Historias cruzadas (The Help), nominada al Oscar como Mejor película, hace eco a dos conflictos que siguen sacando ámpula en la sociedad mexicana, y que muchos siguen insistiendo en negar: las buenas dosis de racismo presentes en la cotidianeidad (herencia, claro está, de ese ímpetu colonialista aún presente), y las condiciones de cuasi-esclavitud en las que viven y trabajan miles de empleadas domésticas en México. Sé que a algunos lectores esta entrada les causará resquemor (sacarán cifras, negarán los hechos, saldrán con la cantaleta: “les estamos haciendo un bien, si no quién les da trabajo”); me doy por bien servido, sin embargo, si tras ponerme en mi papel de abogado del diablo una o dos personas reflexionan y esto incita a un cambio aunque sea minúsculo. Dirigida por Tate Taylor (Pretty Ugly People), quien adaptó el best seller de Kathryn Stockett, la cinta sigue las vidas de un grupo de señoras sureñas y empleadas domésticas (afroamericanas, por supuesto) en la década de 1960, justo antes de que explotara el movimiento por los derechos civiles, desencadenado por la heroica Rosa Parks y abanderado por el reverendo Martin Luther King Jr., y en el que se fincaron las bases para la imberbe multiculturalidad del Estados Unidos actual (no supongo, jamás, que estos actos de discriminación y el trabajo injusto hayan terminado; las masas de indocumentados, muchos de ellos mexicanos, han tomado el lugar de los otrora esclavos afroamericanos).
El filme resultará incómodo para algunos, ya que a manera de viñetas (un tanto cursis, pero efectivas) revela el racismo predominante en la ecuación patrón-empleado, y la herencia aún muy presente de la época de la esclavitud, donde los dueños de los plantíos reclamaban propiedad sobre otros seres humanos. Es tal sentido de entitlement, de pertenecer a una casta superior, el que matiza las acciones de las “patronas” en The Help, quienes para mantener su estatus deben de recurrir a los más crueles actos de discriminación. ¿Suena familiar? México ha vivido procesos históricos equivalentes, en que la diferencia entre “criollos” e “indios” ha producido relaciones similares y que aún se siguen perpetuando, tanto en el habla cotidiana (“eres un indio”, “es una gata”, “se viste como chacha”: tres de los insultos que más he escuchado en mi vida), como en relaciones de poder que se dan día a día y en razón de millones. Del Missisipi de The Help al México actual hay poco trecho. (Para mí el México actual es también bastante parecido a la Sudáfrica racista y explosiva de J.M. Coetzee.)
Aunque no existen cifras oficiales, ya que casi la totalidad de los “acuerdos” se realizan de manera informal, el número de empleadas domésticas en México es enorme, ya que la ley no obliga a que se formalicen los acuerdos entre personal doméstico y patrones. No es sólo la clase alta la que emplea a estas personas: es práctica común entre la clase media, e incluso media baja, recurrir a los servicios, casi siempre mal remunerados, de alguna mujer que haya bajado “del pueblo” para ganarse la vida. En ocasiones es cuestión de estatus eso de “tener servidumbre”. Además, para muchos el acto de “chachear” es denigrante, como si tender la cama, cocinar y trapear hirieran su orgullo (en las sociedades postcoloniales el trabajo manual es tabú, como expone Coetzee en Summertime). Resulta inaudito que en los supermercados se vendan uniformes “de muchacha”, que además son de lo más imprácticos: las diferencias, parece, se tienen que exteriorizar, ser evidentes.
Como en el filme, la informalidad de estos contratos es lo que da pie, de inicio, a una relación injusta (según cifras del INEGI, en México el 90% de las empleadas del hogar carecen de contrato). Las empleadas domésticas no tienen seguro médico o de vida, tareas específicas o jornadas laborales bien establecidas (terminan haciendo el “quehacer” de sol a sol). Realizan un trabajo honesto y digno bajo condiciones deshonestas, torcidas e indignas. De hecho, es común que las patronas afirmen que les “dan permiso” de salir los domingos, como si se tratara de infantes o de alguien sobre cuya voluntad se tiene control total (¿me atrevo a utilizar aquí el concepto “trata de personas”?). Los que dicen que en este binomio no hay un elemento racial tapan el Sol con un dedo. No digo que estos actos sean siempre conscientes: son discursos que se perpetúan de forma silenciosa, casi imperceptible, pero que forman tensiones sociales que tienden a explotar tarde o temprano.
