, con la más absoluta seguridad de no equivocarme, a Bernard Shaw, Luigi Pirandello, Eugene O’Neill, Jacinto Benavente (yo era, y lo sigo siendo, un devoto lector de obras teatrales, aunque confieso que no he sido capaz de digerir nunca una sola de Echegaray), Kipling, Tagore (traducido por Zenobia Camprubí al alimón con JRJ), Hamsun, Thomas Mann, François Mauriac, Gabriela  Mistral… de todos ellos mucho, y también algo de Sinclair Lewis, Selma Lagerlöf, Iván Bunin, Pearl S. Buck, Hesse (que me produjo harto rechazo, tanto que no pasé de un solo libro suyo, hermanándome así —sin saberlo— con Julio Cortázar), Faulkner (poquísimo traducido todavía) y Hemingway, que había ganado el Nobel del año anterior, y de Estocolmo acudió a Madrid para decirle a don Pío Baroja que era él quien debería haberlo recibido: mayor sadismo disfrazado de modestia es imposible de imaginar.

(Ahora que lo pienso, también había leído ya a varios autores que serían Nobel andando el tiempo; así, Juan Ramón (¡¡por supuesto, mi paisano!!, Nobel al año siguiente, 1956), Asturias, Neruda, Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Octavio Paz…)

No pueden pues ni imaginarse mi sorpresa cuando en la Facultad, en la asignatura Derecho romano, me di de manos a boca con el hecho de que lo que tenía que estudiar era la obra de Theodor Mommsen, cuyo nombre conocía por el listado del Nobel de Literatura. Llegados a este punto será convienente aclarar que para quienes muy jóvenes, y alentados por profesores ejemplares (en mi caso por la inolvidable Srta. María Eugenia Martos), leímos a Heródoto, Tucídide y Jenofonte como altas cumbres de la literatura, no constituyó un caso anómalo el que Theodor Mommsen fuese premio Nobel de ese rubro, a pesar de no ser un escritor en el sentido que se le daba entonces a esa palabra, es decir: poeta, narrador, dramaturgo.

No, Mommsen era un historiador, pero no un historiador cualquiera sino, tal vez, y hasta sin tal vez, el mayor habido desde que Heródoto dejó escrita esa suprema metáfora que ni siquiera se le había ocurrido a un poeta: que Egipto es un don del Nilo. Y es que, en efecto, lo mejor que se haya escrito a lo largo de los siglos, acerca de la Historia y el Derecho romanos, es la obra de Mommsen. Su Historia de Roma, que leí en la edición de la Biblioteca de Premios Nobel de Aguilar, y fue mi asidua compañía en el primer año de la carrera, se puede leer mejor que muchas novelas, el hombre era historiador pero tenía dotes literarias excepcionales.

Si se detienen a considerar el fenómeno, a mí me parece fascinante, porque es evidente que las obras de (casi) todos los Nobel deben formar parte de los planes lectivos de Lengua y Literatura en sus países respectivos y, algunos, en muchísimos más. Solo que un historiador alemán sea materia lectiva en las Facultades de Derecho es un fenómeno totalmente aparte.

Pero hay más. Y es que con la lectura de su obra llegó la curiosidad por saber quién era la persona que la había escrito. Dándose la circunstancia de que, en el caso de don Mommsen, la persona era casi tan interesante como su obra, y hasta me atrevería a aventurar, del modo más herético posible, aún más interesante que la misma.

Nació el 30 de noviembre de 1817 en el seno de una familia muy modesta, su padre era pastor protestante en una pequeña feligresía dentro del territorio ducal danés de Schleswig–Holstein, cuando Dinamarca llegaba a las afueras de Hamburgo. Estudió el bachillerato en Altona, hoy un populoso barrio hamburgués, y se doctoró en Derecho, con 26 años, en la Universidad de Kiel. Ocupó sucesivamente diversas cátedras —Derecho romano, Filosofía, Historia antigua— en Leipzig, Zúrich, Breslau y Berlín, y fue el impulsor decisivo de una obra sin parangón, el Corpus Inscriptionum Latinarum, donde se recogen todas las inscripciones latinas existentes en el mundo entonces conocido, lo cual permitió una reconstrucción histórica exacta de lo que fue y significó la Roma clásica. La tarea continúa, y alcanza hoy en día un total de 180,000 epigrafías transcritas. De la magnitud de la obra de Mommsen da una idea el hecho de que, a su muerte, en 1903, ya se habían transcrito 120,000, o sea, dos tercios del total actual.

Y nuestro hombre no solo fue un científico de gabinete, también descendió a la arena de la lucha política. En 1864, después de la llamada “guerra de los Ducados”, los de Schlewig–Holstein (su tierra natal) quedaron incorporados a Prusia, de seguro que con total aquiescencia de Mommsen, entusiasta del Imperio. Y al mismo tiempo, aunque parezca paradójico, un enemigo declarado de su hacedor, el canciller von Bismarck. La hostilidad entre ambos alcanzó su punto álgido en una sentencia que condenaba a Mommsen a unos meses de cárcel, nomás que a la sentencia siguió el indulto, sin solución de continuidad: a un Mommsen, cuya autoridad científica era universalmente reconocida, cuyo prestigio alcanzaba hasta el último rincón del mundo, a un Mommsen combatiente activo contra el antisemitismo y autor de más de 1,500 publicaciones de un alto valor científico (y literario), en fin, a un Mommsen que era nada menos que ciudadano honorario de Roma, pues no se le podía encarcelar: ni siquiera un Bismarck se atrevió a hacerlo.

Este, pues, era el hombre cuya obra constituía nuestro material lectivo en el primer curso de la carrera de Leyes, asignatura Derecho romano, en la Universidad de Sevilla, bajo la égida de un catedrático tan duro como justo: don Francisco de Pelsmaeker e Iváñez. Nadie que haya sido alumno suyo podrá olvidar sus clases. ¡Y cómo olvidarlas! Nos daba un recital diario de la mejor literatura: nada menos que la obra de todo un Theodor Mommsen. Es por ello que le debo una eterna gratitud, por haberme enseñado a escribir con fundamento, y más para el oído que para el ojo. Fue con él que aprendí a entender a cabalidad aquella súplica tan ambiciosa de Juan Ramón: “¡Intelijencia, dame / el nombre exacto de las cosas!”.

Posdata : Que no se me olvide. La cita final del texto sobre Mommsen es literal y respeta la ortografía peculiar de Juan Ramón Jiménez, o sea, “Intelijencia” es correcto. Vale.

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.


2 comentarios en “Theodor Mommsen.
Un Premio Nobel, asignatura en Derecho

  1. Esplendido, usted habla en nombre de los juristas, solo le falto hacer incapie en la necesidad de recuperar el poder de la narración mas exquisita para las hoy llamadas ciencias sociales.
    Gracias por recuperar a Mommsen.

    1. Gracias por su generosa opinión, y a mi manera de ver el hincapié va implícito en el hecho de decir que la prosa de Mommsen se lee mejor que muchas novelas. Pasa igual con la de Gibbon, otro de los grandes escritores que se han ocupado de la Historia de Roma, pero por razones que acredito en mi texto, y sin dejar nunca de lado a Gibbon, a quien admiro, me decanto mejor por Mommsen. Vale.

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