Sumario de plantas oficiosas, una biosofía

Hace unos días, inmerso en la lectura de las meditaciones que integran el Sumario de plantas oficiosas, de Efrén Giraldo (Elefanta, 2024) me encontré con la noticia de que un equipo de investigadores de de la Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán de la UNAM, descubrió una nueva especie de árbol en algún lugar montañoso del Estado de Sinaloa. El árbol se ha denominado Coutaportla lorenceana: mide de dos a cuatro metros de altura, produce flores lilas y florece en los meses de septiembre dando pequeños frutos entre octubre y noviembre.

La nota dice que “El hallazgo es significativo debido a que se trata de un microendemismo, es decir, una especie que crece en un área muy específica y limitada”. Y yo, ya encantado por la filosofía vegetal y ácrata de Efrén no pude evitar cuestionarme: ¿es eso lo que hace de tal hallazgo algo significativo? ¿su microendemismo? Creo que no. Pues junto con Efrén estoy convencido no sólo de que las plantas tienen una centralidad en el orden natural de las cosas, cuando menos en nuestro sistema planetario –algo que no siempre hemos sabido reconocer–, sino que, quizás, las plantas son incluso más importantes que nosotros mismos. Que su valor antecede cronológica, evolutiva y ontológicamente a la humanidad entera.

Todo esto me ha llevado a pensar que, si acaso, el nombre del mundo tendría que ser “Bosque” o, cuando menos, Terramar. Tal y como la maestra de las palabras, la escritora más arbórea que ha surcado las vetas poéticas del filosofar, Ursula K. Le Guin, alguna vez sospechó.

Me da la impresión que Efrén refrenda que la perspectiva vegetal es el humus de esa filosofía botánica resignificada, vitalista, que tanta falta nos hace en el colapso civilizatorio que nos enmarca; una serie de intuiciones que, como plántulas, nos permite reencontrarnos y re-plantear –replantar– a la más “idealista y la más interesante de todas las teorías políticas”, como ha dicho Ursula K. Le Guin, el anarquismo: “Aquél prefigurado en la filosofía taoísta temprana que tiene como su blanco principal al Estado autoritario, que postula como su principal objetivo práctico-moral el promover la cooperación”, y que se nutre de una comprensión de la naturaleza como un sistema complejo donde la libertad, la solidaridad, el altruismo trascendental, la armonía entre las partes y la autonomía de las relaciones simbióticas son la base del equilibrio de lo existente.

Y aunque sepamos poco de lo existente, no podemos olvidar que vivimos en un mundo habitado en su mayoría por plantas; que la biomasa se compone en su vasta mayoría por materia vegetal y que el aire que respiramos se lo debemos en gran medida a ellas.

Algo subyace en estas meditaciones: una invitación a pensar y reconocer la inteligencia vegetal, la voluntad e intencionalidades de las plantas; a superar las ficciones y realidades distópicas, frutos podridos de la ideología capitalista, de su cultura de guerra y de su antropocentrismo congénito, para arar el terreno y sembrar inéditas y acaso posibles ecotopías.

Para esto, Efrén Giraldo nos llevará al reino poético de las metáforas vivas, de los símbolos y misterios ocultos en el herbario y los versos de Emily Dickinson. Nos invitará a recorrer las invenciones casi místicas del Codex seraphinianus y del Manuscrito Voynich (ficcionarios, ambos), que hicieron del arte de la herbolaria un asunto propio de la imaginación creadora.

En estas páginas –que alguna vez fueron árbol–, las plantas se mueven y nos hablan de sus historias y devenires, de sus viajes, migraciones, exilios, desplazamientos, mudanzas y adaptaciones. Acá no se estudia ni describe, se contempla con asombro y de manera diletante los modos de ser de las plantas, sus distintas formas de vida y sus maneras de estar en el mundo. Un mundo donde todos los árboles son peregrinos y donde surge la materia más preciosa, escasa y, por ello, singular en el universo: la orgánica y, en específico, la madera. Que por mucho es más valiosa, extra-ordinaria, sorprendente y maravillosa que todo el oro, los diamantes, la plata, el litio y los metales pesados que abundan en el universo.

Nuestra relación con las plantas permea con su savia al lenguaje mismo y nutre nuestro sistema de creencias: hablamos de trasplantes y de cultivarnos, que son, como dirá Efrén, acciones agrícolas, metáforas bucólicas de donde podemos extraer que rendir culto a la Tierra sería apostar por el cultivo de una humanidad posible, aunque improbable. Y no ha de sorprendernos entonces que, en distintos mitos fundacionales y originarios, haya una zarza ardiente en el desierto o un árbol bajo cuya sombra descansa un Buda, o una mazorca de maíz robada y regalada por un Dios rebelde a las primeras mujeres y hombres de la Tierra o, incluso, un nopal en el cual se posa un águila devorando una serpiente.

No debería ya cabernos duda de que hemos sido domesticados por las plantas, y que es gracias al maíz, al trigo y al arroz que muchas civilizaciones florecieron. Una deuda originaria que quizás explique ese odio que la incultura de los hombres que se creen dioses, patriarcas y amos del mundo, le tienen a todo lo que reverdece y nos da esperanza.

Como se ve, preguntarnos por las plantas, indagar sobre ellas es querer saber algo más sobre la existencia y sus sentidos; es meditar sobre la potencia creadora de la naturaleza que, en eternos ciclos de vida y muerte, descubre líneas y juegos de mutación y metamorfosis a los que sólo la imaginación poética de algunas sensibilidades privilegiadas puede aspirar. 

Leer el libro de la Naturaleza, como lo hace Efrén, leer historias de aventureros y expedicionarios que se adentraron en las frondosas, floridas y feroces sendas de la realidad y la ficción, puede llevarnos a querer sembrar una ética que sea amable con las plantas, una ética que no sea aquella constreñida a las relaciones de semejanza, que nos obliga sólo con aquél que me es próximo —el prójimo— y parecido a mí, sino que nos enlace con la alteridad más distante, con lo radicalmente distinto. Una nueva eco-consciencia, una eco-ética que dé luz a una nueva redención espiritual causada por ese cambio en la mirada y por redirigir el corazón también hacia la naturaleza y al universo de las plantas. Hay aquí el esbozo de una biosofía que aprende de las plantas y sus devenires, de sus relaciones simbióticas y simpoyéticas.

Habremos de aprender algo sobre el modo de ser y darse, siempre recíproco, de las plantas. Efrén Giraldo nos recuerda que las plantas, cuando son amadas y cuidadas, devuelven incluso más de lo que reciben. Sumario de plantas oficiosas sugiere una biosofía que apuesta por un modo de existencia donde cohabitar y compartir define ese humano y efímero andar en el mundo, tan sólo un poco aquí, sobre la Tierra.

 

Bruno Velázquez Delgado
Es Coordinador de la Cátedra Nelson Mandela de Derechos Humanos en las Artes de la UNAM, profesor del ITAM y de la Facultad de Filosofía y Letras.

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “Sumario de plantas oficiosas, una biosofía

  1. Ciertamente los sistema autoorganizados son fascinantes y quizá podrían constituir entes en sí mismos, aunque debemos recordar que el cerebro humano consume la tercera parte de la calorías de nuestra dieta, y alguna función importante debe tener.

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