A medida que veía The Help recordaba decenas de momentos en que presencié algunas de estas viñetas (sí, desde la burbuja pequeñoburguesa con la que entré en contacto durante mi niñez): la madre de un amigo sonando una campanita cada vez que “necesitaba” algo durante la cena, una “muchacha” de unos setenta años apresurándose, cabizbaja, y la señora diciendo “¿Me sirves agua?”, señalando una jarra que se encontraba a unos 30 centímetros de distancia; la madre de otro amigo haciendo la lista del súper y diciendo, “voy a comprar galletas María para que las muchachas se llenen y no coman de nuestra despensa”; otra lanzando un “voy a pagarle dos mil pesos al mes, al fin no gasta ni en renta ni en comida”; las miradas desconcertadas de un grupo de adolescentes de clase alta cuando una empleada doméstica (uniformada) entró con sus hijos a un McDonald’s de Interlomas; la madre de un compañero de escuela enfurecida porque “la chacha” le enseñó unas cuantas palabras en “su idioma de gente ignorante”. Y, como en el filme, tantas empleadas domésticas que son quienes han criado a los hijos de las “patronas”, para quienes la maternidad es algo que se puede sustituir con dinero y “con una india de esas que tienen muchos hijos y mucha práctica”. Y bueno, el concepto de “baño para la servidumbre”, que tanto escandaliza en el filme, es una práctica estándar en muchos hogares mexicanos.
¿Hay algo más denigrante que el término “muchacha”, utilizado normalmente en México? Así sea una señora de sesenta años, una madre de cuarenta o una mujer adulta de veinticinco (que tiene dos hijos, a quienes mantiene a distancia), los patrones se dirigen a ellas como “muchachas”. En más de una ocasión he escuchado a señoras pedir “prestadas” a sus “muchachas”, como en el filme. Como si la persona en cuestión fuese, sí, un bien que pudiera intercambiarse, o un ser humano carente de voluntad propia. No digo que no se puedan dar relaciones laborales justas, benéficas y enriquecedoras a nivel humano, pero esto requiere de un cambio moral, legal y ético radical que, francamente, no veo por dónde pueda originarse. O tal vez sí. Cito, animado por un gran amigo con quien compartí el borrador de este texto, a Frederick Douglas, el gran abolicionista y autor, quien nació como esclavo:
“If there is no struggle, there is no progress. Those who profess to favor freedom, and yet depreciate agitation, are men who want crops without plowing up the ground. They want rain without thunder and lightning. They want the ocean without the awful roar of its many waters. This struggle may be a moral one; or it may be a physical one; or it may be both moral and physical; but it must be a struggle. Power concedes nothing without a demand. It never did and it never will.”
(“Si no hay lucha, no hay progreso. Aquellos que dicen favorecer a la libertad, y aún así desestiman la agitación, son hombres que desean cosechas sin preparar el suelo. Quieren lluvia sin sus rayos y truenos. Quieren un océano sin el rugir de sus aguas. Esta lucha puede ser de naturaleza moral; o puede ser física; o puede ser tanto moral como física; pero debe de ser una lucha. El poder no concede nada si no se le presenta un reclamo. Nunca lo hizo y nunca lo hará”.)
NOTA: según cifras de la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México, levantada por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), la Organización de las Naciones Unidas, y la Organización Internacional del Trabajo, el 38% de las empleadas domésticas cree que el principal problema es el exceso de trabajo y el sueldo bajo, y el 19.3% se queja de discriminación, abusos, maltrato, humillación y falta de derechos laborales.
–César Albarrán Torres (@cesar_pescado).
El racismo en México es una practica cotidiana que debe terminar. Porque de no ser así seguiremos no entendiendo nuestro pasado indigena
Muy buen artículo. Lo único que falta señalar es a los grandes ausentes: los hombres. Porque la explotación de mujeres por mujeres se relaciona con la falta de trabajo doméstico que hacen los hombres. A las mujeres se les regatea su entrada en el mundo “productivo” porque ellas tienen que, ante todo, hacerse cargo del trabajo doméstico. Para que unas mujeres puedan “salir” han descansado en términos de explotación sobre los hombros de otras mujeres. Es sumamente triste. Por eso la división sexual del trabajo debe terminar. Ese es el origen de este asunto tremendo. Sí hay que garantizar un trabajo en condiciones dignas y con pleno ejercicio de derechos humanos. Sí, hay que erradicar la discriminación por motivos de raza y pertenencia étnica. Pero eso es sólo la punta del iceberg…
Excelente punto. Muchas gracias. Saludos.
Que buen articulo!!! y tienes razón en México somos en extremo racistas, pareciera que es una manera de sentirnos superiores!
Totalmente equivocados tus conceptos sobre las mucamas ya que en mi caso mi padre y mi madre nos enseñaron a respetar a toda la gente y las “muchachas” que trabajaron con nosotros duraron mas de 35 años cuidaron de mis padres hasta el ultimo dia de sus vidas, nos vieron crecer a todos y nos apoyaron y aconsejaron por cierto con metodos de su pueblo en la sierra de Hidalgo con usos y costumbres, cocinaban de poca madre y al final del camino heredaron tambien algo de lanita y se regresaron a su tierra, para todos nosotros siempre han sido parte de la familia
Qué bueno que tal fue el caso en tu familia, algo muy similar a lo que sucedió en la mía. Sólo subrayo dos frases del texto: “No digo que no se puedan dar relaciones laborales justas, benéficas y enriquecedoras a nivel humano” y “tras ponerme en mi papel de abogado del diablo “. Saludos.
denigrante y seguimos en la misma situacion, con las personas que trabajan como domesticas
Estoy completamente de acuerdo con el espíritu del artículo. Pienso que es un pendiente que como sociedad venimos arrastrando. Para mí, lo más terrible es que tampoco veo como podría corregirse de fondo esta situación. No veo cambios significativos en las conductas de los empleadores que he visto desde niño. O quizá si, pero es posible que tenga que salir la solución de ellas, las trabajadoras mismas, como bien dice Miguel Hernández en El Niño yuntero.
Meh. Un texto rebosante de corrección política, pero pocos datos para sostener el argumento. Yo preguntaría: ¿por qué sólo 20% de los trabajadores domésticos se queja de discriminación, malos tratos, etc.? ¿Es significativa esta diferencia con respecto a otros trabajadores de bajo ingreso?
Con respecto a tu comentario Zeferino, creo que estás magnificando una reseña fílimica con un tratado de recursos humanos, lo que sin duda César quiere destacar es la poca o casi nula atención a una circunstancia en nuestro país, más que corrección política es una llamada a la reflexión, por otro lado el argumento de la reseña, es sencillo; la presencia del racismo en la cotidianidad, y perdoname pero para ello no se necesitan datos, se necesitan ojos.
Se necesitan datos para tener una discusión basada en hechos, no en percepciones.
Veamos, por que sera que solo 20% se queja? Sera porque tienen infinidad de oportunidades laborales,asi que pueden quejarse libremente sin importarles perder su empleo? Sera porque tienen un alto nivel educativo que los hace conscientes de sus derechos laborales?
considero que e racismo es una situación social que ha surgido desde hace tiempo y que a pesar que estamos en un siglo donde la modernidad predomina se hace patente de generación en generación porque la misma sociedad se ha encargado de no fomentar los valores en el seno familiar, necesitamos solo una generación para alcanzar a formar ciudadanos capaces de analizar situaciones sociales y cambiar la actitud primeramente nosotros como seres humanos. el racismo no es solo un problema sino uno de tantos, estoy segura que la educación es la base de toda sociedad,recordando que la tolerancia, el respeto son fundamentales en las buenas relaciones humanas.
Mas que racismo, en Mexico abunda el elitismo, clasicismo y sexismo. Que es mas grave aun, si solo hablaramos de racismo estariamso mencionando que solo discriminamos a los indígenas pero no solo es así, descriminamos a quienes consideramos inferiores culturalmente, economicamente, socialmente .
Aumenta el trabajo doméstico acotado y pagado por hora lo cual, espero, resulte en un nuevo modelo de relación. Por otro lado la discriminación por raza, género, nivel económico y educativo, está presente en la totalidad de las relaciones de manera más o menos disfrazada. En casi todas las relaciones y de manera muy generalizada, quien ocupa la posición de mayor poder, aunque éste sea mínimo, tiende a abusar de quien considera “menos”.